11/05/2021
Empieza a leer 'La vida pequeña. El arte de la fuga' de J. Á. González Sainz


Tenemos tanta prisa por hacer, por escribir, por adquirir velocidad, por hacer nuestra voz audible un momento en el desdeñoso silencio de la eternidad, que nos olvidamos de una cosa, de la que esas otras solo forman parte, es decir, de vivir.
R. L. STEVENSON

Siempre queremos otra vida, ¿verdad? Creemos que las cosas que son la vida no son la vida.
YASMINA REZA

La cuestión es si uno logra resistirse al nihilismo a la vez que abandona el terco deseo de superarlo, y aprende a cultivar lo que Emerson llama «lo bajo, lo común, lo cercano».
SIMON CRITCHLEY

 

1. Reconsiderar la vida

Una de las preguntas más relevantes, y a la vez más sencillas, que cabe hacer siempre a fin de cuentas sobre una guerra civil –sobre la nuestra última por ejemplo, pero en general sobre cualquier guerra, siempre más o menos civil– es la relativa a dónde le pilló a cada uno. Dónde te pilló la guerra, es decir, dónde te sorprendió, dónde te alcanzó y revolcó y atropelló, dónde te saqueó la vida que llevabas. Cualquier historia que luego se cuente, cualesquiera análisis o disquisiciones que se hagan, por profundos y valiosos que sean, y desde luego cualquier indignación o invectiva, estarán siempre atravesados, como el hilo que enhebra una aguja, por esa cuestión tan sencilla como decisiva que tantas veces oyó mi generación de sus mayores y aún cabe oír hoy cuando se habla de la guerra. Dónde te pilló, y también qué hacías, cómo eras o en qué pensabas cuando estalló la guerra. La guerra o cualquier otra catástrofe.

Pues bien, o mejor pues mal, nos ha pillado otra catástrofe. Nos ha sorprendido y atropellado y revolcado y saqueado la vida que llevábamos igual que si hubiera sido una guerra. Si esa vida que llevábamos antes era buena o dejaba mucho que desear, si era realmente mala o bien podía haber sido mejor con todo lo que teníamos, es lo que ahora tenemos ocasión de añorar o deplorar, pero sobre todo de pensar. De reconsiderar, de lleno y a fondo, a fin de poder reparar lo reparable no solo del dolor y la angustia causados por la catástrofe sino también de nuestros hábitos y actitudes de hasta ahora. Solo así, tratando de hacer de la necesidad de salir adelante tras el cataclismo la virtud de rehacer mejor la vida, de rastrear, con más olfato y clarividencia ahora, lo que en verdad es o podría ser la vida de la buena, podremos decir que, pese a todo y aunque todo haya sido mucho, no habrá sido quizá en balde. 

Reconsiderar la vida que llevábamos antes quiere decir examinarla atentamente, volver a tasarla a otra luz y con otro sistema de medidas que ahora conocemos, pasar el cedazo a lo que hacíamos y a cómo lo hacíamos lo mismo que a lo que dejábamos de hacer y a los motivos por los que lo dejábamos; quiere decir también atender a otras cosas a las que a lo mejor antes no les hacíamos caso, y desde luego pararse, pararse a ver de nuevo, a oír de nuevo, a estar.

Considerar viene de sidus, constelación, estrella, y originariamente aludiría a algo así como a «examinar los astros en busca de agüeros». Esa es la invitación: examinar nuestra estrella, la constelación que cada uno es –o bien a cada uno como constelación–, pero en el universo de la experiencia de la vida más cercana al ahora y al aquí de cada día en busca de señales. Ah, saber ver, saber escrutar, descifrar, interpretar, saber atinar con el valor o la fecundidad de las cosas o saberles dar la importancia debida. También en ese sentido, según lo que damos, recibimos. 

En esa operación de búsqueda e interpretación de señales, de revisión y reconsideración de mi modo de ver y entender, de mi dar –valor, importancia– y recibir, es en lo que estaban las páginas que siguen a continuación antes de que nos pillara el cataclismo que nos ha atropellado y revolcado y saqueado la vida. Operación que, si es siempre conveniente e, incluso más, crucial en cualquier circunstancia de la vida cada cierto tiempo, mucho más lo es ahora tras la catástrofe.

Una cosa tan pequeña como un virus, un bichito tan minúsculo que ni siquiera podemos verlo a simple vista, ha podido con un mundo tan grande; lo ha tumbado y puesto patas arriba. Nos envanecíamos por no haber tenido que afrontar en nuestras vidas ninguna gran hecatombe colectiva propiamente dicha durante las últimas generaciones, porque ninguna catástrofe de arrasadoras dimensiones nos hubiese pillado en realidad nunca llevándose por delante ciegamente vidas y haciendas y modos de vida. Es más, creíamos de veras, algunos a pie juntillas, que eso ya no iba con nosotros, que era cosa de otras latitudes físicas y mentales y, sobre todo, que era cosa de la Historia y la Historia ya había terminado. Pues ahí está, de nuevo y como siempre, pillándonos el destino, dándonos alcance y arrollándonos la antigua parca, las viejas Moiras hilando y devanando y cortando hilos. 

Aunque también puede que no nos diéramos cuenta, que tuviéramos todas las posibilidades de ser felices –felices siempre dentro de lo que cabe, que nunca es que quepa mucho– y no nos diéramos ni cuenta porque estábamos aturdidos y ciegos, entontecidos de banalidad y narcisismo y desperdiciando siempre, desaprovechando atolondradamente, despilfarrando los años buenos y los buenos recursos, las energías y los esfuerzos. A esa llamada a darse cuenta, a echar cuentas sin hacernos trampas o dejarnos lo que normalmente nos dejábamos, convoca también esta reconsideración de la vida de hasta ahora por si se pudiera encarar mejor la que haya de venir, o nos hayamos de dar, después de ahora.


2. Ejercicios de conjugación (tomarse la vida)

La pregunta por el dónde, dónde nos ha pillado la catástrofe, en qué lugar o a qué lado, me importa doblarla desde el principio con otra: cómo nos ha pillado, en qué andábamos, pensando cómo y haciendo qué, con qué pie, con qué cuerpo o disposición o hábitos cotidianos y con qué buena o, seguramente, mala cabeza. Las páginas que siguen constituyen en ese sentido algo así como mi respuesta a esas preguntas: yo estaba en esto cuando estalló el mundo, en este lugar y en estas relaciones con mi lugar y mi tiempo y, ante todo, en estas tentativas de reconjugación de las cosas, de redimensionamiento de las relaciones con las cosas y el tiempo de las cosas, de reconsideración. Constituyen asimismo el testimonio de una convicción –las convicciones son siempre hasta cierto punto, a diferencia de las creencias–: que cuando la deflagración remita y la vida pueda volver lentamente por sus fueros, no está dicho –nunca está nada del todo dicho y a eso andamos– que el ejercicio de escritura y de lectura, es decir, de razón, que entrañan estas páginas no pueda ser de intrínseca utilidad para calibrar mejor, o bien nuevamente, nuestra posición en el nuevo mundo que surja o nos demos, su necesaria modificación y sus oportunas correcciones; porque otro mundo, ya veremos cuál, es lo que nos aguarda tras esta esquina como siempre que ocurre una catástrofe. A que puedan servir, pues, ser útiles, convenientes, acompañadoras, a que algo valgan para la tarea de reconstrucción de mundo, de desescombro primero de los cascotes y más cascotes de banalidad e inconsistencia que nos abruman y de reconstrucción después tal vez sobre otras bases, es a lo que aspiran y en lo que confían estas páginas que tratan de responder a la pregunta elemental de dónde me pilló la pandemia y sobre todo cómo me pilló, en qué guerra interior, con qué cavilaciones, con qué atenciones y aprecios y con qué desprecios, dando qué pasos o qué vueltas a qué cosas y trenzando qué mimbres, deteniéndome en qué o fijándome en dónde para intentar dar a las cosas el valor y la importancia debida y, por consiguiente, tomarme la vida mejor al dirimir lo que en el fondo de verdad cuenta, lo que vale, lo que repara o aprovecha y llena o alegra más o mejor la vida.

La catástrofe me pilló en la pequeña ciudad a la que había venido a apartarme en algo de los mundanales ruidos y las globales puñeterías y en plena aplicación a la peliaguda pero gozosa tarea de tratar de elucidar –de buscar o formular– nada menos que otra forma de tomarme la vida: una vida pequeña que lo volviera a conjugar todo, los tiempos y las personas, las acciones y las cosas, de otros modos posibles y con otras jerarquías de importancia; que dimensionara de otras maneras y cuestionara con otras perspectivas, que relacionara, es decir diera sentido, según otras modalidades y sesgos. Eso es, otros sesgos, otros tientos, otros ritmos o bazas y sobre todo otras atenciones para poder tomarse uno mejor la vida. Tomarse la vida, es decir, cogérsela, hacerla propia o sacarle provecho: nunca mejor dichas a veces las cosas que como se han dicho, aunque dejemos, por dicho tantas veces, de percibirlo. Son pues tentativas de huida algunas veces y tentativas de atención y aproximación otras y, en esa medida –todo en esta vida es cuestión de medida, un poco más, algo menos, dejó dicho Machado–, reformulación de la vida, reconsideración; reparación y recuperación por un lado, renovado aprecio de algunos hábitos y conductas, y por otro aborrecimiento. Un nuevo juego o una nueva estrategia de modificación de posiciones y posturas, de reorientaciones y correcciones de tiro, de señalar –en todo sentido– las faltas y ajustar, rectificar, quitar de aquí y añadir allí, graduar y volver a graduar: volver a conjugar las distancias y las relaciones con las personas y las cosas, con los tiempos y los lugares por parte de esa parte de todo ello que es uno mismo (es decir, el aproximado).

 

La vida pequeña


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