21/01/2020
Empieza a leer 'En la Tierra somos fugazmente grandiosos' de Ocean Vuong

 

Para mi madre

I

Déjame volver a empezar.

Querida mamá:

Escribo para llegar a ti – aunque cada palabra que escribo sea una palabra más lejos de donde estás–. Escribo para volver a aquella vez, en el área de descanso de Virginia, en que te quedaste mirando fijamente, horrorizada, a aquel ciervo disecado colgado de la pared, encima de la máquina de refrescos, al lado de la puerta de los aseos, que te ensombrecía la cara con su cornamenta. En el coche, seguías sacudiendo la cabeza.

–No entiendo por qué hacen eso. ¿No ven que es un cadáver? Un cadáver debería hacer su camino, no quedar-se ahí atrapado de ese modo.

Pienso ahora en aquel ciervo, en cómo mirabas fijamente sus ojos negros de cristal y veías tu reflejo, tu cuerpo entero, deformado en aquel espejo sin vida. Lo que te conmocionaba no era el montaje grotesco de un animal decapitado, sino el ver que la taxidermia encarnaba una muerte que no acababa nunca, una muerte que seguía muriendo mientras nosotros pasábamos por delante para ir a hacer nuestras necesidades.

Estoy escribiendo porque me han dicho que nunca empiece una frase con porque. Pero no intentaba formar frases: intentaba liberarme. Porque la libertad, me han dicho, no es más que la distancia entre el cazador y su presa.

Otoño. En algún lugar de Michigan, una colonia de mariposas monarcas, más de quince mil, empieza su migración anual hacia el sur. En el espacio de dos meses, de septiembre a noviembre, viajarán, un golpe de ala tras otro, del sur de Canadá y los Estados Unidos hasta el centro de México, donde pasarán el invierno.

Se posan entre nosotros: en alféizares y alambradas, en tendederos aún desdibujados por el peso recién colgado de la ropa, en el capó de un Chevy azul descolorido, plegando las alas despacio, como si las estuvieran guardando, antes de volver a batirlas y alzar el vuelo una vez más.

Basta una noche de helada para matar a toda una generación. Vivir, entonces, es una cuestión de tiempo, de momento oportuno.

Aquella vez en que estaba yo haciendo travesuras – tendría cinco o seis años– y aparecí de pronto de un salto desde la puerta del pasillo, chillando: «¡Buuummm...!» Tú gritaste, con la cara agachada y el gesto torcido, y luego te echaste a llorar, agarrándote el pecho mientras te pegabas a la puerta, buscando aliento. Yo me quedé allí de pie, desconcertado, con el casco militar de juguete ladeado en la cabeza. Yo era un chico norteamericano imitando lo que había visto en la televisión. No sabía que la guerra estaba aún dentro de ti, que –para empezar– había habido una guerra, y que una vez que entra en ti ya nunca te abandona..., solo retumba, un sonido que da forma a la cara de tu propio hijo. Buuummm.

Aquella vez, en tercero de primaria, en que con la ayuda de la señora Callahan, mi profesora de inglés como segunda lengua, leí el primer libro que me encantó, un libro para niños titulado Thunder Cake, de Patricia Polacco. En el cuento, cuando una chica y su abuela ven que se aproxima una tormenta por el horizonte verde, en lugar de cerrar las contraventanas o de clavar tablas en las puertas, se ponen a hacer un pastel. Aquel acto me produjo inseguridad..., su precaria aunque intrépida negación del sentido común. La señora Callahan estaba de pie a mi espalda, con la boca casi pegada a mi oído, y me adentraba más y más en la corriente del idioma. La historia seguía su curso, y la tormenta se iba acercando a medida que ella hablaba, y se acercaba aún más cuando yo repetía las palabras. Ponerte a hacer un pastel en el ojo del huracán; alimentarte con azúcar a la vista del peligro.

La primera vez que me pegaste yo debía de tener unos cuatro años. La mano, un destello, un cálculo. Mi boca, una llamarada de contacto.

La vez en que traté de enseñarte a leer como la señora Callahan me había enseñado a mí, con mis labios en tu oído, con mi mano en la tuya, y las palabras moviéndose debajo de las sombras que proyectábamos en el suelo. Pero aquel acto (un hijo enseñando a su madre) invertía nuestras jerarquías, y con ellas nuestras identidades, que, en este país, estaban ya atenuadas y amarradas. Tras varios balbuceos y falsos comienzos, las frases se te alabeaban o bloqueaban en la garganta; tras la vergüenza del fracaso, cerrabas el libro de golpe.

–No necesito leer – decías, con la expresión transida, y te apartabas de la mesa–. Puedo ver; y he llegado hasta aquí, ¿no?

Luego, la vez del mando a distancia. Una roncha amoratada en el antebrazo, sobre la que les mentía a las profesoras.

–Me caí jugando al pillapilla.

La vez, a los cuarenta y seis años, en que te entró un súbito deseo de color.

–Vamos a Walmart – dijiste una mañana–. Necesito libros para colorear.

Durante meses, rellenaste el espacio entre tus brazos con todos los matices de color que no sabías pronunciar: «magenta», «bermellón», «caléndula», «peltre», «junípero», «canela». Cada día, durante horas, te dejabas caer sobre paisajes de granjas, pastos, París, dos caballos en un llano azotado por el viento, la cara de una chica de pelo negro y piel que dejaste sin pintar, que dejaste blanca. Los colgabas por toda la casa, que empezó a parecer un aula de párvulos. Cuan-do te pregunté: «¿Por qué colorear?; ¿por qué ahora?», dejaste el lápiz zafiro y te quedaste mirando, ensoñadora, un jardín a medio terminar.

–Me quedo ensimismada durante un rato – dijiste–. Pero lo siento todo. Como si siguiera aquí, en este cuarto.

La vez en que me tiraste la caja de Legos a la cabeza. La madera salpicada de sangre.

–¿Alguna vez has dibujado una escena – me dijiste, mientras rellenabas una casa de Thomas Kinkade–, y luego te has puesto a ti dentro? ¿Alguna vez te has visto por detrás, metiéndote más lejos y más hondo en el paisaje, alejándote de ti?

¿Cómo explicarte que eso que estabas describiendo era la escritura? ¿Cómo explicar que, después de todo, estamos tan cerca; que las sombras de nuestras manos, en dos páginas diferentes, se funden?

–Lo siento – dijiste, vendándome el corte en la frente–. Coge el abrigo. Te llevo al McDonald’s. –La cabeza me latía con fuerza, y untaba los nuggets de pollo en kétchup mientras me observabas atentamente–. Tienes que ponerte grande y fuerte, ¿de acuerdo?

 

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Traducción de Jaime Zulaika

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En la Tierra somos fugazmente grandiosos

 

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