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ISBN978-84-339-7105-0
EAN9788433971050
PVP CON IVA15 €
NÚM. DE PÁGINAS272
COLECCIÓNPanorama de narrativas
CÓDIGOPN 642
TRADUCCIÓNFernando González Corugedo
PUBLICACIÓN24/05/2006
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El primer tercio

Seguro que Neal Cassady es la persona que más libros e historias inspiró y protagonizó en la literatura universal del siglo XX. Epítome del movimiento perpetuo como personaje real y como personaje literario, fue una fuerza de la naturaleza de tal magnitud que su papel como demiurgo de los escritores de la Generación Beat, como el auténtico genio que estaba detrás de todo el grupo -ya a partir de Go, de John Clellon Holmes, la novela bautismal de la generación-, le ganó un puesto en las letras y la mitología popular norteamericanas, y en todo Occidente. Y aunque también escribió unas cuantas cosas de mérito por su cuenta, nunca las publicó estando vivo. No tenía tiempo: tenía que correr de un lado a otro, millas y más millas por raíles y asfaltos, saltar de cama en cama y de bar en bar y de colocón en colocón, para que otros intentaran seguir su ritmo y se vieran obligados a detenerse a tomar aliento y retratarlo o aludirlo en un montón de libros famosos (y quizás, en tantos sentidos, extraordinarios).

Así, es el Dean Moriarty de la mítica En el camino, el Cody Pomeray de Visiones de Cody y de Los Vagabundos del Dharma -novelas todas de Jack Kerouac-, es N. C., el héroe secreto de Aullido, el enorme poema fundacional de Allen Ginsberg, y es, con su propio nombre y por derecho, Cowboy Neal, el incansable conductor pirado de «Further», el autobús escolar de Ken Kesey -el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco-y su banda de Alegres Bromistas pirados en los viajes psiquedélicos que con tanto brío cuenta Tom Wolfe en la que seguramente es su mejor obra: Ponche de ácido lisérgico. Y luego, más adelante, también se harían canciones (Grateful Dead) y películas sobre Cassady y su mundo, como La última vez que me suicidé de Stephen Kay o Generación perdida de John Byrum.

Pero a los beats la inspiración que Neal Cassady les dio no les vino sólo del individuo excepcional, del hombre «más rápido del mundo», de sus hazañas de semental ambidextro e insaciable, del hombre que nunca tenía suficiente, sino que les vino también de su verborrea incontenible, de su capacidad de contar y divagar sin aburrir horas y horas, y del estilo igualmente libre y torrencial que conseguía instilar en las extensas cartas que les escribía. Y de ahí aprendió Jack Kerouac su estilo arrollador, la idea del rollo de papel continuo que convirtió En el camino en algo absolutamente distinto a su primera novela.

El primer tercio es el mayor esfuerzo literario de Neal Cassady, que a ratos debió de pensar que no tenía por qué ser menos que sus colegas en eso de escribir. Constituye su autobiografía, un relato pormenorizado -precedido de un largo «Prólogo» en el que da cuenta de los trabajos y desvelos de sus antepasados- ­de sus tremendos y terribles primeros años, El primer tercio de su vida, que transcurrió entre miserias dando tumbos por los barrios bajos de Denver. Según Carolyn, su viuda, Cassady fue escribiéndolo a impulsos irregulares, de tanto en tanto, entre 1948 y 1954, época en la que leía también mucho, y sobre todo, a Marcel Proust. Luego se lo dio a un amigo y se olvidó de él, y años más tarde fue rescatado y publicado por Lawrence Ferlinghetti en su City Lights Press. Un modo de cerrar el círculo nuclear de toda la Generación Beat.

En esta edición se recogen también otros textos de Neal Cassady, así como varias cartas a Jack Kerouac y Ken Kesey.

 


Cassady, Neal


Neal Cassady nació en la carretera, muy cerca de Salt Lake City, Utah, el 8 de febrero de 1926 mien­tras sus padres viajaban hacia California en busca de fortuna. Una casualidad o pura predestinación para alguien que iba a convertirse en el ejemplo vivo del viaje incesante en coches y trenes por todo el país. La familia acabó instalada en Denver, Colora­do, aumentando en hijos y miseria. Y desde los seis años Neal aprendió la mala vida con su padre por los callejones de borrachos y los albergues de indigen­tes de la ciudad. Convertido en delincuente juvenil, se especializó en el robo de coches (a los 21 años presumía de haberse llevado ya quinientos) y en ser­vicios sexuales más o menos remunerados, por los que se hizo medianamente conocido entonces y acabaría siendo famoso. Pasó un año en un correc­cional y a los veinte años se casó y se fue a Nueva York, donde conoció a Jack Kerouac y Allen Gins­berg, cuya amistad sería ya definitiva. Ambos queda­ron fascinados con él, una persona distinta de todas las que habían conocido hasta entonces: divertido, fuerte, desinhibido, guapo, pura dinamita. Y acabará por ser el personaje central de sus historias. Conoce a su segunda mujer, Carolyn, con la que se casa en 1948 y con la que tendrá tres hijos. Se divorciarán en 1963. Trabajos de todo tipo, pero sobre todo de fe­rroviario en el Southern Pacific. Alcohol, drogas, sexo, conversaciones y monólogos imparables de días y noches ininterrumpidos antes y después. En 1958 lo pillan con marihuana y pasa una buena temporada en la cárcel, y en los años sesenta se constituye en héroe y mentor de la nueva contracultura del noma­dismo, el amor y los psicotrópicos diversos. En fe­brero de 1968, cuatro días antes de su cumpleaños, apareció en coma junto a la vía del tren, como había vivido, cerca de San Miguel de Allende, en México, y murió esa misma noche.

Foto © Allen Ginsberg



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