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Los trapos; o la indumentaria como arte
Aunque respeto la hopalanda y los perifollos, me decanto por lo angular, y clásico, y sutil. Dicho con otras palabras: me gusta John Fante porque me gustan las camisas italianas con cuello abotonado, o al revés, o todo junto.
Lucía me preguntó-tó-tó-tó-tó-tó-tó para qué quieres tú tantas bambas. Hey. Yo le dije ven acá muchacha, (i) que te lo voy a contar (y a todos ustedes, fieles lectores de esta columna). Lo cierto es que tengo muchas bambas, pero no es verdad que mi amiga –tremenda pintona de La Coruña– me hiciese la pregunta anterior, cuya respuesta conoce perfectamente.
En efecto, poseo un número descabellado de pares de calzado, pues me aqueja lo que Robert Elms llama «deseo sartorial»: necesito poseer modelos distintos de cada tipo de prenda –en este caso zapatillas deportivas– para lucirlos y alternar diariamente el conjunto, porque –oh, insostenible superficialidad!– me importa mi apariencia externa, me tomo en serio lo que mi ropa le comunica al mundo y no necesito citas de Oscar Wilde para justificarlo. Me gusta la ropa y punto.
Sí. Me gusta la ropa, y no me importa que se sepa. Me gusta la ropa desde… ¿siempre? En realidad no recuerdo cuándo empecé a tener preocupaciones indumentarias, como tampoco recuerdo el momento en que descubrí mi vocación narrativa. Lo único que sé, con absoluta certeza, es que dicha preocupación antecede a la subcultura, a las drogas y el punk rock, a los comix underground y las novelas sobre jóvenes rebeldes. Antes de que apareciese todo lo demás, estaban los trapos.
Yo era un niño frágil, no-atlético y con una imaginación «desorbitada, metafórica y fundamentalmente poética» –como dijo Josep Maria de Sagarra–, además de apocalíptica. Algunas de las cosas que sucedían a mi alrededor me quitaban el sueño, y quiero decir literalmente: padecí sonambulismo durante un par de años, entre 1982 y 1984. Pero en una noche cualquiera de mi séptimo de EGB, aunque no sabía si mis padres se iban a gritar ante la puerta de mi habitación, ni si a la mañana siguiente volvería a quedarme hincado en el plinto del gimnasio, sí sabía, a fe mía, qué sudadera iba a ponerme al día siguiente: una crewneck de color azul marino, con print de una cabra antropomórfica (no pregunten) y la leyenda Kid For Sale.
Dejando de lado que, sin yo saberlo, dicha leyenda publicitase mi condición de chapero prepúber, esa sudadera me gustaba. Tenía la textura y consistencia perfectas, (ii) un cuello redondo y firme, era ancha pero no bolsuda, y los puños elásticos se adaptaban deliciosamente al contorno de mis (fracturables) muñecas.
No sé cómo decirlo, en 1982, la geometría de dicho suéter –pues se trataba de geometría: una figura comprobable y mesurable que existía en el espacio– apaciguaba mis nervios. El modo en que la camisa sobresalía del cuello, la caída de la pechera, el pliegue que esta realizaba al llegar a la cintura elástica, todo ello imponía orden en un mundo entrópico e impredecible. Aquella sudadera, combinada con pantalón de pitillo (iii) y unas Paredes blancas de doble velcro, embetunadas hasta el delirio, aportaban un símil de control a una existencia que escapaba al mío (a mi control, quiero decir).
En The Way We Wore, el imprescindible tratado vestimental de Robert Elms, (iv) se habla así de unos bóxers favoritos: «Tener ropa interior blanca de algodón de dos capas, impecable, fabricada por una pequeña empresa tradicional de Derbyshire, sin abrir en tu cajón, apilada ordenadamente, esperando –bueno, eso es una señal para ti mismo. Lo estás haciendo bien, no estás hecho un desastre».
Se trata de eso. El mensaje que en realidad comunicaba mi crewneck no era CHICO EN VENTA, gracias a Dios, sino CONTROLO. Me mantengo incólume ante el desaliento, como suele decirse, y entro al colegio con la cabeza bien alta. Porque llevo ropa mazo guapa.
Sí, guapa es la palabra clave (vale, mazo también). Al margen del orden, y también de la simplicidad, la otra noción fundamental del amor por los trapos es la admiración de la belleza. «En cierto modo, todo este asunto de la ropa», reflexiona Elms, «esta pasión por el estilo era una búsqueda de algo bonito.»
Cuando yo me adentraba en la adolescencia, la ropa le otorgaba belleza a un mundo privado de ella. Un chico de clase obrera no tiene un abanico ilimitado de opciones a la hora de apreciar la finesse estética: el paisaje que habita es tirando a feo, eminentemente no artístico y, en cualquier caso, por norma general, nadie le ha enseñado a mirar con ojos metafóricos. Pero de un modo instintivo, por pura supervivencia espiritual, el joven plebeyo sabe dónde encontrar la belleza de la que se halla desprovisto (que le han robado, si quieren). Sus «ojos de urraca buscan hambrientos el premio», que decía la canción, (v) y en su mundo el premio es la ropa.
Dicho con otras palabras: en nuestra cultura la belleza estaba en la indumentaria; el arte eran los trapos. «Uno debería ser una obra de arte o llevar una obra de arte», dijo Oscar Wilde (sí, al final he tenido que citarle), pero, en el entorno del que hablo, algunos jóvenes se convertían en obras de arte mediante las obras de arte –las galas– que llevaban encima.
«El mod combinaba elementos previamente dispares para hacer de sí mismo una metáfora, lo adecuado de la cual era solo aparente para sí mismo”, escribió Dick Hebdige. (vi) La visión de unos mods, en mi pueblo, un día cualquiera de 1985, fue para mí espectacular y romántica y completamente alteravidas, además de la coagulación de una tendencia solo intuida hasta entonces. La ropa que llevaban aquellos adolescentes tribales (vii) construía, como apuntaba Hebdige, una metáfora de algo, cuyo significado todavía permanecía oculto a mis ojos.
Mi afecto por los indumentos, por consiguiente, vino antes de conocer el contexto, los valores, la visión, los discos y el baile (y las anfetas) que conformaban la idea modernista. «I like clothes for their own sake, divorced of any context or subtext», confiesa Elms en su libro. Yo distinguí un calcetín rojo sangre, que apareció entre unos bajos vueltos de denim azul y unos zapatos de charol con suela de crepé, y supe que aquello quería decir algo, algo relacionado con la belleza y la pasión, la individualidad y el secreto; un secreto que yo quería desentrañar, y cuya clave de entrada tal vez residía, por absurdo que suene, en unos pinches calcetines.
Realizaré una confesión cabizbaja: aunque intento no juzgar a la gente por el modo en que viste, me cuesta horrores conseguirlo. Oscar Wilde (que no deja de aparecer en esta entrega, pese a mis promesas de lo contrario) afirmaba: «Solo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Y aunque el viejo Bo Diddley cantaba que «You can’t judge a book by looking at its cover», a veces uno puede y debe hacerlo. «Pues claro que juzgo a la gente por su aspecto externo», dijo un hombre docto, (viii) «¿por qué otra cosa puedo juzgarles si no?»
En una pieza anterior de esta sección afirmé, algo osadamente, que tendía a gustarme la gente que resolvía abusos con el método muscular, pero que eso no implicaba que les prefiriese por encima de los colegas no litigantes. Con el atavío me sucede algo similar. Tengo compas que visten como si les hubiesen lanzado por una puerta de Humana y hubiesen salido despedidos por la otra, tras chocar con todos los colgadores, y otros que lucen tan cool que uno tiene que ponerse gafas de sol antes de mirarlos directamente; y supongo que aprecio por igual a unos y otros. Pero no puedo negar que me gusta cuando el núcleo duro comparte obsesión indumentaria, cuando pasamos horas discutiendo sobre atavíos y asociaciones, marcas y estilos, quién de nosotros llevó aquello primero y dónde. Porque cuando hablamos de looks estamos hablando de nosotros, de quiénes éramos en el momento de llevar aquellos paños.
«Clothes tell stories», dice Elms. La ropa, por bonita que sea, no es solo ropa: es nuestra historia. Una historia que, en este caso, habla de limpieza, tradición, coolness y dignidad proleta. «Lo mod va de vivir limpio bajo circunstancias difíciles», sentenció Pete Meaden, face original y primer manager de The Who. El amor por los trapos tiene que ver también con eso: mantenerte limpio en un entorno corrupto.
Algo más arriba dije que iba a hablar de simplicidad formal. Me dispongo a hacerlo ahora. La teoría de la geometría estética, de las hechuras sencillas, utilitarias, de la ropa, no existe separada del resto de nociones: conforma una Weltanschauung, una visión coherente. Uno aprecia la economía de líneas en una camisa, la raya cortante y rectilínea de unos pantalones, porque juzga el estilo literario con parejas unidades de medida; y viceversa.
Tanto en literatura como en música pop, como de hecho en la mayoría de disciplinas, la mejor técnica se camufla tras una aparente ausencia de ella. Azorín, hablando de Jacinto Bejarano, un párroco y escritor español del siglo xviii, decía lo siguiente: «El estilo es eso: el estilo no es nada. El estilo es escribir de tal modo que quien lea piense: Esto no es nada. Que piense: Esto lo hago yo. Y que, sin embargo, no pueda hacer eso tan sencillo –quien así lo crea–; y que eso que no es nada sea lo más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado». (ix)
En efecto, es así. Según argumentaba Flannery O’Connor en Mystery & Manners, (x) el estilo narrativo tiene que figurar que no está allí; sus efectos deben ser invisibles. «Un buen estilo no debe mostrar signos de esfuerzo», había sugerido Somerset Maugham veinte años antes. «Lo escrito debería parecer un feliz accidente.» (xi)
Con el vestir sucede lo mismo. Aunque respeto la hopalanda y los perifollos, me decanto por lo angular, y clásico, y sutil. Dicho con otras palabras: me gusta John Fante porque me gustan las camisas italianas con cuello abotonado, o al revés, o todo junto. Me agradan esas cosas porque, esencialmente, son la misma: estilo que no llama la atención sobre sí mismo. «El mejor y más verdadero arte es el que no parece ser arte,» (xii) , apuntaba Baltasare Castiglione. Ropa alucinante que a lo mejor pasa desapercibida entre la «masa» (con perdón) porque prioriza la elegancia discreta, el detalle oculto y el anonimato urbano.
No digo que siempre lo consiga: a menudo luzco pintas de árbol de navidad daltónico. Pero el ideal es ese: espía hip entre squares, detallitos sublimes que solo aprecian los miembros de la cofradía y pasan desapercibidos entre los sartorialmente miopes.
Y ya que hablamos de belleza, una última consideración (es más bien una pregunta): ¿por qué tantos escritores –incluyendo a varios ilustres de mi panteón– visten… de ese modo?
El aspecto de un autor debería ser la menor de las preocupaciones de todo el mundo, lo admito, y por descontado la mayoría de nosotros solo escribimos porque de niños padecimos una serie de gravísimos traumas físicos, pero a la vez existen unos mínimos estándares de donaire que, como gremio, deberíamos intentar alcanzar.
La infracción es menos grave, supongo, si se trata de pura dejadez genial (Don Carpenter tenía pinta de llevar gafas con cordelito, (xiii) y no por ello abjuramos de su obra). Lo nefando es cuando entran en juego otro tipo de juicios. «Me gusta la ropa, y me gusta el hecho de que se supone que no debe gustarte», dice Elms, «que se vea como algo superficial, indigno.» Sospecho que, de la misma manera, para un sector particular de la intelectualidad literaria, lucir pintón es algo «superficial, indigno», banal; chusmero, en pocas palabras. Una dedicación a la que se aplican solo los miembros de las clases desfavorecidas, pues tienen el infortunio de no entender el Ulises de Joyce.
Se trata de una perspectiva más bien oximorónica. Después de todo, como ya apunté en una columna previa, el oficio de escribir se fundamenta en saber mirar, apreciar el detalle, reconocer la belleza y poseer una imaginación fecunda. Que alguien trabaje o aprecie el arte mediante dichos preceptos, y luego vaya por el mundo hecho un eccehomo, ciego a la belleza de los trapos, me sume en la más angustiosa de las perplejidades.
(i) Cantar estas dos líneas iniciales con la música de «Tití me preguntó» de Bad Bunny.
(ii) El algodón poliesteresco sweat-swicking que, como cualquier no civil sabe, Russell Athletic incorporó a su sudadera en 1932.
(iii) Que top ancho combinaba con bajos estrechos (y lo contrario: pantalones anchos con top estrecho) era algo que yo sabía de forma intuitiva desde los nueve años o antes.
(iv) The Way We Wore: A Life in Threads, Robert Elms (2005).
(v) «Up the Hill and Down the Slope», The Loft (Creation Records).
(vi) The style of the mods, Dick Hebdige, (1974).
(vii) «¿Qué es lo primero que recuerdo? Lo primero que recuerdo es el brillo […]. Estaban en la puerta del instituto, eran un grupo de tres o cuatro, y brillaban. Recuerdo con precisión algunos de los detalles: un polo Fred Perry blanco (solo blanco, inmaculado, como una linterna en un campo lleno de niebla), pisamierdas nuevos, tejanos negros estrechos y tobilleros, chapas rojas y azules y de todos los colores en las solapas –chapas que no pude distinguir, pequeñas condecoraciones de campo de batalla adolescente, zapatos creepers, tirantes, chaquetas tejanas negras con parches de dianas cosidos, calcetines de la Union Jack. Cerca de ellos, un par de Vespas 125, ornamentadas barrocamente con defensas y antenas, espejos y colas de zorro. A su alrededor, todos fumaban y bromeaban y hacían el gamberro y –ya dije– brillaban. Brillaban como si acabaran de bajar de una nave espacial, todo en ellos era tan raro y precioso, todos sus atributos, sus gestos, esa ropa extraña que les hacía tan diferentes; y yo, que era tan pequeño e inocente. Creo que les miré como si mirara un juguete, con la avidez y el hambre con la que uno mira un Madelman nuevo equipado con todos los gadgets» («Los años del frescor», La Escuela Moderna, 2013).
(viii) Durante años he atribuido esta cita a Oscar Wilde, de nuevo, pero todo apunta a que es de fabricación propia.
(ix) Un pueblecito. Riofrío de Ávila, Azorín, (1916).
(x) Colección de ensayos y discursos de la autora, recopilados por primera vez en 1974, de futura aparición en L’Altra Editorial.
(xi) Summing up, Somerset Maugham (1938).
(xii) El cortesano, Baltasare Castiglione (1528).
(xiii) O, como yo prefiero llamarlas, «la claudicación definitiva».