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La euforia de notar

La euforia de notar

Cuando mi novia distingue un pormenor del mundo, y lo coge con los dedos y lo analiza, eso la define como persona: tú eres tú porque ves esas cosas y no otras.

POR Kiko Amat
22/01/2026

Mi novia ve cosas que yo no veo. Distingue determinados detalles del mundo, a veces cuando están cerca, a veces cuando están a tomar por culo. Su ojo selecciona elementos que merece la pena notar, y en numerosas ocasiones modifica el elemento a la hora de hacerlo. Lo que quiero decir es que su mente no atrapa un fragmento de realidad y realiza una analogía, sino que la analogía misma se realiza por puro automatismo. Distingue aquel logo del alcantarillado barcelonés porque para ella es un martillo y una hoz comunistas; no existe proceso mental intermedio.

Ella, ya que estamos, no ve cosas que todo el mundo ve (supongo que porque sectores enteros de su cerebro están atareados seleccionando aspectos que un profano pasaría por alto). Y es disléxica, o al menos está en el “espectro”. Cómo explicar si no que insista en seguirle llamando “long cheese” a mi chaise longue. Su condición es tan sobrada que en una ocasión se aplicó a la misma condición: “Se te pegará mi sinestesia”, me dijo, en el que quizás sea el primer momento meta-disléxico de la historia (1).

Pero regresemos a lo de ver lo que nadie ve. Dejando de lado una conexión neuronal fallida, resultado de una meningitis tratada con negligencia paterno-pediátrica, lo que hace ella tiene que ver con ser novelista. El escritor, por norma general, es alguien que se fija más; que “ha entrenado su ojo para observar los detalles”, como afirmaba P. G. Wodehouse (i).

El lector tal vez recuerde cómo Jason Bourne, en The Bourne Identity, entraba a un bar y, sin darse cuenta, registraba entradas y salidas, número de clientes, agresiones potenciales, armas usables. Un verdadero escritor realiza algo parecido. Los momentos de impresionar a la concurrencia no sobran en mi currículo, se lo garantizo, pero los pocos que atesoro tienen que ver con ese superpoder de oficio.

En Castellón, una vez, los organizadores de mi bolo me llevaron a un bar donde, huelga decir, yo no había puesto los pies antes. Allí identifiqué correctamente, tras un somero vistazo, al camello oficial y un extenso organigrama de perlas locales (señalé sus localizaciones sin volverme, lo que me otorgó puntos extra de estupefacción).

En otra ocasión, tras ser acusado por una colega de no haber escuchado una palabra de lo que me había contado durante la cena (la imputación era mayormente cierta), y ser retado a confesar qué cojones había hecho todo aquel tiempo, si podía saberse, contesté (en un raro momento de jactancia) que podía describirle los comensales que nos rodeaban, mesa a mesa; incluso algunas de sus conversaciones. Mi colega, recelosa, regresó al restaurante para destapar mi farol. Cuando volvió a salir, su expresión era una inefable mezcla de admiración, miedo, asco y genuina curiosidad médica.

(También puedo predecir, por cierto, con un margen de error desdeñable y al menos media hora de anticipación, en qué parte del bar va a estallar una pelea. Estoy disponible para fiestas privadas y meriendas de cumpleaños. Mis tarifas son razonables).

No cuento todo esto a modo de captatio benevolentia por mi condición de freak, sino para exponer que un escritor vive en perpetuo modo REC, siempre atento a los cambios a su alrededor, midiendo la talla de los humanos con quien interactúa (por si pueden serle útiles en forma de personajes) con dureza y compasión. “El escritor es el espectador que tiene la esperanza de ver algo más del juego”, decía Alexander Baron (ii).

Cuando uno lo consigue (ver “algo más del juego”, quiero decir), el efecto es indiscutiblemente euforizante. La escritora Rosa Lyster explicaba en On the Alert for Omens: Rereading Charles Portis lo exhilarante que resulta percibir un hecho en apariencia intrascendente. En una ocasión, en Kiev (Ucrania), un señor con la “forma de cabeza y la barba de Karl Marx” había dejado caer desde un balcón, y “deliberadamente”, una piel de naranja sobre su cabeza. Lyster relataba que se había quedado un buen rato allí, observando la peladura (había rebotado primero en su hombro y luego en su pie),  tratando de discernir si aquello era una bendición o una maldición, importante o trivial. “Era una buena peladura, además”, escribía, “la espiral practicada e ininterrumpida de alguien que ha pasado mucho tiempo en ventanas emitiendo comunicados desconcertantes a través de la fruta” (iii).

La anécdota llevaba a la autora a hablar de El perro del sur, de Charles Portis, uno de los libros más divertidos de la historia, además de favorito personal mío. Lyster aducía que el tema de la novela era, precisamente, la euforia de notar. “Me llevé la tarjeta a la cama y la estudié”, decía el protagonista, Ray Midge. “Las cosas más peregrinas adquieren una inusitada importancia cuando uno se halla lejos de casa. Permanece uno alerta a los augurios. Ocurren cosas extrañas”. Y unas páginas más adelante: “Yo seguía al acecho de los recados del destino” (iv). Ochenta y nueve años antes, Knut Hamsun había escrito algo similar: “Me puse a observar a las personas con las que me cruzaba y a las que adelantaba, leía los carteles de las paredes, recibía impresiones de una mirada que me lanzaban desde algún tranvía que pasaba, dejaba penetrar en mí cada detalle, todas esas casualidades que se cruzaban en mi camino y desaparecían" (v).

“Alerta a los augurios”. “Recados del destino”. “Dejaba penetrar en mí cada detalle”. Independientemente de si uno lo utiliza en narrativa o no, la cosa va de mantenerse atento a las señales del entorno, pues a menudo están cargadas de significado. Lyster señalaba la importancia de recordar lo que sintió aquel día en Kiev (Ucrania), muerta de frío, transfiriendo el peso de un pie a otro, escrutando la peladura de naranja y sintiendo a la vez una tristeza que no tenía nada que ver con naranjas. “Siempre he sabido que los detalles desechables son los que deberías conservar, pero nunca me había salido bien hasta que leí El perro del sur”, afirmaba.

Lo que seleccionas del universo, “lo que tu atención convirtió en especial”, seguía diciendo Lyster, explica el tipo de persona que eres. Cuando mi novia distingue un pormenor del mundo, y lo coge con los dedos y lo analiza, eso la define como persona: tú eres tú porque ves esas cosas y no otras. La discriminación del dato configura la realidad, y el detalle es la narrativa. “La historia sin anécdota es un magma indescriptible -ininteligible”, afirmaba Josep Pla. “La literatura sin anécdota no es nada” (vi). Ni la literatura ni la vida, es lo que yo digo.

Unas líneas más arriba vimos cómo Ray Midge permanecía “alerta a los augurios” cuando estaba “lejos de casa”, porque “las cosas más peregrinas” adoptaban una relevancia inesperada. Lo mismo, con mayor intensidad si cabe, sucede cuando uno está enamorado. Stendhal lo sugería en Del amor (1822): “Hasta el hombre más sabio, desde el momento que ama, no ve ningún objeto tal cual es (…) El temor y la esperanza toman al instante algo de novelesco. Nada atribuye al azar, pierde el sentimiento de la probabilidad; a efectos de su dicha, lo imaginado se convierte en realidad”.

Como le largué hace poco a un amplio sector de la población (ver Espíritu de divulgación), un brote de enamoramiento es similar a un brote esquizofrénico: de repente, el mundo entero entra en comunicación contigo. Todo te habla; las contraseñas te envuelven. Cada encuentro casual, cartel de comercio, mierda grafiteada en tapia, cobra un significado místico; lo interpretas como una intervención directa de la Fortuna. De golpe estás metido hasta el cuello en lo que algunos (viejos hippys) llaman “un estado alterado de conciencia”.

Los libros, por ejemplo, te interpelan de un modo que no habías experimentado antes; o al menos no con aquella intensidad demente. Las canciones te conmueven de una forma profundísima, porque en tu “estado” parecen, más que nunca, dirigirse exclusivamente a ti. 'Page', de Farside, un tema que expone dos o tres verdades más bien perogrulleras, adquiere de repente el peso de un códice gnóstico. “With a quick goodbye, it wasn't a big surprisе / because thе time had come to turn the page anyway”. Oh, sí, habladme OH SUPREMOS HACEDORES DEL HARDCORE MELÓDICO CALIFORNIANO, mostradme en vuestra infinita sabiduría cómo pasar proverbial página. Pues me hallo receptivo.

Incluso el puto silencio, ahora que lo pienso, te envía signos constantes (comprendes por primera vez el concepto de “silencio preñado”, que hasta entonces solo habías leído, con rictus escéptico, en novelas de Jane Austen). La tardanza de aquel whatsapp esperado contiene en su ausencia un volumen de información cuantificable en petabytes (no me he inventado el término).

“Todo ha tomado para mí un aspecto misterioso y sagrado (vii)”, confesaba Stendhal. “Supe que estaba enamorado porque me volví completamente imbécil” (viii), decía Limónov. Me temo que ambas afirmaciones son ciertas, e igualmente relevantes, cuando uno se halla inmerso en la euforia de notar.

 

  1. A veces su dislexia realiza un (hilarante) trabajo neológico, creando insospechados nuevos giros: “Chispireta” es, supongo, alguien pizpireto a la vez que chispeante; ¿“Catatombe”? Una hecatombe en las catacumbas, tal vez. En otras ocasiones transforma coloridamente el refranero, llevándolo a una nueva dimensión de significado: “le han dado gato encerrado por liebre” (sospecha y estafa en espléndido 2x1 semántico), o “este tema es el elefante en la mesa” (el paquidermo, aparentemente, se había cansado de estar de pie en la habitación).

(i) Weekend Wodehouse (1939), P. G. Wodehouse.

(ii) So we live. The novels of Alexander Baron (2019), editado por Susie Thomas, Andrew Whitehead y Ken Worpole.

(iii) “On the Alert for Omens: Rereading Charles Portis”, The Paris Review, diciembre 2021. Traducción de Kiko Amat.

(iv) El perro del sur (1979), Charles Portis. Traducido en 2025 por Dirty Works.

(v) Hambre (1890), Knut Hamsun. Traducido en 2026 por Nórdica Editorial.

(vi) Obra Completa 12, Notes disperses, Josep Pla. Traducción de Kiko Amat.

(vii) Del amor (1822), Stendhal.

(viii) Diario de un perdedor (1977), Eduard Limónov. Traducido en 2025 por Fulgencio Pimentel.

 

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