ARTÍCULOS
El puñetazo definitivo
Las injurias son maravillosas, sin duda, pero llega un momento en que dejan de servir un fin, especialmente cuando uno trata con psicópatas, manipuladores irredentos, peña a quien no puede uno romper el corazón, pues carecen de él.
«Un puñetazo es una cosa que surte los más prácticos resultados cuando se aplica a los problemas de la convivencia social», escribió P. G. Wodehouse. «Y, después de haber dado el primero, [él] se sentía semejante al tigre que prueba por primera vez la carne humana, sediento de ulteriores experiencias. La necesidad de distribuir nuevas cantidades de puñetazos se elevó, avasalladora, en su alma, y aquella necesidad era tan urgente que no reconocía distinciones de edad ni sexo.» (i)
Me acordé de la cita ayer, en un bar llamado Andorra. Estaba con dos amigas, Júlia y Sara, ponderando mis numerosas cuitas vitales, y me despisté por un instante de la conversación. Cuando me reintegré a ella, Júlia estaba diciendo: «En realidad no sé si me metieron un puñetazo o me dieron con una silla».
Solté una carcajada de puro gozo. Le exigí detalles. La batalla campal había tenido lugar en el Poble Espanyol, en la sala Upload, Seguratas contra Skins (ganaron los segundos). El caso no difería demasiado de escenarios similares que yo había vivido de adolescente, ni estaba revestido de excepcionalidad por algún pormenor concreto, fúnebre o ridículo –se trataba solo de una nueva refriega pandillera en club nocturno–, pero ella lo contaba divertido y, más importante aún, yo pierdo el culo por las historias de peleas.
La razón de ello es patente; no llamen a mi terapeuta. Uno siempre desea de manera más ferviente lo que no tiene, aunque suene a cliché, y yo nunca he tenido el talento, ni el físico, para la confrontación corporal. «Y yo tenía aquellas manos pequeñas, fui bendecido con manos pequeñas, armas pésimas» (ii), que decía Bukowski.
En efecto, como le sucedía al viejo Chinaski, yo nací con manos pequeñas o, más que pequeñas, esbeltas, utilísimas para desplazar piezas de Fuga de Colditz o pasar páginas de Spiderman, y además destinadas a escribir en el futuro obras literarias que cambiarían el curso de la humanidad, pero que solían dejarme en mal lugar en lances guerreros o silvestres.
«I’m sure that everybody knows / How much my body hates me / It lets me down most every time», cantaba Billy Bragg en «Sexuality». Es tal cual. Mi cuerpo ha tendido históricamente a decepcionarme, y esa es una de las razones por las que escribo novelas. Para compensar. Para nivelar la vergüenza de no haber podido superar el plinto-con-trampolín (un artilugio gimnástico que, según argumentaba Henry Green, «representa la tortura inútil a la que uno es sometido en estados fascistas, o en el nuestro cuando nos preparamos para combatirles» (iii)), hacer adecuadamente la voltereta-con-colchoneta o placar (Dios del cielo, ¿estamos en el siglo XII?) a un contrario en el campo de rugby, escenario de la mayoría de mis humillaciones de mocedad.
El sarcasmo sobre el rugby, ahora lo veo, podría dar lugar a malentendidos. Para mí, uno de los escenarios más románticos concebibles es un entreno de ese deporte. Cuando en el año 2019 tomaba notas para mi novela Revancha (uno de los protagonistas era exjugador) acudí en varias ocasiones al campo de la Unió Esportiva Santboiana, acompañado de mi padre.
Recuerdo en concreto un martes de octubre. Había anochecido ya, y unos focos tremendos, como de camión avanzando entre la neblina, iluminaban el campo. Empezó a caer una pequeña llovizna, fina y británica, y de fondo solo se oía «¡ZUND! ¡ZUND! ¡ZUND!». Un impacto sordo de carne fibrosa chocando contra carne fibrosa, como cuando dos grandes saurios arremeten el uno contra el otro en Jurassic Park.
Uno de los chicos, tras una jugada que terminó en topetazo colosal, se acercó hacia el banquillo, escupiendo al césped y palpándose el labio, y cuando llegó allí abrió la boca y enseñó que le habían partido un cacho de diente. En un entreno. Tan pancho lo dijo, y luego bebió un trago de agua, escupió otra vez y volvió a adentrarse en el campo, bajo la llovizna.
Yo miré a mi padre y él se rio, porque sabe que estas cosas me tocan la fibra. Me emocionan. La dureza; la resistencia; la pinche fuerza bruta. Toda la potencia, la determinación con punto focal, el esprit de corps, ¿la intensidad? De niño, todo lo que quería era ser uno de ellos. Pero el destino no me otorgó el cuerpo, ni el arrojo, y por ello, como ya dije, llevo una vida entera ecualizando mis carencias mediante el don, o dones, que sí tuvo a bien entregarme la fortuna: la labia, un ingenio más o menos competente (desde luego rápido), y la capacidad de contar historias.
Manifestaré a continuación una opinión impopular: la violencia es una fuerza neutra, que es posible poner a buen o mal uso. Aunque no haría falta especificarlo, yo me inclino por el primero de ambos. Como a cualquier persona con corazón y sensibilidad, me disgusta la violencia gratuita, o la que se aplica contra el débil (otra cosa es que nuestras definiciones, la de ustedes y la mía, sobre lo que es «gratuita» o «débil» difieran, como perfectamente puede suceder).
Lo que dije sobre el rugby es, lo indiqué algo más arriba, aplicable también a las reyertas. «Cuando era mod me metí en una pelea estúpida una vez y me acojoné vivo», declaró Irish Jack, mod original de los sesenta. «Ese día comprendí que no sabía pelear.»
Yo no recuerdo la revelación original, si es que hubo alguna, pero en mi fuero interno siempre he sabido lo mismo que Irish Jack. A mí, lo de repartir mantecados no me salía. La genética, ya dije, no me había concedido el talento pugilístico ni la materia prima con la que ejercitarlo.
Lo que sí tenía de niño, como he explicado en otros lugares (ver Los enemigos) era una lengua ponzoñosa, un sentido del humor autodefensivo, coriáceo, y una habilidad sobrenatural para detectar los puntos débiles ajenos. La combinación mágica de los tres factores, como siempre aduce mi hermana, es la razón primordial de que ni ella ni yo fuésemos acosados en un mundo de acosadores. La gente se piensa dos veces lo de aplastarle la faz a alguien que puede señalar, ante un público nutrido, la más oprobiosa de sus carencias. Un guantazo es un guantazo es un guantazo, y duele, indudablemente, pero un insulto bien dirigido hace blanco en el alma, no en la nariz, y te lo llevas a la tumba.
Pero estoy haciendo del defecto virtud, como es mi costumbre, y en el fondo preferiría ser capaz de asestar un crochet magnífico que escribir páginas de gloria. Las injurias son maravillosas, sin duda, pero llega un momento en que dejan de servir un fin, especialmente cuando uno trata con psicópatas, manipuladores irredentos, peña a quien no puede uno romper el corazón, pues carecen de él. «Dicen, Señora Miggins, que los insultos verbales hacen más daño que el dolor físico», exponía Blackadder en un episodio de la serie. «No es verdad, por supuesto, y lo entenderéis cuando os clave este tenedor en la cabeza.» (iv)
Sí, lectores. Un tenedor en la cabeza o, en su defecto, un buen piño en el momento adecuado solventa problemas, en directo y sin secuelas. «Entre los mayores algunos albergaban, quizá, la idea de asestar un golpe definitivo», escribió Frank Conroy en Stop-Time. «Un puñetazo sobrehumano que lo dejara fuera de combate al instante y que se pudiera convertir en el puñetazo definitivo que terminase con todos los puñetazos definitivos.» (v)
Es justo así. He visto demasiadas veces un cate soltado en el instante perfecto, al receptor oportuno, para no saber que es una forma sana de poner fin a iniquidades. Porque en este mundo hay «gente terrible», escribía John O’Hara, «[gente] que no tenía que hacer nada para volverse terrible, pero que simplemente eran personas terribles. Por supuesto, normalmente hacían algo, pero no tenían por qué hacerlo». (vi)
En ocasiones, la única forma de poner en su lugar a esa gente terrible, tóxica y maltratadora, racista y despótica, es partirles la jeta. Es posible que no entiendan, o no teman, las indirectas agudísimas o los tuits «incisivos», pero seguro que entienden, o temen, el lanzamiento de un «bocata de nudillos», como lo llaman en Inglaterra, en dirección a su quijada.
Por todo lo expuesto, tiende a gustarme la gente que resuelve abusos flagrantes con el método muscular. Cuando era joven me rodeaban buenos amigos que eran diestros en el arte del cogotazo, y durante un tiempo dejó de preocuparme si alguien, enfrentado a mis looks delirantes, me llamaba «mariquita»: el malentendido solía solucionarse con gran brevedad. La implacable actuación de mi guardia pretoriana era lo opuesto de situacionista: terminaba situaciones.
Aquellos años me sentí como el profesor Xavier de la Patrulla-X: solo tenía que pensarlo, y una enérgica coz impactaba contra la cara del matón. Y así, leche a leche, fui emergiendo ileso de cada pelea. O el enemigo no me consideraba un objetivo militar, o ni siquiera acertaban a tocarme, como misiles de corto alcance que topan con un inesperado campo de fuerza: mis guardaespaldas.
Pero aquello también tuvo su contrapartida, porque la omnipresencia bélica de mi panda evitó que pensara en entrenar para el día de mañana, y en más de una ocasión me encontré desvalido ante la maldad, y por tanto impelido a tomar la vía no honrosa (salir por patas, apretando el culo, tras mascullar alguna excusa).
Por fortuna, en el mundo mayormente cerebral que habito hoy en día existen un par de amigos cuyo posicionamiento frente a la agresión villana es parecido al de mi pandilla adolescente. Por descontado, no estoy diciendo que les prefiera por encima de los colegas no litigantes; eso sería injusto, por no decir impráctico a nivel afectivo. Solo digo que si eres amigo o amiga mía, y posees el resto de atributos que es lícito exigirle a cualquier camarada (emoción, empatía, lealtad, sentido del humor, talento, etc.), que además sepas arrear un meco cuando la ocasión lo exige es un activo no desestimable a mis ojos.
Pondré un ejemplo y el lector lo comprenderá de inmediato: hace un año íbamos por la calle mi socio y amigo Benja Villegas, su hijo Leo (de tres años), nuestro productor Guillem y yo mismo. Para aquel que no nos haya contemplado en directo recalcaré que no somos precisamente los Avengers, y además aquel día yo llevaba un outfit que combinaba proxeneta en Acapulco, años cuarenta, con patinador de rollerskate ochentero (ni menciono las habituales piernas de pollo, manos de Barbie y hombros de los que te imposibilitan ser cartero).
Charlaba yo y andaba a gran velocidad, (vii) y acabé deteniéndome en cierta esquina, con Guillem a mi lado. Ambos nos dimos cuenta de que mi socio no nos seguía. Nos volvimos, y le vimos parado, diez metros más abajo, en la terraza de un frankfurt que acabábamos de rebasar.
Fue un momento chocante, y a la vez familiar, del todo dejavuesco: Benja tenía la cara a cinco centímetros escasos de la cara de un joven con traje de alta visibilidad, operario del alcantarillado o el tendido eléctrico o algo. Mi amigo se cernía sobre el tipo, como si de repente hubiese adquirido la estatura y volumen de un oso grizzly, y le señalaba con un dedo que parecía a punto de hacer poc-poc en su frente. No vociferaba, pero la expresión facial dejaba bien claro que tampoco estaba susurrándole al oído dulces sonetos isabelinos.
En la misma mesa había dos señores más, también con trajes de alta visibilidad, tan paralizados como el increpado. En mitad de la acera, lleno de curiosidad infantil por lo que estaba aconteciendo, sentado en su cochecito, estaba Leo.
Benja terminó su refinada exposición, tomó el cochecito y se acercó hasta donde estábamos. Tenía la cara colorada, pero tampoco de manera ostensible. A nuestras preguntas respondió que, al dejar atrás la mesa de aquellos tipos, uno de ellos había proferido una injuria, de inconfundible cariz homófobo, dirigida a mí, y que él se había ido directo a él para invitarle a que lo repitiese, si deseaba que le partiesen la puta cara.
Y yo quiero a Benja por diversas razones, demasiado numerosas para listarlas aquí, pero estaría cometiendo perjurio si no confesara que en aquel instante, viéndole acallar a un bully, a punto de soltar el puñetazo definitivo, le quise un poco más.
(i) Full Moon (1947), P. G. Wodehouse.
(ii) Ham on Rye (1982), Charles Bukowski.
(iii) Pack my Bag (1940), Henry Green.
(iv) Blackadder the Third (1987), «Sense and Senility».
(v) Stop-Time (1967), Frank Conroy.
(vi) Appointment in Samarra (1934), John O’Hara.
(vii) Mi estilo transeúnte es el London Walk: una molécula de energía por debajo del trote vigoroso, sin permitir que se convierta en marcha atlética.