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Fragmento de 'Los intrusos' de Carlos Manuel Álvarez
A un par de cuadras de Damas 955 se encontraba la iglesia del Espíritu Santo, una ermita pequeña y frugal que en 1773 contrajo el derecho de proteger a los perseguidos por las autoridades. Probablemente se trate de la casa de Dios más antigua de Cuba, construida alrededor de 1632 y elegida por la devoción de los negros libres al divino Paráclito. Debajo de las ideologías contemporáneas, la arquitectura presente de la plantación.
Aimé Césaire no entendía lo negro como «una realidad biológica o un color de piel», y sí como «una de las formas históricas de la condición impuesta al hombre». A su vez, el filósofo camerunés Achille Mbembe hablaba del «devenir negro del mundo», lo que, rápido y mal, venía a decir que el capital nos había puesto prácticamente a todos en un lugar de cosificación, con la pérdida de la noción sujeto/objeto, en el que ya se encontraban los negros desde hacía cinco siglos. Sus cruces entre estudios de clase y raza, zonas del pensamiento normalmente separadas, tendían a la idea de que la división de clases necesitaba la invención de razas como elemento o suplemento genético justificativo. Era posible entonces que lo negro tuviera incorporado un saber para enfrentar el momento, unos hábitos, que lo blanco desconocía.
Yo fui descubriendo ese saber, o ese hábito, en la medida en que fui dejando de ser blanco, es decir, en la medida en que emigré y me exilié y en la medida en que esa emigración o ese exilio me llevó cada vez más al norte. Un viaje donde la condición blanca se volvía una etiqueta cada vez más exclusiva, una condición segregativa que se fundaba en la lógica del disfrute aristocrático, secta que gozaba más por lo que dejaba fuera que por lo que contenía. El recorrido hacia la cúspide racial terminaba, por supuesto, habitado por nadie. Era una ficción, la ficción del Hombre Blanco, la categoría suprema que la multiculturalidad identitaria del capitalismo tardío necesitaba para –a través del reconocimiento de parcelas aisladas, como una repartición agraria de la cultura: las hectáreas de los gays, las hectáreas de los refugiados, las hectáreas de los pueblos originarios– garantizar que nadie derribara o contaminara la figura dominante y que los demás no se mezclaran ni se articularan entre ellos luego de esta compensación simbólica o esta reforma paliativa de nuevo tipo. El sueño libidinal del Hombre Blanco, reprimido o expresado, no era otro, desde luego, que el fascismo.
Detrás de ese autoengaño, latía una verdad distinta. En la última página de Absalom, Absalom!, Faulkner hablaba así del hijo bastardo y mestizo del capitán Sutpen: «Pienso que, a la larga, los Jaime Bond conquistarán el hemisferio occidental. Naturalmente, no lo veremos nosotros, y, a medida que avancen hacia los polos, ellos se blanquearán otra vez, como los conejos y las aves, para no contrastar tanto con la nieve. Pero seguirán siendo siempre Jaime Bond; y dentro de unos cuantos milenios yo, que te miro ahora, habré nacido también de las entrañas de los reyes africanos».
Jaime Bond, hijo no reconocido, inauguraba lo que Édouard Glissant llamaba «el desvío» y la «poética de la opacidad». En ese desvío y esa opacidad entendía yo a San Isidro, un territorio que se resistía a ser comprendido dentro de la transparencia impuesta por Occidente, un universalismo abstracto que aplanaba y ecualizaba la experiencia, cuyo nombre administrativo era, principalmente, Estado-Nación o Patria o institucionalización del deber. Tales territorios no comprendidos existían en cada país y desde ellos se podía establecer una «política de la relación».
El mundo líquido y desjerarquizado tendría la ventaja de permitir la articulación de la liga internacional del municipio, periferia cosmopolita no incluida en la lógica extractiva del progreso, donde los enclaves importantes y los centros rectores de la cultura terminaban, a rasgos generales, reducidos a la contemplación melancólica de su propia magnificencia. Cabría la posibilidad de imaginar una región espiritual federativa a partir de las zonas no confiscadas por los patriotismos locales o el triunfo rutilante de la empresa, esto es: ciudades oligárquicas, paraísos turísticos, capitales (o grandes extensiones de ellas; aunque las capitales siempre esconden la semilla de su propia destrucción). Categorías todas, por otra parte, que al menos hasta cierto punto siempre se podían revertir. En la Revolución francesa, el empuje municipal fue quien trajo una nueva división territorial ampliamente más descentralizada, a través del cantón, el distrito y el departamento, convirtiendo, en ese inicio luminoso, las parroquias en comunas.
En La Habana la tensión se traducía en el duelo esteoeste, con esta última zona de la ciudad –Vedado, Miramar, donde radicaban los teatros, los cines, los centros de investigación, las instituciones culturales– produciendo un arte de rebeldía domesticada y malcriadeces dóciles. En sintonía con los autores que venía leyendo, no hablaba ya del Vedado y Miramar como barrios, ni siquiera como proyectos o conjuntos de reglas, sino como métodos o principios de realidad.
Había una serie de figuras públicas cuyo aparente mérito estético consistía en transgredir el aparato formal de la institución y su logos. En ese sentido, eran tan dependientes de la institución, o más, que quienes estaban dentro de ella, pues la necesitaban como baremo, la medida primera de sus recorridos individuales. Se solazaban y se conformaban e incluso se creían valientes por traspasar sus límites oficiales, no queriendo ver que ese traspaso, esa ruptura, también estaba contenida dentro de la institución, pensada y permitida ya por el cuerpo elástico del permiso real, que tenía su sombra, zona que asimilaba y conducía a las dizques ovejillas descarriadas para que limpiaran un poco la sangraza que dejaban regada a cada tanto los cancerberos duros de la censura.
Un artista en Cuba debía tener presente a la institución, pero para mostrarla, no para decirla. Debía representarla, no vender la exposición literal de ese cadáver a la manera de una apuesta con cierto riesgo formal. Como todo campo cultural a la larga reflejaba un terreno político concreto, estos artistas y sus seguidores se creían portadores de la mesura, incomprendidos que cargaban con la desgracia de vivir y pensar entre dos extremos rabiosos, pero no había dos extremos rabiosos, tal esquema. Había una línea autoritaria recta, llamada «castrismo», que terminó dragando el estrecho de la Florida. Podía encontrarse tanto en La Habana como en Miami, aunque en Miami uno podía perfectamente vivir fuera de esa narrativa, olvidarla por completo si quería. En Cuba, no.
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