ARTÍCULOS

En el brete

En el brete

No acabo nunca de leer los libros que me gustan o, mejor, que me importan. Los leo, los releo, vuelvo sobre sus páginas, sobre sus párrafos, los subrayo y los pienso y vuelvo a pensar.

POR J. Á. González Sainz
26/05/2026

¿Cuándo se acaba de escribir un libro?, ¿cuándo se acaba de leer? Si el libro es obra, una obra, y las obras por lo general requieren de mantenimiento con el paso del tiempo, ¿requerirán también los libros por lo tanto alguna forma de mantenimiento, de puesta a punto? ¿O bien su forma de mantenimiento es el siguiente libro, la siguiente obra, que entonces es siempre obra sobre obra?

Por lo que a mí toca, yo, o lo que uno sea cuando lee, no acabo nunca de leer los libros que me gustan o, mejor, que me importan. Los leo, los releo, vuelvo sobre sus páginas, sobre sus párrafos, los subrayo y los pienso y vuelvo a pensar y me muero de rabia de que todavía estén ahí fuera y no los haya podido hacer del todo míos y, a la vez, me maravilla que así sea, que vivan distintos a mí porque, en esa distinción, está el verdadero intríngulis.

Pero si el libro es además tuyo, si como en mi caso, o en el caso de lo que uno sea cuando escribe —yo soy yo y el lenguaje; yo soy yo, que vete tú a saber, y el lenguaje, que vaya él a saber también—, mi forma de escribir es volver una y otra vez sobre lo escrito para adensar su escritura, para escucharla y matizarla o sacarle más punta y, por consiguiente, ya he vuelto y revuelto a ello hasta decir basta en una ocasión y publicarlo, una vez ya publicado el libro, una vez ya dado por cumplido y acabado, ¿qué licitud, justificación u operatividad puede tener volver a las andadas otra vez y retocar, abrir a lo mejor otra voluta, darle otro pase, corregir y tratar aún de perfeccionar algo más, aunque sea un poco, una mota, una coma? ¿No estaba ya bien, no lo habías dado ya por bueno? A lo mejor es solo una cuestión de carácter, una pulsión quisquillosa, meticulosa, no tanto incluso tal vez escrupulosa, sino hasta chinchorrera, qué sé yo, pese a que no saber puede ser asimismo toda una sabiduría.  

De haber algo cierto es que, cada vez que un libro ha tenido una buena acogida por parte de los lectores que faculta una nueva edición, la cuestión de ver si se puede mejorar en algo ese libro se plantea de un modo desafiante y desgarrador, por lo menos para mí. Lo más fácil es no tocar nada, claro; si ha gozado del beneplácito de los lectores, ya estará bien. Pero el reto está ahí, ha salido de los toriles, y te emplaza solo a ti. ¿Qué me parecerá si lo vuelvo a leer?, ¿los años de vida empleados en él los daré por bien empleados?, es el primer plato del desafío, la primera suerte. ¿Pero quién soy yo ahora y es mi lenguaje y el lenguaje de ahora para decir nada sobre quien era por entonces?, puedo responder si me quiero engañar como tantas veces conviene. Y el segundo plato, la segunda suerte: ¿podría mejorarlo en algo, por leve que sea? ¿Y mejorar qué es?, me puedo responder asimismo, ¿se mejora siempre cuando se empeña uno en mejorar?

Hay libros en los que, sin darle muchas vueltas, ves que te sería muy difícil volver a meterte en ellos, ser ellos, o bien que, por lo que sea, parece que no te echan el guante, que no te desafían, y entonces ya está, ya están definitivamente. Pero otros, también por lo que sea en ellos o en ti, parece que en efecto te retan a meterte con ellos de nuevo, como si el combate no estuviera dado por concluido del todo.

Por otra parte, mi escritura consiste en volver y volver sobre lo escrito, en dejarlo respirar, en escucharlo y ver si puedo responder algo más, ir algo más allá. Pensar, pensar a partir del lenguaje, pensar con el narrar y narrar con el pensar y existir en el lenguaje, es una forma de volver. Lo mismo que volver, el regreso, es seguramente uno de los motivos principales en mi narrativa. ¿Qué le voy a hacer?

Por eso pocas veces termino de escribir un libro, es mi condena; los dejo ahí, orillados, inacabados, puras tentativas, tientos, desechos incluso de tienta, puros comienzos, con la impresión poderosa de que requerirían más, de que me he quedado corto, de que no he sabido o no he tenido el suficiente tesón, de que exigirían volver más a ellos, vivir mejor lo de ellos, con ellos, ahondar más, corregir más, adensar. Tal vez todo libro sea en esencia un libro inacabado, como quizá toda vida. Las vidas cuando acaban siempre están inacabadas, ¿por qué entonces no los libros o por lo menos mis libros?

Así que cada vez que una nueva edición de un libro me pone en el brete de esa tesitura, se me llevan los demonios. ¿Adónde? A veces a volver a meterme en ellos y enfrentarme a ellos, aunque solo sea por saber si salgo con vida del enfrentamiento y, por lo tanto, con esa mayor vida del superviviente y, a la vez, por si se pudiera mejorar algo, aunque solo fuera un poco y ese poco pudiera ser un pequeño obsequio u ofrenda al lector distinto de mí. Porque el lector de mí que hay en mí ya ha tenido su recompensa en haber salido vivo de la liza. Así ha sido, por ejemplo, ahora con El viento en las hojas, o hace poco con Volver al mundo u Ojos que no ven, que he corregido, y espero mejorado en algo, todos ellos. Meterme de nuevo con Volver al mundo me supuso no ya miedo sino pánico, un pánico de días en que veía los folios amontonados sobre mi mesa desafiándome un día y otro hasta que decidí echarme al ruedo y entonces, pasadas las primeras páginas, experimenté una de las mayores satisfacciones de mi vida de alfarero de frases. Pero, sin embargo, ni se me ha ocurrido por otra parte meterle mano a La vida pequeña en ninguna de sus múltiples reediciones, tal vez, eso supongo, porque tendría que tener una continuación o, por lo menos, en eso ando; tal vez sea esa una explicación de que no me haya echado el guante del desafío o no me parezca haberlo percibido así.

Toda obra es seguramente un desafío, un duelo permanente de por vida que te espera ahí donde menos lo piensas, como les ocurría a los duelistas de Conrad en esa extraña novela que es El duelo, una necesidad de pelea, una tregua, una recuperación, alguna distracción y, de nuevo, sin razón a veces, con explicación otras, el desafío ahí delante, el desafío a muerte, que un oscuro instinto te hace aceptar y pechar con el resultado. Tanto más en nuestro caso porque el desafío en literatura es siempre a vida, a más vida, ¿mejor vida?

COMPARTE

CONTENIDO RELACIONADO

COMENTARIOS