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Carilda: una antorcha que alumbra y quema

Carilda: una antorcha que alumbra y quema

Invitamos a Bibiana Collado Cabrera a que nos hable sobre la autora que ha supuesto su mayor inspiración: "Descubrir la literatura de Carilda Oliver Labra supuso conquistar un nuevo lugar de enunciación, la voz deseante".

POR Bibiana Collado Cabrera
08/01/2026

Hoy te saludo brutalmente:
con un golpe de tos
o una patada.
¿Dónde te metes,
a dónde huyes con tu caja loca
de corazones,
con el reguero de pólvora que tienes?
¿Dónde vives:
en la fosa en que caen todos los sueños
o en esa telaraña donde cuelgan
los huérfanos de padre?

Así empieza el poema titulado "Discurso de Eva", escrito por Carilda Oliver Labra (Cuba 1924 – 2018). Si tenéis un momento, buscadlo en el navegador y leedlo completo. Muy largo, lo sé, no os desaniméis. Es perturbador, poderosísimo, deslumbrante. Fue compuesto en 1965.

Imaginadme con veinte años y toda el hambre del mundo: hambre de literatura, hambre de vida (como si no fueran, en cierto sentido, lo mismo). Imaginad un aula llena en una facultad de filología, un alumnado que no sabe prácticamente nada de literatura caribeña y una profesora que parece saberlo todo, dispuesta a incomodarnos y seducirnos a la vez. Imaginad el impacto que pudo causar en mí escuchar aquel poema recitado, a traición y con convencimiento, por esa mujer que pocos años después empezaría a dirigirme la tesis doctoral.

La fiereza fértil de versos como “¿Cuándo vas a matarme a salivazos, / héroe? / ¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia? / ¿Cuándo? / ¿Cuándo vas a llamarme pajarito / y puta?” se entrelazaba con la intimidad luminosa de otros: “Por eso, cuando nos mordemos, / de noche, / tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola”.

¿Se podía decir todo eso en un poema? ¿se podía leer algo así en mitad de clase? ¿nos estábamos ruborizando al escucharlo? El cauce de la literatura se ensanchó delante de mis ojos aquella mañana. Al acabar la sesión, corrí a la reprografía para recoger el dosier que la profesora había preparado.

Fue apenas el comienzo. Sus libros no se podían comprar en Europa. En España solo era posible conseguir una pequeña antología, pero yo estaba empeñada en leer más de aquella voz que desbordaba el texto y señalaba hacia lugares impensables en la imaginería libresca que había heredado. Ese afán me acabaría llevando a Cuba con una estancia de investigación durante mi posgrado.

La fascinación –e incomodidad– que me produjo “Discurso de Eva” se repitió en “Una mujer escribe este poema”, “Elegía en abril” o “Se me ha perdido un hombre”, entre otros muchos textos. Cada poema me estallaba en las manos como un big bang generador de imágenes potentísimas que abrían fisuras en el fosilizado significante “mujer”.

Descubrir la literatura de Oliver Labra supuso conquistar un nuevo lugar de enunciación: la voz deseante. Sus versos enarbolan el deseo como una antorcha que alumbra y quema, nos colocan contra las cuerdas, nos permiten la delicia de decir lo indecible, muestran las contradicciones del confeti cayendo sobre la herida.

Su obra cuenta con innumerables poemas de verso libre e imaginación galopante –como los que he citado anteriormente–, pero Carilda escribió también numerosos sonetos que tuvieron la virtud de reconciliarme con la métrica clásica en la literatura contemporánea. “Me desordeno, amor, me desordeno”, “Te mando ahora a que lo olvides todo” o “Callados, por la tarde, gravemente” son solo algunos de esos juguetones e impetuosos ejemplos. También es fortísimo su anclaje con la literatura popular, de ahí su defensa acérrima de la décima, estrofa tradicional cubana. Este aspecto no lo valoré lo suficiente cuando la empecé a leer, pero ahora me parece valiosísimo.

Además, ella misma se convirtió en un icono pop de la cultura cubana. Frente al aura elitista que todavía atraviesa a autores como José Lezama Lima, Gastón Baquero o Cintio Vitier (miembros del influyente grupo “Orígenes”), se erigió la popularísima figura de Carilda Oliver Labra, cuyos versos se siguen recitando hoy en día de memoria. Fidel Castro le escribió una carta en la que aludía al agradecimiento de “todo tu pueblo que te siente esencialmente suya”. Y es que Carilda fue convertida en poeta-leyenda, en poeta-mito, en poeta-nación. Pero de las interesantísimas apropiaciones que se han llevado a cabo sobre esta escritora hablamos en otro momento. De momento, os invito a entrar en su poesía. Acercaos a su antorcha, mirad la luz, quemaos.

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