12/03/2021
Empieza a leer 'Melancolía y cultura' de Roger Bartra

Maigre immortalité noire et dorée,
Consolatrice affreusement laurée,
Qui de la mort fais un sein maternel,
Le beau mensonge et la pieuse ruse!
Qui ne connaît, et qui ne les refuse,
Ce crâne vide et ce rire éternel!

PAUL Valéry, 
Le Cimetière marin, XVIII


NOTA A LA EDICIÓN REVISADA

Este libro es esencialmente el mismo que se publicó en 2001 y sin embargo ha sufrido una importante mutación en su estructura. He cambiado el orden de los ensayos y de muchas de sus partes con el propósito de que el texto fluya mejor, desde la apertura teórica hasta la exploración de casos concretos en el Siglo de Oro español. Estos cambios los realicé para las ediciones en inglés (2008) e italiano (2012) del libro. Esta nueva edición en español incorpora esas modificaciones en la estructura. Los cambios incluyeron una inversión de los términos en el título, de manera que ahora la melancolía aparece en primer lugar. La reflexión y el interés por la melancolía han continuado extendiéndose con fuerza. Acaso también se han extendido los humores negros en las sociedades globalizadas. El siglo XXI ha traído tensiones que incrementan la preocupación por un malestar tan antiguo y al mismo tiempo tan moderno. La pandemia de covid-19 que azota al mundo desde 2020 ha agregado una dimensión lúgubre y trágica a esos viejos humores negros que impregnan la vida cotidiana. Creo que este libro puede ser un buen compañero para meditar sobre la enfermedad y la muerte en esta época de cambios sociales y culturales profundos ocasionados por el peligroso virus.

 

INTRODUCCIÓN

Al comenzar el siglo XXI la melancolía se extiende como tema de reflexión y motivo de preocupación. Ello no es un accidente azaroso de la historia intelectual. Los grandes cambios políticos nos alejan rápidamente de los territorios conocidos de la modernidad y crean un vértigo cultural ante la boca del abismo que se abre frente a nuestros ojos. Por ello, la mirada de muchos es atraída por la melancolía, esa fascinante constelación de antiguos problemas y angustias que a lo largo de siglos la historia de Occidente ha guardado en su memoria. Se dice que la época de ansiedad que sobrevino después de la Segunda Guerra Mundial ha sido seguida por una Edad de la Melancolía, precipitada por el miedo a catástrofes finales, guerras nucleares, colapsos ecológicos, explosiones demográficas o desórdenes propios de la sociedad posindustrial. Pero hay que recordar que la melancolía tiene una larga historia, y que su edad de oro se halla en el Renacimiento.

Durante esta larga y tensa posguerra que ha sido la segunda mitad del siglo XX se han escrito y divulgado obras muy importantes sobre la melancolía, desde la aparición de Saturno y la melancolía de Klibansky, Panofsky y Saxl, la Historia del tratamiento de la melancolía de Jean Starobinski y la Melancolía de Hubertus Tellenbach, hasta los libros más recientes de Jackson, Kristeva, Lepenies y Screech. Sin embargo, los textos que estudian la historia del mal prestan muy poca o ninguna atención al tema de la melancolía en el Siglo de Oro, a pesar de la enorme importancia que tuvieron las reflexiones españolas sobre la melancolía. Este libro quiere contribuir a llenar este vacío, y demostrar que el tema de la melancolía española del Siglo de Oro es un eslabón indispensable para comprender la eclosión del humor negro en la Europa de los albores de la modernidad.

Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII empezaron a circular en Europa textos sobre la melancolía dirigidos al público en general, y no solo a los especialistas en enfermedades mentales. Los más conocidos son los de Robert Burton y de Jacques Ferrand, publicados a comienzos del siglo XVII, escritos en inglés y francés, y no en latín como solían hacer los médicos. Pero apenas es conocido el hecho de que el primer libro sobre la melancolía escrito en lengua vernácula haya sido, hasta donde sabemos, preparado por el médico español Andrés Velásquez: el Libro de la melancolía, publicado en 1585, apenas un año antes que el tratado de Timothy Bright, que fue conocido por Shakespeare. La segunda parte de este libro toma como punto de partida el libro del doctor Velásquez para escudriñar el amplio panorama de la melancolía española en el Siglo de Oro. A través de los ojos de este médico andaluz, de lo poco que sabemos de su vida y de su texto, he compuesto una cartografía del humor negro español. El estudio de las extrañas circunvoluciones del cerebro barroco que dibujan los médicos y los escritores del Siglo de Oro me permite afirmar que la melancolía fue uno de los ejes fundamentales de la cultura renacentista.

Es conocida la relevancia del tema melancólico en el Hamlet de Shakespeare o en los Ensayos de Montaigne. Habría que agregar el Quijote de Cervantes, tema al que dedico la última parte. Allí examino el problema de la melancolía religiosa y su relación con la sobrevivencia de antiguos cánones precristianos; me guía la idea de que la tristeza de don Quijote es una pieza clave en la larga historia de la melancolía, y que no ha sido tomada en cuenta suficientemente por quienes se han interesado por el problema. Reflexiono allí sobre la angustia moral que provocaba el extraño y olvidado pecado de la acedia, y discuto los posibles diagnósticos de la misteriosa enfermedad que aquejaba a don Quijote.

La segunda parte de este libro analiza las críticas de Andrés Velásquez al extraordinario e influyente libro del doctor Juan Huarte de San Juan, Examen de ingenios para las ciencias, para plantear algunos problemas teóricos y de interpretación. Como verá el lector, a partir de uno de los más enigmáticos avatares de la historia de la ciencia, me introduzco en los debatidos temas de la influencia de la cultura en la formulación de paradigmas. El examen de las raíces culturales de las concepciones científicas ha alarmado a muchos investigadores, que han reaccionado contra los excesos de aquellos ensayistas que solo ven «construcciones» e «invenciones» en la historia del conocimiento. El tema de la melancolía me sirve, también, para discutir el muy espinoso problema de la inteligencia artificial como posible modelo del funcionamiento de la mente humana, así como para ofrecer una interpretación evolucionista de la función de los mitos en la ciencia.

La melancolía es un fenómeno ligado a una amplia y compleja constelación cultural, que rebasa las consideraciones psiquiátricas y neurológicas que han tratado de confinarla en lo que se denomina «depresión», enfermedad mental definida técnicamente como un desorden afectivo y asociada a déficits en las aminas neurotransmisoras en el cerebro. Por otro lado, no creo que la melancolía sea una enfermedad similar a la amenazadora anarquía que percibía Matthew Arnold, y que debía ser enfrentada por los refinamientos de la cultura. No veo una oposición entre cultura y melancolía paralela a la que Raymond Williams observa en el contraste, en el pensamiento inglés, entre alta cultura y sociedad burguesa. No concibo la cultura como el conjunto de expresiones estéticas de los elementos que una sociedad considera como más elevados, a la manera de Arnold, y que Edward Said analiza en las manifestaciones culturales del imperialismo, otra amenaza propia de la modernidad. Yo no quiero restringirme al estudio de la forma en que un desorden mental se expresa por medio de la cultura. Los psiquiatras tienden a ver la cultura como el colador que filtra y que matiza con su influencia las múltiples manifestaciones de un fenómeno patológico que ataca a los hombres en todo el mundo.

No creo que la cultura sea el antídoto contra el caos melancólico; no quiero circunscribirme a estudiar una cultura de la melancolía, ni a observar solamente la melancolía en la cultura. Pienso en la melancolía como cultura y, hasta cierto punto, en la cultura como melancolía. Por ello mis reflexiones sobre la melancolía en el Siglo de Oro español quieren acercarse más bien a libros como Saturn and Melancholy, de Klibansky, Panofsky y Saxl, Montaigne and Melancholy, de Screech, y Melancholie und Gesellschaft, de Lepenies, pues estos estudios funden la melancolía con la mitología, la biografía o la sociedad que analizan.

Como se habrá observado, los textos que he citado llevan todos en su título la conjunción copulativa –y– que también uso en este libro. Me gusta emplearla para estrechar irónica, admirativa y metafóricamente mis ligas con dichos textos, y además quiero sugerir literalmente la unión de la melancolía con la cultura, como una conjunción de dos astros que ocupan la misma casa celeste y como una cópula más carnal que lógica, en un trabajo de cultivar el humor negro para ver crecer sus numerosos frutos. Mi punto de vista es el de un antropólogo. Por eso me fascinan las discusiones en torno de un estudio clásico sobre los orígenes sociales de la depresión, donde dos psiquiatras occidentales afirman que en Sri Lanka esta enfermedad mental, como respuesta a la pérdida de una importante fuente de valores positivos, lleva a una sensación general de desesperanza en la vida: esta generalización es, según ellos, el núcleo central del desorden depresivo. Un budista cingalés, quien además es un excelente antropólogo, ha hecho notar que esa descripción no parece corresponder a un budista deprimido, sino más bien a un buen budista que considera a la desesperanza como parte de la naturaleza del mundo, y para quien la salvación consiste precisamente en comprender y vencer la falta de esperanza, no en negar su existencia.

Así, para un budista la melancolía no es una enfermedad sino una condición existencial que deriva del sufrimiento y de la tristeza que emanan naturalmente de la vida misma: la única forma de superar la melancolía del mundo es mediante el nirvana. El antropólogo cingalés que he citado, Gananath Obeyeserkere, afirma que en Occidente las afecciones que caracterizan a la depresión flotan de manera relativamente libre, mientras que en otras culturas forman parte intrínseca de grandes conglomerados culturales y filosóficos. Se equivoca. Yo creo que esto último ocurre igualmente en Occidente, por más esfuerzos que haya hecho la psiquiatría moderna por aislar el síndrome depresivo y encerrarlo en los límites establecidos por los manuales. Pero para comprender este hecho es necesario ligar la idea de depresión con la de melancolía, su ilustre antecesora, para así abrir las puertas del inmenso y complejo conglomerado cultural que se aglutina entorno del humor negro. Solo así podremos comprender que la depresión descrita en los manuales de psiquiatría no es más que una pequeña faceta de un canon cultural de gran envergadura que recorre toda la historia occidental. Un gran psiquiatra, Ludwig Binswanger, gracias a su orientación fenomenológica, se dio cuenta de este problema, e hizo esfuerzos por distinguir la enfermedad de la angustia existencial. Recordemos que antes de llamarse La nausée, la influyente novela de Sartre se llamó Melancholia.

La melancolía es un problema vivo que permea la cultura contemporánea. Más de una vez, durante los últimos años, me he preguntado si todavía existe esa España melancólica cuyos humores negros cristalizaron en el Siglo de Oro y que fueron celebrados o deplorados durante siglos como uno de los rasgos propios de la identidad española. Me interesa el enigma de la melancolía española porque me he dedicado a examinar el mito de la melancolía como un ingrediente de la cultura nacional mexicana. He podido comprobar, además, que en varias culturas europeas el mito de la melancolía ha sido acariciado como un valor íntimamente ligado a la identidad. Los ingleses del siglo XVII parecían querer arrebatar la melancolía a los españoles para erigirla en monumento nacional, a lo que contribuyó la obra de Robert Burton La anatomía de la melancolía. Sin duda, una de las señas distintivas del Renacimiento alemán es el famoso grabado de Durero que representa al ángel de la melancolía. Los franceses construyeron la tristesse para emular al spleen inglés, y los románticos exaltaron como pocas veces antes el sentimiento melancólico. Es posible que hayan sido los neoplatónicos florentinos los primeros en impulsar el renacimiento de la antigua melancolía griega, apoyados en la tradición filosófica árabe y judía. Y fue el largo Siglo de Oro español uno de los procesos culturales que más contribuyó a consolidar en Occidente el humor negro como una de las fuerzas motrices de la sociedad y de la política. El inmenso sol negro de la melancolía española de esa época dejó caer sus rayos sobre toda la cultura occidental con tal fuerza que su alargada sombra llega hasta nuestros días.

Pero cuando dirigimos hoy nuestra mirada a la cultura española, no es fácil hallar signos de la antigua melancolía. Tal parece que el arquetipo se ha esfumado: ¿dónde quedaron los oscuros caminos de los místicos y los signos cabalísticos de los médicos judíos? ¿Dónde se ocultan los demonios tristes que acechaban del otro lado de todas las fronteras? ¿Dónde está el recuerdo de reyes melancólicos  y de cortesanos quiméricos? ¿Dónde se hallan los herederos de los monjes torturados por la acedia y de los sabios arabizantes que curaban la licantropía con las recetas de Avicena? Yo me pregunto: ¿en qué lugar de esta España moderna se encuentra enterrada la España melancólica? Como soy antropólogo de profesión y me dedico a investigar la historia de los mitos, propongo aquí una expedición arqueológica a las ruinas de la melancolía española, con la esperanza de encontrar allí, enterradas, algunas claves del malestar que hoy sentimos. Como se trata aparentemente de una enfermedad, he escogido algunos aspectos de la tradición médica –que eran parte fundamental del pensamiento renacentista– para asomarme a la constitución de las texturas culturales de la España del Siglo de Oro. Ese siglo sigue siendo, para muchos, una especie de ilustración avant la lettre y el sol negro de la melancolía es como una estrella que ilumina el camino hacia una desdichada modernidad. Todo ello, me temo, para descubrir que ese sol es en realidad el hoyo negro que ha dejado la implosión de un cuerpo extraño.

Ese intrigante «misterio español» nos lleva a formular más preguntas. ¿Cómo puede un país vivir sin odiar a los extraños y a los otros? ¿Cómo puede una sociedad existir sin que la desborden el tedio y la desidia? ¿Cómo pueden las élites políticas y culturales evitar el aburrimiento de vivir en un espacio cortesano de poder tecnocrático que podría prescindir de ellas? ¿Cómo puede la cultura crecer sin ensoñaciones místicas, basada en la sola expansión de la informática y de las redes mediáticas? En suma: ¿cómo puede España ser posmoderna?

Para buscar respuestas, me gusta retroceder y zambullirme en el pasado dorado de las melancolías españolas. Y con la esperanza, acaso, de desenterrar desde sus raíces el árbol negro de la melancolía.

 

Melancolía y cultura

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