16/06/2021
Empieza a leer 'La cita' de Katharina Volckmer


Sé que puede que este no sea el mejor momento para sacar el tema, doctor Seligman, pero me acabo de acordar de que una vez soñé que era Hitler. Aún hoy me avergüenza hablar de ello, pero era de verdad él, con una fanática masa de incondicionales a mis pies, y daba un discurso desde un balcón. Llevaba el uniforme ese de las perneras raras, abombadas, me notaba el bigotito en el labio superior, y mi mano derecha volaba por los aires mientras yo hipnotizaba a todos y todas con mi voz. No recuerdo exactamente de qué hablaba –creo que tenía algo que ver con Mussolini y algún sueño absurdo de expansión–, pero da igual. ¿Qué es el fascismo, además, sino una ideología por la ideología? No contiene ningún mensaje, y al final Italia nos ganó. No puedo andar más de cien metros por esta ciudad sin toparme con las palabras pasta o espresso, y su bandera espantosa cuelga en cada esquina. No veo nunca en ninguna parte la palabra sauerkraut. Nunca estuvo a nuestro alcance subyugar un imperio durante un millar de años con nuestra deplorable gastronomía; tiene unos límites, lo que se le puede imponer a la gente, y en cuanto le sirvieran dos veces eso que llamamos comida cualquiera se liberaría. Fue siempre nuestro punto débil: jamás creamos nada que pudiera ser disfrutado sin un propósito mayor; no es casualidad que no haya en alemán ninguna palabra para referirse al placer: solo conocemos la lujuria y la alegría. Nunca se nos ensaliva lo bastante la garganta como para chupar a nadie con devoción, porque nos han criado con demasiado pan seco. ¿Sabe, ese pan horrible que comemos y del que le hablamos a todo el mundo, como si fuese una especie de mito capaz de autoperpetuarse? Creo que es un castigo de Dios por todos los crímenes que hemos cometido, y de ahí que nada tan sensual como una baguette, o tan jugoso como las magdalenas de arándanos que sirven aquí, vaya a salir nunca de ese país. Fue uno de los motivos por los que tuve que irme: no quería seguir siendo cómplice de la mentira del pan. Pero, en fin, mientras daba lo que hoy en día tendríamos que llamar un discurso de odio, sentí que aquel aplauso orgiástico que llegaba desde abajo solo servía de mísera compensación por mis deformidades evidentes. Era consciente a extremos dolorosísimos de que no me parecía en nada al ideal ario con el que llevaba dando la vara todos esos años. A ver, no es que tuviera los pies zambos, pero aun así, ni todos los fiambres judíos del mundo, ni siquiera mi supuesto vegetarianismo, me convertirían en apto para una de esas fotos sexis de Riefenstahl. Me sentía un fraude. ¿Es que nadie se había dado cuenta de que parecía una patata arrugada con el pelo de plástico? Aún puedo sentir la tristeza con la que me levanté aquel día, la tristeza de saber que nunca conseguiría ser uno de esos rubios y hermosos muchachos alemanes, con esos cuerpos griegos y esa piel que se torna tan maravillosamente dorada con los rayos de sol, la impresión de que no sería nunca lo que sentía que debería haber sido.

No quiero decir que le tuviese lástima a Hitler, y seguiría sin ser aceptable exterminar a una civilización entera porque no te gusta el cuerpo que te ha tocado y porque esa otra gente personifica lo que odias en ti, pero sí que me llevó a pensar en su vida privada. En el día a día de Hitler. ¿Se ha imaginado alguna vez al Führer en pijama, doctor Seligman, despertándose con el pelo alborotado, trastabillando por el cuarto en zapatillas? Estoy segura de que alguna persona triste ha escrito un libro sobre su vida doméstica, pero prefiero imaginármela yo misma; los libros no harían más que encontrar una forma de hacerla parecer aburrida. Veo las sábanas con estampado de esvásticas y el pijama a juego, todo, hasta el tazón del desayuno. Vi unos en Polonia, en una de esas tiendas raras de antigüedades dedicadas por completo a la parafernalia de su martirio, en las que venden tazones y platos con esvásticas diminutas en el fondo. Parecía casi una especie de universo Barbie degenerado en el que si ahorrabas lo suficiente podías comprarte una vida nueva, flamante y a conjunto. Imaginaba hasta anuncios de televisión con un muñeco de Hitler perfectamente engrasado y montado en uno de esos caballos relucientes, rescatando a una decente mujer alemana de las manos de un judío lascivo, cabalgando hacia la puesta de sol, la raza protegida y a salvo. Hábil como era en lo tocante a los medios, creo que el nazismo perdió ahí una oportunidad de marketing; imagine lo que se podría haber llegado a divertir la chiquillería alemana con algo así como un campo de concentración de Lego llamado Freudenstadt: construye tu propio horno, organiza tus propias deportaciones, y no te olvides de conquistar suficiente Lebensraum. Podrían haber sacado hasta una línea adulta: además de todos esos guantes y pantallas de lámpara confeccionados con piel humana podrían haber fabricado tapones anales de temática equina hechos con auténtico pelo enemigo. Pero supongo que ese tren ya lo hemos perdido. Y no pretendo ofenderle, doctor Seligman, en particular ahora, que tiene usted la cabeza entre mis piernas, pero ¿no le parece que el genocidio tiene un punto retorcido?

El otro día cuando volvía a casa se había tirado una persona bajo el tren, alguien que quería marcharse por todo lo alto y dar por culo al resto del pasaje a modo de despedida en nuestra moderna guerra de la desesperación. Así que tuve que volver caminando por una de esas zonas de Londres en las que vive gente de generaciones anteriores, con muebles de verdad y bañeras limpias, con esas tiendas relucientes de artículos infantiles que hacen que la niñez parezca un invento francés, y esos jardines a la entrada donde la primavera parece llegar antes que a ninguna otra parte. Adoro especialmente esas flores oscuras de magnolia; se ven elegantísimas, casi púrpuras. ¿Las ha visto, doctor Seligman? A nadie se le pasaría jamás por la cabeza tirar basura delante de una de esas casas –vuelven delicadas hasta las naturalezas más ordinarias–, sin embargo, el camino de entrada de mi casa está constantemente sometido a las transgresiones ajenas, y encuentro de todo, desde neveras oxidadas a neceseres de maquillaje viejos y juguetes usados, cuando asomo un ojo entre las cortinas por la mañana. Me pregunto qué verá la gente en mí que la lleva a dar por hecho que me voy a regocijar en sus objetos rotos, y estoy ya a esto de hacer pública mi humillación y dejar una nota pidiéndoles que paren, algo casi tan horrible como pedir comida o unas bragas limpias. ¿Ha intentado usted alguna vez que alguien respete sus necesidades humanas básicas? Yo no pido nada drástico, como sexo digno o emociones reales; pero déjame algo divertido de vez en cuando, al menos, porque parece que me tenga bajo su poder un hada perversa decidida a que nunca jamás ningún príncipe alcance a ver mi ventana, y a que todos mis sueños terminen oliendo a pis de zorro y recuerden a ese plástico que sale en los documentales sobre cómo nos hemos cargado a la Madre Naturaleza. Se convierten en objetos de culpa y repugnancia, y de noche intento conciliar el sueño sin una visión clara de mi futuro. Es por eso por lo que hace mucho que dejé de ir a esas zonas de la ciudad que no están a mi alcance; me hacen ver todos mis fracasos a través de un cristal de aumento, y me recuerdan todas las cosas que mi padre y mi madre nunca me perdonarán. ¿Por qué no me abrí de piernas en el momento adecuado, cuidé mejor de mi cuerpo y me casé con un hombre de esos con magnolios oscuros en el jardín? Podría haber sido una de esas mujeres que se sientan en cafés lujosos sin una sola preocupación en la cabeza. Habría sido como vivir en una chocolatería, doctor Seligman. Creo que es por eso por lo que la gente rica tiene siempre pinta de que alguien se la acabe de follar con un arnés hecho a medida mientras le planchan las sábanas recién lavadas en el cuarto de al lado. Y es por eso también por lo que sus retoños no son tan feos: porque se los pueden permitir de verdad, porque esas criaturas saben que tienen derecho a estar ahí. Debe de ser así como funciona la superioridad. ¿Cree que ha sido un error venir a verlo a usted en lugar de eso, doctor Seligman?

Pero no me da miedo lo que estamos a punto de hacer, doctor Seligman. No me da miedo morir ni nada de eso. Sé que puedo confiar en usted, y que la muerte es silenciosa. No son nunca las cosas ruidosas las que nos matan, esas cosas que nos hacen vomitar y gritar y llorar. Esas no quieren más que llamar la atención. Son como gatos en primavera, doctor Seligman: quieren sentir nuestra resistencia, despertarnos de noche y escuchar la melodía de nuestras palabrotas, pero no tienen mala intención. La muerte es todo eso que crece en nuestro interior, todo eso que termina por reventar, que abandona sus circuitos naturales e invade todo lo que necesite respirar. Las infecciones que se ulceran inadvertidamente, los corazones que se rompen sin previo aviso. Es ahí donde se equivocan todas esas películas y esos programas de televisión con toda su violencia pornográfica, doctor Seligman: a la gente rara vez la matan así. Lo llevamos todo dentro desde siempre, la forma en que moriremos, nadie más tiene mano ahí; igual que, a partir de cierta edad, todas las personas a las que haremos daño y a las que nos vamos a follar caminan ya sobre la faz de la tierra. Siempre me ha parecido un pensamiento extraño, que nuestra vida entera esté ahí ya. Es solo nuestro concepto del tiempo el que nos obliga a adoptar un punto de vista lineal. Pero eso no es lo que me da miedo, doctor Seligman; siento que no es mi destino morir en sus manos. Son demasiado delicadas para dejar siquiera una cicatriz.

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Traducción de Inga Pellisa.

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La cita

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