18/12/2019
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LA PALOMA Y EL ÁGUILA BICÉFALA

En el Jardín público de Trieste, a los pies de una estatua que representa a una Italia semidesnuda con un águila bicéfala en el hombro – símbolo de la Austria de los Habsburgo abatida en la Primera Guerra Mundial y transformada en una especie de exquisita pieza de caza para la cazuela– hay una paloma muerta. Está caída con las patas arriba; tiene un ojo hinchado por la sangre coagulada y medio fuera de la órbita. Seis o siete palomas salen de una mata, se acercan a saltitos en fila, ordenadamente. Le saltan encima por turnos, una detrás de otra, mientras el resto del grupo mira, la montan batiendo frenéticas las alas y abriendo y cerrando el pico sin parar. La violación necrófila dura muy poco cada vez, es evidente que los palomos son amantes rápidos; pero todos se vuelven a poner a la cola y cada uno, cuando tras unos segundos le toca de nuevo, repite la operación. Alguno, antes de bajarse del cuerpo cada vez más destrozado e informe, estira y dobla el cuello y da un par de violentos picotazos a la cabeza inmóvil y pisoteada, golpeando sobre todo el ojo herido y al fin despachurrándolo definitivamente. Tras unos minutos, el grupo se aleja, desaparece entre las flores de los pensamientos. Un palomo se queda rezagado, se para y mira receloso con un ojo dilatado, rígido como el del cadáver.

17 de abril de 1999

 

EL TABERNERO Y SU GUERRA

También en las tabernas se habla de la guerra en Serbia y, por extensión, de la guerra en general. Y el tabernero de una taberna situada a los pies de la colina de San Justo, en Trieste, da su opinión desde detrás de la barra. También él hizo la guerra en el 44-45, pero no podría decir con seguridad por quién y contra quién. Los alemanes lo habían arrestado y, después de unos meses de cárcel, le ofrecieron la alternativa de ser deportado a Alemania o de colaborar con ellos. Tras haber optado por la segunda solución –se puede elegir solo lo menos malo, dice, nunca lo mejor–, fue enviado a vigilar una vía de tren con otros entre los que destacaba un charcutero de Roma, que le enseñó a qué temperatura deben conservarse los distintos embutidos.

En aquella vía nunca sucedía nada; en una ocasión ayudó a una mujer que arrastraba una maleta bastante pesada a cruzar la vía y a subir el escarpado terraplén del otro lado. Por la noche, en cambio, llegaban a veces los partisanos y disparaban contra el cuartel en el que se encontraban, que, además, era una osmiza, una casa hostería en el Carso. Por suerte el charcutero tenía una metralleta que disparaba muchas ráfagas; él, por su parte, lanzaba bombas de mano por la ventana, pero a ciegas, desde el fondo de la habitación para no convertirse en blanco fácil y sin ver dónde caían las bombas. Por la mañana los partisanos se retiraban, ellos se preparaban algo de comer y dormían un par de horas. Capturado por los partisanos, que finalmente tomaron el cuartel-osmiza, fue conducido esposado a un puesto de mando en Eslovenia y la mujer a la que había ayudado a cruzar la vía lo reconoció en el pueblo. Una vez liberado, fue reclutado por los partisanos, que lo pusieron a trabajar en la cocina, donde aprendió los rudimentos de su posterior trabajo de tabernero.

Es un hombre generoso, con un sentido instintivo de solidaridad con los demás. En los solemnes funerales de los tres periodistas de la RAI muertos en Mostar, que se celebraron en la catedral de San Giusto en febrero de 1994, la corona más grande era la que había enviado él, que no los había conocido. Así, por generosidad: «No puedo ofrecerles una copa, así que...» Cuando le pregunto si durante los asaltos a aquella casa en que lo habían metido los alemanes había muerto alguien, responde «¡Nooo!», sorprendido por la pregunta. Pero tampoco se habría escandalizado si hubiese sucedido, incluso a él. Morir forma parte de los obvios riesgos del oficio de vivir. Como dijo un escritor polaco, Stanisław Lec –que él no ha leído, pero con el que está plenamente de acuerdo sin saberlo–, vivir es siempre peligroso, quien vive muere.

5 de mayo de 1999

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Traducción de Pilar González Rodríguez

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