20/07/2021
Empieza a leer 'Dignos de ser humanos' de Rutger Bregman


El hombre será mejor cuando le muestren cómo es en realidad.
ANTÓN CHÉJOV (1860-1904)


PRÓLOGO

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la cúpula del Ejército británico se encontraba en estado de máxima alerta. Una terrible amenaza se cernía sobre Londres. Según un tal Winston Churchill, la capital inglesa era «una enorme y valiosa vaca bien cebada atada como un señuelo para atraer a los depredadores».

El líder de los depredadores en cuestión respondía al nombre de Adolf Hitler. Si el pueblo sucumbía al terror de sus bombarderos, Gran Bretaña estaría abocada a su fin. «El tráfico se detendrá, la gente perderá sus casas y buscará ayuda a la desesperada, la ciudad será un pandemonio», temía un general británico. Millones de ciudadanos se derrumbarían mentalmente. El Ejército no daría abasto a controlar a las masas histéricas y no tendría tiempo para combatir al enemigo. Según las estimaciones que manejaba Churchill, al menos tres o cuatro millones de londinenses huirían de la ciudad.

Quien quisiera conocer la magnitud de la catástrofe que se avecinaba no tenía más que consultar un libro: Psychologie des foules (Psicología de las masas). El autor francés Gustave Le Bon era uno de los intelectuales más influyentes de su tiempo. Hitler había leído su libro de principio a fin, igual que Mussolini, Stalin, Churchill y Roosevelt.

Le Bon explicaba con todo detalle cómo reacciona la gente en una situación de emergencia. De forma casi inmediata, escribía, el hombre desciende «varios peldaños en la escalera de la civilización». El pánico y la violencia se extienden por todas partes sin ningún control y el ser humano muestra su auténtica naturaleza.


El 19 de octubre de 1939, Hitler se reunió con sus generales para exponerles el plan de ataque. «Llegado el momento oportuno, la Luftwaffe podrá y deberá intervenir sin misericordia para destruir la voluntad de resistencia del pueblo británico.»

En Gran Bretaña temían que ya fuera demasiado tarde. Aún consideraron la posibilidad de crear una red de refugios subterráneos en Londres, pero al final descartaron el plan. Temían que la población, paralizada por el miedo, no volviera a salir nunca más a la superficie. En el último momento levantaron una serie de hospitales psiquiátricos de emergencia a las afueras de la ciudad para acoger a las primeras víctimas.

Y entonces empezó la ofensiva.

El 7 de septiembre de 1940, 348 bombarderos alemanes cruzaron el canal. Hacía buen día. Muchos londinenses estaban disfrutando del buen tiempo cuando, a las 16:43, empezaron a sonar las alarmas antiaéreas. Todo el mundo alzó la mirada al cielo.

Aquel día de septiembre pasaría a la historia como el Sábado Negro, y el periodo subsiguiente se conocería como «el blitz», del alemán Blitzkrieg (guerra relámpago). En un periodo de nueve meses, solo en Londres cayeron más de ochenta mil bombas. Barrios enteros desaparecieron del mapa. Un millón de edificios sufrieron graves daños o quedaron en ruinas, y hubo que lamentar más de cuarenta mil víctimas mortales.

¿Cómo reaccionaron los británicos? ¿Qué ocurrió cuando millones de ciudadanos quedaron expuestos durante muchos meses a una continua lluvia de bombas? ¿Qué cotas alcanzó la histeria? ¿En qué clase de bestias salvajes se convirtió la gente?


Empecemos por el informe de un psiquiatra canadiense.

En octubre de 1940, el doctor John MacCurdy visitó un barrio humilde del sudeste de Londres muy afectado por los bombardeos. Cada cien metros había un cráter o un edificio en ruinas. Si en algún lugar iba a encontrar ciudadanos en estado de pánico, tenía que ser allí.

Sin embargo, esto fue lo que encontró el psiquiatra poco después de que, por enésima vez, sonara la alarma antiaérea:

Los niños seguían jugando en las aceras, la gente que había salido a hacer sus recados seguía regateando con los comerciantes, un agente de policía dirigía el tráfico con cara de aburrimiento y los ciclistas seguían su camino, desafiando a la muerte y contraviniendo las normas de tráfico. Que yo viera, nadie se molestó siquiera en mirar al cielo.

Quien se sumerge en las crónicas del blitz encuentra una tras otra descripción de la prodigiosa calma que se adueñó de la ciudad. Un periodista americano entrevistó a un matrimonio británico en su cocina. Mientras sus ventanas vibraban a causa de las bombas, ellos disfrutaban tranquilamente de una taza de té. ¿No tenían miedo?, les preguntó el periodista. «Ah, no. Y aunque tuviéramos miedo, ¿de qué nos serviría?»

Todo parecía indicar que Hitler no había tenido en cuenta el carácter británico. La flema. El humor seco. Los comerciantes ponían letreros en la fachada de tiendas reducidas a escombros por las bombas: ESTAMOS MÁS ABIERTOS QUE DE COSTUMBRE. El propietario de un pub demostró su ingenio con una estrategia comercial basada en el estado de devastación de su local: OUR WINDOWS ARE GONE, BUT OUR SPIRITS ARE EXCELLENT. COME IN AND TRY THEM.

Los británicos se tomaron las bombas de la Luftwaffe de la misma forma que el retraso de un tren, como un inconveniente que puede ser motivo de irritación, pero con el que se puede vivir. Los trenes, por cierto, siguieron funcionando con normalidad durante el blitz, y los daños a la economía fueron anecdóticos. La producción de armamento de Gran Bretaña se vio más afectada por el lunes de Pascua de 1941, que era festivo para todo el mundo, que por el blitz.

Al cabo de unas semanas, los londinenses hablaban de los bombardeos como se habla del tiempo. «Hoy ha estado el día muy blitzy, ¿verdad?» Un escritor americano observó que «los ingleses se aburren antes que nadie» y, a partir de un momento determinado, era raro ver a alguien buscando refugio cuando sonaban las alarmas.

¿Y qué fue de los devastadores efectos mentales que tendrían las bombas en la población? ¿Dónde estaban los millones de víctimas traumatizadas que según los expertos desbordarían los hospitales? Ni rastro de ellas. Obviamente, había mucho dolor y mucha rabia. Y, por supuesto, se respiraba una atmósfera de profundo duelo por los familiares y amigos perdidos. Pero los hospitales psiquiátricos permanecieron vacíos. Es más, la salud mental de los británicos mejoró considerablemente. Descendió el consumo de alcohol y se cometieron menos suicidios que en tiempo de paz. Después de la guerra, muchos británicos añoraban incluso los días del blitz, cuando todo el mundo era solidario y daba igual que fueras de izquierdas o de derechas, pobre o rico.

«La sociedad británica salió del blitz reforzada en muchos aspectos», escribiría más tarde un historiador británico. «Hitler se llevó un gran chasco.»


A la hora de la verdad, el famoso psicólogo de las masas, Gustave Le Bon, no podía haber estado más equivocado. La situación de emergencia no había hecho que saliera a la superficie lo peor del ser humano. Todo lo contrario. Lo que hizo el pueblo británico fue más bien ascender varios peldaños en la escalera de la civilización. «No dejan de sorprenderme el valor, el sentido del humor y la amabilidad de la gente ordinaria bajo condiciones que no difieren mucho de una pesadilla», escribió una periodista americana en su diario.

Los inesperados efectos positivos de los bombardeos alemanes desataron un nuevo debate militar. Gran Bretaña también disponía de una amplia flota de bombarderos, y la cuestión era cómo emplearlos de la forma más efectiva en la lucha contra el enemigo.

Paradójicamente, los expertos de la Royal Air Force seguían creyendo que se podía quebrar la voluntad de un pueblo a base de bombardeos. Tal vez no hubiera funcionado en el caso del pueblo británico, pero ellos eran una excepción. Ningún pueblo del mundo tenía un carácter tan sereno, sensato y valiente como el suyo. Los alemanes no soportarían «ni la cuarta parte» de las bombas, afirmaban los expertos. El enemigo «carecía de vigor moral».

Entre los defensores de ese punto de vista estaba uno de los hombres de confianza de Churchill: Frederick Lindemann, también conocido como Lord Cherwell. En uno de los pocos retratos que existen de él vemos a un hombre alto de mirada gélida con un bastón y el tradicional bombín inglés. En las acaloradas discusiones sobre el uso de las fuerzas aéreas, Lindemann insistía en que los bombardeos funcionaban. Al igual que Gustave Le Bon, no tenía muy buena imagen de los ciudadanos corrientes. El pueblo, bajo su punto de vista, era cobarde por definición y se dejaba llevar por el pánico.

Para darle un fundamento científico a su opinión, Lindemann envió a un equipo de psiquiatras a Birmingham y Hull, dos ciudades muy castigadas por los bombardeos. En poco tiempo, los investigadores entrevistaron a cientos de personas que habían perdido su casa durante el blitz. Les preguntaron hasta por los detalles más minúsculos de sus vidas, desde «el número de pintas de cerveza consumidas hasta la cantidad de aspirinas compradas».

Unos meses después, Lindemann recibió el informe. La conclusión aparecía con grandes letras en la cubierta:

NO HAY PRUEBAS DE QUE LOS BOMBARDEOS SOCAVEN LA MORAL DEL PUEBLO

¿Y qué hizo Frederick Lindemann? Ignoró por completo la inequívoca conclusión del informe. Ya había decidido que los bombardeos funcionaban de maravilla y no iba a permitir que nadie lo hiciera cambiar de opinión. Y, así, el memorando que escribió Lindemann para Churchill decía algo muy distinto:

Las investigaciones parecen indicar que la destrucción de la vivienda de una persona tiene graves consecuencias para su moral. A la gente parece afectarle más que la pérdida de un amigo o incluso un familiar. (...) Nosotros podríamos causar daños diez veces más graves en las 58 principales ciudades alemanas. Quedan muy pocas dudas de que [las bombas] doblegarán la voluntad del pueblo.

Así fue como se desarrolló el debate sobre la efectividad de los bombardeos. «Olía a caza de brujas», escribiría un historiador más tarde. Los científicos que, basándose en rigurosos estudios, argumentaban en contra del bombardeo de la población alemana eran acusados de cobardía y alta traición.

Los partidarios de las bombas, por su parte, estaban de acuerdo en una cosa: a los alemanes había que devolverles el golpe con mucha más fuerza todavía. Churchill dio luz verde al plan, y en Alemania se desató el infierno. Al final, el número de víctimas mortales de los bombardeos británicos fue diez veces superior al del blitz. En Dresde murieron en una noche casi tantos hombres, mujeres y niños como en Londres a lo largo de toda la guerra. Más de la mitad de las ciudades alemanas quedaron destruidas por completo. El país se convirtió en una montaña de escombros humeantes.

Mientras tanto, las fuerzas aéreas aliadas dedicaron un número muy pequeño de recursos al bombardeo de objetivos estratégicos como puentes y fábricas. Hasta los últimos meses de la guerra, Churchill siguió convencido de que lo mejor era bombardear a la población, pues esa era la vía más rápida para quebrar la moral de los alemanes. En enero de 1944 aterrizó otro memorando en su escritorio, esta vez de la Royal Air Force: «Cuantas más bombas lanzamos, mayor es el efecto.»

El presidente subrayó esa frase con su famosa estilográfica roja.

 

Pero ¿qué ocurrió en realidad en Alemania?

Empecemos con el informe de un eminente psiquiatra. Entre mayo y julio de 1945, el doctor Friedrich Panse entrevistó a casi cien alemanes que habían perdido su casa. «Cuando terminó [el bombardeo] me sentía pletórico de energía y me encendí un puro», dijo uno de ellos. Otro afirmaba que después de cada ataque se respiraba una euforia similar «a la de quien acaba de ganar una guerra».

No había el menor indicio de histeria colectiva. Los ciudadanos que sufrían su primer bombardeo experimentaban más bien una sensación de alivio. «La solidaridad entre vecinos era extraordinaria», anotó Panse. «Dada la gravedad y la duración de la presión psicológica, la respuesta de la población fue llamativamente equilibrada y disciplinada.»

La misma imagen se desprende de los informes del Sicherheitsdienst –el Servicio de Seguridad alemán–, que observó muy de cerca a la población. Después de los bombardeos, todo el mundo se mostraba dispuesto a ayudar al prójimo, rescatar a las víctimas de los escombros y apagar fuegos. Los niños de las Hitlerjugend –las Juventudes Hitlerianas– iban y venían sin descanso para asistir a los heridos y ayudar a quienes habían perdido su casa. Un abacero puso en su tienda un cartel que decía: HIER WIRD KATASTROPHENBUTTER VERKAUFT! (Se vende mantequilla catastrófica.)

(Vale, admito que el humor británico era mejor.)

Poco después de la capitulación de Alemania, en mayo de 1945, un equipo de economistas aliados visitó el país por encargo del Ministerio de Defensa americano. El objetivo era estudiar el efecto de los bombardeos para determinar si se trataba de una estrategia apropiada para ganar una guerra.

Las conclusiones de los investigadores fueron categóricas: los bombardeos civiles habían sido un fiasco. Es más, es probable que hubieran fortalecido la economía bélica alemana, por lo que la guerra había durado más de lo necesario. Entre 1940 y 1944, la producción de tanques por parte de Alemania se multiplicó por nueve, y la de aviones de combate por catorce.

Un equipo de economistas británicos llegó a la misma conclusión. En las veintiuna ciudades destruidas que estudiaron, la producción había crecido más rápido que en el grupo de control de catorce ciudades no bombardeadas.

«Poco a poco empezamos a comprender que habíamos descubierto uno de los mayores errores de cálculo cometidos en la guerra, si no el mayor», escribió un economista americano.

Lo más fascinante de este asunto es que todos cometieron el mismo error. Hitler y Churchill, Roosevelt y Lindemann, todos compartían la visión del ser humano de Gustave Le Bon, el psicólogo que partía de la base de que la civilización no es más que una fina capa de barniz sobre nuestra naturaleza salvaje. Todos estaban convencidos de que las bombas destruirían por completo ese delicado barniz de civilización y en las ciudades se instauraría el caos. Sin embargo, cuantas más bombas caían, más grosor adquiría la capa de barniz. La civilización humana no resultó ser una frágil membrana, sino un callo que se endurece con la adversidad.

Los expertos militares, sin embargo, no parecieron comprender esa conclusión. O no la quisieron comprender. Veinticinco años después, Estados Unidos lanzó en Vietnam tres veces más bombas de las que cayeron en Alemania a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial. Y el fracaso fue aún más sonado. Hay veces que, aunque tengamos ante los ojos una prueba concluyente de que estamos equivocados, nos las arreglamos para seguir engañándonos a nosotros mismos. Hasta el día de hoy, muchos británicos siguen creyendo que su capacidad de resistencia al blitz se debió a una cualidad típica del carácter británico.

Pero no era una cualidad británica. Era, y es, una cualidad humana.
 

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Traducción de Gonzalo Fernández Gómez.

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Dignos de ser humanos

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