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Empieza a leer 'Diez versiones de Kafka' de Maïa Hruska
INTRODUCCIÓN
Nos estamos equivocando de centenario. El acontecimiento crucial no es el fallecimiento de Kafka, acaecido en medio de una casi absoluta indiferencia hace ahora exactamente un siglo. Lo crucial fue que, al día siguiente de su desaparición, diez escritores se sintieron investidos con una misión: traducirlo. Las obras de Kafka emprendieron entonces su vuelo lejos de él, es decir, lejos de la lengua y de la habitación en que las había concebido. El año 2024 no conmemora una muerte, sino un nacimiento.
Desde entonces, su nombre ha engendrado un adjetivo que maltratamos; su aura, un fetiche que manoseamos. Cuesta imaginar, dado que su nombre se pronuncia hoy con tanta frecuencia, que hubo un tiempo en que ningún radar había detectado aún a Kafka. Ese tiempo fue hace un siglo, en 1924, cuando murió sin haber conocido ni una pizca de gloria. No dejó nada más que un testamento redactado a lápiz y un montón de manuscritos desordenados. Esos eran sus únicos documentos de identidad. En vida solo llegó a publicar algunos cuentos dispersos en revistas sin apenas lectores. Las oficinas de su primer editor, Kurt Wolff, que publicó La metamorfosis en 1916, no se encontraban en ninguna elegante avenida de Viena o Berlín, sino en Leipzig. Es decir, en ninguna parte.
Kafka era excéntrico en tantos sentidos que si se hubiera afirmado que provenía del planeta Marte no habría sorprendido a nadie. Su nombre y su foto no aparecían en ningún listín telefónico. No existía sobre él biografía alguna, ni oficial ni oficiosa, ni bibliografía de sus obras completas. ¿Cuál era su aspecto? Hoy su rostro es reconocible para todo el mundo –lo reprodujo incluso Andy Warhol–, pero en 1924 Kafka seguía siendo un absoluto don nadie, sin cuerpo ni corpus a los cuales asociarlo. Un hombre «sin atributos», en resumen. Porque, al fin y al cabo, ¿quién era este tipo, muerto a los cuarenta años, taciturno, judío, praguense, austriaco, proveniente de un pequeño país desaparecido? ¿En qué lengua escribía? ¿Qué pensaba? ¿Era comunista, freudiano, cabalista? ¿Contaba con una camarilla, familia, amigos?
Estas preguntas no tenían mucha importancia a ojos de sus primeros traductores. Los kafkólogos aún no existían.
Es la ley del Lejano Oeste: a un pionero solo puede sorprenderlo otro pionero. Los primeros traductores de Kafka fueron ante todo sus descubridores. Sin saber nada o casi nada de él, se limitaron a recoger su obra, solo su obra, como si fuese un tesoro caído de un camión. Se acercaron a ella como avanzaba el agrimensor hacia el castillo: asombrados, con los ojos como platos, preguntándose por qué escalera, por qué ventana, por qué puerta podrían entrar. Fueron sus profetas, sus mensajeros, vox clamantis in deserto. Hacía falta tenacidad para ir a llamar a las puertas de las editoriales pregonando el nombre de un desconocido. Alexandre Vialatte se lo contaba así a André Gide en 1931: «Si pronuncio el nombre de Kafka se preguntarán de quién estoy hablando. Si añado que es austriaco, judío y checo, desconfiarán de este forastero, pero si añado que quizá sea el escritor más grande del siglo, me tomarán por un chiflado inofensivo». Por eso las primeras traducciones de Kafka se publicaron casi todas en las mismas editoriales que las obras literarias de sus traductores: Gallimard las de Vialatte, Rój las de Bruno Schulz, Losada las de Jorge Luis Borges, Einaudi las de Primo Levi, Schocken Books en Israel y en Estados Unidos.
Desde entonces, la obra de Kafka ha sido mil y una veces retraducida a mil y un idiomas por otros tantos traductores. Aquí solo nos centraremos en las primeras traducciones, que tienen el encanto disparejo de las primeras veces.
Y, como todo dúo explosivo –porque de eso se trata–, estas traducciones primigenias continúan siendo indiferentes a los comentarios. Están por encima de todos los estudios que vinieron después: las parejas Kafka-Borges, Kafka-Jesenská, Kafka-Schulz, Kafka-Levi o Kafka-Vialatte existen irreversiblemente. Como todo veredicto, como toda metamorfosis, esas traducciones son indelebles, viven grabadas en el papel y en la carne. El filósofo Walter Benjamin señalaba a propósito de Baudelaire –a quien tradujo al alemán– que toda lectura de Las flores del mal incluye necesariamente la que de ella hizo Marcel Proust antes de nosotros. La afirmación es válida también para Kafka: nuestra lectura de hoy le debe todo a aquellas primeras miradas que se posaron sobre su obra.
A lo largo de las siguientes décadas, la traducción de Kafka se profesionalizó. Incluso se convirtió en una disciplina en sí misma. Los recién llegados metieron las narices y las zarpas y hasta dejaron sus huellas en las traducciones existentes. Compararon línea por línea, desenfundaron sus diccionarios, señalaron aquí una imprecisión, allá un error de interpretación. La Bruyère afirmaba que solo se ama bien una vez, la primera; «los amores siguientes son mucho menos involuntarios». Lo mismo sucede con las retraducciones, mucho menos «involuntarias» que las versiones anteriores. Los traductores posteriores reprocharon a los primeros que se hubieran tomado demasiadas licencias. El colmo.
Nadie se convierte en uno de los primeros traductores de Kafka ni por casualidad ni por encargo. El proyecto se impone como un imperativo radical y urgente. Un primer traductor no tiene tiempo que perder. Traduce con arrebato antes de que lo arrebate a su vez la enfermedad (Borges), un salto al vacío (Levi), una zambullida en el Sena (Celan), los campos (Milena, los disidentes rusos), una bala en la nuca (Schulz) o el exilio (Jolas).
El oficio requiere discreción; exige no hacer sombra al escritor que se traduce. Kafka no conoció a ninguno de sus traductores, a excepción de su amante, Milena Jesenská. Siete de ellos conocieron la Shoah. Paul Celan y Primo Levi, supervivientes ambos, no podían creerse que hubieran regresado de los campos. Mejor dicho: se reprochaban haber sido capaces de sobrevivir. Tal vez se convirtieron en traductores por eso: para obtener el derecho a desaparecer, a retirarse, ponerse al servicio de otro, aunque fuera solo en el transcurso de una traducción.
El traductor compromete su cuerpo entero. Por decirlo con Cioran, en En las cimas de la desesperación, su trabajo «conserva un sabor de sangre y de carne, y a la abstracción vacía prefiero con mucho una reflexión que proceda de un arrebato sensual o de un desmoronamiento nervioso». Los primeros traductores de Kafka saben, en lo más profundo de sí mismos, lo que significa el traslado de un idioma a otro. Un ir y venir entre dos orillas: la de los vivos y la de los muertos; la de la ficción y la de la realidad. A quienes dudaban de ello, Gustave Flaubert les recordaba de buen grado que madame Bovary era él. A los traductores de Kafka el siglo les dio todas las razones para exclamar: «Josef K. soy yo».
Las similitudes entre el destino de Kafka, el de sus personajes y el de sus traductores son numerosas, enmarañadas y desconcertantes. Si quedaran recogidas en un lienzo de Jackson Pollock, sus trayectorias formarían la ilusión de un todo homogéneo. Nada más engañoso. No podemos meter a sus traductores en un mismo saco. Lograron ser fieles tanto a Kafka como a sí mismos. Cada cual reflejó a Kafka en sus obras a su manera y, al mismo tiempo, se proyectó en él. Solo una especie de cuadrícula a lo Mendeléiev podría dar cuenta de la singularidad de cada encuentro.
Observemos, pues, esa tabla periódica de los elementos químicos. El elemento número diez se encuentra arriba, a la derecha: es el neón. ¿No constituye acaso una metáfora providencial para diez traductores que avanzaron todos ellos en la noche con Kafka como única linterna? Neón significa «nuevo» en griego. Etimológicamente se refiere a una luz nueva. En realidad, lo que nos trae el neón no es una luz auténtica, sino más bien un resplandor: Kafka se nos aparece aquí a la luz de sus primeros traductores. Son diez, como los diez electrones presentes en todo átomo de neón, como luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo. Cada electrón, como cada traductor, posee una existencia autónoma. Los capítulos que vienen a continuación también. Pero todos se despliegan en un mismo campo de atracción, el generado por lo que André Breton llamaba «ese núcleo infranqueable de la noche».
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Traducción de Rubén Martín Giráldez
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