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Empieza a leer 'Catálogo de aves muertas' de Ernesto Carrión

20/05/2026

Y los seres vivientes corrían y volvían a semejanza de relámpagos.
Ezequiel 1:14

1. El olor de una familia

Extraño cuando la vi por última vez bajo una luz difusa, algo incoherente. Extraño aquel momento porque siento que, con el pasar de los días y meses, sigue ennegreciéndose hasta borrarse. Es casi como un cuadro que se achica, que se achata hasta tornarse irreconocible. Más que extrañarla, extraño el instante en que me dio la espalda y entró a nuestra casa por última vez. Llovía. Llovía como una anciana que cose a contraluz. Aquellos que están por desaparecer se imprimen contra la luz de una manera que solo recorre la mente de quien los miró por última vez. Había dicho que llovía. Y aún había un pedazo de cielo abierto y claro donde la noche dibujaba una telaraña gigantesca. Recuerdo su espalda y su cabello como una lengua silenciosa y oriental lamiendo sus hombros. Llovía. Y Elisa fijó la sombra de su espalda en mi mente para toda una eternidad desconocida. Mientras algo parecido a un papel negro cortado en finísimas tiras iba pegándose a los carteles, semáforos y ventanas de las casas.
          Hubo un tiempo en que los manantiales y las cuevas servían para conectar el mundo de los muertos con el de los vivos. La oscuridad y la luz flotaban unidas. Los rayos, la lluvia y los arcoíris servían para enlazar el mundo superior (o Hanan Pacha) con el mundo medio, que es este, donde la tristeza, decadencia, confusión y nacimiento lo cubren todo. Había mediadores terrenales con el cielo. Y las montañas con sus picos se empleaban para sacrificios humanos. Tres planos organizaban la vida y la muerte para los incas. Y las estrellas se dividían en dos tipos: brillantes y oscuras.
​          Las primeras, al unirse, configuraban formas en el cielo. Las segundas eran identificadas como manchas oscuras que se asociaban con las temporadas de lluvia. Una estrella, para los incas, era un intento de capturar un misterio. Y quien la observaba era apenas un organismo con hambre, sueño y miedo de morir.

Cuanto más brilla una estrella más bordeada de oscuridad se encuentra. Sin oscuridad, las descripciones son impuras. Para no perder la nostalgia, mientras me concentro en la ruta, imagino cada uno de mis poros ramificándose internamente en venas hinchadas de sangre. Un organismo que tiene hambre, sueño y miedo de morir. Un cuerpo que al tiempo que elige sus alimentos está pensando precisamente en la muerte. En si será una bolsa de papas fritas, o el exceso de jamón o Coca-Cola, lo que contenga un elemento químico que reduzca a toda prisa la vida humana.
          La Tierra gira alrededor del Sol sin ningún otro interés que producir un movimiento repetitivo que, por decisión o imposición, no representa desplazamiento alguno. Cualquiera de sus giros es un retorno al punto de partida. No es perder ni ganar. Pero hay que intentarlo de nuevo. Habría que decirlo (o habría que decírselo a todos): solo estamos dando vueltas en una enorme bola de gas, llena de agua, fantasía y muerte. Lo cierto es que nuestra vida girando en un mismo eje, alrededor de una estrella, sin fin ni comienzo, es, más allá de algún posible retorno con sentido filosófico, la prueba irrefutable de que estamos aquí para perder los días aspirando a la inmortalidad mientras nos miramos las palmas de las manos. O que nosotros somos precisamente esa cantidad de oscuridad que necesita una estrella para brillar con mayor fuerza.

Nadie nos ha explicado tampoco que para apagar un dolor, para transitar el duelo cuando hemos perdido a quien amábamos, lo mejor es salir de la ciudad como si al hacer esto uno estuviese escapando de sí mismo. Renacer en la carretera o en otro paisaje, persiguiendo nubes diferentes. La distancia que pones entre ambas realidades se convierte en un fragmento de tiempo irrepetible (falsamente irrepetible: el duelo y el viaje son experiencias bastante similares). Los caminos, aunque no sean nuevos, aunque los hayamos recorrido en tiempos pasados, se nos presentan con otra luz y la posibilidad de engañarnos con la idea de la «aventura».
​          Lautaro escuchó el término a través de un libro, de Jonathan Swift, que su madre le leía a la hora de dormir. Un viajero que se hace grande o pequeño, dependiendo del sitio que visita, es una metáfora redonda de lo que otra cultura puede ofrecerle a un turista. Ahora vamos por la carretera, en silencio, pensando minuciosamente en todas las ocasiones en las que Gulliver se despierta sorprendido por lo que ocurre a su alrededor. Lautaro le había dicho a su madre que sentía ese libro como si alguien hubiera tenido un cúmulo de sueños fantásticos y se hubiera despertado con el ánimo de escribirlos. Si dos pueblos se pelean por la forma de romper un huevo, seguramente las guerras pueden ser el resultado de cualquier altercado estúpido. Luego emitió un canturreo que había aprendido de su madre. Se trataba de un balbuceo melódico que podría serme de mucha ayuda en estos momentos, cuando nos movemos callados mientras él ha empezado a abrir y cerrar los ojos por pura inercia. Mira atónito por la ventana cómo dos montañas parecen enlazarse mientras la camioneta se aleja.

Dibuja otras montañas: pinta dos cejas amplias en el centro de un papel lleno de color. Le he pedido a Lautaro que haga esto mientras atravesamos rutas y valles con el propósito de llegar al pie de las Lagunas de Ozogoche. Son cuarenta y cinco lagunas o lagos dentro del Parque Nacional Sangay, ubicadas a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Aunque mi verdadero propósito es olvidarnos de todo lo que dejamos en casa. Un hogar que desde hace once meses se siente como una tumba. El día en que murió su madre me costó explicárselo. Debí proyectar en su mente la ausencia de Elisa dando muchas vueltas hasta convertir un cúmulo de frases en un raro collage verbal. Más que describir la desgracia que había ocurrido, debí decorar un presente donde nos tocaría resistir en una familia nueva de solo dos integrantes.
​          Luego, para intentar explicarme a mí mismo lo que había ocurrido, o por qué alguien un día se aburre del mundo y decide abandonarlo sin explicaciones, me puse a revisar sus documentos de trabajo y sus objetos personales buscando cualquier cosa que pudiera servirme. Encontré un correo, un compromiso laboral, y organicé este viaje con Lautaro. Fue un mensaje con el que me obsesioné sin razón aparente. Un email que reposaba archivado bajo el anuncio «VIP» en la bandeja de entrada de su cuenta de correo.
​          La cuenta de correo de Elisa, mi mujer, estaba llena de todo tipo de mensajes. La mayoría de trabajo. Aunque entre los últimos quince, acongojado, descubrí uno mío en el que respondía a uno suyo enviado con varias nuevas palabras de ese lenguaje que estaba inventando para mí desde hacía tres años. Un lenguaje que iba ensamblando con sonidos grabados de mis ronquidos nocturnos. Elisa sostenía que cuando dormía, más que roncar como un ogro o sonar como un huracán destructor, yo emitía diversos sonidos que podían servir de base para un lenguaje diferente. Un lenguaje torcido que brotaba de la cueva de los sueños. O de las pesadillas, respondí. Nos reímos. Pero la broma no se quedó allí. Con el tiempo, Elisa fue grabando mis distintos ronquidos y ubicándoles, posteriormente, significados a ciertos crujidos repetitivos, convirtiéndolos en ronquidos-palabras. Alternaba esta actividad con su trabajo de bióloga.

Elisa fue, además de agnóstica, una bióloga prominente. Amaba la naturaleza y todos los misterios que encierran hasta los bichos más minúsculos. A los veintiocho se doctoró; y en pocos meses ya estaba trabajando para una fundación gringa, impulsada por un yuppie que un día se cansó de su vida en Wall Street. Un norteamericano que se sentía culpable de haber enriquecido aún más a los hombres millonarios de su país. Fue ese gringo, dueño de un nombre tan genérico como Jack Johnson, quien la había elegido, junto a otros dos biólogos, para revisar el fenómeno de las aves suicidas en Ozogoche.
​          En el correo se lo explicaba en un inglés limpio, aunque repleto de contracciones. El fenómeno, llamado también suicidio colectivo, ocurre en el mes de septiembre de cada año. Se trata de un ritual desenfrenado de la naturaleza que no posee una explicación. Supuestamente, cientos de aves llegan hasta allí con el único propósito de estrellarse contra la laguna. Caen como aniquiladas por un razonamiento imposible: quitarse la vida o simplemente dejar de volar. Tras leer aquel correo, recordé de golpe la obsesión que tuvo Elisa con este tema meses antes de su muerte. Debía viajar a comienzos de septiembre del año pasado, pero no le dio tiempo. Su muerte cerró esa posibilidad. Imaginé entonces el rostro de mi mujer mirando a un ejército de aves que cubrían repentinamente el cielo y se precipitaban con decisión hacia las aguas tersas de una laguna.
​          Imaginé esos destellos mortales.
​          Destellos mortales. Cuvivíes o chorlitos kamikazes. Esquirlas. Fugacidad líquida. Granizo. Es difícil que cualquier ser vivo persiga su propio aniquilamiento. Y los seres humanos, cuando lo hacen, cazados por íntimas angustias, no lo convierten en un acto masivo. Casi nunca. Cualquier acto masivo y descontrolado produce una inmediata curiosidad en la comunidad científica. Hago un recuento, brevísimo, mientras continúo internando la camioneta entre las montañas. Atravesando la neblina. En Astapa, 206 a. de C., el pueblo, asediado por el general romano Publio Cornelio Escipión, decidió suicidarse y quemarlo todo con sus tesoros. Algo que me lleva a pensar en Rumiñahui, nuestro antepasado inca, quien, viéndose traicionado por los españoles, transportó el tesoro del rey Atahualpa con un grupo de sus hombres más fuertes, y, tras ocultarlo, mató a toda su tropa para luego inmolarse en una enorme fogata. Hasta hoy el deseo por dar con aquel tesoro deja cada año varios turistas muertos o desaparecidos. Lautaro se sacude migas de galletas de su abrigo. Como tiene frío, porque hace un buen rato que entramos ya en la sierra, le paso una frazada gruesa de lana y un par de guantes. Come galletas y se arropa con auténtico desdén. Seguramente preferiría estar en casa o jugando a la PlayStation con alguno de sus amigos en la ciudadela privada, donde vivimos. No entiende por qué se me antojó comprar una tienda de campaña, linternas, cantimploras, y hacer este viaje por la carretera movido por el deseo de atestiguar un extraño suceso que nada tiene que ver con nosotros. Una investigación que era de su madre. Una investigación que quedó inconclusa, o sin respuestas, como el suicidio de Elisa.

También hubo mujeres que se suicidaron en masa después de la derrota de sus ejércitos. Y más hombres suicidándose en masa y quemando ciudades después de otra derrota. Pero ¿qué hay de los animales?
​          En la villa suiza de Lauterbrunnen, un conjunto de veintiocho vacas y toros se arrojó por un acantilado. Ningún especialista pudo explicar por qué lo hicieron. Me tropecé con esta y otras historias, algo confundido, después de recordar la obsesión de Elisa y revisar su computadora. Estaba intentando comprender el suicidio en el mundo animal antes de su viaje hacia las Lagunas de Ozogoche. Viaje que, como he dicho, nunca ocurrió. En letra pequeña aparecían fragmentos extraídos de fuentes diversas. Internet. Revistas científicas. Diarios antiguos. Libros sobre la fauna en lugares remotos. No era usual que un grupo de animales se pusiera de acuerdo en acabar colectivamente con sus vidas.
​          Por ejemplo, un colectivo de vacas y toros. ¿Huyendo de qué dolor se mataban? ¿Cómo se ponían de acuerdo sobre lo que estaban por realizar? El viaje de esos cuerpos cayendo, uno tras otro, me asalta de repente. Es una alucinación por el camino espesado por la neblina. Casi como si una cortina de sombras veloces cayera de golpe frente a mí con un largo mugido estentóreo de acompañamiento.
​          Un largo mugido sostenido por esas veintiocho cabezas en caída libre.

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