LECTURAS

Empieza a leer 'Nuestras veladas' de Alan Hollinghurst

02/02/2026

E. L. H.
1919-2016

 

Esa mañana no había ensayo, así que nos quedamos en la cama; preparé té y nos lo tomamos recostados mientras buscábamos artículos sobre Mark en nuestros móviles. No estoy seguro de por qué necesitábamos leerlos: quizá conocer a una persona famosa te convierte en parte de la historia, y quieres que quien la cuente la entienda y la explique bien. No fue el caso: la noche anterior, un corresponsal joven sin conocimiento de primera mano sobre el tema había ofrecido un segmento correcto pero superficial de cuarenta y cinco segundos al final de las noticias. Nos desconcertó enterarnos de la muerte de un amigo de ese modo. Yo quité el volumen del televisor, Richard me rodeó con un brazo y nos quedamos en silencio mientras daban el críquet y luego el tiempo.
          Richard solo había visto a Mark una vez, en la cena del noventa cumpleaños celebrada en la Tate, donde doscientos invitados se reunieron en una habitación decorada para la ocasión con sus propios obsequios. Mark tenía un aspecto y una voz frágiles cuando pronunció su discurso, pero estábamos todos a su lado, y él fue modesto y generoso, brindó también por Cara, que era un día mayor que él. Después, cuando hablé brevemente con ellos, no supe si se sentían dolidos o discretamente aliviados de que Giles no hubiera ido.
          Según la prensa, en la historia de Mark Hadlow siempre ha habido una fastidiosa ausencia de escándalo: hombre de negocios honrado, gran filántropo, casado con una sola mujer durante setenta años; nada de ermitaño, más bien estupendo anfitrión, pero sin afán de protagonismo –decían que había rechazado el título de caballero y un título nobiliario, y ninguna de las galerías y las salas a las que hizo donaciones lleva su nombre–. Si lo que andabas buscando eran chismorreos, solo podías meterte con él a través de sus hijos. Nadie sabe gran cosa sobre Lydia, salvo que una vez apareció en toples en una película de Warhol y que murió en un accidente de tráfico en Francia hace cinco años. Pero Giles está en todas partes, por supuesto, y tan ferozmente opuesto a todo cuanto representaba su padre que la obra de toda una vida de Mark queda eclipsada por la carrera destructiva de su hijo. «Fallece Mark Hadlow, el millonario padre del ministro del Brexit», anunciaba el Times; mientras que el Mail destacaba el nombre de Giles en la frase: «El padre de Giles Hadlow fallece a los 94 años». La fotografía de los dos, juntos e incómodos, databa de los años ochenta. Sería una locura afirmar que Giles había matado a Mark, pero yo me preguntaba cuál sería su actitud ahora: ¿seguiría desafiándolo, o sentiría algún tipo de dolor culpable?
          –¿Vas a llamar a Cara? –dijo Richard.
          –Debería, sí –dije yo, pero la pregunta me hizo dudar: la nuestra era una amistad larga e inquebrantable, y sin embargo me daba apuro llamarla por teléfono–. O a lo mejor le escribo una carta. –Entonces pensé que habría demasiado que decir. Miré el espejo en el que se reflejaba la cama y que parecía enmarcarnos en un espacio más amplio y bonito–. Tener dinero y no hacer otra cosa que el bien con él, ¿verdad que es inusual?
          –Sí, bastante inaudito –dijo Richard.
          Pensé, de modo un tanto vago, en todo lo que Mark había hecho por mí, incluso antes de nuestro primer encuentro en Woolpeck cuando yo era un adolescente. Recordé aquel fin de semana soleado, mi ansiedad disfrazada de compostura, mi ingenio oculto por mi nerviosismo ante las personas que esperaban verlo.
          –Me cambió la vida, sencillamente –dije. Puedo llorar a mi antojo, ante las cámaras o en el escenario, una noche tras otra; pero ahora me cogió por sorpresa–. No me imagino dónde estaría si no llega a ser por él.
          –Ay, cielo... –dijo Richard, consolándome con una caricia–. A veces pienso que fue el padre que nunca tuviste.
          –Nunca estuvimos tan unidos –dije, reacio a esa idea–. En realidad fue cuestión de suerte: si no hubiese ganado la beca Hadlow, nunca habría ido a ese colegio.
          –Ni habrías conocido a Giles.
          Pensé en lo que dijo mi madre poco antes de morir, cuando lanzaron la campaña:
          –¡Y pensar que podríamos acabar estando todos a merced de tu terrible amigo!
          –No ganarán, mamá –le había dicho yo.
          –Bueno, a mí no me afectará –dijo ella–, yo ya no estaré, pero tú... y Richard...
          Volví a mirarnos en el espejo: dos viejos en una cama. Mi madre ya nos había dejado, Mark ya nos había dejado, y allí estábamos nosotros, con Giles en todos los periódicos, por todo el país, destruyendo nuestro futuro y nuestras esperanzas.

Por la noche encontré una fotografía de Mark en Internet que debía de datar de la época en que lo conocí; me enterneció y me impresionó tanto como ver una fotografía desconocida de mí mismo de joven: no me acordaba de que lo conocía cuando él era así. Su boca transmite decisión, incluso impaciencia, pero matizada por los grandes ojos marrones y ligeramente socarrones. Su forma de prestar plena atención está en armonía con su necesidad, en cuanto lo ha hecho, de pasar a otra cosa. El cariño cercano al amor que sentía por él de niño sobrevive y vuelve claramente a mí a través del afecto inalterable de los últimos años, cuando nuestro vínculo pasó a estar sostenido por la rutina de una amistad consolidada.
          A los cincuenta y los sesenta años, las figuras paternas desaparecen –las que habían autorizado, posibilitado y sido testigos de tu vida–, y nadie puede sustituirlas. Roland, Raymond y Mark ya no están, y yo no puedo convertirme en figura paterna. Mis dos ahijados ya son mayores, están casados y son padres, y apenas nos conocemos; nuestros escasos encuentros transcurren con una cordialidad olímpica, nos abrazamos con fiereza y sonreímos cada uno desde un lado del golfo que separa su vida de empresarios de la mía de viejo excéntrico difícil de descifrar. Son muy respetuosos conmigo y celebran mis inciertos logros como si fuera yo su ahijado. Por lo demás, doy mis clases y, cuando participo en una obra, entretengo a los jóvenes actores con viejos chismes teatrales y, a veces, les ayudo a ensayar sus papeles a escondidas, entre bastidores. Mi calidez es de compañeros, más que paternal o amorosa: hace años que alcancé ese punto en que mis coqueteos resultaban más alarmantes que seductores.

Ahora llevo dos semanas ensayando para Bajazet en el Anvil; nos reunimos en un local que hay al final de la calle, una puerta azul y maltrecha entre una carnicería y un anticuario («El teatro contemporáneo es eso», dice Richard). Interpreto al viejo Acomat, el gran visir, un papel que es un regalo, y me pregunto cuándo empleé por primera vez la expresión «interpreto al viejo algo»: hace ya un tiempo. El año pasado, el crítico del Telegraph dijo que yo estaba «disfrutando del otoño dorado de mi carrera», aunque yo lo veo más como una racha de suerte con papeles de personajes que rápidamente dejan huella. Los directores han decidido que pueden utilizarme, y Martin, mi agente, ha adoptado el rol de un hombre que siempre creyó en mí.
          Normalmente ya me habría aprendido el papel de memoria –nunca antes de los ensayos; eso es algo que me enseñó Ray hace cuarenta años: es mejor «fijar» el texto en la memoria en las dos primeras semanas, recitándolo tal como luego lo harás delante de esos mismos actores. Mi personaje abre la obra con seis páginas de versos libres que ocupan los diez primeros minutos –un texto complicado sobre conspiraciones, ejércitos e imperios que el público, en su inicial y entusiasta ignorancia, escuchará con atención, consciente de que la velada depende de ello. Estoy solo con mi confidente, Osmin, que interpreta Keith Mackle, un joven actor mestizo (Glasgow, Ghana) que me recuerda a Héctor por su belleza y su concentración; y tiene muchísima paciencia cuando yo pido un apunte (todavía es pronto) o salto por error a un texto posterior sobre los soldados babilónicos. La verdad es que mi afamada memoria ya no es lo que era. Me acuerdo con todo detalle de lo que pasó ayer, y de lo que pasó hace cincuenta años, con una claridad nueva e inesperada; pero una pequeña nube mental difumina y oscurece parcialmente la semana pasada. Al principio dejo mi guión en una silla, pero luego lo cojo y lo paseo como todo el mundo.

Le mandé una carta a Cara y no me contestó, y luego, la última semana de la obra, me llamó por teléfono: fue sincera, me dijo que había tenido cáncer, la habían operado de la garganta seis semanas antes de morir Mark. «Me ha cambiado la voz», dijo, «ya lo sé». «Yo no lo he notado», dije yo con esa clase de caballerosidad para la que ella nunca había tenido mucho tiempo. «Ay», dijo, «gracias por decirlo». Me pareció que su habla estaba ligeramente alterada, u obstruida, y que denotaba un esfuerzo propio de su avanzada edad. Dijo: «¿Puedes venir a comer mañana? Cualquier día, en realidad», un vacío inesperado. Fui tres días más tarde, y solo.
          Tenía a mi disposición un compendio de tiernos recuerdos de los últimos años de mi madre, y todo lo que había aprendido con ella sobre las personas muy ancianas. Pero Cara no era mi madre, obviamente. Con Cara había franqueza, pero no intimidad ni esa indulgencia con la debilidad que conlleva; y además ella tenía a gente que la cuidaba. Me abrió la puerta una joven silenciosa que me cogió el abrigo y me acompañó al salón, con sus altas ventanas que daban al jardín y sus grandes cuadros abstractos, uno frente al otro y separados por la moqueta blanca. Cara estaba sentada junto al fuego con las gafas en la punta de la nariz, aparentemente enviando un mensaje con el móvil; fruncía el ceño a medida que pulsaba las letras. Eso me dio la ocasión de observar su aspecto: la frente amplia y blanca, el turbante rojo envolviéndole la cabeza, el pañuelo de seda alrededor del cuello, la comisura derecha de la boca ligeramente inclinada hacia abajo, el rostro cuadrado, tan conocido, más fláccido y descarnado. «¡Hola!», dijo con conmovedora ternura, sin levantar la cabeza; pulsó «Enviar» y me tendió una mano. Me acerqué y la besé en la mejilla, y ella me agarró el brazo un instante.
          –No bebes, ya lo sé –dijo.
          –Bueno, no bebo mucho –dije.
          –Pero toma algo, yo ahora no puedo.
          La chica estaba esperando. «¿Un poco de agua, quizá?», dije. Así que nos trajeron agua a los dos, y nos quedamos sentados mirándonos. Mi expresión era empática, o eso esperaba, y graciosa; la suya, un tanto abstracta. Yo no sabía por dónde querría empezar.
          –¿Has podido trabajar? –dije.
          –No, ya no puedo pintar –dijo, y levantó la mano derecha tímidamente, me pareció; tenía los nudillos grandes y blancos y debía de costarle estirar los dedos–. Dibujo un poco, pero no gran cosa.
          –Lo siento –dije–. Me acuerdo muy bien de tu trabajo.
          –Siempre fuiste muy benévolo con él.
          –Bueno, no solo yo –dije, aunque era consciente de que me gustaba sobre todo porque la conocía.
          Quería que me hablara del funeral de Mark, porque tenía un extraño nudo de sentimientos: curiosidad, y pesar por no haber estado allí, y un desagradable e inadmisible resentimiento por no haber sido invitado.
          –Ah, fue muy discreto –dijo Cara–, era lo que quería Mark.
          –Lo entiendo, por supuesto.
          –Y yo no me encontraba bien, no habría aguantado otra cosa. Solo estábamos la familia y tres o cuatro personas más.
          –Claro –dije con ligereza.
          –Pusimos un poco de Bach, y un poco de Rameau, creo que era. Mike Kidstow, el viejo amigo de Mark, pronunció el discurso.
          –Sí, ya sé quién es –dije–. Nunca lo conocí.
          –No hubo himnos ni nada de eso, por supuesto. Giles leyó unas palabras.
          –Ah, no sabía, sí...
          Me miró.
          –Habla muy bien.
          –Sí, es verdad –dije, y pensé que podía añadir: «¡Ha practicado mucho!».
          –Bueno, de eso se trataba, Dave, por supuesto, no podíamos hacer nada con mucha gente, y con la prensa persiguiéndonos.
          –No, claro.
          –En el crematorio no dejaron pasar a los fotógrafos de la entrada.
          –Ah, qué bien.
          –Porque no habían ido allí por Mark, ¿me explico? Salimos en medio de una tormenta de flashes. –Levantó una mano nudosa para taparse los ojos.

Comimos en el comedor, que yo recordaba mucho más triste y con otros cuadros: los Hadlow vivían con esa inquietud de que todo se podía cambiar y mejorar. Cara llevaba un bastón; le ofrecí mi brazo, pero ella me dijo en voz baja: «Estoy bien». Nos sentamos cara a cara en un extremo de la mesa, larga y extensible; en el otro extremo había un molde de yeso blanco de algún tipo de recipiente vacío, tal vez un envase de cartón o un armario, obra de Rachel Whiteread. Sentí que aquella sucesión de enormes habitaciones color hueso me resultaría un poco fría sin ningún marido cerca.
          Nos sirvió un joven llamado Rihaan, que de vez en cuando le hablaba al oído a Cara y que parecía desempeñar un papel más importante en sus cuidados. Me acordé, retrocediendo varias décadas, de Ashok: la sonrisa de lealtad y también la sensación de que todos ocupábamos nuestro lugar. Cara quería que le prestaran la atención adecuada, pero sin exagerar; la comida fue sencilla y de fácil digestión: lenguado, patatas, una ensalada verde, una jarra de agua. Ella tal vez fuera una mujer muy rica, pero también era hija de un granjero, y conservaba el rechazo al despilfarro característico de todos los que habían vivido la guerra.
          Hablé con cariño de la gran exposición La nueva pintura de Europa de la galería Hayward, de la que Mark había sido padrino invisible.
          –Me alegro de que la vieras, realmente fue su último adiós.
          –Ah, la encontré maravillosa –dije, con el tono convencido de los propios Hadlow cuando hablaban de arte contemporáneo–. Un logro asombroso. –En la exposición había obras de los veintiocho estados miembros de la Unión Europea. La idea era ejemplar, noble, incluso revolucionaria, aunque, como observó Richard, hacia la mitad era inevitable desear que varios países más hubieran hecho un Brexit.
          Poco después, Cara dijo:
          –Hace mucho tiempo que nos conocemos, Dave.
          –Cincuenta y... cuatro años –dije.
          –Me alegro de que hayamos seguido en contacto.
          –¡Claro, yo también! –Como Mark, ella siempre había rechazado mis palabras de gratitud, pero tal vez ahora la consolara una declaración desenfadada. Observé su rostro ancho e inclinado hacia abajo, iluminado intensamente desde la derecha por la luz que entraba por la ventana–. Siempre digo lo mucho que os debo a ti y a Mark. Conoceros me cambió la vida.
          Ella arrugó el ceño un instante al oír eso, pero vi que también lo aceptaba.
          –Ya sabes que Mark estaba muy orgulloso de ti, Dave, y que se interesaba por todo lo que hacías. Para nosotros era maravilloso ser testigos de tus éxitos, y ya sé que no lo tuviste nada fácil, sobre todo al principio.
          –¡Muchas gracias! –No era la primera vez que me lo decía, casi con las mismas palabras, pero no por eso era menos conmovedor; sentí que para ella todavía tenía el propósito y el cariño de algo que se dice por primera vez–. Significa mucho para mí.
          –Siento mucho haberme perdido esa obra de Racine, has tenido unas críticas maravillosas.
          –Ah, no te preocupes por eso –dije.
          –Bueno... –Y sonrió con un conmovedor aire de incertidumbre–. A veces me pregunto qué pensaste de nosotros al principio.
          –Bueno, el fin de semana en Woolpeck fue estupendo.
          Cara parpadeó; quizá tratara de imaginárselo.
          –¿Te lo pasaste bien? Recuerdo que después de uno de los episodios más violentos del ministro tuve que vendarte.
          –Madre mía... –dije, pero me alegré de aquel chiste inesperado.
          –Antes de que nos conocieras, creo, pasamos momentos más felices allí. Pero Giles y Lydia nunca estaban de acuerdo, y los dos tuvieron una adolescencia difícil, y estoy segura de que, de alguna forma, tú no.
          –No, pero me volví difícil un poco más adelante...
          –Tú estabas mucho más unido a tu madre –dijo Cara–. Creo, aunque nunca acabaré de entender por qué, que Mark y yo no fuimos unos buenos padres.
          –¡Cara, pero si erais los padres ideales!
          Me miró.
          –Ay, qué conversación tan triste. Lo siento.
          Volví a preguntarme si tenía con quién hablar en la fina atmósfera social de sus noventa años.
          El postre era una gran tarta de crema de limón.
          –Una de tus favoritas, me acuerdo –dijo Cara cuando Rihaan cortó un trozo pequeño para ella y a mí me sirvió casi una tercera parte del resto, con una cucharada de nata montada encima.
          –Tienes una memoria increíble –dije; era realmente mejor que la mía. Hacía como mínimo treinta años que no comía crema de limón, pero sonreí y lo afronté, como muestra de mi profunda gratitud.

Después de comer tomamos café en un estilizado cubo de cristal que se proyectaba hacia el jardín. Cara gruñó un poco al sentarse, dejó el bastón apoyado en su butaca y miró el césped, abstraída, mientras nos servían el café. Comprendí que podíamos despedirnos fácilmente sin hablar más del ministro, pero quizá ambos sintiéramos que habíamos perdido una oportunidad o eludido una responsabilidad.
          –¿Vas a Woolpeck de vez en cuando? –dije.
          –No, hace años que no voy –dijo Cara–, desde que murió mi hermano Peter. Gracias... –La puerta volvió a cerrarse–. No puedo, Dave, de verdad... Supongo que lo entiendes.
          –Pero era tu casa –dije.
          –Sí, hace mucho tiempo. Bueno, yo nací allí, supongo que lo sabes. Pero ahora es de Giles.
          –¿Sabes si él va mucho? –dije. Estaba indignado, por ella y también un poco por mí. No sabía si Cara lo había visto en Newsnight, en un artículo sobre el impacto del Brexit en la agricultura: arriba, en los Anillos, con un Barbour verde y una vara de fresno en la mano, el viento agitándole el cabello. «Cultivo todas estas tierras», decía, «hasta donde alcanza la vista». «¿En serio?», decía el entrevistador, y la cámara hacía una lenta panorámica por la vasta extensión del Valle. «En esa dirección», decía Giles, señalando con la vara hacia el bosque que había a un kilómetro de distancia.
          –Supongo que a Laura no le interesa. Él era muy buen administrador, por supuesto.
          –Para gestionar todas las subvenciones de la UE...
          –Me imagino –murmuró Cara. Ya no intentaba comprender toda aquella locura.
          Sentí que estaba abriéndome la puerta a seguir hablando de Giles. A lo largo de mi vida él había llegado y se había ido, y luego había vuelto, pero hubo años enteros en los que apenas pensé en él; Cara debía de haber pensado en él varias veces al día, todos los días.
          –Pero dime, Dave –y levantó la vista de su taza y me sostuvo la mirada–, si te remontas a años atrás, cuando todos nos conocimos, ¿te sorprende la trayectoria de Giles?
          Me reí durante medio segundo. Cara valoraba la franqueza, pero no esperaba oír que su hijo siempre había sido un cerdo.
          –Creo que seguramente siempre lo atrajo el poder, sí, y castigar a sus semejantes.
          –Es decir, que ya entonces era autoritario.
          –Recuerdo que le encantaba ser monitor. Y le fastidiaba mucho no haber sido nunca delegado.
          –Bueno, sigue sin serlo –dijo Cara, y ambos hicimos una mueca ante esa idea, esa posibilidad–. Pero era inteligente, ¿no?
          Lo dijo como si no lo conociera, o como si dudara muy seriamente de lo que sabía.
          –Creo que sí... –dije–. No me acuerdo de cómo le fue en Oxford.
          Cara bajó la cabeza.
          –Bueno, estaba muy metido en política, ¿no? El sindicato de estudiantes y todo eso. Pero creo que aprobó muy justo.
          –Ya... –dije con cautela. No tenía mucha fe en esas simples búsquedas de una clave que explicara el comportamiento de Giles, y tampoco estoy seguro de que satisficieran a Cara, aunque hablar las cosas tal vez aligerara sus sentimientos, la duradera consternación que se ocultaba tras el dolor más reciente.

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Traducción de Gemma Rovira

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