LECTURAS

Empieza a leer 'En el camping' de Soledad Puértolas

02/02/2026

¿Dónde estuviste ayer?
¿Dónde estarás mañana?
¿Dónde estás ahora?

 

AMISTAD

Hasta mediados del fatídico mes de marzo de 2020, Amelia y Carla habían sido íntimas amigas, de esas que, si no se ven todos los días, por lo menos hablan por teléfono o se mandan continuos mensajes por el móvil, en cuyo manejo, a pesar de su edad, eran expertas. Ambas habían doblado con cierta despreocupación la peligrosa esquina de los sesenta años, gozaban de buena salud, cuidaban su aspecto, del que incluso estaban orgullosas –sobre todo, cuando se comparaban con otras mujeres de su edad, cosa que hacían con gran frecuencia y desparpajo–, y trataban de sacar el máximo partido a la vida, para lo que estaban excelentemente dotadas.
          Como tantas mujeres de su generación, habían trabajado fuera de casa –Amelia había sido relaciones públicas en importantes empresas y Carla había hecho una buena carrera en la administración pública–, estaban felizmente casadas desde su juventud, los hijos –Amelia tenía dos hijas, Carla, un hijo– estaban casados y les habían dado nietos, dos a cada una. Ambas se ocupaban –un poco por encima– de la casa, cuyos trabajos más fastidiosos corrían a cargo de sendas asistentas, tenían tarjeta de crédito en la cartera, mano larga para tirar de ella y bastante tiempo libre.
          Eran, en suma, una de esas parejas de amigas que hacen pensar a los observadores atentos y algo maliciosos que, de morir sus respectivos maridos, se irían a vivir juntas tan ricamente, sin echar en absoluto de menos la vida anterior.
          Pues bien, esta encomiable relación se vino abajo en el mismo momento en que un decreto del gobierno declaró, a mediados de marzo de 2020, el estado de alarma en toda la nación, debido a la extraordinaria dimensión que había alcanzado la pandemia provocada por un virus de origen desconocido –al que se le dio el nombre de covid-19– y la imposibilidad de atender debidamente desde el punto de vista sanitario al número creciente de afectados. El confinamiento al que fue sometida la población dio un rumbo nuevo a la vida de todos. Un rumbo que era, precisamente, ausencia de rumbo. Era un parón.
          Las felices costumbres de nuestras amigas –la risueña Amelia, la ingeniosa Carla– se vieron seriamente afectadas. Adiós al gimnasio, a la natación, a los masajes, a la peluquería, a los paseos por las calles comerciales, al cine, al teatro, a los conciertos, a la ópera, a la zarzuela, a las exposiciones, a los museos, a las conferencias, a las reuniones con otras amigas, al hablar de esto y de lo otro, al arreglarse para salir, al abrir el armario y probarse ropa. Adiós al reírse sin ton ni son.
          A cambio, miedo, preocupación, el parte de las malas noticias, los enfermos, los muertos, la lejanía de seres queridos, la claustrofobia, la angustia, el callejón sin salida.
          Durante un tiempo, Amelia y Carla se siguieron llamando por teléfono e intercambiando mensajes por el móvil todos o casi todos los días, pero, en lugar de transmitirse ánimos, solo conseguían deprimirse mutuamente, de modo que fueron espaciando las llamadas y finalmente dejaron de hablar y de enviarse mensajes.
          Un sobrino muy querido de Amelia, casi como un hijo, estuvo ingresado, grave, en el hospital de campaña que se instaló en Madrid en el recinto de la feria de IFEMA. Tres familiares cercanos de Carla pasaron, también, por hospitales, con diferentes grados de gravedad. Carla misma sucumbió a la enfermedad, pero la superó en su domicilio. Todo eso llegaron a saberlo. Ocurrió cuando aún se hablaban por teléfono. Luego vino un desierto infinito.
          En marzo de 2021, un año después de haberse decretado el estado de alarma que dio paso al confinamiento de toda la población, Amelia llamó a Carla. Las dos manifestaron un profundo asombro ante el silencio que desde hacía varios meses había caído sobre su relación, pero se acogieron, para disculparse, a la extraña situación que se estaba viviendo. Todo se había enrarecido para todos. Ya se podía salir de casa, pero había que atenerse a nuevas reglas. Amelia aún estaba atemorizada. No se atrevía a salir a la calle. Se lavaba constantemente las manos, lavaba la fruta y la lechuga para la ensalada, en realidad lavaba todas las verduras, todo lo que podía haber pasado por otras manos, desinfectaba la casa una y otra vez. En cambio, Carla, con la mascarilla puesta –y a veces un poco por debajo de la nariz– salía y entraba de casa con la menor excusa, y, en cuanto las medidas se fueron haciendo menos restrictivas, hacía la compra en el supermercado, iba de tiendas, se sentaba en la terraza de un bar, y, sobre todo, veía a sus hijos y a sus nietos.
          De pronto, se encontraron discutiendo. Sus voces habían adquirido unos tonos nuevos, se habían teñido de sentimientos de reproche, de vaga amargura.
          No volvieron a discutir, no merecía la pena. Cada cual con lo suyo. Amelia era hipocondríaca. Carla, qué sé yo. No era negacionista, pero no soportaba la reclusión. Era una cuestión de temperamento. Sobre los temperamentos no se puede debatir. Nadie da su brazo a torcer, no se puede. Esa es la trágica verdad.
          No volvieron a discutir, pero tampoco se llamaban mucho. No volvieron a expresar, ninguna de las dos, el deseo de verse y de recuperar los hábitos de sus vidas anteriores a la pandemia.
          Cada una trazó su propia rutina. Carla se fue acostumbrando a sus correrías solitarias, entraba en las tiendas, aunque la mayor parte de las veces no compraba nada, y prolongaba el tiempo que pasaba, sentada, en la terraza de un bar. Los años pesaban. Aún podía salir sola a la calle, pero llegaría el tiempo en que necesitaría el apoyo de un brazo, de alguien que la llevara de aquí para allá. Aún le gustaba estar entre la gente, observar esos fragmentos de las vidas de los otros que se desarrollaban a su alrededor, sentirse parte de ellos. Aún necesitaba eso, salir del entorno familiar, ser una persona más que anda por la calle, con una vida que los otros no conocen. Si perdiera eso, perdería una parte importante de sí misma, aunque fuera una parte pequeña, que solo florecía cuando salía de casa, cuando el hogar era simplemente un concepto, algo invisible que se encontraba tras las fachadas de las casas.
          Amelia sufrió una caída, a la que siguió una fastidiosa operación de cadera. Para andar, tenía que utilizar bastón. Cada vez le daba más pereza salir a la calle. Sus hijas se turnaban para ir a verla y dar un paseo con ella. Ya habían hablado de contratar a una cuidadora. La idea horrorizaba a Amelia. Quizá fuera preferible no levantarse nunca de la cama, como habían hecho, hacía solo unos años, algunos ancianos, ¿por qué tenía que esforzarse continuamente?, ¿no podían dejarla en paz de una vez? El mundo moderno era insufrible, a los viejos no se les permitía envejecer, ¿qué mal puede haber en quedarse al margen de todo, en salirse de esa rueda que gira vertiginosamente sin ningún sentido? Que vivan esa vida los que quieran vivirla. A los demás, que nos dejen, ¡qué empeño en hacer de la actividad el centro de nuestras vidas!
          Podemos dar tranquilamente un salto de dos, cuatro, incluso diez años, sin tener que mencionar ninguna novedad en la relación de nuestras amigas. Esporádicas llamadas y eventuales mensajes, esa fue la pauta.

Nos plantamos en otro mes de marzo, años más tarde, los que quieran, el tiempo suficiente para que la vejez haya empezado a tomar posesión de nuestros personajes.
          Sus vidas no confluían, cada una había trazado su propio itinerario. El de Carla era un poco el que había sido siempre, pero se había hecho más corto, más lento, menos frecuente. Se veía a sí misma desde fuera y veía a una anciana.
          En aquel momento estaba sentada en la terraza de un bar, cerca del Retiro. Era media tarde, corría una suave brisa. Miraba a la gente que pasaba y lamentaba, pero muy vagamente, no poder compartir con alguien esa breve felicidad de estar al aire libre, en medio de la ciudad, cómodamente sentada en una silla que imitaba al mimbre y frente a una humeante taza de té. A fin de cuentas, no era cierto que no la compartiera. Estaba allí, a la vista de todos, rodeada de gente.
          ¿Y esa señora tan elegante que se apoyaba en un bastón y que acababa de hacer su aparición en la terraza y miraba a su alrededor, como si estuviera buscando a alguien o quizá solo una mesa libre, no se parecía mucho a su vieja amiga Amelia, la querida y alegre Amelia? ¡Pues claro! Era ella. Se miraron y, tras unos instantes de duda, se reconocieron.
          Amelia se sentó a la mesa de Carla. No, no había quedado con nadie. ¡Ay!, ¿con quién iba a quedar? Había tenido ese impulso, salir a la calle. Había cogido el portante y había dejado la casa atrás. No sabía bien por qué. Había tenido la necesidad de hacerlo. Demostrarse a sí misma que aún era capaz de hacer algo a espaldas de los demás. Se removió en su asiento, regocijada.
          –Me vigilan –dijo–. No te lo creerás, pero me tienen encerrada, se creen que no puedo valerme.
          Ciertamente, el paseo le había cansado mucho. Pero había llegado hasta la terraza de siempre que, por fortuna, aún seguía en su sitio. Quizá era eso lo que quería comprobar, ese era, probablemente, el objeto de aquella escapada. ¡Y no solo estaba la terraza, sino que estaba también la misma Carla! ¿No era increíble? ¡Qué casualidad! Esta clase de cosas te hacen pensar si no existirá el destino. No puede ser, pero, ¡vaya!, si no se trata del destino, será otra cosa, llámalo como quieras.
          Acto seguido, las dos se dijeron más o menos lo mismo: no has cambiado nada. No aparentaban la edad que tenían. El bastón que utilizaba Amelia le proporcionaba, incluso, un toque de elegancia, un toque más.
          ¿No habían cambiado? ¡A la vista estaba que habían envejecido! Ahí sentadas, no se notaba tanto, pero ninguna de las dos se movía como antes. Por no hablar del pelo de Carla, lacio y desmadejado. Nada que ver con el peinado de peluquería que siempre había lucido y que había sido la admiración de todos y, muy en particular, la envidia de Amelia.
          En cambio, los maridos sí habían envejecido, dijeron. Augusto, el marido de Amelia, tenía innumerables achaques y se pasaba el día en pijama. Fernando, el marido de Carla, se había quedado repentinamente mudo. Solo hablaba cuando una de sus hermanas le llamaba por teléfono. Entonces, sí. Entonces no paraba. Hablaba bajito, como en secreto. ¿De qué?, preguntó Amelia. Pues de la familia, tema inagotable. Carla le había espiado, no por verdadera curiosidad, sino para entretenerse, solo por eso.
          De la descendencia –hijos, hijas, nietos, nietashablaron poco. Era un asunto que, quizá de forma consciente, nunca había ocupado mucho lugar en sus conversaciones. ¡Ay, los hijos!, ese era un asunto que nunca acaba de resolverse, era mejor dejarlo ahí, fuera del ámbito de sus confidencias.
          Se remontaron a aquel año, el del covid-19. Fue entonces cuando la vida cambió. El constante miedo a la enfermedad y a la muerte, que Amelia nunca había llegado a superar, había dado paso, acto seguido, a una serie de obstáculos y dificultades de tipo práctico. Ahora todo consistía en apretar botones y mirar pantallas. ¡Qué difícil era sobrevivir en ese ambiente con los años que ya tenían! Viajar –en lo que desde luego ninguna de las dos pensaba– se había hecho sumamente complicado, incluso ir al teatro o al cine –de lo que ambas sentían remota nostalgia– era difícil. Había que planearlo todo con mucha anticipación, y había que saber manejarse en aquel mundo de teclas y pantallas. Quienes no lo entendían, se quedaban fuera.
          –No tengo edad para aprender ese tipo de cosas –dijo Carla.
          –La vida está en otra parte –sentenció Amelia.
          Las dos se echaron a reír.
          Fue una risa breve, que se deshizo enseguida en el aire. Todo había cambiado. No tanto por el natural transcurso del tiempo ni por los avances tecnológicos casi inescrutables que regían ahora la vida. Ciertamente, todo eso contaba. Pesaba. Pero había algo más. Algo había sucedido entre ellas. Se habían fallado mutuamente. No lo recordaban del todo, pero sentían que en un momento dado se había abierto una brecha entre ellas. La vida las había empujado en distintas direcciones, o habían sido ellas quienes habían decidido separarse, establecerse, en la vejez, por su cuenta.
          Miraban a su alrededor, desconcertadas. Los años transcurridos entre el último encuentro que había tenido lugar entre ellas en aquella terraza del mismo bar próximo al parque del Retiro habían dejado su amistad al margen. ¿Qué clase de terremoto había destruido la alegría que les daba su mutua compañía? ¿Qué huracán se había llevado por delante ese algo invisible e indeterminado que era, sin embargo, parte de su felicidad? La máquina del tiempo había tenido una avería, pero afortunadamente, aún quedaba eso. Los gestos amables del camarero, el pajarito que, venido del cielo, se posa en la mesa, las risas de las chicas de la mesa de al lado, las pulseras que tintinean alrededor de las muñecas, el aire fresco de marzo que te hace pensar en aires más tibios, en el murmullo de las olas y en puertos de mar.
          Y ahí estaban las dos de nuevo, Carla y Amelia, como en un espejismo, momentáneamente desligadas de sus familias, de sus viejos deberes y compromisos, aparentemente listas para algo más. Como si fuera un acto de heroísmo, o, por el contrario, una traición a algo casi sagrado, una voluntad de fuga.

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