LECTURAS
Empieza a leer 'Desperdigados por el mundo' de Yoko Tawada
1. Habla Knut
Aquel día llevaba toda la tarde abrazado a un cojín en el sofá, viendo la tele con el volumen bajo. El sonido de la lluvia me da sensación de paz. Sobre todo porque, delante de casa, hay un camino empedrado que da a un pequeño parque, y nunca me canso de escuchar el refrescante repiqueteo de la lluvia al caer sobre la piedra, mezclado con el rumor del agua filtrándose en el suelo.
No era la lluvia lo que me había retenido en casa. A mí me gusta salir a pasear por el canal y parar a tomar un café o entrar en la tienda de discos de segunda mano por el camino; o bajar a la plaza y abrirme paso entre la gente apelotonada en torno al puesto de perritos calientes, a ver si encuentro alguna cara conocida esperando sus llamativas salchichas. Pero aquel día me apetecía relajarme sin grandes esfuerzos. Al volver la cabeza para contemplar el nuboso cielo de Copenhague por la ventana, tuve la sensación de que aquella lejana luz plateada empezaba a brillar en mi interior.
No hacer nada tiene su complejidad. Cuando ya no lo soporto más, siempre me refugio en internet, pero aquel día el mero hecho de pensar en la luz de la pantalla me repelía. Esa luz que parece obligar a la gente a plantarse frente al foco de un escenario en contra de su voluntad. En ese escenario deslumbrante, cegado por los reflectores, me convierto en una estrella falsa. Es ridículo. Prefiero encender la tele, repantingarme tranquilamente en el sofá y contemplar el rostro de los actores y actrices sin la sensación de sentirme observado. Aquel día me tragué un programa de comedia sin pizca de gracia, unas canciones con vocabulario bastante pobre y unas cuñas publicitarias de unos utensilios de cocina de esos que aborreces después de usarlos solo un par de veces. Luego di por casualidad con un programa en el que se dedicaban a visitar restaurantes.
Diría que Dinamarca es el país más fácil del mundo para vivir, porque no nos preocupa demasiado lo que comemos. En países más sibaritas, de esos que se toman en serio las exquisiteces para el paladar, siempre hay mafias y corrupción. Deberíamos admitir que, en Dinamarca, la integridad política y los bajos índices de violencia se deben a la falta de interés por la comida, y también a la escasez de nefastos programas de gastronomía tan aburridos como ese que habían cometido el error de titular En busca del mejor perrito caliente del país. Debí de echar una cabezadita, porque ni me enteré de que habían acabado los anuncios y había empezado el siguiente programa. Cuando abrí los ojos, el presentador, entusiasmado, estaba dando paso a varios invitados en plató. Al rato caí en la cuenta de que todos ellos habían nacido y crecido en países que ya no existían.
La cámara mostró un primer plano, era una mujer alemana que enseñaba Lingüística Política en la Universidad de Copenhague. Había nacido y crecido en la desaparecida República Democrática Alemana, comúnmente conocida como Alemania del Este. El presentador del programa le preguntó con gesto dubitativo:
–¿No le parece que el hecho de que dos países se hayan convertido en uno solo significa que ninguno de ellos ha desaparecido?
–No. El país en el que yo vivía ya no existe.
–En tal caso, ¿no cree usted que Alemania Occidental también desapareció? ¿Por qué dice que solo desapareció Alemania del Este?
La mujer tomó aire y siguió hablando con tanta vehemencia que el micrófono crujió como si algo se hubiese roto por dentro. Menos mal que tenía el volumen de la tele bajo.
–Tras la unificación, la vida de la gente de Alemania Occidental no se vio alterada, pero la de los habitantes de Alemania del Este cambió drásticamente. Los libros de texto, el precio de las cosas, los programas de televisión, las condiciones laborales, los días festivos, todo, absolutamente todo, se adaptó a Alemania Occidental. De ahí que ahora seamos una suerte de inmigrantes en nuestro propio país, el lugar donde nacimos y crecimos. Además, a los historiadores del Este se nos dijo que las teorías en las que nos basábamos no eran válidas y se prescindió de nuestro trabajo.
Adormilado como estaba, aquel tema se me estaba haciendo pesadísimo y pensé en cambiar de canal, pero el mando a distancia había desaparecido de mis manos sin que me diera cuenta. Cabía la posibilidad de que me lo hubiese olvidado encima del lavabo. De niño me dio por llevármelo al baño cuando iba a hacer mis necesidades para que nadie de la familia cambiara de canal. No porque quisiera ver ningún programa en particular, sino porque temía que mi padre cambiara de cadena sin preguntar y mi madre, enfadada, estampara los platos contra el suelo. Tampoco es que ella quisiera ver ningún programa en concreto, pero le molestaba sobremanera que mi padre cambiara de canal, porque le parecía que era tratarla como si no estuviese allí. La verdad es que me da reparo admitir que sigo llevándome el mando a distancia al baño, pues mis padres se divorciaron cuando yo tenía quince años y hace ya unos cuantos que vivo solo.
No me apetecía ver aquel programa, pero me daba pereza levantarme del sofá para ir a por el mando. Así que, mientras me lo pensaba, los invitados, entre los que había un hombre que había vivido en la antigua Yugoslavia y una mujer de la Unión Soviética, fueron hablando ante la cámara uno tras otro.
Yo me iba irritando según los escuchaba. Parecía que estuvieran orgullosos de que su país hubiese desaparecido. Como si el mero hecho de que ya no existiese los hiciera especiales. Pensé que nosotros tampoco vivíamos ya en el antiguo Reino de Dinamarca, así que tampoco éramos tan distintos, ¿no? Si bien mis antepasados habían vivido en un gran reino que incluía Groenlandia, este había quedado reducido a un país pequeñito en una esquina de Europa. Naturalmente, ya era así cuando nací, pero podría decirse que pertenezco a la segunda generación desde la pérdida del país.
De hecho, estoy convencido de que la pérdida de Groenlandia guarda algún tipo de relación con la extraña enfermedad que padece mi madre. De lo contrario, no se pasaría la vida hablando de los esquimales como si fueran sus propios hijos. Resulta que le paga los estudios de Medicina a un chico esquimal, pero luego, cuando yo le pido alguna vez ayuda económica para viajar al extranjero, aparta la mirada y me pone una excusa del tipo «ahora mismo no me lo puedo permitir».
Al pensar en mi madre caí en la cuenta de que aquella noche había quedado en ir a cenar a su casa. No me apetecía nada salir con aquella lluvia. Pensé en mandarle un mensaje y decirle que estaba resfriado, porque, si la llamaba, me pillaría por la voz.
Estaba sumido en esos pensamientos cuando de repente apareció en la pantalla una cara totalmente distinta que hizo que me levantara del sofá de un salto y me sentara justo enfrente del televisor. El rostro de aquella chica era clavado al de la protagonista de un antiguo anime muy famoso titulado La galaxia sin lluvia. Al parecer, la chica había nacido y crecido en un archipiélago situado entre la China continental y la Polinesia. Según contaba, había venido a Europa para estudiar durante un año, pero su país desapareció a dos meses de su regreso y ya no pudo volver a casa. No veía a su familia ni a sus amigos desde entonces. Al oír aquello, tragué saliva como si se me hubiera llenado la boca de zumo de limón, pero la chica siguió hablando con total naturalidad. Su rostro era como el cielo de las noches blancas: brillante, pero oscuro. Lo que más me atrajo de ella fue el idioma en que hablaba. En líneas generales, se la entendía con facilidad, pero no era danés, sino una lengua mucho más nítida. Al principio pensé que hablaba en noruego, pero enseguida me di cuenta de que era otro idioma. Se parecía más al sueco, pero definitivamente tampoco lo era. Me quedé pegado a la pantalla observándole la boca con atención, pero de pronto me entró un ataque de vergüenza, porque parecía que estuviera a la caza de un beso suyo. Aparté la mirada y, al volver de nuevo los ojos al televisor, me di cuenta de que guardaba un cierto parecido con la cantante islandesa Björk de joven. Me pregunté si lo que hablaba aquella chica sería islandés. Había dicho que venía de una isla, e Islandia también lo era, pero la ubicación no me cuadraba. Por más que arreciara el calentamiento global y que el deshielo hubiese provocado nuevas corrientes en los océanos, no me había llegado ninguna noticia de que Islandia se hubiese visto arrastrada hasta algún punto entre la China continental y la Polinesia.
Pero ¡qué demonios era aquel lenguaje!
–Por cierto, ¿qué idioma es este que hablas con tanta fluidez? –le preguntó el presentador como si me hubiese leído el pensamiento.
La chica sonrió al fin y respondió:
–En realidad es idioma propio. No pude volver a casa ni seguir estudios en Gotemburgo, marché a Trondheim con beca de un año. Pero las estaciones pasaron en abrir y cerrar de ojos, y justo cuando a punto de estar en apuros conseguí trabajo en Odense, y otra mudanza. Hoy los emigrantes somos casi nómadas. Los países no deniegan el paso, pero tampoco permiten quedar a vivir para siempre. Yo solo estuve en tres, pero el aprendizaje de tres idiomas diferentes en poco tiempo es difícil sin confusión. Mi cerebro no tiene espacio para hacerlo. Por eso creé idioma propio. Lengua inventada que los escandinavos más o menos entienden.
–¿Y por qué no en inglés?
–Si hablas inglés, pueden hacerte ir a Estados Unidos. Tengo miedo, porque soy enferma crónica y no puedo vivir en país con sistema de salud subdesarrollado.
–¿Te gustaría quedarte en Dinamarca de modo indefinido?
–Sí. Si no acaba bajo mar.
Me había imaginado un domingo de modorra total, pero el corazón me latía con la fuerza de un tambor. En la parte inferior de la pantalla del televisor apareció su nombre: Hiruko, J.
Era una combinación de sonidos poco usual, con tres vocales. Como Enrico en italiano, pero ese era un nombre masculino. Creo que hay un nombre así en húngaro también... Eniko, ese sí que era nombre de mujer. Quizá su país había tenido algún lazo histórico con Hungría. Un sinfín de ideas cabalgaban en la llanura de mi cabeza como hunos a caballo.
–¿A qué te dedicas ahora en Odense?
–Soy cuentacuentos en Centro Märchen. Cuento cuentos tradicionales a niños.
–Pero tú todavía eres muy joven. Uno se imagina a los contadores de cuentos tradicionales mucho mayores que tú.
–Si el ayer desaparece por completo, ya forma parte de antaño.
La chica respiraba varias gramáticas, las disolvía dentro de su cuerpo y las exhalaba con dulzura por la boca. Dejé de intentar descifrar si aquellas extrañas frases eran o no gramaticalmente correctas y la escuché fluir como si nadara en el agua. Quizá en el futuro las gramáticas sólidas dejarían de existir para convertirse en líquidas o gaseosas. Me entraron unas ganas incontenibles de conocer a aquella chica. No solo de conocerla, sino de estar cerca de ella y ver hasta dónde llegaba. Era la primera vez que sentía algo así. La primera vez que llamaba a un programa de televisión. Sabía que disponían de números telefónicos para hacer preguntas, pero nunca pensé que algún día llegaría a llamar a uno.
–Buenas tardes. Soy estudiante de posgrado en Lingüística en la Universidad de Copenhague y me preguntaba si sería posible conocer a la chica llamada Hiruko que está ahora mismo en antena. Quisiera invitarla a colaborar en una investigación sobre lingüística e inmigración para un proyecto estatal –dije.
La persona que me respondió accedió rápidamente a concederme mis deseos sin mostrar ni rastro de suspicacia.
–Creo que podré preguntárselo a la entrevistada una vez termine el programa. ¿Podría decirme su nombre y el nombre oficial del centro de investigación para el que trabaja? Como no podré hablar con ella hasta que termine, quizá tarde un poco, pero le devolveré la llamada.
Después de colgar, volví delante del televisor y me encontré con que había finalizado la primera parte del programa, la de las entrevistas, y habían dado paso a la segunda, en la que tres expertos en imperios ya extintos se pusieron a hablar largo y tendido sobre el Imperio romano, el Imperio otomano y la dinastía Yuan. El primero era profesor de Historia en una universidad; el segundo, escritor de novelas históricas, y el tercero, arqueólogo submarino. Yo no tenía ni la menor idea de que existiera ese trabajo, pero, al parecer, los arqueólogos submarinos son buzos especializados en pueblos que han quedado sumergidos bajo el agua por la construcción de presas o en islas hundidas en el Pacífico. Según él, cuando se encontraba solo en el fondo del mar, a veces oía cantar una voz femenina o veía cadáveres decapitados.
–Pero, pase lo que pase, tienes que mantener la calma. Si te alteras bajo el agua, se te entrecorta la respiración y te puedes acabar ahogando aunque no falle la botella de oxígeno.
El tertuliano en cuestión tenía el pelo negro y brillante, efecto mojado, y los labios rojos. Molesto, quizá, de que aquel hombre estuviese acaparando toda la atención, el historiador se aclaró la garganta y, cual capitán que toma el timón, cambió radicalmente el rumbo de la charla.
–Pero, por mucho que un imperio haya quedado sumergido en el fondo del mar, no desaparece por completo de la historia de la humanidad, sino que sigue en la memoria a lo largo de distintas generaciones, hasta que en un momento dado alguien quiera hacerlo resurgir. ¿A ustedes no les entra miedo cuando alguien habla del renacimiento de un imperio? Es admirable que alguien quiera reconstruir algo que se ha derrumbado, claro, pero lo de «hacer resurgir» ¿no les parece que tiene trampa?
A mí la expresión «hacer resurgir» también me parecía anticuada, rezumaba ultranacionalismo rancio, y merecía la pena considerarla con más detenimiento; pero enseguida me volvió a la mente la idea de que tal vez conocería a Hiruko pronto. Eso me llevó a mirarme en el espejo y, cuando me di cuenta de las greñas que llevaba, empecé a acicalarme el pelo con las manos. Después me dirigí a la cómoda en busca de algo de ropa decente, me vestí y, justo cuando había terminado de cepillarme los dientes, el presentador posó todo erguido ante la cámara y pestañeó con cara de «hasta aquí el programa de hoy», por lo que deduje que aquello sería ya el final. Sonó la sintonía de cierre y la cámara empezó a sobrevolar el plató sin ton ni son a vista de pájaro. Los nombres de los participantes caían como gotas de lluvia desde la parte superior de la pantalla y descendían hasta que la parte inferior se los tragaba.
Tras unos veinte minutos de espera, empezó a preocuparme que hubiesen archivado mi consulta, puesto que una de las cosas buenas de vivir en un país pequeño es que rara vez se ignora la petición de un ciudadano. Pero al final sonó el teléfono.
–Hola, soy del canal de televisión al que ha llamado antes. La señorita J dice que le gustaría conocerlo. Si le es posible venir ahora, podría encontrarse con usted en el vestíbulo –me anunció una voz masculina distinta a la de antes.
Me puse unos pantalones para la lluvia, unas zapatillas de deporte impermeables y un chubasquero que, en lugar de logo, llevaba el eslogan TOTALMENTE IMPERMEABLE, TRANSPIRABLE Y ULTRALIGERO impreso en letras bien grandes en la espalda, y me monté en la bicicleta de un salto.
Eso de que yo era estudiante de posgrado de Lingüística no era exactamente una mentira. Llevo dos años colaborando en un proyecto de investigación trienal financiado por el Gobierno y destinado a ayudar a jóvenes inmigrantes a integrarse en la sociedad danesa mediante juegos de ordenador. Aunque no creo que dicha investigación sea inútil, la verdad es que arrastro un cargo de conciencia que a veces me provoca dolor de muelas y espalda. Sería perfecto si de verdad me gustaran los videojuegos, pero hay algo en el fondo de mí que los detesta profundamente y, cuando tuve que redactar la documentación para que me financiaran la investigación, me las di de experto en cultura juvenil. De modo que los jóvenes sin empleo pierden el tiempo con videojuegos y acaban desarrollando obesidad, diabetes e insomnio de tanto comer comida rápida, y mientras yo me aprovecho del Estado para llevar una vida cómoda y saludable. Decimos que queremos una sociedad sin clases, pero cuando uno sube al barco del confort ya no quiere bajar a ningún bote. Temía que el corazón y la mente se me nublaran con el paso del tiempo, e incluso acabar enfermo como mi madre si la cosa seguía así. Había pensado en tomarme un año sabático para viajar por África, la India o algún otro lugar con riqueza lingüística. No dispongo de mucho dinero, pero la mayoría de los países del mundo son increíblemente asequibles, de forma que, si lo planeaba bien, podría hacer un viaje largo. Con mis propios ahorros, calculaba que me daría para medio año, y con un poco de suerte mi madre me financiaría el resto. Sin embargo, en el mismo instante en que vi el rostro de Hiruko, me olvidé del viaje y de todo lo demás. La clave estaba en aquella misteriosa chica. Hasta ese día yo jamás había llamado a un canal de televisión, ni había tenido el coraje de ir a encontrarme con alguien a quien no conocía. No parecía yo: estaba siendo proactivo.
Entré por la puerta principal de la emisora, pasé el control de seguridad, di mi nombre en el mostrador de recepción que había en el vestíbulo y me pidieron que esperara en una esquina. Me quedé embobado observando las caras de la gente que iba y venía atareada cuando, de repente, me sorprendió ver un rostro familiar: el de un anciano delgado con pajarita que pasó a toda prisa esbozando esa sonrisita de quien se divierte haciendo bromas intelectuales. Justo en el momento en que caía en la cuenta de que quizá se tratara del director de cine Lars von Trier, por el otro lado apareció una chica que supuse que era Hiruko. Andaba de un modo extraño, como si se deslizara, sin levantar los pies del suelo. En el instante en que levantó la mirada y me vio, se detuvo en seco, como poniendo el centro de gravedad de su cuerpo en el vientre.
–Encantado de conocerte. Soy Knut, el investigador en Lingüística.
–Tu nombre es familiar.
–Bueno, en realidad, ¡es nombre de abuelo! Al parecer, mi bisabuelo era una persona maravillosa, y mi madre tenía clarísimo que quería que me llamara como él.
–¿También lingüista?
–No, fue un explorador del Polo Norte, de izquierdas.
–Claro, hay exploradores de Polo Norte de izquierdas y derechas, ¿verdad? ¿El lingüista Knud Knudsen es también antepasado?
–Por desgracia, no. Me sorprendió mucho verte hoy en la tele. Era en directo, ¿verdad?
–Sí. En este país hay programas en directo sin incidentes. Aquí no miedo a expresión repentina de idea antidemocrática. Un país donde, si pasa, se actúa normal.
Había momentos en que me resultaba difícil seguir a Hiruko, pero, bien pensado, que no la entendiera quizá se debía sencillamente a que no soy muy listo. Tampoco es que me considere especialmente tonto, pero, a veces, después de fumar hierba, noto la cabeza embotada unos cuantos días. Me irrita sobremanera que mi cerebro vaya lento y no entienda teorías que se me presentan con claridad. Escuchando a Hiruko, resultaba difícil discernir si aquella sensación de incomodidad que me producía su modo de expresarse se debía a la maría o a su nueva gramática. Sin embargo, la distancia que percibía entre nosotros no era más que gramatical, porque de inmediato me pareció una persona muy cercana, como una vieja amiga de la infancia.
–¿Vives en Copenhague?
–No, en Odense. Pero tengo reserva de habitación individual, así que no dependo de reloj.
–En ese caso, ¿puedo invitarte a cenar? Como lingüista, hay un sinfín de cosas que me gustaría preguntarte.
–Los lingüistas no causáis mucho interés en general, pero, para mí, sois diamantes en bruto.
Al oír aquello, el corazón me dio un brinco de alegría.
–¿Qué te gusta? ¿Te apetecería comer finlandés, por ejemplo? ¿Sushi?
–Sushi no es finlandés.
–¿Ah, no? Yo pensaba que sí era comida finlandesa. Cuando llegas al aeropuerto de Helsinki hay un cartel que te da la bienvenida al «País de las Tres Eses».
–¿De las tres eses?
–Sauna, Sibelius y sushi.
–No sushi: sisu. Sushi seguro no es finlandés, pero, si yo sola lo digo, nadie cree.
–Pues, si tú lo dices, yo te creo. ¡Venga, vamos! ¿Llevas paraguas?
Había dejado de llover y el sol del atardecer teñía las nubes de color naranja, un espectáculo inusual para el cielo de Copenhague. Recordé que aquella noche ya había quedado con otra persona. Alguien cuyo nombre de pila había quedado eclipsado por el privilegiado apelativo de mamá, con el que reinaba en mi cerebro. Mientras caminábamos a lo largo del canal, los rayos del atardecer se reflejaban en el agua, como si hubiesen espolvoreado partículas de oro sobre la superficie.
–Me parece increíble que hayas creado tu propio idioma. Cuando hablamos de lenguajes inventados, a mí solo se me ocurren los lenguajes informáticos. Además, en cierta ocasión me planteé desarrollar una teoría sobre el lenguaje en juegos interactivos, pero al final no seguí adelante porque, a mi parecer, aquello estaba más relacionado con las matemáticas que con la propia naturaleza del lenguaje. También hubo un tiempo en que estudié esperanto, pero no duró mucho. Supongo que fue cuestión de mala suerte. Mira que hay buenos profesores, pero me tocó uno que pronunciaba fatal. El resto de los alumnos y yo empezamos a criticarlo, decíamos que aquello era un dialecto parisino del esperanto. Si bien el esperanto se había concebido como un idioma artificial con el que entenderte con todo el mundo, aprendido de aquel profesor solo te servía para hablar con tus compañeros de clase. Llegué a pensar que, ya puestos, más nos habría valido estudiar francés. Pero fíjate, en lugar de culpar a los demás de tu difícil situación, has perfeccionado tú sola una lengua que sirve para comunicarse en toda Escandinavia. ¡Es increíble!
–No está perfeccionada. Solo es el idioma mejor para mi situación actual. Pero igual mes próximo pierde los tintes de noruego y se tiñe más de danés.
–Es decir, si te quedaras a vivir en Dinamarca para siempre, ¿quizá algún día dicho idioma acabaría convirtiéndose totalmente en danés?
–Si llega el día que los inmigrantes podemos estar en mismo país de modo indefinido.
–Me encantaría que dijeras que el danés es la lengua escandinava más bonita de todas.
–Tiene pronunciación difícil porque es muy suave y blanda. Ahora intento comer solo alimentos suaves y blandos para pronunciar bien.
–¿En todo este tiempo no has hablado en tu lengua materna?
–Cuesta encontrar otras personas con mi idioma. No sé dónde están. Pienso buscar poco a poco.
–¿Cómo vas a encontrarlas?
–Después de programa de hoy, muchas llamadas y correos. Muchos lugares donde buscar.
–Así que no he sido el único que te ha contactado, ¿eh? Qué lástima.
–Mañana celebra en Tréveris Festival Umami. La palabra umami tiene origen en mi lengua materna. Si voy allí, quizá encontraré gente de mi lengua materna.
–¿Te parecería bien que te acompañara? Me gustaría saber más cosas sobre lenguas de países que han desaparecido. En realidad, es algo que se me ha ocurrido hoy, pero tengo el presentimiento de que investigar sobre esto es lo que siempre he querido hacer.
–Tréveris es buen sitio de investigación, centro de extinto Sacro Imperio Romano Germánico.
–Pero eso no me parece tan interesante, porque ya nadie habla latín. En cambio, tu país ya no existe, pero tú eres joven y estás vivita y coleando.
Me pareció que, al oír la expresión «vivita y coleando», a Hiruko se le nublaba el rostro unos instantes, pero quizá fuera fruto de mi imaginación.
Íbamos charlando y paseando juntos desde que salimos del canal de televisión. Quizá hubo algo que no comprendí bien, pero esto es lo que me contó.
La ciudad donde nació y creció era un lugar tecnológicamente avanzado, con sensores soterrados que detectaban cuando nevaba y expulsaban agua caliente, proveniente de fuentes termales, por unos agujeritos. Así conseguían que la nieve no se acumulara en las carreteras. Por otro lado, los tejados también estaban calefactados, de modo que la nieve se derretía rápido y tampoco se acumulaba en ellos. Aun así, a pesar de que ya tenía sus cien años, su abuela solía salir con la pala a retirar la nieve de las calles secundarias que no disponían de aquellos sensores, porque decía que, si no, el cuerpo se le debilitaba. Paleaba la nieve con tanta ligereza que parecía que el dios de las nubes tirara de aquella herramienta desde el cielo con una cuerda invisible y lanzara la nieve hacia donde ella quería como si nada, hasta formar unos montículos que parecían castillos de azúcar. Hiruko, que en aquel entonces todavía era una niña, no se cansaba nunca de mirarla.
Hasta ahí era lo que me había contado Hiruko cuando llegamos a mi restaurante de sushi preferido. El gran mumin que protagonizaba el cartel del restaurante me reafirmó en mi teoría.
–¿Lo ves? El sushi es finlandés.
Hiruko se encogió de hombros.
–En realidad, los mumins se exiliaron a mi país. En época en que Finlandia se encontraba en muy difícil situación por tensión entre la Unión Soviética y Europa Occidental, los mumins se quedaron muy flacos por estrés. A mi país se exiliaron para recuperar la forma redonda y en mi zona se establecieron porque amaban la nieve.
–¿Cómo se llamaba tu zona?
–Hokuetsu. Oficialmente, prefectura de Niigata. Había ordenanza que obligaba a decir prefectura. Legalmente era prefectura de Niigata, pero en práctica todo el mundo ignoraba y usaba nombre antiguo. Los mumins eran muy queridos, pues eran como hombre gordito, hogareño, tranquilo y con poco pelo, y tan populares que salían todos los días en televisión. Al acabar la Guerra Fría volvieron a Finlandia.
–¿Y eso?
–Por su vejez, estaban preocupados. En el país donde yo nací y crecí, a diferencia de Finlandia, apenas había pensiones.
En el restaurante, el ambiente era cálido y húmedo, y ya había varios comensales sentados a las mesas. Le indiqué a Hiruko un asiento junto a la ventana con un gesto de barbilla y ella asintió. En el menú habían añadido una lista con los nombres de los pescados y unas estrellas al lado que los puntuaban del uno al cinco. Llamé al camarero para preguntarle al respecto.
–¿Qué significan estas estrellas?
–El grado de sufrimiento.
–¿De sufrimiento?
–El grado de sufrimiento que padeció el pez al morir. En la pesca masiva, el pez agoniza en la red durante un largo periodo de tiempo y muere lentamente, mientras que los pescadores concienciados que pescan con caña les asestan un golpe en la cabeza para garantizarles una muerte rápida. Así damos libertad de elección al cliente.
Al oír aquello, Hiruko esbozó una sonrisa.
–Ahora que los derechos humanos ya están totalmente protegidos en nuestro país, nos esforzamos por proteger los derechos de los animales –comenté como justificándonos.
–Pero ¿cómo saben que los pescadores dicen verdad?
–Cuando la seguridad social cubre a todo el mundo, ya no hay razones económicas por las que mentir y la gente deja de hacerlo.
El salmón era, de lejos, el pescado más barato de la carta. Corren rumores de que en el mar Báltico se ha fomentado la cría de salmón en tal exceso que se ha extendido el canibalismo dentro de su especie. Los grandes y fuertes son los que sobreviven, y sus cuerpos se han vuelto gigantescos, tanto que hasta hay testimonios de gente que dice que los han visto saltar en la superficie del agua como si fueran ballenas. Se rumorea incluso que comer salmón del mar Báltico estimula la fertilidad, de modo que hay quienes después de comer en un restaurante de sushi se van corriendo a casa para tener relaciones. Sin embargo, propicia el nacimiento de gemelos, trillizos e, incluso, en ocasiones, quintillizos, y en internet se pueden encontrar imágenes de decenas de pequeños fetos con ojos de pez y branquias respirando en el vientre materno. Cuando recordé todo esto, se me quitaron las ganas de pedir el salmón. Sin embargo, el atún está en grave peligro de extinción, y el marisco no me gusta porque en cierta ocasión me intoxiqué comiéndolo. Me llamó la atención un pescado llamado hamachi. Me pareció gracioso que el nombre de aquel pescado guardara cierta semejanza con la pronunciación de how much en inglés. Más allá de su sabor, se me antojó pedirlo solo por cómo sonaba. Un colega especialista en literatura me dijo una vez que las cartas de los restaurantes son un género literario en sí mismo.
–Diría que también hay un pescado que se llama ça va, ¿verdad?
–Y tako es como singular de tacos mexicanos.
–Y el suzuki como la marca de coches.
–¿Han sacado modelo nuevo? –preguntó Hiruko al oír mi último comentario.
–No, no han sacado ningún modelo nuevo. Pero tengo un amigo que tiene un Samurai viejo, todo destartalado.
Tras pedir lo que queríamos, Hiruko siguió hablándome de su infancia. Resulta que, como las calles estaban despejadas, los niños se aburrían y se adentraban en las montañas para jugar donde la nieve era profunda. Pero allí, con los caminos, los árboles, los huertos y los arrozales cubiertos de blanco, no tenían puntos de referencia, y los padres vivían preocupados por si se perdían, así que mandaban a los niños a jugar con un sistema de navegación incorporado en las kanjiki. Las kanjiki eran una suerte de raquetas ideadas para no hundirse en la nieve que al parecer existían ya en la era de la escritura con cuerdas, es decir, seguramente antes de que se inventara el lenguaje escrito. Dinamarca es un país con poca nieve y las raquetas no son muy populares, pero yo las había probado una vez que me adentré en la profundidad de las montañas suizas para investigar las lenguas retorrománicas. Naturalmente, no eran más que unas simples raquetas sin sistema de navegación. Ahora bien, las kanjiki de Hiruko no solo te indicaban el camino y los lugares donde había un hoyo peligroso debajo de la nieve, sino que llevaban incorporada una funcionalidad de conversación. Según Hiruko, desde la perspectiva actual, aquella función no servía para nada.
«Kanjiki, ¿dónde están los conejitos de nieve?», preguntó en cierta ocasión.
«A saber... ¿No tienes ninguna otra pregunta?», le contestaron.
«Kanjiki, ¿por qué nieva?», siguió preguntando.
«La respuesta es demasiado larga, será mejor que te la dé ya en casa, porque, de lo contrario, te quedarías aquí congelada», volvió a despistar.
Cuando nevaba, para los adultos todo era más complicado, pero, para la pequeña Hiruko, el invierno era la estación más emocionante. La nieve llegaba hasta la primera planta de la casa, y su padre y los vecinos excavaban unos túneles para que pudieran ir a la escuela. En invierno celebraban muchos festivales. En su zona, donde eran muy aficionados al teatro, construían escenarios y decorados de hielo, y la compañía Nevisca representaba musicales y espectáculos de teatro kabuki en medio de la nieve. Algunas obras podían llegar a durar más de tres horas, pero a nadie le costaba recordar su papel. A muchos de sus compañeros de clase les habían ofrecido incluso trabajo de actores en la ciudad. Por alguna razón, en el país de Hiruko la mayoría de la gente consideraba que las ciudades eran mejores que las zonas rurales y, al parecer, la propia palabra pueblo tenía connotaciones negativas. Este clima cultural llevó a cierto hombre a dedicar su vida a la absurda tarea de convertir aquella zona rural en no rural. Era innegablemente diligente, y trabajador en extremo. Sin embargo, su dedicación también molestó a muchos. Empeñado en convertir su pueblo natal en parte de la gran área metropolitana, intentó arrasar la cordillera que separaba la ciudad del pueblo con una excavadora. El hombre tenía la teoría de que, si conseguía nivelar las montañas, los húmedos vientos invernales que soplaban desde el bloque comunista barrerían la zona y dejaría de nevar. De modo que compró una excavadora enorme con dinero público y empezó a demoler las montañas, pero le cogió tanto gusto que cada vez quería más y siguió aplanando la cordillera entera, hasta que la temperatura de la Tierra ascendió por el calentamiento global y la totalidad de aquella isla plana quedó hundida bajo el océano Pacífico. Según Hiruko, era una posible versión resumida del porqué de la desaparición de su país. Más allá de la tragedia nacional que supuso aquello, lo que más la frustraba era que se hubiesen cargado las montañas que tanto le gustaban. La nación le importaba un bledo. Pero ¡era incapaz de perdonar a los políticos que no respetaban la naturaleza! En aquel punto de la conversación, Hiruko levantó la voz, nerviosa, y los clientes que comían en otras mesas nos miraron estupefactos. Así que alcé mi taza de té verde simulando un brindis y me puse a canturrear para disimular. Hiruko relajó el semblante, añadió wasabi a la salsa de soja y se tomó su tiempo para remover la mezcla con los palillos.
–Mañana vas a Tréveris, ¿verdad? ¿Podría ir contigo?
Hiruko asintió sin ningún tipo de recelo. Cuanto más pequeño es un país, menos tiempo se tarda en hacer amigos.
–Mi plan es tomar avión a Luxemburgo y allí coger autobús.
Llamé al camarero y le pedí que me reservara un billete en el mismo vuelo. Cuando estudiaba la carrera siempre lo reservaba todo yo mismo con mi Smilephone, pero, cuando pasé a ser alumno de posgrado, un compañero mayor que yo me enseñó que los camareros podían prestarte cualquier tipo de servicio si se lo pedías.
Mientras tomábamos un helado de té matcha de postre, comenté que la palabra matcha viene de macho, en español, y que ambas palabras significan lo mismo.
–Qué va –me contradijo Hiruko, negándolo también con la cabeza–. Quizá nadie crea si yo sola lo digo... –Y a continuación murmuró con la voz llena de esperanza–: Pero mañana a lo mejor somos dos.
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Traducción de Marta Morros Serret
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