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Trece tachas halladas detrás de una novela

Trece tachas halladas detrás de una novela

Si la imaginación es frivolidad, la poesía es trascendencia. Quieres darle vida a una novela punzante y poética, amarga e inestable. Quieres darle vida a un libro que sea puro aire platónico y carne ruidosa enlazándose en la caída.

POR Ernesto Carrión
28/09/2026

 

1.
Nunca se sabe. Al principio, no. A veces, todo lo que tienes en la mente es una intuición. Unos pocos destellos de identidad que hacen rodar las palabras por la noche empedrada.

 

2.
Se alborotan las frases, sus sentidos van quemándose ignorantes del tejido definitivo, mientras se escribe sobre algo que se sospecha o se reconoce como un temor que fluye. Se trata de la promesa de algo que fracasó. Todo arte aparece bajo la forma del mensaje de una promesa incumplida.

 

3.
Sientes que a una novela se le pueden perdonar varios pasajes superficiales. Sientes que a un libro de doscientas páginas se le pueden perdonar varios párrafos inútiles. Por otro lado, sabes que a la poesía no se le puede perdonar la superficialidad ni que carezca de fondo psicológico. «La poesía no es un género literario», dijo Antonio Gamoneda. Entonces, antes de escribir, te obligas a llegar a un acuerdo filudo. Si la imaginación es frivolidad, la poesía es trascendencia. Quieres darle vida a una novela punzante y poética, amarga e inestable. Quieres darle vida a un libro que sea puro aire platónico y carne ruidosa enlazándose en la caída.

 

4.
Hay libros que nacen de otros. A veces, por la madrugada, recuerdas qué escribiste para ver allí más temas que quieren subir. Es tanto lo que desconoces que cualquier ejercicio, cualquier proceso de escritura, es un poco de oscuridad fragmentada navegando bajo descargas eléctricas. Pero tus pensamientos son un largo rizoma que ahorca a monstruos y vientos movilizándose en tu cabeza de niño para que dejes de ocuparte de ti. Y para que salves tu cabeza desocupándola de ti.

 

5.
En una novela anterior, titulada Partes privadas, escribiste el siguiente fragmento: «Elegir la indiferencia también es elegir la felicidad. Tenía hermanastros con los que nos vinculábamos los fines de semana. Y a quienes debía pegármeles más por deseo de mi madre, que por otra cosa. Por eso cuando íbamos al club, yo era el gordito moreno que, en silencio, iba detrás de ellos y sus primos. Que hasta cierto punto los reverenciaba porque eran adolescentes. Debían estar rodeando los catorce y quince años. Yo iba caminando sin rumbo pegado a sus pasos. Y fue así como terminé en un partido de ping-pong con sapos. Uno de ellos, el hijo de mi padrastro, lo propuso. Su primo sonrió nervioso. Pero él retomó la idea: vamos a golpearlos para ver si rebotan. Yo estaba en una esquina del bungaló donde había una mesa de billar, otra de ping-pong y, precisamente, una máquina para arrojar monedas con la cara de un sapo con la boca abierta. Como era invierno, con el exceso de lluvias, sapos, mosquitos y grillos proliferaban por doquier. Y allí en campo abierto aquellos insectos y reptiles se divertían a sus anchas. El mayor, mi hermanastro, agarró en su mano un pequeño sapo y lo golpeó con la raqueta. El resultado fue que el animal se estrelló sobre la mesa azul y terminó escupiendo las vísceras. Se carcajeó. Su primo lo miró atento. Ahora hazlo tú, dijo él. Entonces tomó otro sapo del suelo, lo liberó por el aire y le asestó con la raqueta un contundente golpe que tampoco lo hizo rebotar. A ese los ojos se le reventaron escandalosamente. Estamos haciéndolo mal, dijo el hijo de mi padrastro. Golpéalo esta vez despacio para que yo pueda devolvértelo. Lo hicieron unas cuatro veces con algo de éxito. El mismo sapo, atontado y agonizando, se movió a uno y otro lado de la mesa de ping-pong. Pero luego se aburrieron y terminaron estrellando otra vez los sapos contra la mesa».

 

6.
Cuando escribiste aquel párrafo sobre unos adolescentes realizando un acto de crueldad, un episodio perdido en la cabeza de un niño de ocho años, liberaste el debate de otra obra. Nuevas historias de animales comenzaron a aturdirte durante el día y la noche. Incluso recordaste cómo, durante la pandemia, invadieron caminos y ciudades. El pensamiento, igual que el dolor, erosiona la realidad. Cuatro años antes había llegado a tu hogar Monk, un Yorkshire Terrier, que hasta hoy duerme en medio de tus piernas. Un perro al que alimentas y limpias como ni siquiera lo hiciste con tus propios hijos. ¿Quién puede explicarse eso ahora? En 1845, la revista británica The Illustrated London News reportó un singular suicidio que involucraba a «un bello y valioso perro negro». Al parecer, el perro se arrojó al mar y dejó las patas quietas para hundirse. Fue rescatado y volvió a intentarlo numerosas veces hasta que lo logró.

 

7.
Hete aquí con la espalda encorvada frente a un aparato moderno que sigue evolucionando y que abunda en todas partes del mundo. No te reprimes; o permites el retorno de lo que alguna vez reprimiste para levantar trajes, diálogos, cielos ajenos, salas, cuerpos que sobrellevan la culpa de vivir y no saber morir. Buscas rápidamente el dilema en el interior de tu futura novela, porque sabes que todos los laberintos encierran la misma metáfora. Participar del viaje es enfrentar el contrabando de unas sombras que consolidan las amenazas.

 

8.
Pero una novela también es el espacio del lenguaje, de sus riesgos formales, de los límites impuros y borrados. Sin riesgo no hay literatura. Es fascinante reprocharle a la lengua que te hace sentir lo que sientes, o que avanza como un tumor que crece en tu interior, por todo lo que nos arrebataron y aquello que no es posible solucionar.

 

9.
A veces piensas que una novela es un intento de viajar libremente por la mente y el dolor de otros seres. A veces piensas que solo lo que está escrito merece la pena vivirlo. A veces piensas que una novela puede ser una fosa y una cama inestable. Luego escribes sin detenerte, impulsado por la sensación confusa de un paisaje y unas vidas que quizás exageran el fracaso de su existencia. Eres capaz de recordar unos sufrimientos que jamás existieron, pero que existen y que escapan de los resquicios de una memoria. Se instalan entre las frases y las ideas de alguien más que eres tú, alguien que contiene varias capas de otras vidas aún en blanco en su interior. Es un ejercicio como entrar en coma, el de la escritura. Tu vida está en pausa, muerta para ti y para los tuyos, mientras brotan las primeras manchas de unos personajes que ignoran la perspectiva de su desgracia.

 

10.
Dibujas una familia rota. Una familia rota que se parece a cualquier otra familia. Un padre, una madre suicida y un hijo. Compones una pieza donde animales silenciosos con los ojos vacíos reclaman comprensión. ¿Quién le ha dicho a los seres humanos que solamente ellos entienden los límites del cuerpo y de la mente? Cuando rompes algunos conceptos establecidos, te encuentras con algo parecido a la ficción que te hace muy fáciles las cosas que tu historia requiere. Además de trazar dos viajes, uno a Ozogoche y otro a Jatinga, es la frase de Albert Camus la fractura que resquebraja el horizonte: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio y es el suicidio». Ese problema engordará tu novela. El mundo así acabará cubierto por una misma noche y una sola pregunta.

 

11.
Cada historia es una prueba de que la vida se devora a sí misma. Te basta entrar en coma y devorarte. Te basta por varios meses no tener otro lugar adonde volver.

 

12.
Quizás la necesidad de crear viene de una inconformidad con la dimensión estética del mundo. Hay un caos o una suerte de desperfecto que en todo momento te empuja a perder el sentido y enredar los estilos imaginando en la velocidad hallar una salida. Persigues un temblor en el lenguaje que aclare este mundo.

 

13.
En el mes de septiembre cientos o incluso miles de aves migratorias viajan hasta las Lagunas de Ozogoche, en Ecuador, para ejecutar un suicidio colectivo. En septiembre también otras aves se ven afectadas por el misterioso fenómeno de una muerte masiva en el pueblo de Jatinga, en India. Científicos de ambos lados del mundo atribuyen este episodio a factores como la niebla densa, reflejos fuertes, vientos huracanados y nubes eléctricas. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones es concluyente. Hasta la fecha no hay más que interpretaciones sobre aquello que obliga a estas aves, de distintas especies, a elegir la inexistencia. La tragedia del hombre es mayor cuando la realidad está penetrada por un cúmulo de interrogantes como reflectores amarillos frente a una colonia de murciélagos. Y es entonces cuando comienza una novela.

 

Ernesto Carrión
Santiago de Guayaquil, 8 de septiembre de 2026

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