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Mito Bohemio y Falsos Freaks
La impostura bohemia, la ficción de indigencia buhardillera por parte del estamento rentista, me parece un gravísimo insulto de clase, equiparable a tener dos piernas perfectamente funcionales pero correr una maratón paralímpica en silla de ruedas.
Siempre he sospechado de la bohemia. Al igual que Josep Pla, tengo una «tendencia invencible a desconfiar de los que son demasiado artistas». Y sin embargo, muchos escritores asocian la existencia literaria a una vida bohemia, o mejor dicho a una colección cosmética de actitudes bohemias, por lo cual se conducen por el mundo con ademanes de poeta parisino a quien acaba de diagnosticársele una ETS fatal.
«Llavors hom creia que per a ser un [literat]», reflexionaba el escultor catalán Manolo Hugué, «es necessitava, abans que tot, portar els cabells de qualsevol manera, fer una vida desordenada i presentar uns ulls ferotges i dramàtics […] i escriure d’una manera explosiva, caòtica, descordada i aparentment genial!» (1)
Mi reciente divorcio y consiguiente mudanza me han obligado a «desordenar» mi vida, en cierto modo, y eso es algo contra lo que no puedo luchar, pero vive Dios que no por ello voy a dejar de ducharme (2) o escribir de manera «abrochada». La bohemia es una modalidad de afectación, como la cursilería (más sobre ella en una columna futura), y todo artista digno del epíteto debería impugnarla. «Yo había rechazado cualquier pretensión bohemia a una edad muy temprana», afirma Luke Haines en su magnífico Freaks Out!, (3) «convencido (y con razón) de que aquello eran chuminadas para cantamañanas sensibleros.»
Sensibleros y pijos, añadiría yo. Si alguien me pidiese una imagen de impostura bohemia le hablaría de un grupo «postpunk» de los dosmiles cuyo guitarrista, pese a haber cursado estudios en uno de los colegios más exclusivos de Barcelona, llevaba la suela de un zapato sujeta con cinta de electricista. Los hijos de la clase media y alta, devotos del Mito del Genio Masculino, el Mito Fatalista Romántico y el Mito Bohemio (como los define Haines), siempre han confundido la creación de arte con la necesidad (impostada) de vivir como un artista para que dicha creación se produzca.
Ese «vivir como un artista», además, por culpa de los tres mitos mencionados, pasa aparentemente por la menesterosidad, o la teatralización de esta. La concepción pijo-boho del arte implica que para crear hay que sufrir, y para sufrir hay que pasar hambre. Pero todo aquel que ha pasado hambre de verdad, o como mínimo ha nacido en la clase obrera –y por tanto está condenado a una existencia de trabajo manual no especializado–, sabe que la carestía no tiene puta gracia. «No acierto a ver por qué la pobreza ha de ser siempre hermana del talento», decía Petronio en el satiricón.
No hace falta decir que, como insinuaba algo más arriba, los bohemios no son pobres de verdad; solo simulan serlo. Y por eso la impostura bohemia, la ficción de indigencia buhardillera por parte del estamento rentista, me parece un gravísimo insulto de clase, equiparable a tener dos piernas perfectamente funcionales pero correr una maratón paralímpica en silla de ruedas. Porque «mola».
La segunda cosa que me ofende de la bohemia es su pretensión de friquismo. El bohemio cree que necesita ser «raro», y equipara el concepto de rareza a los ya mencionados Mito del Genio Masculino y Mito Fatalista Romántico. Es otra falacia, la del autor atormentado e incomprendido que bebe en exceso y recita verso libre encaramado al taburete de un tascucho, pero en cuanto a escribir, lo hace de tanto en tanto si se acuerda, ataviado solo con un blusón, en cegadores raptos de creatividad homérica; su vida, una espiral descendiente de amores condenados, «vino dulce barato» y ceniza sobre la Olivetti.
Pero «el Mito del Genio Masculino es el enemigo del freak», como sugiere Luke Haines. Los freaks natos, entre los que me cuento, no miramos a los ojos de la gente, ni ostentamos credenciales byronianas o fatalistas. No somos «genios exaltados» ni «caminamos por el lado salvaje». Por mucho que «I have many problems / Fears I can’t ignore», como cantaba Damien Jurado, «I don’t know the meaning of “self destruction”.» (5) Solo alguien que no ha pasado una existencia deseando con todas sus fuerzas ser «normal» y encajar en sociedad puede desear ser raro por las risas y el «caché». Solo alguien que desconoce el concepto de alienación –pues creció con la seguridad que aporta el sentirse confortable en el propio cuerpo, entre otras cosas, y la popularidad que va asociada a ello– podría creer que ser un marginado es algo deseable. (5)
«El Mito Fatalista Romántico, el Mito Bohemio y el Mito del Genio Masculino son una declaración de guerra contra el verdadero freak», afirma Haines. «El freak auténtico no tiene por qué haber vadeado la prosa agria y plúmbea de las Confesiones de un opiófago inglés de Thomas De Quincey. El freak de verdad no se acuesta al lado de Pete Doherty en un miserable fumadero pseudobohemio del este de Londres para inyectarse bazofia. El freak como Dios manda no necesita ninguno de esos accesorios de los opinólogos. El freak necesita tan solo la metáfora de su bandera freak y la puntería de su arco y flecha freaks». Ueee, es lo que yo respondo a eso.
El sintagma «Freak Auténtico», tal y como lo concibe Haines, es crucial por una razón adicional, que me dispongo a exponer. De un tiempo a esta parte las placas tectónicas de las guerras culturales se han ido desplazando, gracias a Dios, hacia postulados feministas y no patriarcales, pero ello ha traído consigo la aparición de un nuevo y terrible fenómeno: el Falso Freak.
Del mismo modo que Ted Bundy se colocaba una escayola falsa para simular indefensión, y así perpetrar sus crímenes sexuales, el jock machito, como el depredador congénito que es, se ha dado cuenta de que fingir sensibilidad es su mejor opción de triunfo coital. Desde que me divorcié he vuelto a salir de noche (con el fin de no terminar suicidándome en la soledad de mi piso), y en mi periplo por salas de conciertos barcelonesas no ceso de topar con un fenotipo cada vez más familiar.
Me refiero a los sujetos con «greñas, gorra, uñas pintadas», como cantan Tetas Frías en su descriptivísima canción «ChicoZzZ del under». Mangurrinos con «pintas de skater fumado», «indies encocados» que cierran Razz un martes random de febrero, «productores» interesados en tu «talento» que quieren invitarte a su «estudio», y «programadores» de sala indie que te «ponen en la lista». Postestudiantes de arquitectura con bigotillo y gabán XXL, novia formal y galgo doméstico, que cantan en grupos shoegaze de nombre irónico y te bloquean a la mañana siguiente de que rechaces su oferta de «poliamor» (se llama adulterio, colega, y es un concepto bastante antiguo; aparece en el Libro del Génesis).
En verdad os digo, oh lectores de mi columna, que jamás esperé ver algo así. Para los freaks que vivimos la célebre sequía de cool de 1985-1995, la visión de todos estos ganguis con guitarras y tarugos con tatus, rockeros malditistas y stoners «torturados», futboleros con camisetas de festi y, digámoslo claro de una vez, violadores potenciales con laca de uñas negra, todos esos tipos incapaces de nombrar (como de nuevo cantan Tetas Frías) «Tres mujeres con las que te lleves bien / Tres tías a las que mires a la cara / Y no me valen ni tu madre ni tu hermana», nos sume en la más patidifusa de las perplejidades.
Por añadidura, que esos notas existan no es lo inquietante. Lo peor es que cuele la pantomima. Sujetos cuyos métodos de higiene dental parecen estar basados en el untado frontal de fuagrás, y cuyos calcetines emiten invariablemente un miasma cuartelero que se expande por un radio de cinco metros a su alrededor, así como «pantalones que podrían andar» y una actitud criptoburundanguesca hacia el romance, son objeto de disputas entre chicas que no parecen, a primera vista, padecer ninguna discapacidad visual o intelectual.
Eso es lo auténticamente alarmante. Desafiando cualquier tipo de lógica, numerosas mujeres inteligentes se quedan aún «prendadas de primates», como lo definía Charles Portis en El perro del sur. «Pero es que resulta que hasta los tíos horrorosos y feos pillan cacho…», escribía Tony Tulathimutte en Rechazo. «Sus amigas siguen saliendo con esos individuos de caras salpicadas de cráteres, modales zafios y poca higiene. Mangarranes sin talento que se identifican por sus aficiones y gustos, reptiles salidos; unos guarros controladores y violentos.»
Uno estaría tentado a pensar que esta situación imposible se habría erradicado ya de nuestra sociedad. Que todas aquellas «chicas heterosexuales tratadas cual papel de culo por todos los tíos mediocres con los que salen», como lo describía Tulathimute, habrían jurado jamás, nunca jamás, volver a ser utilizadas por machirulos anormales y aliades tóxicos; que se habrían alzado ya para cantar al unísono, con falsetes que estremecerían a las huestes cuñadescas, «Me la comen tus pintas de indie encocado / No eres más que otro puto pringado / No eres ningún artista frustrado / Déjame en paz, puto pesado».
Pero no. De momento, a pesar de los alegatos justicieros de Tetas Frías, entre otras voces que claman en el proverbial desierto, el Mito Bohemio y los Falsos Freaks siguen campando entre nosotros. Es imperativo que nos unamos para su definitiva y absoluta eliminación.
(1) Vida de Manolo contada per ell mateix (1927), Josep Pla.
(2) Algunos autores contemporáneos exhiben en sus retratos de cubierta el aspecto de alguien no especialmente concienzudo a la hora de limpiarse el trasero. Sospecho que ello tiene que ver, de nuevo, con una mal entendida noción de bohemia, y consiguiente desastramiento general, en la que las clases medias con pretensiones artísticas creen que deben envolverse, y por ello me gustaría deshacer el mito: uno no es menos escritor porque se haya echado «un agua» y puesto una camisa limpia. A todos nos encanta el retrato de Erik Satie que realizó Utrillo, pero quizás nos encantaría menos si lo tuviésemos justo al lado, cortándose las uñas de los pies con una cizalla.
(3) Freaks out! Tarados, raros e inadaptados: ascensión y caída del rock and roll como Dios manda (Contra, 2025), Luke Haines.
(4) «Like Titanic» (I break chairs, 2002).
(5) Ni siquiera nuestra soledad es glamurosa, ya que estamos: que el oficio de novelista requiera reclusión no significa que «disfrutemos» de una existencia noctívaga y beatnik. Cuando termina la jornada de escritura, la mayoría de nosotros se pone a cocinar los sanjacobos de los niños.