ARTÍCULOS
La naturaleza del azar
Esa destrucción que irrumpe tantas veces sin aviso ni explicación —como la desdicha de la infancia— puede que sea algo que nos una a todos.
El cronista griego Polibio (siglo II a. C.) empezó a escribir sus Historias desde el cautiverio, en Roma. Lo habían llevado a la ciudad como rehén político, tras la derrota de la Liga Aquea. Allí entró en contacto con la élite romana, especialmente con Escipión Emiliano, que se convertiría en su protector y amigo, y con la familia de los Escipiones, uno de los círculos intelectuales más influyentes de la ciudad. Fue gracias a esto que Polibio tuvo acceso privilegiado a archivos, mandos militares y campañas romanas. Sin embargo, antes de ser libre, escribió: «Cuando no se halla ninguna causa para acontecimientos como inundaciones, sequías, heladas o incluso descalabros políticos, es de justicia atribuir dichos sucesos al azar».
Quien evoca este fragmento más de dos mil años después es Eliza Barry Callahan, escritora, cineasta, música y artista visual, que relata la vida de una joven escritora neoyorquina que una mañana de agosto de 2019 amanece, de manera repentina, con sordera. ¿A qué se debe?, se pregunta, ¿por qué a mí? No hay ninguna explicación, pero sí una suerte de consuelo: el azar. Ante el fragmento de Polibio, la autora escribe: «Me pregunté por el sentido de esa locución adverbial, es de justicia». ¿Acaso el azar obra con justicia? ¿O se trata, solamente, de la suerte?
La prueba de audición, el libro semiautobiográfico que sirve de testimonio de esta experiencia, indaga en la doble naturaleza del azar: la que nos desorienta, que lleva a preguntarnos por qué las cosas ocurren a unos y a otros no; y la que muestra todo lo que puede hacerse con aquello que el mismo azar otorga. La protagonista, también llamada Eliza, explora su nueva condición y adopta la escritura como método para fijar una realidad incomprensible. Se descubre aún más sensible a las vidas ajenas y a las curiosidades de la ciudad, a la vez que registra los meses y la evolución de su sordera. Escribe: «El azar consiste en cómo se caen los ladrillos y cómo interpretamos su caída... Le contesté [refiriéndose a una amiga suya] que en mi infancia feliz había habido interludios de desdicha relacionados de forma inextricable con “un desmoronarse de ladrillos”. La niñez es un estado penoso que todos tenemos en común, repuso ella».
El azar es, pues, la destrucción del muro de ladrillos, pero también lo que hacemos con sus restos. Como sugiere la amiga de la protagonista, esa destrucción que irrumpe tantas veces sin aviso ni explicación —como la desdicha de la infancia— puede que sea algo que nos una a todos. Ya lo intuían los griegos: el azar (τύχη) no era solo caos, sino también el recordatorio de que el mundo no está hecho a la medida de nuestra voluntad.