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Habitar el umbral
¿Se puede crear una simbiosis armónica entre la idea del afuera y del adentro?
El 19 de julio de 1953, el arquitecto Aldo van Eyck, conocido por crear los parques infantiles más populares del mundo, escuchó por primera vez la palabra «umbral» en el IX Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, en Aix-en-Provence. «El flechazo llegó al ver unas fotografías de críos jugando frente a sus casas en un barrio al este de Londres tomadas por los arquitectos Alison y Peter Smithson, expuestas en la charla del matrimonio a propósito de un proyecto de rehabilitación de un barrio con casas jardín», así lo describe Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí y añade que lo más fascinante para Van Eyck fue ver cómo los espacios deshacían la polaridad entre lo individual y lo colectivo. Esa idea se encontró con las propuestas del nuevo brutalismo, el movimiento que estaban fundando Alison y Peter Smithson, influidos a su vez por Le Corbusier y Mies van der Rohe. Para los Smithson, la arquitectura era «el resultado directo de un modo de vida, una afinidad entre la construcción y el ser humano».
Aunque Van Eyck ya había diseñado treinta espacios urbanos de juego infantil, la idea del umbral le ofrecía la posibilidad de incorporar en su arquitectura una nueva conciencia, idea que materializó en el orfanato municipal de Ámsterdam, donde creó una ciudad ideal en un microcosmos para ciento cincuenta niños. El edificio parece una ciudadela o un laberinto, compuesto por muchos espacios interiores y exteriores interconectados en un orden complejo que acaba por fundirlos unos en otros, de forma casi imperceptible. Van Eyck desarmó la frontera entre el edificio y la ciudad, convencido de que lo privado y lo colectivo están estrechamente vinculados. En otras palabras: creó la arquitectura del umbral o, como afirma Ramírez, «se atrevió a definir una nueva conciencia de lo que queda en medio».
La periodista Noelia Ramírez convierte el descubrimiento de Van Eyck en una suerte de poética y se sirve de la metáfora del umbral para escribir su ensayo Nadie me esperaba aquí, en el que reflexiona sobre la reconciliación con nuestros orígenes y el privilegio. Proveniente de una familia andaluza que se instaló en Cataluña en busca de mejores oportunidades, pone de manifiesto cómo ha tenido que disfrazar sus raíces y su propia identidad para ganar capital social y cómo es esta la única manera en la que las voces de la periferia logran acceder al centro del discurso cultural. En ese orfanato que funciona como un umbral, ve la posibilidad de dar un significado a un espacio sin definir.
¿Cómo habitar la categoría sin categoría, ese espacio que no es ningún espacio? El de ser «casi catalana», «casi charnega», «casi pija», «casi choni», «casi víctima», «casi vengadora», «casi madre», «casi escritora»; ese «casi» en el que la categoría nunca es completa y reconocible para los demás. Nadie me esperaba aquí crea, con palabras, ese nuevo espacio que Van Eyck concibió a través de la arquitectura: ¿funciona el texto como refugio para las personas que no lo tienen en su familia, identidad, trabajo o clase?
Ramírez, que proviene de la Barcelona de extrarradio, que viene «de pobre» y ha conseguido «infiltrarse» en espacios en los que nadie lo esperaba, mira a Van Eyck como una posibilidad, una esperanza y una promesa. ¿Se puede crear una simbiosis armónica entre la idea del afuera y del adentro?