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Fragmento de 'Tu sueño imperios han sido' de Álvaro Enrigue

Fragmento de 'Tu sueño imperios han sido' de Álvaro Enrigue

¿Qué sucedió? ¿Qué pudo suceder? ¿Dónde acaba la verdad y empieza la leyenda? ¿Cómo abordar la historia desde la ficción?

08/05/2026

Badillo había sido mozo de cuadra de Hernán Cortés desde la conquista de Cuba y su sirviente desde el bachillerato. Era rubio, rosado y gelatinoso. Hablaba poco y mal, era alérgico a todo y podía pasarse horas mirando un árbol. Sus limitaciones, que lo habrían hecho tropezar por el escalafón militar incluso antes de ingresar en él, lo hacían en cambio extraordinario en el manejo de los animales. El capitán Alvarado, dueño de un corcel negro azabache llamado Tenebra, decía de Badillo que babeaba en castellano porque en lo que en realidad hablaba era en caballo. Incluso Tenebra, tan malo y desobediente como su dueño, hacía lo que fuera con docilidad perruna si era Badillo quien se lo pedía.
          La entrada a la ciudad había sido pomposa y ordenada, pero lo que siguió fue sobre todo un revoltijo. El famoso Moctezuma había salido a saludar al capitán, pero llegó tarde a la cita, intercambió el mínimo indispensable de palabras y torpezas con él y se fue de vuelta a su palacio. El ejército realmente innumerable de guerreros enemigos de Tenoxtitlan que los conquistadores habían sumado en el camino se habían revirado. No iban a entrar a la ciudad y nadie entre los españoles de a pie entendió por qué –sin ellos eran apenas un puñado de desorientados. El alcalde –o quien decían entre la tropa que era el alcalde– los había llevado a las carreras al alcázar en que los hospedaron. Había un tumulto de nobles y militares, incienso, formalidades que de verdad eran un enigma. Nadie entendía nada.
​          Una vez dentro del palacio, el alcalde guió a los capitanes a sus habitaciones. El jefe de ballesteros dividió a la tropa en pelotones por oficio y unas damas con los pies pintados de blanco de los tobillos para abajo se fueron llevando a los distintos cuerpos de castellanos a sus habitaciones. Todos actuaban como si Badillo y sus caballos no existieran, así que el caporal se vio de pronto solo con sus animales en lo que sería el patio de armas del alcázar si las cosas fueran en Tenoxtitlan lo que eran en España. Estaba a cargo de 27 jacas en total: la del caudillo, las de los nueve capitanes, y las de los 17 soldados de caballería. No los iba a dejar solos. Así que se metió al palacio con ellos para buscar algo parecido a una cuadra. Los mexicas podían tener la ciudad más grande, poblada, flotante y bonita del mundo, pero prácticos no eran: no tenían ni ruedas ni caballerizas –a Badillo no se le ocurría que era, precisamente, porque no había caballos.
​          El alcázar era grande y al caporal le parecía imposible orientarse en él, así que le pidió al oído a Cordobés –el caballo del capitán general– que los llevara a un huerto. Los animales cruzaron en fila y con modestia varios salones, pasillos, patios e incluso pequeños jardines interiores guiados por la nariz de la cabalgadura capitana hasta que encontraron un parque lleno de frutales y flores en los fondos del palacio. Solo Tenebra se cagó en un corredor, y cuando Badillo volvió a limpiar la caca, alguien ya la había levantado y trapeado el piso.

El almuerzo con la princesa pudo haber terminado bien después del incidente de Caldera y la sopa. Hubo comunicación y ni los sacerdotes ni los capitanes –los factores de riesgo, dado que ambos grupos tenían una conexión tal vez demasiado pobre, tal vez demasiado rica, con la realidad– cometieron ninguna torpeza. Los nobles –a los que los mexicas llamaban pipiles–, los capos de los barrios, los miembros del Consejo y el alcalde intervinieron poco. Los traductores llevaron como pudieron la conversación que, si tuvo algún defecto, fue solamente la escasez.
          Ya iban por el noveno plato –estaban solo a cinco de los dulces, el tabaco y el éxito diplomático–, cuando Cortés alardeó sobre el ejército de tlaxcaltecas, huejotzingas y otomíes que lo respaldaba. La princesa, que estaba oliendo con fruición el platillo con una torta de romeritos bañados en salsa de jitomate, le dijo al caudillo, mediante los traductores, que había logrado lo imposible juntando a esa gente que nunca había llegado a nada porque llevaban siglos peleando entre sí por el mismo valle, que debió ser triste verlos dispersarse para que Moctezuma autorizara la entrada de los caxtiltecas a Tenoxtitlan. Cortés respondió, mediante los traductores, que no se habían dispersado, que estaban esperando al otro lado de la calzada de Iztapalapa, que el emperador había permitido que se instalaran ahí por el momento.
​          La princesa intercambió unas frases cada vez más crispadas con el alcalde. Malinalli dejó de traducir al maya y hundió la cabeza entre los hombros. Todos, menos los sacerdotes, dejaron de comer. La emperatriz retiró su sillón de la mesa y miró a los convidados, le preguntó otra cosa al alcalde, que trató de calmarla. Entonces alzó el cuello como una dragona, como la madre de todos los jaguares, como la emperatriz de la ciudad invicta que era cuando no estaba cumpliendo deberes diplomáticos, y señaló a Caldera, diciendo algo que hizo que incluso los sacerdotes alzaran la cara. Malinalli le murmuró en maya a Aguilar lo que había dicho y él lo repitió en castellano, mirando a Jazmín. Dice que tú eres quien más confianza le da entre nosotros, que eres el único con la cordura para no querer compartir la mesa con los sacerdotes porque huelen a ponzoña, pero que tienes la voluntad de un águila y al final yantaste. Te pregunta dónde están los tlaxcaltecas y quiere que le respondas honestamente.
​          Caldera miró a Cortés, que le dijo: Di la verdad. Aguilar y Malinalli tradujeron. Están en Iztapalapa, dijo. Atotoxtli fue pura majestad cuando se levantó de la mesa. ¿La cagué?, le preguntó Caldera a Cortés. No, no, dijo el caudillo, pusiste huevos e hiciste lo que había que hacer. Y viendo hacia los demás: Vamos mejor, España.

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