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Fragmento de ‘El Sha’, de Ryszard Kapuscinski

Fragmento de ‘El Sha’, de Ryszard Kapuscinski

15/01/2026

Nota 6

          El whisky tomado en pequeños sorbos en situación de clandestinidad (y realmente hay que ocultarse pues rige la ley seca impuesta por Jomeini) tiene, como toda fruta prohibida, un sabor especial, más atractivo. Y eso que en los vasos no hay más que cuatro miserables gotas de líquido; los anfitriones han sacado de un escondrijo la última botella y todos saben que no se podrá comprar ni una más en ningún sitio. En estos días se están muriendo los últimos alcohólicos que ha habido en este país. Al no poder comprar en ninguna parte una botella de aguardiente, ni de vino, ni de cerveza, se atiborran de todo tipo de disolventes que acaban con sus vidas.
          Estamos sentados en la planta baja de un chalet pequeño pero cómodo y bien cuidado, y a través de una puerta corrediza de cristal vemos un reducido jardín y una tapia que lo separa de la calle. Esta tapia, de tres metros de altura, aumenta el territorio de lo íntimo; en cierto modo constituye una especie de pared de una casa exterior dentro de la cual hubiese sido construida una casa interior. La pareja de anfitriones tendrá unos cuarenta años; ambos hicieron la carrera en Teherán y trabajan en una agencia de viajes (de las que –teniendo en cuenta la notable afición de sus compatriotas a viajar– hay centenares aquí).
          –Llevamos casados más de quince años –dice él, un hombre de pelo gris, ya entreverado por abundantes canas– y, sin embargo, ésta es la primera vez que hablamos de política mi mujer y yo. Antes nunca hemos tocado estos temas. La situación en otras casas, por lo menos en todas las que conozco, es parecida.
          No, esto no quiere decir que no se tuvieran confianza. Tampoco que no se hubiesen puesto de acuerdo en un determinado momento. Se trataba, sencillamente, de un acuerdo implícito que ambos habían suscrito de manera casi inconsciente y que había surgido de un modo realista de la siguiente reflexión acerca de la naturaleza humana: nunca se puede saber cómo se comportará una persona en una situación límite. A qué puede verse forzada, a qué calumnia o a qué traición.
          –La desgracia consiste –dice la dueña de la casa, cuyos grandes y brillantes ojos se ven con nitidez a pesar de la penumbra– en que nadie sabe de antemano hasta qué punto podría resistir las torturas. Ni siquiera si es capaz de soportar la primera. Y la Savak no significaba sino las torturas más atroces. Su método consistía en secuestrar a una persona en plena calle, vendarle los ojos y, sin preguntar nada, llevarla directamente al potro del tormento. Una vez allí, enseguida se ponía en marcha la máquina infernal: se le rompían los huesos, se le arrancaban las uñas, se metían sus manos en un horno encendido, se aserraba su cráneo, y así decenas de barbaridades, y sólo cuando la persona, enloquecida por el dolor, estaba convertida en un desecho, destrozada y chorreando sangre, se procedía a identificarla. «¡Nombre! ¡Apellido! ¡Dirección! ¿Qué dijiste del sha? ¡Habla! ¿Qué dijiste?» Y, ¿sabe?, esa persona podía no haber dicho nada, podía ser del todo inocente. ¿Inocente? No importaba que fuese inocente. De esta manera todos tendrían miedo, culpables y no culpables; todos vivirían aterrorizados, nadie se sentiría seguro. En esto consistía el terror de la Savak, en que podían atacar a cualquiera, en que todos estábamos acusados, porque la acusación no sólo se refería a los actos sino también a las intenciones que la Savak podía imputar. «¿Te has opuesto al sha?» «No, no lo hice.» «Entonces, es que quisiste oponerte, ¡canalla!» Con eso bastaba.
          –Algunas veces se organizaban procesos. Para los presos políticos (pero ¿quién era preso político?, aquí todos fueron considerados así) existían, exclusivamente, tribunales militares. Sesiones a puerta cerrada, ningún defensor, ningún testigo, pero, eso sí, sentencia inmediata. Luego llegaba el turno de las ejecuciones. ¿Sería alguien capaz de contar a cuánta gente fusiló la Savak? Seguro que a centenares. Nuestro gran poeta Khosrow Golesorkhi fue fusilado. Nuestro gran director de cine Keramat Denachian también lo fue. Decenas de escritores, de profesores y artistas dieron con sus huesos en la cárcel, mientras decenas de otros tuvieron que buscar refugio en la emigración. La Savak se componía de gentuza de la peor calaña; por eso, cuando cogían entre sus manos a una persona que tenía la costumbre de leer libros, se ensañaban con ella de una manera especialmente cruel.
          –Creo que a la Savak no le gustaban los tribunales. Prefería su método habitual: matar desde un lugar oculto. Después no se podían establecer los hechos. ¿Quién había matado? No se sabía. ¿Dónde buscar a los culpables? No había culpables.
       –La gente no podía soportar por más tiempo aquel terror y por eso se lanzaba a pecho descubierto contra el ejército y la policía. Podrá calificarse esto de desesperación, pero, créame, ya todo nos daba igual. El pueblo entero se alzó contra el sha porque para nosotros la Savak significaba el sha; era sus oídos, sus ojos y sus manos.
          –Y, ¿sabe?, cuando se hablaba de la Savak, al cabo de una hora se quedaba uno mirando a su interlocutor y empezaba a pensar: tal vez éste también sea de la Savak. Y esa sospecha casi obsesiva no se nos iba de la cabeza durante mucho tiempo. Y el interlocutor podía ser mi padre, o mi marido o mi amiga más íntima. Me decía a mí misma: tranquilízate, esto es absurdo, pero no había nada que hacer; la sospecha volvía constantemente. Todo aquí estaba enfermo, el régimen entero estaba enfermo, y le diré sinceramente que no tengo idea de cuándo volveremos a estar sanos, es decir, cuándo recuperaremos el equilibrio. Después de años de semejante dictadura estamos psíquicamente lesionados y creo que pasará mucho tiempo antes de que podamos llevar una vida normal.

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