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Empieza a leer 'Yo siendo yo' de Hans Laguna
PERSONAJES
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DOECHII (22.741.198)
GENE SIMMONS (KISS) (17.692.502)
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ST. VINCENT (5.470.653)
SINÉAD O’CONNOR (4.887.096)
JACKSON BROWNE (3.259.290)
COURTNEY LOVE (HOLE) (3.074.428)
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FIONA APPLE (2.869.162)
JONI MITCHELL (2.836.920)
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INTRODUCCIÓN
Porque yo lo valgo
Bad Bunny me mira desafiante desde una pantalla clavada en la pared del andén. Estaría totalmente desnudo si no fuera por unos calzoncillos blancos de Calvin Klein que le marcan unos genitales que se adivinan formidables. Subo al metro y mi teléfono me recomienda una noticia de un importante periódico que, vaya por Dios, está dedicada a Bad Bunny y su protagonismo en la nueva campaña de Calvin Klein. Se trata de una «colaboración editorial», el elegante nombre que se utiliza cuando una marca y un medio de comunicación cuelan publicidad como si fuera contenido informativo. Aunque de entrada me niego, acabo haciendo caso a la recomendación del móvil. Mi debilidad tiene premio. En la noticia me topo con una declaración que captura de maravilla todo lo que pretendo analizar en este libro: «Creo sinceramente que la mejor manera de causar impacto es ser genuino, auténtico y la mejor versión de uno mismo», afirma el cantante.
Auténtico fue la Palabra del Año 2023 para uno de los diccionarios online más utilizados, el Merriam-Webster, habida cuenta del gran incremento que experimentaron las búsquedas de este término. Al parecer, el mayor interés por conocer el significado de «auténtico» se debía a que «la línea entre lo real y lo falso es cada vez más borrosa», una afirmación que, con la expansión vertiginosa de la inteligencia artificial, se ha vuelto inquietantemente cierta.
El popular sociólogo Gilles Lipovetsky ya nos había avisado de que la autenticidad era la categoría que mejor nos permite entender nuestro presente. Lipovetsky pertenece a una clase de intelectuales occidentales que se dedican a hacer diagnósticos, casi siempre catastrofistas, a partir de un concepto fetiche capaz de explicarlo todo. Según estos pensadores, vivimos en «la era del vacío», en «tiempos líquidos», en «la sociedad del cansancio» o «de la vigilancia». Y parece que ahora le ha llegado el turno a «la época de la autenticidad».
En su ensayo La consagración de la autenticidad, Lipovetsky intenta convencernos, con un puñado de referencias filosóficas por aquí y una montaña de ejemplos por allá (turismo, política, comida, relaciones de pareja), de que el mundo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda compulsiva de lo auténtico. Pues bien, en este libro voy a hacer más o menos lo mismo que Lipovetsky. También yo, utilizando la brocha gorda más que el pincel, pienso demostrar que el ideal de la autenticidad es un pilar de nuestra sociedad. Pero en mi caso el objeto de estudio estará mucho más acotado. Tan acotado que habrá quien piense que mi empresa cae en la extravagancia: me propongo estudiar la autenticidad como atributo central de las estrellas del pop.
La tarea, sin embargo, resulta pertinente en el clima actual. Desde diversos frentes se nos exige ser auténticos y, más aún, extraer «la mejor versión de nosotros mismos» conforme al ideal de sujeto neoliberal. Y las estrellas de la música representan la vanguardia de esta exigencia. Como apuntó Richard Dyer en Stars, las celebridades tienen la capacidad de «convertir nociones elusivas sobre la identidad personal en un espectáculo visible». Un espectáculo del que cada vez es más difícil mantenerse al margen.
Vale la pena delimitar cuanto antes los dos conceptos sobre los que se asienta esta investigación, a saber, la autenticidad y las estrellas del pop. Vamos con el primero: una persona es auténtica cuando es fiel a sí misma. Es decir, cuando se comporta conforme a «quien es realmente». A su «yo verdadero». Es este un concepto metafísico del que, sin embargo, todos tenemos una noción intuitiva. Nos parece de sentido común que, al margen del mundo exterior, cada uno de nosotros tiene una esencia que nos define. Y, todavía más, que es mejor vivir de acuerdo con ella. La realización personal no sería otra cosa que estar en armonía con esa identidad que sentimos como propia.
Aspirar a vivir una vida auténtica es, sin embargo, un deseo relativamente reciente en la historia de la humanidad. Y no ha estado presente en todas las culturas. En concreto, se trata de una idea surgida en Europa en la época moderna. «Si no soy mejor, al menos soy diferente», escribió a finales del siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau, a quien suele considerarse el primer gran profeta de la autenticidad. La cita corresponde al inicio de sus Confesiones, la monumental obra en la que se propuso contar «toda la verdad» sobre su persona. A diferencia de los autores de memorias anteriores a él, Rousseau no se animó a explicarnos su vida por haber participado en grandes acontecimientos de la historia. Tampoco lo hizo porque su ejemplo fuera a servir para que los lectores se acercaran a Dios, como pretendió san Agustín. No: Rousseau se consideró merecedor de nuestra atención simplemente por ser como era. Inauguró una desfachatez que tan bien formulara una conocida marca de champús: «Porque yo lo valgo».
El filósofo Charles Taylor se lleva las manos a la cabeza, y con razón, al comprobar cómo los occidentales llevamos siglos entregados a semejante desfachatez. Taylor lamenta que confiemos nuestra felicidad a la incansable tarea de ser fieles a nosotros mismos, identificando en nuestro interior una forma de ser única, cultivándola y mostrándola a los demás (quizá no con un tocho de setecientas páginas como Rousseau, pero sí con la mayoría de nuestras elecciones: la ropa que vestimos, la carrera universitaria que estudiamos, las stories que compartimos). Taylor llama «expresivismo» a esta obsesión por definirnos en base a aquello que supuestamente nos hace especiales, a este empeño por potenciar nuestras diferencias individuales.
El giro expresivista de nuestra cultura se instaló, unas décadas después de Rousseau, con la llegada del Romanticismo. Aunque seguramente Isaiah Berlin exagerara cuando lo calificó como «el mayor cambio ocurrido en la conciencia de Occidente», es innegable que el movimiento romántico popularizó una nueva forma de entender el arte que ha llegado hasta nuestros días con un brío sorprendente. Si hiciéramos una encuesta a pie de calle para preguntar qué caracteriza a un verdadero artista, comprobaríamos que la mayoría de las respuestas estarían muy cerca del mito del genio romántico. Un mito que alejó al artista del artesano y pasó a concebirlo como un individuo extraordinario que desafía las convenciones, un rebelde movido por su talento innato y, sobre todo, por el compromiso inquebrantable con la expresión de su subjetividad. Obcecado con materializar su visión creativa, el artista romántico se consagra a la misión más inapelable que un ser humano puede acometer: ser fiel a sí mismo.
Esta breve digresión viene a cuento porque, como tendremos oportunidad de comprobar, la industria actual de la música invierte muchísimos recursos para imprimir un sello de autenticidad romántica a sus productos. En un giro de guión, desde hace unos diez o quince años las estrellas del pop se reivindican a sí mismas con ideas muy parecidas a las que empleaban los pintores bohemios que bebían absenta en las tabernas de hace ciento cincuenta años. Aunque lo hagan, eso sí, adaptando tales ideas a los requerimientos del capitalismo digital.
Delineado ya el concepto de autenticidad que vamos a manejar, le llega el turno a la música pop. Para ello daremos un pequeño salto hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y nos desplazaremos de Europa a Estados Unidos, que es donde se pusieron los cimientos de la sociedad de consumo contemporánea. Fue allí donde primero se extendió la producción mecanizada de productos como pantalones, pastillas de jabón, cereales para el desayuno o aspiradoras. Y canciones.
Las primeras canciones que se comercializaron a gran escala no se escuchaban, se leían. Antes del streaming, y antes de los discos físicos, las canciones de moda se disfrutaban en forma de partituras. Y es que con la música sucede lo mismo que, según Joan Fuster, pasa con la política: o la haces o te la hacen. Cuando aún no se había extendido la tecnología para grabarla ni reproducirla, las personas solo podían escuchar música si la hacían ellas mismas. No debe sorprendernos, pues, que el primer gran negocio musical estuviera orientado a quienes interpretaban música para su propio disfrute.
En concreto, consistió en vender partituras a la creciente clase media estadounidense. Este estrato social adoptó la costumbre de tener un piano de pared en el hogar y, con la guía de una partitura, cantar canciones en familia. Tras vender a los burgueses partituras de canciones ya existentes, las empresas editoriales se dieron cuenta de que era más rentable crear sus propias canciones. Así se fundó Tin Pan Alley, el sistema empresarial que marcó el nacimiento de la música popular –o, como se llamará aquí, música pop– y sentó las bases del futuro negocio discográfico.
El funcionamiento era el siguiente. Primero, las editoriales contrataban a compositores para que escribieran un nuevo tipo de material, distinto tanto de la música culta como de la música folclórica. La idea era fabricar canciones que pudieran ser disfrutadas sin esfuerzo por el máximo número de personas (en este caso, por los pianistas aficionados que tocaban en el salón de su casa) en cualquier parte del país. Por ello, tenían que ser canciones pegadizas, sencillas a nivel estructural y armónico y desprovistas de rasgos demasiado locales. Después, las editoriales contrataban a cantantes de cierto renombre para que diesen a conocer en sus conciertos estas nuevas canciones cuyas partituras querían vender. Una vez que conseguían vincular las melodías a determinados intérpretes, el nombre y la fotografía de estos aparecían en la portada de los cuadernitos, de forma que el público reconociera más fácilmente de qué canción se trataba y se animara a comprarlos.
De lo anterior se deducen dos características básicas que el pop ha tenido desde su nacimiento y que han sobrevivido hasta el presente. La primera es que, más que por sus rasgos estilísticos, el pop se define abiertamente por ser una mercancía orientada a un público masivo. Así, cuando aquí hable de las estrellas del pop, me estaré refiriendo al puñado de músicos que en la actualidad gozan de mayor éxito comercial, con independencia de si su género es el dance, el country, el rap o el reguetón. En particular, me ocuparé de quienes acumulan un mayor número (decenas de millones) de oyentes mensuales a nivel mundial en Spotify, la plataforma que por desgracia lidera el consumo de música.
La segunda característica del pop es que la función básica de sus estrellas es la de vender bienes de consumo, sean partituras o discos (o en la actualidad, como veremos en el capítulo final, cualquier otro producto que podamos imaginar). En el desempeño de esta función, los cantantes de pop siempre han sido, como los actores de cine, las piezas finales de un engranaje industrial en el que nadie esperaba que pintaran demasiado. Desde los intérpretes de Tin Pan Alley hasta las Spice Girls, pasando por Frank Sinatra o Michael Jackson, los ídolos pop nunca se han considerado a sí mismos como artistas soberanos, sino como entertainers (lo siento, pero no hay una traducción castellana satisfactoria). Han sido intérpretes a los que la autenticidad romántica les ha traído bastante al pairo. En este sentido, las estrellas del pop no han tenido problemas en continuar el oficio de músico tal y como se ha ejercido durante siglos. Mucho antes de que existiera una industria, fuera en un palacio o en una verbena, al músico le han pagado para que interpretara canciones, casi siempre compuestas por otros, que complacieran a su audiencia.
Entonces, ¿cómo es posible que Charli XCX se enorgullezca de componer sus propias canciones y de hacerlo «no porque le vayan a gustar a alguien», sino porque le da «la puta gana»? ¿Y que Beyoncé dirija un documental sobre sí misma y proclame: «Solo me siento viva cuando estoy creando»? ¿Por qué ya no basta con cantar, sino que, como dijo Aitana, lo que hoy importa es «cómo de creativo eres, qué propones, quién eres tú»? ¿Y por qué a Rosalía se la califica de «artista visionaria que va por delante de los fans»? O, mejor aún, ¿qué ha pasado para que Lady Gaga, harta de que la compararan con Madonna, marque distancias del siguiente modo: «Ella es la estrella del pop más grande de todos los tiempos, pero existen grandes diferencias entre nosotras. Yo toco muchos instrumentos, escribo toda mi música, paso muchas horas en el estudio, soy productora y compositora. No solo me dedico a ensayar una y otra vez para hacer un espectáculo. Yo soy quien coño soy. Yo soy yo y nadie más»? En definitiva: ¿qué demonios hace la autenticidad, con su semblante solemne, infiltrándose en esa fiesta repleta de brillibrilli que siempre ha sido el pop?
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