09/03/2020
Empieza a leer 'Wërra' de Federico Jeanmaire

Les félons païens sont venus aux ports pour leur malheur. Je vous le jure, tous sont marqués pour la mort.

La chanson de Roland

 

Un rhétoricien du temps passé disait que son métier était, de choses petites les faire paraître et trouver grandes. C’est un cordonnier qui sait faire de grands souliers à un petit pied. On lui eût fait donner le fouet en Sparte, de faire profession d’une art piperesse et mensongère.

MICHEL DE MONTAIGNE, De la vanité des paroles

 

Yo pienso, como Samuel Johnson, que la patria, en tanto que abstracción, es el último refugio del sinvergüenza.

JUAN JOSÉ SAER,

Lo nacional es la infancia

 

O. AIRD

Anoche, mientras dormía, los franceses atacaron Siria. Desde un portaaviones estacionado sobre las aguas del mar Mediterráneo, partieron un par de bombarderos que destruyeron precisos objetivos militares. Sitios en donde se fabricaban o se almacenaban armas químicas, asegura el diario de esta mañana.

Francia no atacó sola.

La acompañaron fuerzas de los Estados Unidos de América y de Gran Bretaña.

Pero este último añadido no cuenta.

Lo que realmente cuenta, para mí, es que estoy viviendo en Francia desde hace poco más de un mes. Y no entiendo. Ni la de anoche ni, en verdad, ninguna otra guerra. Me resultan muy difíciles de entender. Aunque en este caso, sobre todo, lo que no alcanzo a comprender tiene que ver con que uno de los países involucrados sea justo el país en donde estoy viviendo y esta mañana las calles y las gentes de mis alrededores no muestren la menor alteración respecto de la mañana de ayer. ¿Acaso no nos ocurren las guerras que ocurren lejos de donde dormimos o de donde tomamos café?

Allá por los años sesenta, a mi padre le gustaba sentarse por las tardes frente al televisor a mirar, en blanco y negro, Combate.

Era a fines de los sesenta y principios de los setenta, si no recuerdo mal.

Y yo me sentaba junto a él.

No sé si lo hacía con deseos de mirar la serie o lo hacía con la vana ilusión de compartir al menos un rato con un hombre que no acostumbraba a compartir casi nada conmigo. Combate trataba de una patrulla americana, luego del desembarco de los aliados en Normandía, que mataba a todos los alemanes que se le cruzaban por el camino durante la Segunda Guerra Mundial. Los escenarios eran descampados o bosques o pequeños pueblos rurales de Francia. La patrulla estaba integrada por un teniente y unos cuantos soldados, uno de ellos francés, pero, claro, el personaje fundamental era un sargento, el valiente sargento Chip Saunders, protagonizado por el actor Vic Morrow. Un tipo tan rubio como mi padre. Un superhéroe americano. Alguien a quien a mi padre le habría gustado parecerse en algo más que el color de su pelo, si es que el orgullo le hubiera permitido concluir sus estudios militares y la fortuna ser parte de alguna guerra que no sucediera por televisión.

Mi padre murió hace una eternidad.

Sin haber entrado jamás en batalla.

Y la Segunda Guerra Mundial, ahora que lo pienso, nos quedaba igual de lejos en el tiempo, había terminado veinticinco años antes de que nos sentáramos a mirar Combate, a como el bombardeo de anoche, lejos esta vez en la distancia, cientos y cientos de kilómetros, nos queda a los que habitamos algún rincón de Francia esta mañana tan fría.

Definitivamente, creo que no ocurre aquello que no nos ocurre.

 

G. BAKER

Aquí, en Saint-Nazaire, medio siglo más tarde de las andanzas de la patrulla de Combate y también en Francia, muy lejos de Siria, no hay tanto para hacer. Por eso, quizás, es que suelo perder mis mañanas pensando en las guerras mientras desayuno café con un chausson aux pommes y leo el diario en Les Dauphins.

Les Dauphins es casi todo vidrio.

Ventanales apenas separados por mínimos de pared que permiten sostenerlos.

Un bar que, evidentemente, no fue pensado para sufrir una guerra. Ni siquiera para convertirse en escenario de algún episodio de Combate. Las paredes son lo único que podría servirnos de defensa ante una ráfaga de ametralladora enemiga. Seríamos un blanco demasiado fácil.

Pero los ventanales de Les Dauphins están sucios.

Siempre.

Sucios por culpa del fuerte viento y de las infinitas lloviznas o lluvias que caen sobre Saint-Nazaire en esta época del año, los últimos días del invierno y el comienzo de la primavera. Y también están sucios, sospecho, porque no tendría demasiado sentido limpiarlos cuando al rato volverían a estar igual de sucios que antes. Aunque, quién sabe, bien podría tratarse de alguna oculta artimaña bélica: en el caso de que unos alemanes o unos sirios de repente aparecieran en el horizonte, armados hasta los dientes, la suciedad de los vidrios algo nos resguardaría.

La que atiende la barra es una mujer.

No siempre es la misma, se turnan.

Y todo lo que no es vidrio o escasa pared, en Les Dauphins, está pintado de color fucsia: el toldo de la calle, las lámparas que cuelgan del techo, las sillas, las dos columnas sobre las que se asienta la barra y hasta la única maceta que adorna una de sus esquinas. Un color elegido por las propietarias del local, seguramente. Un color que tampoco nos ayudaría, estoy convencido, en el caso de que sufriéramos un inesperado ataque enemigo.

Los clientes habituales son hombres.

De diferentes edades, los hombres van a beber a Les Dauphins.

Beben cerveza o vino o pastís. A cualquier hora del día, pero, sobre todo, durante las mañanas y cuando recién está anocheciendo. Mientras beben conversan, se hacen bromas, salen a fumar. No son distintos de los hombres que habitan los bares de mi pueblo, en Argentina, allá donde hace tanto tiempo, por las tardes, miraba Combate junto a mi padre. Ni tampoco son distintos, intuyo, de los hombres que frecuentan los bares alemanes o los bares de Siria. No son distintos, en definitiva, de los hombres, hayan nacido donde hayan nacido y vivan donde vivan, a los que el día menos pensado les toca convertirse en soldados de alguna guerra.

 

* * *

 

Wërra

 

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