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Empieza a leer 'Una izquierda que se atreva a decir su nombre' de Slavoj Žižek
INTRODUCCIÓN: DESDE LA PERSPECTIVA COMUNISTA
Este libro reúne mis intervenciones más recientes (considerablemente reescritas) en los medios de comunicación. Cubren toda la panoplia de temas que han suscitado la atención de la opinión pública, desde la zozobra económica hasta la lucha por la emancipación sexual, desde el populismo hasta la corrección política, desde las vicisitudes de la presidencia de Trump hasta las actuales tensiones con China y dentro de este país, desde los problemas éticos ocasionados por los sexbots hasta la crisis de Oriente Medio. El apartado con que concluye el libro contiene fragmentos de dos polémicas en las que me enzarcé. Las intervenciones que recoge son intempestivas porque su premisa es que la perspectiva comunista es la única que nos permite comprender estos temas. Así pues, ¿por qué el comunismo?
Abundan las señales de que nuestra situación global reclama cada vez más esa perspectiva. A los defensores del orden existente les gusta señalar que el sueño del socialismo ha terminado, que todos los intentos de llevarlo a cabo se han convertido en una pesadilla (¡no hay más que ver lo que ocurre en Venezuela!). Sin embargo, al mismo tiempo, surgen por todas partes señales de pánico: ¿cómo vamos a abordar el calentamiento global, la amenaza del control digital de nuestras vidas, la afluencia de refugiados; en definitiva, los efectos y consecuencias de ese mismo triunfo del capitalismo global? No deberíamos sorprendernos: cuando el capitalismo gana, sus antagonismos afloran.
Por un lado, se multiplican por todas partes las señales de la locura anti-Ilustración. En Koszalin, una ciudad del norte de Polonia, tres sacerdotes católicos han quemado unos libros que, dicen, promueven la brujería –entre ellos, una de las novelas de Harry Potter–, en una ceremonia que fotografiaron y colgaron en Facebook: llevaron los libros dentro de un gran cesto desde el interior de la iglesia hasta una zona de piedra del exterior, donde les prendieron fuego mientras pronunciaban oraciones y un pequeño grupo de personas los observaba. Un incidente aislado, sí, pero si lo añadimos a otros incidentes semejantes, aparece un claro patrón anti-Ilustración. Por ejemplo, en el 106.º Congreso de Ciencia de la India celebrado en Punjab (en enero de 2019), los científicos indios realizaron las siguientes afirmaciones: los Kaurava nacieron con la ayuda de células madre y tecnologías in vitro; Rama utilizaba astras y shastras, mientras que Visnú envió el Súdarshan chakra a perseguir a sus enemigos. Esto demuestra que la ciencia de los misiles teledirigidos ya existía en la India hace miles de años; que Rávana no solo tenía el Pushpaka vimana, sino veinticuatro tipos de aeronaves y aeropuertos en Lanka. Esta física teórica (que incluye las aportaciones de Newton y Einstein) es totalmente errónea, y al final a las ondas gravitatorias las acabarán llamando ondas Narendra Modi, y al efecto de lente gravitacional, el efecto Harshvardhan; y dirán que Brahma descubrió la existencia de los dinosaurios sobre la Tierra y lo mencionó en los Vedas. Esta es también una manera de combatir los vestigios del colonialismo occidental, y el libro que quemaron en Polonia se puede considerar una manera de combatir el consumismo occidental. La conjunción de estos ejemplos, uno de la India hindú y el otro procedente de la Europa cristiana, demuestra que nos enfrentamos a un fenómeno global.
Mientras nos hundimos cada vez más en esta locura (que coexiste sin ningún problema con un próspero mercado global), se acerca la crisis de verdad. En enero de 2019, un equipo internacional de científicos propuso «una dieta que puede mejorar la salud al tiempo que asegura una producción de alimentos sostenible que mitigue los daños que podamos producir al planeta. La “dieta saludable planetaria” se basa en reducir el consumo de carne roja y de azúcar a la mitad y aumentar la ingesta de frutas, verduras y nueces». Estamos hablando de una reorganización radical de toda nuestra producción y distribución alimenticia. ¿Cómo se puede conseguir? «El informe sugiere cinco estrategias para asegurarse de que la gente pueda cambiar su dieta y con ello no perjudique al planeta: incentivar a la población para que coma de manera más saludable, desplazar la producción global hacia cosechas variadas, intensificar la agricultura de una manera sostenible, imponer reglas más estrictas a la hora de gobernar los océanos y las tierras y reducir el desperdicio de alimentos.» Muy bien, de acuerdo, pero de nuevo ¿cómo lo podemos conseguir? ¿Está claro que hace falta un organismo global fuerte que cuente con el poder de coordinar dichas medidas? ¿Y no apunta ese organismo hacia lo que antaño llamamos comunismo? ¿Y no puede decirse lo mismo de otras amenazas a nuestra supervivencia como humanos? ¿Y no hace falta el mismo organismo global para enfrentarse al problema del descontrolado número de refugiados e inmigrantes y al problema del control digital de nuestras vidas?
Necesitamos intervenciones comunistas porque nuestro destino todavía no está decidido, no solo en el sentido más simple de poder elegir, sino en un sentido más radical de escoger nuestro propio destino. Según el punto de vista habitual, el pasado es algo fijo, lo que ocurrió no se puede cambiar, y el futuro está abierto y depende de contingencias impredecibles. Lo que deberíamos proponer es una inversión de este punto de vista habitual: el pasado está abierto a reinterpretaciones retroactivas, mientras que el futuro está cerrado porque vivimos en un universo determinista. Esto no significa que no podamos cambiar el futuro; significa que, para poder cambiar nuestro futuro, primero deberíamos cambiar (no «comprender») nuestro pasado, reinterpretarlo de manera que nos conduzca a un futuro distinto del que lleva implícito la visión imperante del pasado.
¿Estallará una nueva guerra mundial? La respuesta solo puede ser paradójica. Si estalla una nueva guerra, será porque es necesaria. Así es como funciona la historia, mediante insólitas inversiones tales como las que describe Jean-Pierre Dupuy: «Si tiene lugar un acontecimiento excepcional, una catástrofe, por ejemplo, es imposible que no tuviera lugar; sin embargo, en la medida en que no ha tenido lugar, no es inevitable. De este modo, el hecho de que el acontecimiento tenga lugar es lo que retroactivamente crea su necesidad». Lo mismo se puede aplicar a una nueva guerra global: en cuanto estalle el conflicto (entre Estados Unidos e Irán, entre China y Taiwán) parecerá inevitable, es decir, que automáticamente leeremos el pasado que condujo a esta guerra como una serie de causas que necesariamente la provocaron. Si no ocurre, lo leeremos tal como leemos hoy en día la Guerra Fría, como una serie de momentos peligrosos en los que la catástrofe se evitó porque ambos bandos eran conscientes de las consecuencias letales de un conflicto global. (De manera que hoy en día tenemos muchos intérpretes que afirman que, en los años de la Guerra Fría, jamás existió el peligro real de una tercera guerra mundial y que ambos bandos simplemente jugaban con fuego.) Es a este nivel más profundo en el que resultan necesarias las intervenciones comunistas.
A menudo se ha descrito a Jürgen Habermas como el filósofo estatal de la izquierda liberal alemana (europea, incluso). No es de extrañar, por tanto, que hace dos décadas el presidente del Gobierno español, el conservador José María Aznar, llegara a proponer que se declarara a Habermas el filósofo estatal español (y europeo), basándose en su idea del patriotismo constitucional, un patriotismo arraigado en los valores emancipadores incorporados en una constitución en lugar de en sus propias raíces étnicas. Aunque disiento de Habermas en muchos aspectos, ese papel, que no le ha dado miedo asumir (el de alguien que apoya de manera crítica al poder, incluso participa en él), siempre me ha parecido honorable y necesario, pues es una manera más que bienvenida de no caer en esa «política a distancia» que es básicamente irresponsable.
La mayor parte del pensamiento izquierdista de las últimas décadas se ha visto inmerso en la trampa del oposicionismo: adopta como algo obvio la afirmación de que la verdadera política solo es posible si nos mantenemos alejados del Estado y sus aparatos. En el momento en que un agente se involucra plenamente en los aparatos y procedimientos estatales (como la política parlamentaria de los partidos políticos) se pierde la auténtica dimensión política. (Desde este punto de vista, el triunfo bolchevique –la toma del poder en Rusia en octubre de 1917– parece también una traición a sí mismo.) Pero ¿no hay en esta actitud un aspecto indeleble de evitar la responsabilidad? Asumir la postura de no participar en el poder es también un acto positivo, pues se es consciente de que otro tendrá que hacerlo, y lo más indecente es dejar a otro el trabajo sucio, para luego, cuando este ya se ha hecho, acusarlo de oportunismo carente de principios. (Es lo que hizo, entre otros, Éamon de Valera cuando dejó que Michael Collins se encargara de las negociaciones «sucias» con los ingleses que condujeron a la creación del Estado Libre Irlandés, y luego, tras aprovecharse de su trabajo, lo acusó de traición.) Un agente político de verdad nunca teme asumir el poder y la responsabilidad que conlleva sin recurrir a excusas («circunstancias desafortunadas», «complots de los enemigos», o lo que sea). Ahí reside la grandeza de Lenin: después de tomar el poder, sabía que los bolcheviques se encontraban en una situación imposible (no había condiciones para una auténtica «construcción del socialismo»), pero él perseveró e intentó sacar todo el provecho posible de ese callejón sin salida.
La verdadera dimensión de una revolución no hay que buscarla en los momentos extáticos de su clímax (un millón de personas en la plaza principal...), sino que más bien deberíamos centrarnos en cómo se recibe el cambio en la vida cotidiana cuando las cosas vuelven a la normalidad. Por eso Trotski perdió contra Stalin: después de la muerte de Lenin, la población de la Unión Soviética salió lentamente de diez años de infierno (la Primera Guerra Mundial, la guerra civil) después de un sufrimiento indecible, y la gente anhelaba regresar a algún tipo de normalidad. Eso fue lo que Stalin les ofreció, mientras que Trotski, con su idea de la revolución permanente, solo les prometió más agitación social y sufrimiento.
Quizá, entonces, en lugar de las variaciones cada vez más aburridas sobre el tema de «distanciarse del Estado», lo que necesitamos hoy en día son honestos filósofos del Estado, filósofos que no tengan miedo de ensuciarse las manos luchando por un Estado distinto. Oscar Wilde se refirió a la homosexualidad como «el amor que no se atreve a decir su nombre». Lo que necesitamos hoy en día es una izquierda que se atreva a decir su nombre, no una izquierda avergonzada que cubra su esencia con alguna hoja de parra cultural. Y este nombre es comunismo.
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