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Empieza a leer 'Una filosofía de la risa' de Bernat Castany Prado

11/03/2026

PRÓLOGO

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano?
Vicente Huidobro, Altazor, 1931

§ Spinoza, Spinoza, ¿por qué me has abandonado? Hace tiempo que pienso de forma recurrente en un pasaje de El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling. En él, después de correr numerosas aventuras, los dos amigos que protagonizan la historia quedan atrapados en un saliente del Hindú Kush. Precariamente resguardados, deciden esperar la muerte recordando algunas de sus anécdotas preferidas. Entonces uno de ellos evoca aquella ocasión en la que un soldado escocés obtuvo la medalla al valor por haber regresado al campo de batalla en plena retirada con el único objetivo de recuperar una moneda que se le había caído, y ambos se echan a reír tan poderosamente que sus carcajadas acaban provocando una avalancha. Una vez logran abrir de nuevo los ojos, los dos amigos ven que la nieve recién caída ha formado un paso gracias al cual van a poder volver a escapar. La risa los salvó. Y yo quiero que nos salve también a nosotros. A todos nosotros. Porque solo los locos ríen a solas. Y porque, como saben los niños, las buenas partidas de escondite duran mientras haya alguien que se arriesga a salvar por todos.
          De ahí este libro, con el que quiero pensar, o más bien practicar, la milenaria tradición de la risa filosófica, con la esperanza de provocar avalanchas que nos salven. No de la muerte, claro, que «es una buena muchacha, y tiene casa abierta», como dice John Marston, en su Malcontento. Ni de la condenación eterna, que nos queda demasiado grande. Sino de la tormenta perfecta de pasiones tristes en la que vagamos, preocupados, desorientados, apresurados, frustrados, furiosos, asustados, solos y afligidos. Porque yo, que tuve un hámster que se llamaba Spinoza, y que he torturado a miles de estudiantes hablándoles de su Ética, no pasa un día en el que no exclame: «Spinoza, Spinoza, ¿por qué me has abandonado?». Pero no.
          No pienso congelarme a hielo lento, mientras el mundo se ahoga en sus propias lágrimas más acá del hombro de Orión, lejos de la puerta de Tannhäuser... Por eso hace ya tres años que dejé todos mis proyectos de lado –o de helado–, dispuesto a familiarizarme con la risa filosófica, en general, y con el humor, que es su quintaesencia, en particular. No sé si lograré provocar una avalancha. Ni tampoco si esta me sepultará o abrirá un nuevo camino. No importa. He hecho mía la divisa de Pancho Villa, que dice: «¡Ánimo, cabrones, que adelante está más feo!».

§ Hiena encerrada. Reconozco que en varias ocasiones dudé si valía la pena ocuparme de un tema tan leve en un tiempo tan grave. Si al menos me hallase en la buena época medieval, cuando se creía que el fin del mundo estaba en la otra esquina; o en el afortunado año de 1348, cuando la peste negra mató a la mitad de la población europea; o en aquellos gloriosos días en los que se libraron las dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría, la guerra de Vietnam... Lo que quiero decir es que, si esperamos a que sea un buen momento para empezar a reír, nos ocurrirá como al pastor de Horacio, que esperó a que el río acabase de pasar para cruzarlo con sus ovejas. Y ahí sigue. Porque no existe un kairós, o momento oportuno, ni para la risa, ni para el arte, ni para la filosofía, ni para la vida, ni para cerrar una enumeración. La buena noticia es que, cuando nunca es el momento, siempre es el momento. Así que carpe ridem.
          Riamos, pues, aquí y ahora, con una risa poderosa en la que entrechoquen el maxilar superior de la filosofía y el maxilar inferior de la literatura. Porque, de un lado, está la risa atomista de Demócrito, que Hipócrates consideró prueba de sabiduría; la ironía democrática de Sócrates, cuya mayéutica estaba, según dice Platón en el Teeteto, «condenada a hacer reír»; las provocaciones e insultos de Diógenes, Crates e Hiparquia, quienes transfirieron a la filosofía las invectivas y obscenidades propias de la comedia ática y los ritos eleusinos; las excentricidades de Pirrón de Élide, fundador de la escuela escéptica, quien se chocaba, como un payaso, contra «carros, precipicios, perros y cosas semejantes», porque dudaba de que existiesen; los escritos de Timón de Fliunte, en cuyas obras se burlaba del dogmatismo de los filósofos, entre los cuales se incluía a sí mismo; el humor conceptual y paradójico de los estoicos, de cuyo fundador, Zenón de Citio, se decía que escribía «sobre la cola del perro», por haberse formado con los cínicos; las bromas de Cicerón, que le dedicó todo el segundo libro de El orador al arte de cómo, cuándo y dónde (hacer) reír; la burla omnívora de Luciano de Samósata, cuyos ochenta y dos opúsculos constituyen el mayor arsenal cómico de la historia; o el humor de Shaftesbury, Hume, Voltaire, Wollstonecraft, Schopenhauer, o el mismo Nietzsche, quien escribió una Ciencia jovial, en la que defendió la existencia de «una risa santa». Por no hablar de la comicidad de los monjes zen en Oriente, los falasifa en el mundo árabe, la sabiduría rabínica entre los judíos, los sabios ubuntu en África o los seguidores del Chárvaka en la India. Que no conozco bien. (Es lítote.)
          Del otro lado están las carcajadas vagabundas de François Villon y el Arcipreste de Hita; las aceradas ironías de Christine de Pizan; la risa propiciatoria de la Celestina; la alegría resiliente de Boccaccio; la ironía morofílica de Erasmo; la risa mística de Margarita de Navarra; la risa silénica de Rabelais; la sonrisa vitalista de Montaigne; la agudeza epicúrea de Ninon de Lenclos; la comicidad salvaje de Shakespeare; la ironía tierna de Cervantes; la sátira gamberra de Molière; el sarcasmo rebelde de Sor Juana Inés de la Cruz; la ironía de batalla de Voltaire; el ingenio irreverente de Jane Austen; las carcágrimas de Joyce; las paradojas místicas de Chesterton; la risa nerviosa de Kafka; la retranca injuriosa de Borges; la sorna inteligente de Rosario Castellanos; el espíritu lúdico de Cortázar...
          Pero ¿cómo puede suceder, teniendo en cuenta la alineación anterior, que la risa nos parezca –me parezca– un tema tan poco importante? Aquí hay hiena encerrada.

§ Why so serious?... Me refiero a la milenaria tradición agelasta, del griego a-, «no», y gelos, «risa» (que también significa «brillo»), que no ríe, o que se abstiene de reír, por mil sinrazones que van desde la teología hasta el decoro. Existe, sin duda (sic), una agelastia espontánea o innata. Pues, igual que hay gente a la que le falta el sentido de la vista o del oído, también la hay a la que le falta el sentido del humor. Pero el verdadero problema no es que tal o cual individuo en particular carezca de sentido del humor, sino que la risa haya sido menospreciada, e incluso demonizada, desde ámbitos de prestigio como la Iglesia, la Universidad o el Estado.
          Este tipo de agelastia militante, y limitante, también fue defendida por filósofos, como Pitágoras, que rechazaba la risa (y quizás por eso sus seguidores tenían prohibido comer habas...); o –cómo no– por Platón, que no solo expulsó a los poetas serios de su república ideal, sino también a los cómicos, por considerar que la risa suponía la primacía de lo corporal y lo irracional sobre lo espiritual y lo racional. Y, aunque en el sexto capítulo de su Poética Aristóteles nos prometió que le dedicaría un segundo libro al género de la comedia, o no lo escribió, o se perdió, o fue destruido. Lo cual le arrebató al género de la comedia, en particular, y a todas las formas cómicas, en general, la autoridad filosófica y la dignidad estética de la que siempre gozaron la tragedia y la filosofía trágica. Y es que nos quieren tristes.
          Al funeral agelasta de la filosofía se le sumarán los escrúpulos neuróticos de la religión. San Juan Crisóstomo erigió en un dogma la idea de que Jesús nunca rio, de modo que todo aquel que quisiera imitar a Cristo debería abstenerse de hacerlo (digo el reír); Agustín de Hipona verá en la risa un paradójico indicio de orgullo y autodesprecio; y Tertuliano criticará la impiedad de las comedias, por considerar, como también hará Rousseau, que estas incitan más que disuaden. Además, el hecho de que, en el sermón de la montaña, Jesús llegase a decir que los que ríen ahora lo lamentarán después, dará lugar a la triste convicción de que debemos llorar hoy en el valle de lágrimas de este mundo, para poder reír mañana en el paraíso celestial. Largo nos lo fiais...
          Por su parte, la cultura aristocrática le atribuirá a las clases altas la majestuosa seriedad de los que han recibido el encargo divino de gobernar el mundo, y, por ello, poseen de forma innata las virtudes del autocontrol, la sabiduría, la valentía y la justicia; mientras que asociará a las clases bajas la ridiculez de aquellos que participan de una naturaleza bestial, ignorante, cobarde y descontrolada. De ahí el gracioso de las comedias. De ahí también que hoy sigamos prefiriendo caer en gracia que ser graciosos. Que fue lo que casi me desanimó a escribir este libro.
          Afortunadamente, no solo nos encanta reírnos de los agelastas (incluido nuestro agelasta interior), sino que una de nuestras mayores fantasías consiste en hacerlos reír. Pienso en el mito de la diosa Deméter, «portadora de las estaciones», quien retuvo en sí todas las semillas, después de que Hades raptase a su hija Perséfone, y a la que solo Baubo logró hacer reír, y florecer, bailando obscenamente ante ella mientras le enseñaba su sexo depilado; o en los cuentos populares de «la princesa que no quería reír», en los que la risa posee un significado erótico, de seducción o apertura. Por no hablar de las numerosas anécdotas en las que algún agelasta muere de risa, como se dice que le sucedió al filósofo estoico Crisipo, o al poeta cómico Filemón, quienes habrían muerto de risa tras ver a un burro comiendo higos y bebiendo vino.
          Pues de eso trata, y eso trata, también este libro.

§ El saco de la risa. De lo que seguro no trata este libro es de hacer una teoría de lo cómico. Pues, del mismo modo que no necesitamos un curso de anatomía para hacer el amor, tampoco necesitamos una teoría de lo cómico para hacer el humor. No me interesa el porqué de la risa, sino su para qué y su cómo. No quiero un hatajo de citas vistosas, sino un atajo a la cita a ciegas que es vivir. Ni tampoco un reguero de notas al pie, que alguien comparó con los orinales bajo la cama, sino un milpiés que esté siempre en movimiento. Porque un libro de filosofía no puede ser un taxi que te atropella cuando lo paras.
          Lo que busco, con Bergson, es «un conocimiento práctico e íntimo, como el que nace de una prolongada camaradería». Lo cual no significa que este libro sea un manual sobre cómo brillar en sociedad contando chistes, ni un tratado sobre cómo curar la melancolía mediante la risa. Pues no es más que un intento, o ensayo, de ver las diferentes formas en que la filosofía ha declinado la comicidad, con el objetivo de acercarnos, aunque solo sea unos centímetros, a una buena vida buena. Esto es, a una vida indisociablemente feliz y justa, o justa y feliz. Que tanto monta.
          El problema, quizás, es que, a pesar de los esfuerzos de autores como Erasmo, Montaigne, Emerson, Nietzsche, Arendt, Hadot o Nussbaum por recuperar el carácter eminentemente práctico de la filosofía grecolatina, hoy en día seguimos concibiéndola como una actividad fundamentalmente teórica. Pero, sin ese tipo de ejercitaciones existenciales, resulta muy difícil conjurar el peligro de la akrasia, o incapacidad de traducir una doctrina filosófica en una forma de vida. Unas ejercitaciones que solían recurrir a la capacidad de incorporación y de movilización de la literatura, en general, y de las diferentes formas de lo cómico, en particular. Lo cual no significa que estas cumpliesen una función meramente ornamental. No eran un barniz. Eran la enzima que permitía la catálisis de las ideas filosóficas en hábitos existenciales. La verdadera piedra filosofal.
          Y es que, aunque todos estemos más o menos condicionados por factores biológicos y culturales, considero que el sentido del humor, en el sentido que aquí le doy, puede ejercitarse mediante la práctica filosófica. Porque, como dijo Ramón Gómez de la Serna, el humorismo «no se trata de un género literario, sino de un género de vida, o mejor dicho, de una actitud frente a la vida». Y, ya que todo libro de filosofía, en general, debería ser una sesión de entrenamiento, este libro, en particular, pretende ser una sesión de boxeo... con el saco de la risa.

§ Paidía. En 1933, Werner Jaeger publicó Paideia. Los ideales de la cultura griega, cuyo título, de pais, «niño», apenas se deja traducir por términos como «educación», «cultura» o «tradición». Pues este libro debería titularse Paidía, que significa «broma», «juego» o «gracia», porque su objetivo es mostrar, y recuperar, la función esencial de la comicidad, no solo en la paideia clásica, sino también en la humanística y la ilustrada, con las que forma un mismo proyecto, una sola tradición que perdura en nuestros días.
          Porque no hablo de cualquier tipo de comicidad, sino solo de una comicidad filosófica capaz de depurar y potenciar nuestras formas de conocer, de ser, de vivir y de convivir. Una comicidad compleja, abierta, dinamizadora, alegre, tolerante, justa y emancipadora. De hecho, me gustaría transformar el «écrasez l’infâme», de Voltaire, en un «esclaffez-vous de l’infâme!». «¡Reíos del infame!»
          Al mismo tiempo, no pretendo reducir la risa a una mera herramienta psicagógica o política. Es eso, y también es solo –¡solo!– risa. Porque la alegría da lo que la filosofía promete. Así que, ya de entrada, retiro todo lo dicho. Y hago, como Montaigne, de mi capa un ensayo. Y, ahora sí, sin más preámbulos, y, tal y como diría Meatloaf, entremos en nuestro tema «como un murciélago saliendo del infierno».

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