05/03/2020
Empieza a leer 'Una dacha en el Golfo' de Emilio Sánchez Mediavilla

El día 4 de diciembre de 2019, el jurado compuesto por Celso José Garza, de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Juan Villoro y la editora Silvia Sesé concedió el 1.º Premio Anagrama de Crónica Sergio González Rodríguez a Una dacha en el Golfo, de Emilio Sánchez Mediavilla.

 

ÍNDICE

El azúcar es la cocaína halal. El extremismo de la belleza. Los camellos siempre parecen felices. No confundir camello con maroma en arameo. Si los palestinos fueran chiíes, Israel no existiría. Antes todo el mundo follaba con todo el mundo. Dios es un cálculo de probabilidades. Vírgenes de miel agujereadas por abejas a contraluz. Recuerdo bombardear Georgia. En los días despejados se ve Arabia Saudí. Esto podría ser Miami Beach. Todo esto era mar. En Occidente confundís la libertad con el nihilismo. ¿Qué posibilidades tengo de encontrarme un iPhone en el desierto? Bahréin es una isla y no tenéis escapatoria.

 

UN ESPEJISMO

Nunca conseguí aprender árabe. Descifré el alfabeto, memoricé los números y los días de la semana, los saludos y las despedidas, aprendí un puñado de adjetivos en parejas de significados opuestos: grande pequeño, alto bajo, rápido lento; canté los colores y algunos animales –pocos– al ritmo de una melodía infantil, nombré las partes del cuerpo señalándolas delante del espejo, llené de pósits los muebles de casa, los pósits se fueron cayendo.

En aquellos primeros días de aprendizaje del árabe disfrutaba hasta de los atascos que me permitían repasar los números y el alfabeto en la matrícula de los coches. Aprender árabe era un espejismo al que se podía llegar andando. A este ritmo, pensaba, pronto estaré contándole anécdotas a mis amigos del parque a quienes ahora solo sonrío, pronto leeré los titulares del periódico Al Wasat en una de las teterías del zoco donde se reúnen –sentados en altos bancos de madera, sobre la mesa el vaso de té y la cajetilla de tabaco– los teatrales comerciantes de esmeraldas. En plena euforia yo no imaginaba que aquellas primeras palabras acabarían siendo también las últimas.

En los días más inspirados memorizaba frases enteras de una utilidad dudosa. El balón está detrás del coche blanco. La chica es alta y guapa. ¿Me puedes recomendar un buen restaurante cercano? A veces me aprendía frases hechas a medida. Por ejemplo: «Soy Emilio, soy de Santander, una ciudad junto al mar y la playa.»

La primera vez que utilicé esa frase fue en la quinta planta del periódico An Nahar en Beirut, en el impecable despacho con moqueta de la escritora Joumana Haddad. Yo llevaba apuntados en mi cuaderno estos versos suyos: «Soy lo que me dijeron que no pensara, que no dijera, no soñara, no me atreviera. Soy lo que me dijeron que no fuera.» En un español perfecto, con acento colombiano, me dijo que estaba descubriendo la fuerza erótica del árabe clásico mientras traducía al Marqués de Sade al idioma del Corán. Le pregunté cuál era su lugar favorito de Beirut: dudó unos segundos antes de señalarse su cabeza. Ningún entrevistado me dio nunca una respuesta tan redonda. Al despedirnos, me pidió que le dijera algo en árabe. Me quedé bloqueado, ella insistió. Con horror, me escuché diciendo: «Soy Emilio, soy de Santander, una ciudad junto al mar y la playa.»

Cuando terminé mi frase, ella me miró como si todavía estuviera esperando. Fue un momento muy extraño, casi humillante. Joumana es de Beirut, una ciudad junto al mar y la playa, que siempre está en guerra. Luego me escribió una dedicatoria en árabe en el ejemplar de uno de sus libros. En la calle, en esa monstruosa plaza de los Mártires, leí la dedicatoria y no supe encontrar ninguna equivalencia entre el alfabeto árabe de mi cuaderno de ejercicios infantil y los trazos seguros pero nerviosos de la periodista libanesa. Ya para entonces no había restos de vértigo ni de espejismo.

Viví dos años en Bahréin, el país que ocupa el puesto 167 (sobre un total de 180 naciones) en la clasificación de libertad de prensa elaborada por Reporteros Sin Fronteras.

Nunca conseguí aprender árabe. Tampoco me convertí en un reportero valiente, ni siquiera en un reportero pusilánime. A veces me daban pinchazos de frustración, casi como un mareo, cuando, después de la piscina, recién duchado, cómodamente instalado en el sofá de casa, me informaba por Twitter de lo que estaba ocurriendo a cien metros de casa o cuando una racha de viento cargada de gas lacrimógeno me obligaba a suspender el partido de tenis, y yo me sentía ridículo con mis pantalones cortos y mi raqueta en la mano. Cuando estuvo claro que no me convertiría en un reportero clandestino, pensé en escribir una novela de espías tipo Graham Greene, protagonizada por un expatriado cínico, posiblemente británico o tal vez agregado cultural de la embajada francesa –en cualquier caso, alcoholizado–, que se arruina apostando en las carreras ilegales de caballos celebradas, de madrugada, alrededor del fuerte portugués junto al mar. La idea era arrancar con esa escena –los caballos de madrugada en el foso del fuerte– y luego, nada podía salir mal, explicar magistralmente las mil caras de Oriente Medio a través de una eficaz trama de espías. Hubo momentos de euforia en los que creí compatibles todos mis sueños: entrevistar a disidentes, fotografiar coches ardiendo, contar chistes en árabe con mis amigos en el parque, escribir novelas, montar yo mismo a caballo de madrugada, qué sé yo, ir nadando a Arabia Saudí, cuyos edificios podía ver en los días claros desde el puerto de pescadores de Budaiya, muy cerca de casa: solíamos ir allí con frecuencia a ver el atardecer, y como nunca pude viajar a Arabia Saudí, terminé asociando ese país con un sol que nunca termina de hundirse en el mar porque antes se lo traga una nube pixelada.

Viví dos años en Bahréin, y en ese tiempo llené de notas varios cuadernos azules de tapa dura, como los que utilizan para contabilidad los indios de las cold stores, ultramarinos saturados de luz fluorescente. Al volver a Madrid nunca cambié la configuración de la tablet. Aún hoy, cuatro años después, la pantalla informa: «Budaiya, 18 grados, despejado.» Durante una época, lo primero que pensaba al despertarme era en Bahréin. Era un pinchazo en la cama. Este libro empezó siendo ese pinchazo.

 

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Una dacha en el Golfo

 

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