06/03/2020
Empieza a leer 'Un verdor terrible' de Benjamín Labatut

(...) We rise, we fall. We may rise by falling. Defeat  shapes us.

Our only wisdom is tragic, known too late, and only to the lost.

GUY DAVENPORT

Azul de Prusia

Durante un examen médico realizado en los meses previos a los juicios de Núremberg, los doctores notaron que las uñas de las manos y los pies de Hermann Göring estaban teñidas de un rojo furioso. Pensaron –equivocadamente– que el color se debía a su adicción a la dihidrocodeína, un analgésico del que tomaba más de cien pastillas al día. Según William Burroughs, su efecto era similar al de la heroína y al menos dos veces más fuerte que el de la codeína, pero con un filo eléctrico parecido al de la coca, razón por la cual los médicos norteamericanos se vieron obligados a curar a Göring de su dependencia antes de que compareciera ante el tribunal. No fue fácil. Cuando las fuerzas aliadas lo capturaron, el líder nazi arrastraba una maleta que no solo contenía el esmalte con que Göring se pintaba las uñas cuando se disfrazaba como Nerón, sino más de veinte mil dosis de su droga favorita, casi todo lo que quedaba de la producción alemana de ese fármaco a finales de la Segunda Guerra Mundial. Su adicción no era excepcional: prácticamente todas las tropas de la Wehrmacht recibían metanfetaminas en tabletas como parte de sus raciones. Comercializadas con el nombre Pervitin, los soldados las usaban para mantenerse despiertos durante semanas, completamente desquiciados, alternando entre el furor maniaco y un letargo de pesadilla, esfuerzo que llevó a muchos a sufrir arranques incontenibles de euforia: «Reina un silencio absoluto. Todo se vuelve insignificante e irreal. Me siento completamente ingrávido, como si volara por encima de mi avión», escribió un piloto de la Luftwaffe años después, como si estuviera recordando el arrebato silencioso de una visión beatífica en vez de los días de perro de la guerra. El escritor alemán Heinrich Böll mandó varias cartas a su familia desde el frente solicitando que le enviaran nuevas dosis del fármaco: «Es duro aquí», escribió a sus padres el 9 de noviembre de 1939, «y espero que entiendan si solo puedo escribirles cada dos o tres días. Hoy lo hago principalmente para pedirles más Pervitin... Los quiero, Hein.» El 20 de mayo de 1940, les escribió otra carta, larga y apasionada, que termina con la misma solicitud: «¿Pueden conseguirme un poco más de Pervitin para tener un suministro de respaldo?» Dos meses después, sus padres recibieron una sola línea trémula: «Si llegara a ser posible, por favor envíenme más Pervitin.» Hoy se sabe que las metanfetaminas fueron el combustible con que Alemania sostuvo la embestida imparable de la Blitzkrieg y que muchos soldados sufrieron ataques psicóticos mientras sentían el amargor de las tabletas derritiéndose en sus bocas. Los altos líderes del Reich, en cambio, saborearon algo muy distinto cuando su guerra relámpago fue extinguida por las tormentas de fuego de los bombardeos aliados, cuando el invierno ruso congeló las orugas de sus tanques y el Führer ordenó destruir todo lo que tuviera valor dentro del territorio nacional, para no dejar más que tierra quemada a las tropas invasoras; enfrentados a la derrota absoluta, superados por la imagen del horror que habían invocado sobre el mundo, eligieron una salida rápida, mordieron cápsulas de cianuro y fallecieron ahogados en el dulce olor a almendras que emite ese veneno.

Una ola de suicidios arrasó Alemania en los meses finales de la guerra. Solo en abril de 1945, tres mil ochocientas personas se mataron en Berlín. Los habitantes del pequeño pueblo de Demmin, ubicado al norte de la capital, a unas tres horas de distancia, cayeron en un pánico colectivo cuando las tropas alemanas en retirada dinamitaron los puentes que conectaban el pueblo con el resto del país, quedando atrapados por los tres ríos que cercaban aquella península, indefensos ante la crueldad del Ejército Rojo. Cientos de hombres, mujeres y niños se quitaron la vida en tan solo tres días. Familias completas entraron caminando a las aguas del Tollense amarradas con una cuerda alrededor de sus cinturas, como si fuesen a jugar un espantoso tira y afloja, con los niños más pequeños cargando rocas en sus mochilas de colegio. El caos llegó a tal punto que las tropas rusas –que hasta ese momento se habían dedicado a saquear las casas del pueblo, quemar los edificios y violar a las mujeres– recibieron órdenes de contener la epidemia de suicidios; en tres ocasiones distintas tuvieron que rescatar a una mujer que intentaba colgarse de una de las ramas del gigantesco roble que crecía en su jardín, entre cuyas raíces ya había enterrado a sus tres hijos, luego de haber espolvoreado sus galletitas –un último deleite– con veneno para ratas; la mujer sobrevivió, pero los soldados no pudieron evitar que una niña se desangrara después de abrir sus venas con la misma navaja que había usado para cortar las muñecas de sus padres. Ese mismo deseo de muerte se apoderó de la plana mayor del nazismo: cincuenta y tres generales del ejército, catorce de la fuerza aérea y once de la marina se suicidaron, además del ministro de Educación Bernhard Rust, el ministro de Justicia Otto Thierack, el mariscal de campo Walter Model, el Zorro del Desierto, Erwin Rommel, y, por supuesto, el mismísimo Führer. Otros, como Herman Göring, dudaron y fueron capturados con vida, aunque solo lograron posponer lo inevitable. Cuando los doctores lo declararon apto para el juicio, Göring fue juzgado por el tribunal de Núremberg y condenado a morir en la horca. Pidió ser fusilado: no quería morir como un criminal común y corriente. Cuando supo que iban a negarle su último deseo, se mató mordiendo una ampolla de cianuro que había escondido en un frasco de pomada para el pelo, al lado del cual dejó una nota donde explicaba que había elegido darse muerte por su propia mano, «como el gran Aníbal». Los aliados intentaron borrar todo rastro de su existencia. Removieron los fragmentos de vidrio de sus labios y enviaron su ropa, sus efectos personales y su cadáver desnudo al crematorio municipal del cementerio de Ostfriedhof, en Múnich, donde uno de los hornos fue encendido para incinerar a Göring, mezclando sus cenizas con el polvo de miles de presos políticos y opositores al régimen nazi guillotinados en la prisión de Stadelheim, niños con discapacidades y pacientes psiquiátricos asesinados por el programa de eutanasia Aktion T4, e incontables víctimas de los campos de concentración. Lo poco que quedó de su cuerpo fue esparcido a medianoche en las aguas del Wenzbach, un pequeño riachuelo elegido al azar de un mapa, para evitar que su tumba se convierta en un lugar de peregrinación para las generaciones futuras. Pero todos esos esfuerzos fueron en vano: hasta el día de hoy coleccionistas del mundo entero siguen intercambiando los objetos y pertenencias del último gran líder nazi, comandante en jefe de la Luftwaffe y sucesor natural de Hitler. En junio de 2016, un argentino gastó más de tres mil euros en un par de calzoncillos de seda del Reichsmarschall. Meses después, el mismo hombre pagó veintiséis mil euros por el cilindro de cobre y zinc que había recubierto la ampolla de vidrio que Göring trituró entre sus dientes el 15 de octubre de 1946.

 

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Un verdor terrible

 

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