24/01/2020
Empieza a leer 'Un mundo al alcance de la mano' de Maylis de Kerangal

Paula Karst aparece en la escalera, esta noche sale, se advierte enseguida, un cambio de velocidad perceptible desde que ha cerrado de un portazo el piso, la respiración más acelerada, los latidos del corazón más grávidos, un largo abrigo oscuro abierto sobre una camisa blanca, botas con tacones de siete centímetros, y nada de bolso, todo en los bolsillos, móvil, cigarrillos, dinero, todo, el manojo de llaves que tintinea y acompasa su andar –traqueteo de caja de percusión–, la melena que rebota en los hombros, la escalera que se enrosca en espiral a su alrededor según baja los pisos, se arremolina hasta el vestíbulo, tras lo cual, interceptada in extremis por  el gran espejo, se detiene, examina sus ojos de colores distintos, extiende con el índice el maquillaje demasiado denso en los párpados, pellizca sus mejillas pálidas y comprime los labios para impregnarlos de carmín , ello sin prestar atención a la coquetería velada en su rostro, un estrabismo divergente, leve, pero siempre más pronunciado al caer el día. Antes de salir a la calle, se desabrocha otro botón de la camisa: nada de bufanda tampoco pese a que estamos en enero, en invierno, hace frío y sopla el cierzo, pero quiere lucir su piel, y sentir el viento nocturno en el cuello.

De entre la veintena de alumnos formados en la Escuela de Pintura, 30 bis de la rue du Métal de Bruselas, entre octubre de 2007 y marzo de 2008, tres de ellos continuaron manteniendo amistad, pasándose contactos y obras, avisándose de los planes chungos, echándose una mano para acabar un trabajo en los plazos acordados, y esos tres –uno de ellos Paula, su largo abrigo negro y sus smoky eyes– han quedado en verse esta noche en París.

Era una ocasión que no podían dejar escapar, una conjunción planetaria portentosa, tan insólita como el paso del cometa Haley; se habían excitado por correo electrónico, grandilocuentes, ilustrando sus mensajes con imágenes recogidas en sitios de astrofotografía. Con todo, al caer la tarde, cada cual había reconsiderado ese reencuentro con reticencia: Kate acababa de pasar el día encaramada a una escalerilla en un vestíbulo de la avenue Foch y se habría quedado de buena gana repantigada en su casa viendo Juego de Tronos; Jonas habría preferido seguir trabajando, avanzar en ese fresco de jungla tropical que tenía que entregar tres días después, y Paula, aterrizada la misma mañana procedente de Moscú, descolocada, no estaba muy segura de que aquella cita fuese una buena idea. Con todo, algo más fuerte los arrojó fuera al caer la noche, algo visceral, un deseo físico, el de reconocerse, las jetas y las fachas, las inflexiones de voz, los modos de moverse, de beber, de fumar, todo cuanto pudiera volver a conectarlos con la rue du Métal.

Café abarrotado de gente. Clamor de feria y penumbra de iglesia. Han sido puntuales los tres, una convergencia perfecta. Sus primeros movimientos los abalanzan a unos contra otros, abrazos y apertura de esclusas, tras lo cual se abren paso, avanzan en fila india, pegados, un bloque: Kate, cabello platino y raíces negras, metro ochenta y siete, muslos redondos embutidos en un pantalón tubo de eslalomista, el casco de la moto en la sangría del codo y esos grandes dientes que achican el labio superior; Jonas, ojos de búho y piel gris, brazos como lazos, gorra de los Yankees; y Paula, que tiene ya mejor cara. Buscan una mesa en una esquina del local, piden dos cervezas, un spritz –Kate: me encanta el color–, y emprenden de inmediato ese movimiento de balancín continuo entre el local y la calle que acompasa las veladas de los fumadores en el café, y salen con el cigarrillo en la boca, el fuego en el hueco de la mano. Las fatigas de la jornada desaparecen en un chascar de dedos, la excitación vuelve por sus fueros, la noche se abre, van a hablar.

Paula Karst, ¡enhorabuena por estar de vuelta, describe tus conquistas, cuenta tus hechos de armas! Jonas rasca una cerilla, su rostro ondea una fracción de segundo a la luz de la llama, su piel adquiere un tono cobrizo, y en ese instante Paula está en Moscú, la voz ronca, de vuelta en los grandes estudios de Mosfilm, donde ha pasado tres meses, en otoño, pero en vez de impresiones panorámicas y de narración vaga, en vez de testimonio cronológico, se pone a describir el salón de Anna Karénina, que se vieron obligados a pintar a la luz de las velas, pues un corte de electricidad había sumido en la oscuridad los decorados la víspera del primer día de rodaje; arranca a hablar lentamente, como si la palabra acompañase la visión en traducción simultánea, como si el lenguaje permitiera ver, y hace surgir el escenario, las cornisas y las puertas, las paredes de madera, la forma de los artesonados y el dibujo de los zócalos, la finura de los estucos, y luego el tratamiento tan particular de las sombras que había que desplegar en las paredes; detalla con exactitud la gama de colores, el verdeceledón, el azul pálido, el dorado y el blanco de China, poco a poco se va embalando, frente alta y mejillas inflamadas, y se embarca en el relato de aquella noche de pintura, de aquella carreta enloquecida, describe con precisión a los productores sobrexcitados con chaquetones negros y zapatillas Yeezy, tomándola con los pintores en un ruso cargado de clavos y caricias, recordando que no se toleraría ningún retraso, ninguno, pero dejando entrever posibles gratificaciones, y Paula comprendiendo de repente que iba a tener que trabajar toda la noche y aterrada ante el plan de tener que hacerlo en la penumbra, segura de que no se podrían ajustar las tonalidades y de que los retoques saltarían a la vista una vez llegada la publicidad, era una locura –se golpea la sien con el dedo índice mientras Jonas y Kate la escuchan en silencio, reconociendo en eso una locura deseable, que se enorgullecen ellos también de poseer–; y Paula sigue explayándose, cuenta su estupefacción al ver aparecer en la velada a un puñado de estudiantes, alumnos de Bellas Artes que el jefe de decorados había reclutado de refuerzo, voluntarios talentosos y sin blanca, ni que decir tiene, pero con todas las bazas para pifiarla, de hecho aquella noche se encargó ella de preparar sus paletas, arrodillada en el suelo plastificado, a la luz de una linterna de iPhone que uno de ellos enfocaba en los tubos de colores que ella mezclaba proporcionadamente, tras lo cual había asignado a cada uno una parcela del decorado y mostrado qué resultado obtener, yendo de uno a otro para aquilatar un retoque, crear una sombra, glasear un claro, sus desplazamientos a la par precisos y furtivos como si su cuerpo galvanizado la impulsara instintivamente hacia aquel o aquella que dudaba, que se despistaba, de manera que a eso de medianoche cada cual ocupaba su puesto y pintaba en silencio, concentrado, la atmósfera del plató era tan tensa como una cama elástica, como una vela recogida, irreal, los rostros movedizos iluminados por las velas, las miradas espejeantes, las pupilas de un negro de Marte, se oía tan solo el frotar de los pinceles en los paneles de madera, el chasquido de las suelas en la lona que cubría el suelo, los resuellos de toda suerte incluido el de un perro aletargado hecho una bola en medio del follón, un grito que brotaba de no se sabía dónde, una exclamación –бля смотри, смотри здесь как красиво, joder, mira, no me digas que no es bonito–, y si se aguzaba el oído, se percibía el golpeteo de un rap ruso difundido en sordina; el estudio zumbaba, lleno de puras presencias humanas, y hasta el alba la tensión siguió palpable, Paula trabajó infatigablemente, cuanto más avanzaba la noche más cimbreantes, libres, seguros eran sus gestos; y a eso de las seis de la madrugada hicieron su aparición los electricistas, solemnes, transportando los grupos electrógenos que habían traído de Moscú, alguien gritó fiat lux! con voz de tenor y todo se encendió, potentes focos proyectaron una luz blanquísima en el plató, y el gran salón de Anna Karénina apareció a la luz plateada de una mañana de invierno: estaba allí, existía; las altas ventanas estaban cubiertas de escarcha y la calle nevada, pero dentro hacía calor, se estaba bien, un majestuoso fuego crepitaba en el hogar y el olor a café flotaba en la estancia, además los productores habían regresado, duchados, afeitados, todo sonrisas, abrían botellas de vodka y cajas de cartón donde se apilaban los blinis tibios espolvoreados con canela y cardamomo, repartían dinero a los estudiantes agarrándolos por la nuca con la convivencia viril de padrinos mafiosos, o vociferaban en inglés a contestadores automáticos que vibraban en Los Ángeles, Londres o Berlín; la presión disminuía, pero la excitación no aflojaba, cada cual miraba a su alrededor parpadeando, deslumbrado por los miles de millones de fotones que formaban ahora la textura del aire, asombrado de lo que había realizado, un tanto alucinado incluso, Paula se volvió instintivamente hacia los retoques delicados, inquieta por el resultado, pero no, estaba bien, los colores eran buenos, entonces sonaron gritos, choques de manos, abrazos y lágrimas de cansancio, algunos se echaron al suelo con los brazos en cruz mientras otros esbozaban pasos de baile, Paula besó largamente a uno de los extras, el de ojos oscuros y planta robusta, deslizó una mano bajo su jersey y por su piel ardiente, se demoró en su boca mientras los móviles volvían a sonar, mientras cada cual recogía sus bártulos, se abrochaba el abrigo, se enrollaba la bufanda, se enfundaba los guantes o sacaba el pitillo, el mundo exterior se reactivaba, pero en algún lugar de este planeta, en uno de los grandes estudios de Mosfilm, esperaban ahora a Anna, Anna de ojos negros, Anna locamente enamorada, sí, todo estaba listo, el cine podía aparecer ya, y con él la vida.

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Traducción de Javier Albiñana

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Un mundo al alcance de la mano

 

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