08/09/2020
Empieza a leer 'Un amor' de Sara Mesa

 

I

 

Al hacerse de noche es cuando cae el peso sobre ella, tan grande que tiene que sentarse para coger aliento.

Fuera el silencio no es como esperaba. De hecho, no es silencio. Hay un rumor lejano, como de carretera, aunque la carretera más cercana es comarcal y está a tres kilómetros de distancia. También se oyen grillos, ladridos, el claxon de algún coche, los gritos de un vecino arreando el ganado, ya de recogida.

Era mejor el mar, aunque también más caro. Fuera de su alcance.

¿Y si hubiese aguantado un poco más, ahorrado un poco más?

Prefiere no pensar. Cierra los ojos, se deja caer con lentitud en el sofá, quedándose con medio cuerpo fuera, una postura antinatural que le producirá calambres si no se mueve pronto. Se da cuenta. Se tumba como puede. Se adormila.

Es mejor no pensar, pero los pensamientos llegan y se deslizan a través de ella, entrelazándose. Intenta que salgan a la misma velocidad con la que entran, pero se le acumulan en el interior, un pensamiento sobre otro. Ya ese empeño –esforzarse en que entren y salgan y no se le acumulen– es de por sí un pensamiento demasiado intenso para su cabeza.

Cuando consiga el perro será más fácil.

Cuando organice sus cosas y coloque su mesa y adecente los terrenos que rodean la casa. Cuando riegue –qué seco está todo– y limpie –qué descuidado–. Cuando refresque.

Será mucho mejor cuando refresque.

 

El casero vive en Petacas, una pequeña población a quince minutos en coche. Se presenta dos horas más tarde de lo que habían convenido. Nat está barriendo el porche cuando oye el motor del jeep. Levanta la cabeza, frunce los ojos. El hombre ha aparcado junto a la entrada, en mitad del camino, y se acerca arrastrando los pies. Hace calor. Son las doce de la mañana y hace ya un calor seco e inclemente.

No se disculpa por el retraso. Sonríe ladeando la cabeza. Tiene los labios finos, los ojos hundidos. Su raído mono de trabajo está salpicado de manchas de grasa. Es difícil calcular su edad. Su deterioro no tiene que ver con los años, sino con la expresión hastiada, con la manera de balancear los brazos y doblar las rodillas mientras avanza. Se detiene ante ella, coloca las manos en las caderas y mira alrededor.

– ¡Así que ya estamos empezando! ¿Qué tal la noche?
– Bien. Más o menos bien. Demasiados mosquitos.
– Tienes un aparato en un cajón de la cómoda. Uno de esos que vale para ahuyentarlos ¿No lo viste?
– Sí, pero estaba sin líquido.
– Bueno, chica, lo siento. –Abre los brazos, ríe–. ¡Esto es el campo!

Nat no le devuelve la sonrisa. Una gota de sudor le resbala por la sien. Se la limpia con el dorso de la mano y encuentra en ese gesto la fuerza necesaria para atacar.

– La ventana del dormitorio no cierra bien y el grifo de la bañera pierde agua. Por no hablar de lo sucio que está todo. Es mucho peor de lo que recordaba. 

La sonrisa del casero se enfría, desaparece poco a poco de su rostro. La mandíbula se le tensa al contestar. Nat intuye que es un hombre iracundo y siente ahora deseos de recular. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el hombre argumenta que ella vio perfectamente cómo estaba la casa y que si no se fijó en todos los detalles no es responsabilidad de él, sino suya. Le recuerda que le rebajó el precio dos veces. Le dice, por último, que él mismo se encargará de todas las reparaciones necesarias. Nat no cree que sea una buena idea, pero no le discute. Asiente y se enjuga otra gota de sudor. 

– Hace mucho calor.
– ¿También vas a echarme a mí la culpa?

El hombre se vuelve, llama al perro que se ha quedado escarbando en la tierra, junto al jeep.

– ¿Qué te parece este?

Desde que llegó, el perro no ha levantado la cabeza. Husmea por el suelo con nerviosismo, rastreando como un perro cazador. Es un chucho grisáceo de patas altas, con el hocico largo y el pelo áspero. Está ligeramente empalmado. 

– Bueno, ¿te gusta o no?

Nat balbucea.

– No lo sé. ¿Es buen perro?
– Claro que es buen perro. No va a ganar un concurso de belleza, eso ya lo estás viendo, pero a ti te da igual, ¿no? ¿No me dijiste eso, que te daba igual? No tiene bichos ni nada malo. Es joven, está sano. Tampoco come mucho, no tienes ni que preocuparte. Él rebusca por aquí y por allá. Él se apaña.

– De acuerdo –dice Nat.

Entran en la casa, revisan el contrato, firman –ella, con un garabato descuidado; él, ceremoniosamente, apretando con fuerza el bolígrafo sobre el papel–. El casero solo ha traído una copia, que se guarda asegurándole que ya le hará llegar la suya en cuanto pueda. Nat piensa que da igual, es un contrato sin ninguna validez, incluso el precio que aparece recogido no es el real. No vuelve a mencionar el problema de la ventana ni del grifo del baño. Él tampoco. Le tiende la mano teatralmente, achica los ojos al mirarla.

– Mejor llevarse bien que mal –dice.

Cuando se sube al jeep y arranca, el perro no se inmuta. Se queda ante la casa, todavía olfateando arriba y abajo entre la tierra reseca. Nat lo llama, chista y silba, pero él no muestra intención de acercarse.

El casero ni siquiera le ha dicho su nombre. Si es que tiene alguno.

 

* * *

 

Un amor

 

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