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Empieza a leer 'Tú también eres extraña' de María José Viera-Gallo
I. Roma, situación irregular
Durante muchos años, quise una sola cosa: ser trivial e invisible, ser igual a los demás. En ese tiempo vivía con mis padres y mis hermanas en un departamento a lo alto de una colina. Pensaba en un idioma y hablaba en otro. Tenía una tribu en lugar de tíos y primos.
Sabía que nos encontrábamos de paso en Roma, que un día regresaríamos a Chile y que eso podía ocurrir en cualquier momento o tal vez nunca. A diferencia de mis padres, no traía ningún recuerdo del lugar donde había nacido. Ninguna historia, ningún paisaje, ni un solo souvenir.
El pasado era un sueño de escenas difusas. Hay una cuna desde la que miro la cordillera, unos brazos que me sostienen en medio de un jardín, un diente de leche que me desvela por las noches, un largo pasillo de parqué por el que corro hasta caerme. Y el golpe.
Mi anhelo de invisibilidad se derrumba una tarde de 1977.
Tengo seis años. Estoy parada en el patio de mi colegio, en Monteverde Vecchio. Las clases están comenzando, pero el verano no tiene intención de aflojar. El color del cielo es de un azul estrepitoso. El aire huele a granadina y a tomate caramelizado. Una brisa húmeda, meridional, ondea las túnicas de las monjas. Hay una especie de ronda. La bienvenida a la primaria. Me ponen al medio. Mi piel brilla como una castaña tostada al sol. Mis ojos, demasiado grandes y oscuros, atraen miradas, y las miradas, preguntas.
–¿Cómo te llamas?
Mi nombre extranjero traba sus lenguas.
–¿De dónde eres?
En lugar de saciar su curiosidad, mis respuestas les abren el apetito.
–¿Y dónde queda il Cile?
–¿Hay playas con palmeras allá?
–¿Cocodrilos?
–¿Se ve la Estatua de la Libertad?
–¿Qué se ve entonces?
Mis recuerdos no son otra cosa que inventos o mentiras.
–¿Y a qué se parece un cóndor?
–¿Por eso viniste a Italia? ¿A esconderte de los cóndores?
Sus preguntas me obligan a inventar una historia que desconozco.
–¿Cuántas palabras sabes en español?
–¿Puedes contar hasta diez?
Su interrogatorio, el primero de otros que se prolongarán durante toda mi infancia, me revela un sentimiento de vergüenza antes desconocido.
Lo único que conservaba de mi país era mi lengua materna y una foto.
De 4,5×4,5 centímetros, ocupaba la primera página de una libreta azul con un escudo, un huemul y un cóndor estampados en la cubierta. Al principio no sé que eso que saco a escondidas del último cajón de un mueble se trata de un pasaporte y que la foto es una fotopasaporte. Todas las tardes, después del colegio, la examino como si estuviera frente a un oráculo. Estoy segura de que, de tanto mirarla, esta me revelará algo de mí que no sé.
¿Quién soy? ¿Cómo llegué aquí?
En primer plano aparece una mujer de pelo oscuro, casi azul, partidura al medio y ojos delineados de negro. A su lado, dos niñas casi idénticas. La mujer viste una blusa ligera que deja al descubierto sus clavículas. Las niñas están embutidas en unos abrigos de lana, el cuello sellado con botones metálicos. Mientras la mujer sonríe con dientes blancos y optimistas y su melena se desliza como un pañuelo de seda sobre los hombros, las niñas mantienen los labios sellados, sin expresión, el pelo revuelto, la mirada caída al fondo de una gruta.
La foto viene del pasado, pero no me cuenta ninguna historia. ¿Dónde estábamos? ¿Quién nos había tomado esa fotografía? ¿Por qué papá no aparecía
junto a nosotras? Chile, de existir, era exactamente igual al rectángulo gris de la imagen. Un no-lugar despojado de todo signo, incluso de colores, del cual emergíamos como fotocopias de espectros.
Si bien no podía decir con total seguridad: esa soy yo, esa es mi mamá, esa es mi hermana, claro que éramos nosotras. Era cosa de leer nuestros nombres, tan compuestos, tan católicos, transcritos con prolija letra ballerina en la página del frente.
Debajo de estos, se asomaba un entramado de timbres, números, huellas dactilares y sellos que a simple vista parecían una mancha de tinta caída por error. Y dos fechas: una en español y otra en italiano.
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