ARTÍCULOS
Empieza a leer 'Septiembre negro' de Sandro Veronesi
No puedo seguir. Seguiré.
Samuel Beckett
PRIMERA PARTE
1
Para empezar a contaros esta historia, tengo que hablar de mis padres. En aquel tiempo eran los guardianes de mi tranquilidad, y eso significa que eran unos buenos padres. Yo tenía doce años y en mi vida no había nada que fuera ni de lejos tan importante como ellos. Si puede decirse que mi infancia fue un lugar seguro y que yo fui un niño feliz, fue gracias a ellos. Por eso los hechos que voy a narrar me perturbaron tanto: porque, por primera vez, mis padres fueron incapaces de protegerme; es más, fueron una de las causas de la conmoción que sufrí. Por primera vez el mundo me tocó directamente, sin filtros, y el mundo quema, es fuego vivo, y esto yo no lo sabía porque hasta entonces mis padres siempre se habían interpuesto. Pero aquella vez ellos mismos fueron el mundo que me arrasó, así que, si puede decirse que a partir de cierto día no volví a ser feliz –no de aquel modo–, fue culpa suya.
Mi padre era abogado penalista. De hecho, era el único abogado penalista que había en el pueblo donde vivíamos, cuyo nombre voy a decir ahora y pensaréis todos lo mismo: Vinci. Pero Leonardo no pinta nada en esta historia. Prefiero recordar otra cosa que pasó en mi pueblo, mucho más importante para mí, aunque nadie la recuerde nunca: el derrumbe del puente sobre el Arno el 17 de noviembre de 1966, pocos días después de la inundación que asoló Florencia y toda la provincia. El derrumbe de aquel puente, más que la propia inundación, fue el primer trauma de mi vida: el puente se hundió y mi pueblo y otros pueblos vecinos quedaron aislados del mundo. El aislamiento duró varios días, no hubo escuela ni catequesis, las familias quedaron separadas y quien tenía que ir a trabajar a Florencia, como mi padre, se veía obligado a dar un largo rodeo y recorrer carreteras de montaña que se habían vuelto peligrosas. Oía decir que el derrumbe del puente era algo gravísimo porque lo habían construido hacía solo doce años: yo tenía la mitad, y doce no me parecían pocos, pero cuando, seis años después, fui yo quien se derrumbó, me di cuenta de que sí, de que doce años son pocos. Por eso recuerdo tan bien la inundación y el derrumbe del puente: aquel puente y yo teníamos la misma edad cuando nos vimos golpeados, él por la naturaleza, yo por los hombres, y es una edad en la que ciertas cosas no deberían ocurrir, ni a los puentes ni a los hombres. Es demasiado pronto.
Mi padre, como digo, era abogado penalista, tenía un bufete pequeño en Vinci y otro más grande en Florencia, con un socio llamado Ciarnese. Por lo que yo sabía, siempre defendía a personas inocentes, que eran inocentes precisamente porque las defendía él. Era un buen hombre, lleno de vida, guapo como los de entonces, es decir, delgado, con la cara hundida y los brazos fuertes. Tenía un hermoso cabello negro como el pelaje de un caballo frisón, ojos oscuros, pero llenos de luz, y una boca grande y roja que parecía hecha para sonreír. Era un apasionado del deporte: no tenía un gran físico, pero decía que de niño había jugado al rugby y practicado judo (que él llamaba «lucha japonesa») y kárate. Imposible saberlo. Lo que sí era es un apasionado del mar y la vela, y dedicaba todo su tiempo libre al barco con el que se entretenía en verano. En la época de los hechos que voy a contar, poseía un Clase A de madera llamado Tivatù que requería infinidad de cuidados, y recuerdo casi como un suplicio los domingos de invierno que me llevaba a Fiumetto, en Versilia, a lijar el casco, reparar roturas, pulir, barnizar, cuidar y proteger aquel barco como si de un niño se tratara... como si se tratara de mí. En realidad, le encantaban todos los barcos, pero sobre todo los pequeños y rápidos con orza móvil que podían arrastrarse hasta la playa. Participaba incluso en alguna regata, con Gianfranco, el propietario de Bagno Stella, el establecimiento playero en el que pasábamos el verano, y con un hermano de este que se llamaba Giuseppe. Nunca ganaban: en casa, en la estantería del salón, había tres copas, una grande y dos pequeñas. Eran de tres ediciones de una regata llamada Happy Day: en la placa de la grande decía «2.º CLASIFICADO» y era del año 1967. Las dos pequeñas eran de dos terceros puestos de 1966 y 1968. Por estos trofeos supuse que mi padre, Gianfranco y Giuseppe fueron buenos al principio, pero luego, con los años, tuvieron competidores más duros de pelar. Yo oía nombres rimbombantes –Capio, Straulino– que veía en los álbumes de cromos de los Campeones del Deporte y creía que eran los adversarios que habían derrotado a mi padre. Pero no: esos eran sus ídolos, y las regatas en las que no consiguió ni un premio de consolación después del 68 eran modestas competiciones organizadas para aficionados como él. La verdad es que sus clasificaciones en esas regatas me interesaban a mí mucho más que a él, porque la palabra que hay que utilizar cuando hablamos de mi padre es diletante. Salvo en su trabajo, en todo lo demás era un diletante, en el sentido etimológico del término, que viene de delicere, «seducir, tentar, atraer». Tenía la pasión contagiosa y la alegría de participar, la despreocupación y el ánimo noble del diletante, pero también la superficialidad, la fatuidad, la improvisación y a veces la temeridad. Es importante tener esto en cuenta.
Mi madre tenía el pelo rojo, pero de un rojo indescriptible, de veras, un rojo que solo existía en su cabeza. Era irlandesa. Había venido a Italia de niña con su familia, nunca supimos muy bien por qué. Negocios, decían: su padre era importador de derivados del caucho y se trasladó con la familia de Dublín a Florencia al acabar la guerra, en 1946, cuando mi madre tenía once años. Hizo el camino inverso trece años después, cuando ella ya era novia de mi padre, razón por la que ella se quedó. Debió de armarse la marimorena en la familia, porque, apenas un mes después de que sus padres se volvieran a Irlanda, el 25 de septiembre de 1959, mi madre se casó con mi padre, casi en secreto, sin invitados, y menos de seis meses después, el 12 de marzo de 1960, nací yo. No es difícil imaginar el motivo de la disputa, habida cuenta de que la familia de mi madre era de un catolicismo rayano en la beatería.
Mi madre era una mujer muy guapa, y aunque llevaba una vida muy modesta (taciturna, ropa sencilla, sin trabajo, sin carné de conducir, sin vida social), aquel precioso color de pelo ejercía una atracción irresistible allá donde iba, es decir, a Vinci durante el curso escolar y a Fiumetto en los meses de verano. Aquel pelo era como un grito que hasta yo mismo oía: «¡Eh, miradme! Y, ya puestos, no me miréis solo el pelo, miradme también los ojos verde esmeralda, la piel blanca como un pétalo de magnolia, las mil pecas que me salen en cuanto me da un rayo de sol. ¡Seguro que no habéis visto nada igual!». Esto último era cierto: había que viajar para ver mujeres como mi madre, y como en aquel entonces la gente viajaba muy poco, al menos la gente de por aquí, una mujer como ella llamaba la atención. Así que mi madre vivía una paradoja: cuanto más desapercibida quería pasar, y ser solo una madre, un ama de casa y la amante esposa del abogado Bellandi, más se fijaba en ella la gente, lo que siempre daba mucho que hablar –mejor dicho, que imaginar–, porque su conducta era irreprochable. Por otra parte, mi padre se había enamorado de ella por eso y siempre les decía a los amigos que perdió la cabeza nada más ver aquel pelo «del color de los amaneceres de mayo en Cornualles entre las seis y las seis y media de la mañana». Como él nunca había estado en Cornualles, siempre pensé que era una cita de alguien, porque él no era muy poeta que digamos, pero, por mucho que he buscado todos estos años, no he podido dar con el original, así que a lo mejor la frase se la inventó él. Abona esta hipótesis el que mi padre creyera durante mucho tiempo que Cornualles estaba en Irlanda. Sin duda, la frase surtía efecto en mi madre, como delataba su sonrisa cada vez que mi padre la decía.
O sea, que mi madre era una mujer a la que miraban mucho, sobre la que se imaginaban muchas cosas, y poco cuesta imaginar qué cosas. Pero lo que nadie se imaginaba y solo yo sabía es que dentro de mi madre rugían los leones.
2
Aquel año, ya antes del verano, comenzaron los cambios. No tanto en mi vida, que seguía siendo la misma, como en mi persona. El pelo, por ejemplo, que siempre había sido liso, se me empezó a rizar. No fue fácil acostumbrarse, porque hasta ese momento siempre me lo había peinado con la raya al lado y bastaba: a partir de cierto momento no fue posible porque el pelo hacía lo que le daba la gana y la cabeza se me llenaba de ondas, bucles y remolinos. Intenté alisármelo con un cepillo mientras me lo secaba, pero nada. Me lo corté y durante un tiempo seguí cortándomelo a menudo, con la esperanza de que, cuando creciera, volviera a obedecerme, pero tampoco esto funcionó, aunque, eso sí, tuvo dos efectos colaterales: el primero fue que aquel invierno, como llevaba la nuca y las orejas descubiertas, me resfrié dos veces; el segundo, que descubrí las revistas pornográficas que el barbero guardaba debajo del mostrador. Era el barbero de mi padre y se llamaba Renzo; mejor dicho, lo llamábamos Renzo el Barbero para distinguirlo de Renzo el Taxista, que era el hombre que a veces llevaba a mi padre a Roma a las sesiones de la Corte Suprema de Casación (yo no sabía qué era esa corte, pero oía hablar a menudo de ella y me formé la idea de que debía ser un lugar peligroso, con aquel nombre tan serio).
Tenía la barbería en la plaza del pueblo. Yo había notado que cuando mi madre me llevaba (nunca se quedaba a esperarme), él escondía apresuradamente ciertas revistas debajo del estante de la caja registradora. Pero a veces había algún cliente hojeando una y Renzo el Barbero no podía esconderla, y así, gracias al reflejo combinado de los espejos, yo también podía ver aquellas imágenes. Eran mujeres desnudas. El efecto que aquel descubrimiento produjo en mí –brusco, claro y completamente nuevofue el deseo: pero no el deseo de las mujeres fotografiadas en aquellas páginas, sino el deseo de aquellas fotos, de verlas con calma, como hacían aquellos clientes, como hacía yo con los álbumes de cromos. Y así, con la excusa de combatir los rizos, empecé a pedirle a mi madre que me llevara al barbero más a menudo, y en una de aquellas visitas se verificó el acontecimiento que yo esperaba: Renzo el Barbero despachó al cliente que iba antes que yo, cambiaron algunas frases mientras este pagaba y se marchaba, y cuando iba a ponerme el peinador lo avisaron de que la guardia urbana iba a multarlo porque tenía el 600 mal aparcado, razón por la cual tuvo que salir corriendo y me dejó solo. En cuanto salió, salté de la butaca, corrí al mostrador, cogí las revistas y empecé a hojearlas allí mismo, detrás de la caja: Men, Playmen, ABC...; pero aun así, mientras las hojeaba, seguía sintiendo las mismas ganas de verlas más tranquilo, porque a la vez debía estar pendiente de la puerta de cristal para correr a mi asiento antes de que el barbero entrara y me viera. No es fácil de explicar, pero aquel primer contacto con la pornografía me hizo concebir un deseo de más pornografía que la pornografía era incapaz de satisfacer, y fue este extraño fenómeno –ver imágenes pornográficas y desear ver más imágenes pornográficas– lo que me traicionó y provocó la distracción que convirtió aquella tarde en la primera catástrofe de mi vida. Pues, sin darme cuenta, dejé de vigilar la puerta, que de pronto, haciendo sonar la campanilla, se abrió. Renzo el Barbero había vuelto, estaba de nuevo allí, y lo tenía delante, pero yo no me hallaba sentado en la butaca donde me había dejado, sino de pie ante el mostrador con sus revistas pornográficas en la mano. Aquello fue demasiado: volvió a sonar la campanilla, volvió a abrirse la puerta y, sin pensarlo dos veces, me hallé fuera de la peluquería y corriendo. Corría a todo meter, lejos, lejos de aquel desastre, con la mente en blanco; solo quería correr, como si alejarme pudiera borrar lo que me habían pillado haciendo. Corría por las callejuelas del centro sin pensar más que en dar esquinazo a Renzo el Barbero en caso de que me estuviera persiguiendo. Así pasó un buen rato y, cuando me detuve a recobrar el aliento, vi que Renzo el Barbero no me seguía: estaba a salvo, pero no sabía dónde me hallaba.
El centro de Vinci es muy pequeño y yo lo conocía bien porque tenía permiso para ir con mis amigos, pero miraba a un lado y otro y no conseguía orientarme. Poco a poco, mi cerebro empezó a funcionar y fui reconociendo tiendas y portales, supe dónde estaba y, sobre todo, comprendí que tenía que encontrar a mi madre antes de que fuera a recogerme a la barbería. He pensado mucho en cómo busqué a mi madre aquella tarde: desesperado, ciego; no he vuelto a buscar a nadie con tanta angustia –ni creo que a ella la haya buscado nadie así.
La encontré en la pastelería Loris. Estaba comiéndose un marron glacé y en el plato que tenía delante había un montón de envoltorios de papel plisado vacíos, once para ser exactos: soy un poco autista y en cuanto mis ojos los vieron mi cerebro los contó. Fue una sorpresa porque en casa, cuando se lo permitía, que era pocas veces, siempre se comía uno solo, como mucho dos. Se sintió tan avergonzada al verme irrumpir mientras se atiborraba de marrons glacés que fue muy fácil explicarme: Renzo el Barbero había tenido un problema con el coche, había tenido que salir a toda prisa y yo había preferido irme antes que quedarme solo en la barbería. Mi madre me dijo que había hecho bien y me llevó a casa sin preguntarme nada más, dándome incluso justificaciones que no le pedí sobre los doce marrons glacés que se había metido entre pecho y espalda, como que eran de diferentes marcas y Loris le había pedido que los probara y dijera cuáles le parecían mejores. Tras lo cual, ya en casa, me dijo que me llevaría al barbero al día siguiente, y, ante la perspectiva de ver aplazada solo por un día la calamidad de la que acababa de escapar, mi mente se atrevió a dar el paso que hasta entonces se había negado a concebir. No, le respondí, ya se veía que era inútil que me cortara el pelo: dejaría que se me rizara, como era evidente que llevaba escrito en la sangre que debía hacer, y no lucharíamos más. Mi madre pareció aliviada con mi decisión, como si la esperase desde hacía mucho, no volvió a llevarme a Renzo el Barbero y así fue como me vi aceptando los rizos que los meses siguientes cambiaron mi aspecto para siempre. Aún veía una sombra en perspectiva, pues tarde o temprano tendría que ir a cortarme el pelo, pero de momento no me preocupaba, ni podía imaginar que el destino se encargaría de evitarme la vergüenza de volver a ver a Renzo el Barbero.
Estábamos ya a principios de marzo, mi cumpleaños se acercaba y hubo otro cambio que me sorprendió: los regalos que me hizo mi padre. Los años anteriores, por mi cumpleaños, me llevaba a la única juguetería que había en el pueblo, conocida por el nombre del dueño, Capecchi, y yo elegía mi regalo: coches de juguete, Lego, pistas de coches, trenecitos... Aquella tienda era para mí legendaria y las tardes que pasé en ella fueron las mejores de mi vida. Pues bien: ese año mi padre me dijo que ya era mayorcito, no me llevó a Capecchi y me regaló dos cosas «de jóvenes»: un tragadiscos y una suscripción a la revista Linus. Cuando me lo comunicó tuve que esforzarme para disimular mi decepción, porque llevaba meses esperando el momento de ir a Capecchi y tenía muy claro lo que quería llevarme. No era la primera vez que me regalaban algo que no fuera un juguete –unos meses antes, por ejemplo, me habían regalado un transistor Grundig Micro Boy 300 con el que por fin podía escuchar los partidos de fútbol tranquilamente–, pero nunca había sido en Navidad ni en mi cumpleaños; esta vez en cambio sí, y no me pareció nada bien. Pero mira por dónde, aparte de que a la juguetería me acabó llevando mi madre, que tenía una opinión distinta de lo que era hacerse mayor (yo estaba pensando en una caja de mecano), para mi sorpresa, los dos regalos de mi padre me gustaron mucho y me descubrieron una manera totalmente nueva de divertirme.
Linus supuso un gran salto adelante con respecto a Topolino, Tiramolla y demás tebeos que leía entonces: para empezar, conocí las tiras cómicas de Carlitos, de las que inmediatamente me hice seguidor entusiasta, de B. C., de Beto el recluta, de The Wizard of Id, de Dropouts, así como, en las últimas páginas, de Valentina y de Paulette, que llamaban la atención porque salían también mujeres desnudas: la diferencia es que estas estaban dibujadas y, claro, no había nada de malo en verlas, aunque a mí me provocaban el mismo efecto que las fotografiadas.
El tragadiscos, por su parte, me introdujo literalmente en otro mundo. Ya el objeto en sí era muy diferente de los juguetes: era azul claro, compacto, pesado, y hacía ruidos como los de los objetos de los adultos, muy distintos de los de los juguetes que yo había manejado hasta entonces. Sin embargo, pese a esta aparente solidez, los cuidados que había que tener con él –no podía caerse, no podía mojarse, no debía dejarse en la arena, ni exponerse al frío ni al calor– daban a entender que era un objeto frágil, como la cámara de cine de mi padre. Era el primer objeto delicado que me confiaban, pero lo que sobre todo me convertía en un «joven» era lo que podía hacer con él: escuchar la música que yo quisiera y no la que otros elegían poner en la televisión, en la radio y en las gramolas. Era una gran diferencia. El único problema es que había que tener discos y en casa no había de 45 revoluciones, los únicos que el aparato podía reproducir. Por eso, con el tragadiscos, mi padre me regaló también un disco, y de este quiero hablar, porque dice mucho de mi padre. Que no sabía muchas cosas, pero las intuía; que era superficial y pragmático; que no seguía las modas, pero se fiaba de ellas; que tenía suerte, que era orgulloso, que era ingenuo, que no tenía miedo de quedar mal, que era frívolo, que siempre salía airoso; dice todo aquello a lo que me refiero cuando digo que era un diletante. El disco era de un músico al que en la portada llamaban «The Incredible Jimmy Smith» y se titulaba The Cat: luego descubriría que, para empezar, Jimmy Smith no estaba nada mal, pero entonces no tenía ni idea de quién era, claro, ni mi padre –y esto es lo genial– tampoco. Lo había elegido solo porque en la portada, sobre el hocico de un gato negro que se veía en primer plano, ponía, en mayúsculas: TEMA MUSICAL DEL PROGRAMA PARA JÓVENES. En su feliz ignorancia de lo que ocurría en el mundo de la música, el que una canción fuera el tema de un programa de radio, del que nada sabía, pero en cuyo título figuraba la palabra jóvenes, era razón suficiente para regalarle el disco a su hijo. Estábamos en 1972, bastaba con que hubiera preguntado al dependiente de la tienda y este le habría dicho que los últimos meses habían salido discos de 45 revoluciones con canciones buenísimas capaces de satisfacer todos los gustos. Además, si realmente quería regalarme la sintonía de aquel programa, el dependiente lo habría informado de que The Cat hacía tiempo que no lo era, porque habían cambiado de sintonía varias veces. Pero mi padre no era de los que preguntan a un dependiente qué regalo debía hacerle a un hijo y no permitió que la pedante complejidad del mundo cuestionara su criterio, y me regaló, pues, aquel disco sin dudarlo, al contrario, reivindicando solemnemente tanto lo acertado de aquel criterio como el derecho que creía haberse ganado de escuchar juntos, padre e hijo, el disco por primera vez, para ver de qué música se trataba. Me dejó a mí el honor de introducir el disco en la ranura y empujarlo hasta que el aparato se lo tragara –¡clic!y, con aire absorto, se puso a escuchar la canción: un flujo entrecortado de virtuosismos de órgano Hammond, que es por lo que Jimmy Smith sigue siendo recordado. Mi padre no estaba menos sorprendido que yo por lo que escuchaba, pero mantuvo todo el rato una actitud profesional, concentrada, asintiendo de vez en cuando como si fuera un experto. Parecía un padre que controlaba perfectamente la situación, pero, teniendo en cuenta lo que estaba a punto de ocurrir, este recuerdo me ha conmovido y desgarrado siempre. Porque en realidad no controlaba nada, ni siquiera en aquel momento, era como una ramita a merced del viento, lo que fue siempre, y me echaba el brazo por el hombro sin tener la menor idea de lo que le esperaba. Aquella vez había acertado: The Cat era una excelente introducción a la música de aquellos años, pero estaba claro que actuando así, con aquella ligereza, tarde o temprano cometería un error que pagaría caro.
3
El pelo es muy importante en esta historia. Lo es mi pelo, que se riza respondiendo a una orden que mi organismo –es decir, yo– da de repente, obedeciendo inescrutables instrucciones genéticas, y cambia en unos meses mi aspecto y la percepción que tengo de mí –es decir, a mí mismo–. Durante aquellos meses evité los espejos para ahorrarme la sorpresa de verme tan cambiado. La cuestión no era si me gustaba el pelo rizado o no, la cuestión era ese cambio que se debía a causas mucho más lejanas de lo que yo creía. La cuestión era lo mucho que me costaba aceptar que aquella lejanía existía dentro de mí.
Del pelo de mi madre ya he hablado, ese prodigio que también tenía causas remotas, aquel amanecer en Cornualles que nadie vio nunca. He hablado del asombro que provocaba, de las fantasías que inspiraba.
Está también el pelo de mi hermana, rojo como el de mi madre, exactamente igual. Pero aquí hay un pequeño misterio, en realidad dos: a mi hermana la llamaron Gilda por la película de Rita Hayworth. Primer misterio: ¿cómo supieron mis padres que también sería pelirroja cuando escogieron ese nombre y ella acababa de nacer? Recuerdo cuando me la pusieron en brazos por primera vez, envuelta en una manta que mi abuela había hecho a ganchillo: era calva, y seguro que al menos mi madre sabía que el gen del pelo rojo es recesivo. No estaba claro que ese gen se transmitiera a su hija después de haberlo cruzado con el de mi padre, que tenía el pelo negro; vamos, que era muy poco probable. Pero la llamaron Gilda. Y el segundo pequeño misterio es precisamente que eligieran este nombre. Mi hermana nació en 1965, y Gilda, la película, es de 1946, mi padre tenía entonces catorce años y mi madre once, y no se conocieron hasta doce años después. Es decir, era una película que nada tenía que ver con ellos, a diferencia de Ariane, por ejemplo, que, según ellos cuentan, fueron a ver al cine Gambrinus de Florencia la segunda vez que quedaron, en julio de 1958: allí se dieron los primeros besos y por eso permanecieron en la sala –en aquella época se podía– dos sesiones y media. Pero Gilda era una vieja película, ¿qué tenía que ver con ellos? A ver: yo también llamé Jimmy a mi primer hijo en honor del personaje de Jimmy Rabbitte de la película The Commitments, pero, para empezar, esta película se estrenó un año antes de que naciera mi hijo, y además fue muy importante para mí, porque no solo la vi, no solo me encantó, como me encantó la novela en la que se basaba, sino que trabajé en ella, o mejor dicho, colaboré como voluntario en la producción, conduciendo una furgoneta y llevando cosas y personas al lugar de rodaje, con lo que gané mi primer dinero. Y sobre todo me reconocí en ella. No sé si os acordáis del final de la película, cuando Jimmy Rabbitte recita esos versos de «A Whiter Shade of Pale», cuyo significado siempre me ha parecido oscuro y que, precisamente por eso, porque no se entienden, cita él en la entrevista imaginaria que se hace ante el espejo; el caso es que, cuando, haciéndose pasar por el entrevistador, se pregunta qué significan esos versos, él responde: «¿Y yo qué coño sé?». Pues eso me pasa a mí con la vida: no tiene sentido intentar entenderla, hay que aceptarla y punto. ¿Que te has caído? ¿Que las piezas se han desparramado por el suelo? Vale, chaval, pues no tienes más que recomponerlas como buenamente puedas, y si no sabes qué hacer con algunas, no pasa nada, tú haz lo que puedas y que salga lo que salga: a lo mejor queda mejor que antes, mira por dónde.
Pero veo que he empezado a hablar de mí –de mí como soy ahora– y no quiero; no era mi intención y me interrumpo enseguida, porque el único yo que importa en la historia que quiero contar es el de un niño de doce años que aún no sabe nada de nada. Conque pido disculpas y vuelvo inmediatamente a la cuestión de ese nombre, Gilda, que mis padres le pusieron a mi hermana sin saber que sería pelirroja, sin que esa película tuviera nada que ver con ellos y –estoy tentado de creer, aunque es solo una suposición– sin haberla visto siquiera. Estamos –a esto ibaen ese reino de luminosa superficialidad del que mi padre era fiel súbdito, y lo que he presentado como pequeños misterios muy probablemente no lo sean: lo más probable es que mi padre eligiera el nombre de Gilda como homenaje a su mujer y no a su hija, y que lo hiciera porque ese nombre era un símbolo del pelo rojo, hubiera o no hubiera visto la película, y lo era proverbialmente, como lo son las asociaciones que se hacen para siempre, sobre todo en el cine: Marilyn, sexo; Frankenstein, monstruo; Rodolfo Valentino, latin lover; Gilda, pelirroja. ¿Qué tiene eso de extraño, chiquillo? ¿Cuál es el misterio?
Bueno, ya que me he desviado del relato y he mencionado The Commitments, y siguiendo con el tema del pelo, aprovecho para presentar a otros dos personajes fundamentales de esta historia. Para ello citaré un pasaje muy famoso (esta vez de la novela, en traducción mía): «Los irlandeses son los negros de Europa. Los dublineses son los negros de Irlanda. Y los dublineses de los suburbios del norte son los negros de Dublín. Por eso lo digo y lo canto, soy negro y a mucha honra». Nada más lejos de mí en aquel momento, 1972, que pensar en mí mismo en estos términos, aunque mi madre y toda su familia eran oriundos de Kilbarrack, el suburbio del norte de Dublín en el que se basa Barrytown, el barrio ficticio de la novela y la película. Esta razón bastaría para citar ese pasaje, pero la verdadera razón es que, aunque me crié en Vinci, iba a veces a comerme una pizza a Florencia, todos los años veraneaba en Fiumetto y, aparte de las visitas que hacíamos a mis abuelos de Irlanda, solo había hecho un viaje al extranjero, en coche, el año anterior, a Suiza, y había, pues, muchas cosas en el mundo que no había visto, entre ellas no se contaban las personas de color: a estas sí las había visto: Mesy y Astel Raimondi, nuestras vecinas de sombrilla. Eran la mujer y la hija del dueño de la casa que alquilábamos en Fiumetto de abril a octubre, que se llamaba Lucido Raimondi y era propietario de una importante empresa de marmolería de Pietrasanta. Imagino que debía de estar acostumbrado desde niño a que hicieran bromas con su nombre de pila, pero no por eso dejábamos nosotros de hacerlas también cada vez que hablábamos de él: «Pues se ha lucido», «Lucido va» eran juegos de palabras que siempre hacíamos en familia, por lo que la idea que nos formábamos de aquel hombre estaba siempre envuelta en una nubecilla de buen humor. Eso cuando hablábamos de él. Otra cosa era tratarlo: alto, grande y torpe como un pato mareado, iba muy poco a la playa y nunca se ponía bañador. Las pocas veces que aparecía, con una camisa blanca, la corbata aflojada y los pantalones doblados hasta los tobillos, se quedaba a la sombra, como si siempre estuviera a punto de volver al trabajo. No se bañaba, no paseaba, no hablaba con nadie ni mostraba interés por las diversiones que lo rodeaban. Simplemente hacía acto de presencia y solo levantaba los ojos del crucigrama que estuviera haciendo para responder, por pura educación, a los saludos que le dirigían. Como era muy rico, cumplía diligentemente con todas las obligaciones que su fortuna le imponía: tenía la sombrilla en primera línea de playa, la caseta de baño número 1 con ducha de agua caliente y barra libre todo el verano en el bar del establecimiento, aunque de esta ventaja dejaba que disfrutaran su familia e invitados y él nunca la aprovechaba. Resultado: su nombre hacía tanta gracia como su presencia intimidaba. Y no solo me intimidaba a mí, intimidaba a todo el mundo, incluso a mis padres: el hecho de que mi padre nunca lo invitara a dar un paseo en barco, con lo deseoso que estaba siempre de compartir su gran pasión, daba a entender que lo había hecho en el pasado y había recibido un no tan rotundo que la cuestión quedó zanjada para siempre.
Pues bien, la mujer de Lucido Raimondi era etíope. Más joven que él, muy guapa, de finos rasgos nubios y piel muy oscura, era la atracción de la playa. En aquella época no había personas de color en Italia, o si las había eran muy pocas –quizá en Roma algún cura– y desde luego no se las veía tumbadas al pie de una sombrilla en un establecimiento playero de Versilia: por eso la curiosidad que despertaba la señora Raimondi era más fuerte que el dominio de sí de cualquiera, y el que ocupaba la sombrilla que había junto a la suya podía ver la ráfaga de miradas que todos, hombres y mujeres, le lanzaban al pasar. Eran miradas violentas, indiscretas, asombradas, descaradas, que me recordaban las que yo veía que le echaban a mi madre por la calle, solo que mucho menos respetuosas. Eran miradas de quien ve algo que creía que nunca vería, de quien mira su rostro reflejado en el espejo y no se reconoce, de quien descubre por primera vez mujeres desnudas en una revista. Trato de utilizar símiles acordes con mi experiencia de entonces y por eso omito todo lo que diría hoy de aquellas miradas, porque está claro que también, o más bien diría que sobre todo, expresaban deseo sexual por parte de los varones, celos por parte de las mujeres y, por parte más o menos de todos, consciente o inconscientemente, racismo –lo que marcaba una diferencia decisiva con respecto a las que dirigían a mi madre–. Ahora sé que el color del pelo de mi madre se percibía como un atractivo, pero la mera presencia de la señora Raimondi, tan diferente en medio de los iguales, tan negra entre los blancos, se percibía como una insolencia. Presencia atractiva, tal vez, porque, como he dicho, era una mujer guapa, pero también insolente. Sin embargo, en aquella época yo aún no sabía reconocer los impulsos sexuales ni sabía lo que era el racismo, y por eso intento recordar, si no con la memoria, que ha olvidado algunas cosas, al menos mediante una reconstrucción histórica –llamémosla así–, lo que sentía cuando veía cómo violentaba la gente con la mirada a la señora Raimondi, algo que me impresionaba mucho. Y me impresionaba sobre todo porque yo no la miraba así, la había visto siempre allí a mi lado, bajo la sombrilla de la playa, desde que tengo uso de razón, y disfrutado por eso mismo del derecho a mirarla tanto como quisiera. Me impresionaba el hecho de estar tan acostumbrado a ella, comparado con los demás, de considerar tan familiar su presencia y de poder mirarla sin sentir ninguna curiosidad, lo cual, tal como yo veía las cosas entonces, me parecía un gran privilegio.
Pero, a decir verdad, había algo en ella que me turbaba, algo que siempre había estado ahí: su pelo. Lo llevaba largo y peinado con muchas trenzas que le caían sobre los hombros. Siempre lo había llevado así, con esas trenzas perfectamente ordenadas que yo deseaba tocar. A veces, jugando entre las dos sombrillas, me inventaba extrañas maniobras, como hacer rodar una canica bajo la tumbona en la que ella yacía y alargar la mano para cogerla simulando que no llegaba, y conseguía así que aquellas trenzas me rozaran la espalda o el hombro cuando ella se inclinaba para ayudarme; pero no me bastaba, porque lo que yo quería era tocar, tocar con las manos, aquel pelo, acariciarlo, sentir uno a uno los nudos de aquellas trenzas que también asombraban a todos.
Y, por último, estaba Astel, su hija. Era un año mayor que yo. Lo sabréis todo de ella porque es la protagonista de esta historia. Por ahora solo diré que aquel verano, en el que yo aparecí en la playa con rizos, Astel apareció con trenzas, unas trenzas como las de su madre –bueno, más bonitas aún–. Y desear tocar las suyas ya era otra historia.
***
Descubre más sobre Septiembre negro de Sandro Veronesi aquí.