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Empieza a leer '¿Qué soy, un ciervo?' de Polly Barton
Eres una chica de doce años, todavía lo bastante pequeña para caber en el camisón de satén dorado de tu madre, todavía demasiado lejos de la exhaustiva reconfiguración de la realidad que trae consigo la adolescencia para sospechar que algún día tal vez no sea así, todavía tan perfecta y completamente plana que el vertiginoso escote del camisón parece concebido como una triste burla de tu figura o bien una elección poco atinada para una prepúber, dependiendo del punto de vista, y sin embargo da la casualidad de que ninguno de estos dos puntos de vista coincide con el tuyo, cosa que seguramente tenga algo que ver con el hecho de que tampoco coinciden con el de tu madre, que asiente una sola vez, solemne, cuando te pones el camisón y luego ríe con gesto aprobatorio, una reacción que parece deberse –al menos en parte– a cómo están cosidas entre sí las piezas de satén, porque cuando te acercas al espejo te quedas perpleja al ver que las pequeñas pinzas del busto generan la impresión de que hay algo más que aire bajo la tela, pero no, no es solo eso: es como si el camisón de satén te hubiese transportado a un mundo en el que sí tienes pechos, como si te permitiese creer que de verdad los tienes, una especie de convencimiento mágico estrechamente relacionado con la sensación de que, en el fondo, todo es posible, de que cualquier hazaña transformadora que la imaginación alcance a concebir puede hacerse realidad, y sobre esa premisa decides que la prenda servirá para la ocasión, concretamente para tu transformación en Céline Dion. Estás en el primer año de secundaria, a tu clase le ha tocado hacer –es el único verbo que usáis– una asamblea y habéis decidido organizar un Top of the Pops porque os ha podido el entusiasmo y no habéis entendido en qué consistía el encargo ni que no estabais allí simplemente para montar un espectáculo por todo lo alto, aunque, a decir verdad, eso no acabarás de entenderlo hasta después del gran día, cuando vuestro tutor os llame la atención porque la asamblea no incluía ningún tipo de contenido educativo, por más que os lo diga con la boca pequeña, como si fuera un mandado, porque él vio cómo lo organizabais todo de principio a fin, asistió a todas las reuniones de planificación y a los ensayos, y en ningún momento se le ocurrió sugerir que incluyerais algún tipo de moraleja, mensaje o enseñanza en el programa, así que hay que ser bastante hipócrita para venir con esas a toro pasado, y él lo sabe, y además todos se han ofrecido a representar los números que les apetecen, y la mayoría se ha juntado con otras personas para formar grupos musicales, pero tú te has decidido por un tema de Céline Dion, que, por supuesto, canta sola, aunque has pedido ayuda a dos amigas, una de las cuales siempre saca sobresaliente en Francés, como tú, y ambas han accedido a bailar mientras tú cantas.
Pero ya no es solo que te hayas decidido por Céline Dion, sino que has elegido interpretar esa canción que te tiene completamente obsesionada, una que ella canta en francés, y como estás en séptimo y solo llevas unos meses estudiando francés no acabas de entender el vocabulario ni la gramática, pero has pasado mucho tiempo empollando la letra y tienes su sonido metido en la cabeza y sabes que es una canción muy desesperada y romántica, impresión que –como es natural– se ve exacerbada por el hecho de que no acabas de entenderla, pero en el contexto de la asamblea parece una apuesta interesante y, además, aunque a la clase parecía entusiasmarle la idea de marcarse un Top of the Pops y la eligieron frente al resto de los proyectos por una abrumadora mayoría de treinta y un votos sobre un total de treinta y cinco, el número de personas dispuestas a jugársela saliendo a cantar resultó ser bastante reducido, así que en realidad tienes carta blanca para hacer cualquier cosa que se te pase por la cabeza mientras seas inmune a la vergüenza. Y tú no lo eres, ni por asomo, ni siquiera a esa edad, pero, por algún motivo, la determinación puede más que la porosidad en este caso. Cantarás por Céline Dion luciendo un camisón de satén dorado que apenas deja nada a la imaginación y empuñando un cepillo a modo de micrófono. Además, tu pelo se parece un poco al suyo, por lo menos en algunas fotos de juventud, aunque en la carátula de D’eux, el álbum del que sale el single «Pour que tu m’aimes encore», lo lleva un poco más corto que tú.
Lo que ocurre sobre el escenario, y más concretamente entre bastidores, es ridículo. Al echar la vista atrás, piensas que te la jugaron, aunque no crees que ninguno de tus compañeros tuviese la osadía necesaria para hacer algo tan descarado, pero el caso es que tu cinta no suena –solo la tuya, a los demás no les pasa–, y más tarde se descubre que el lado de la grabadora doble en el que se insertó tenía el volumen al mínimo y nadie se había dado cuenta, nadie se tomó la molestia de comprobarlo –¿en serio?, piensas, no me lo puedo creer–, de modo que te ves obligada a decidir allí mismo si echarte atrás o salir a cantar sin acompañamiento, y decides seguir adelante, llevas mucho tiempo ensayando, pero tus amigas se arredran ante la idea y te dejan tirada, no solo porque cantar a pelo no mola nada, sino porque tampoco mola que te vean con alguien que mola tan poco, así que sales sola al escenario, enfundada en tu camisón de satén dorado, y cantas en francés, a capela, delante de mil personas.
Si antes de ese día alguien te hubiese dicho que se puede saber si el silencio en una sala es benévolo u hostil, cálido o frío, lo habrías mirado confusa, pero esa mañana, aunque eres consciente de que estás haciendo algo tan audaz que ni siquiera tus amigas se arriesgan a dejarse ver en tu compañía, percibes que el silencio es receptivo, que deja entrar tu voz como un trozo de queso que, tras quedarse demasiado tiempo fuera de la nevera, acoge el cuchillo de buen grado. Lo que no quiere decir que lo recibas de forma acrítica, desde luego, ni que el silencio sea perfecto, porque se oyen silbidos y risotadas, y más tarde te enteras de que a tu profesora de Francés se le saltaron las lágrimas de tanto reír, pero cuando la canción llega a su fin estalla una salva de aplausos que, desde tu posición, parece impregnada de algo que solo alcanzas a describir como ferocidad, el arrebato y el destello plateado de un aullido lobuno, y lo que provoca en ti tampoco es fácil de describir, pero tiene algo que ver con los vasos sanguíneos que te recorren el cuerpo y con la sensación de que…, no de que todo es perfecto, no es exactamente eso, sino más bien de que todo es como tiene que ser.
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Traducción de Rita Da Costa
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