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Empieza a leer 'Podría comer piedras' de Andrés Barba

08/04/2026

«¡Oh, vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor!»
Lamentaciones I,12

 

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Todo cuanto sabemos sobre Edward H. Gibson procede de una breve conferencia del doctor George Van Ness Dearborn: «A Case of Congenital General Pure Analgesia». Según Dearborn, el paciente, de cincuenta y cuatro años, jamás había sentido desde su nacimiento ningún dolor físico.

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La conferencia se dicta el 9 de febrero de 1932 en la New York Academy of Medicine frente a varias decenas de médicos y en presencia del propio Edward H. Gibson. La transcripción –publicada en junio de ese mismo año en el Journal of Nervous and Mental Disease– es el primer documento fiable de un caso de analgesia total congénita.

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Sabemos las palabras que utiliza Dearborn para presentar a Edward H. Gibson. Dice de él que es un hombre artless and sincere. Cándido y sincero. Un poco apresuradamente, se empeña en hacer un retrato embellecedor de su paciente, un recurso retórico elemental conocido como captatio benevolentiae y fundado en la convicción de que la credibilidad está directamente relacionada con la empatía.

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No es descartable tampoco que el recurso esté en realidad dirigido a su favor, al del propio Dearborn, a quien conocen allí por su entusiasmo por los llamados test de Rorschach, unos test que casi todos los asistentes consideran el mayor timo de la neuropsicología moderna, o por su libro The Influence of Joy, un tratado sobre las posibilidades curativas de la alegría.

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«Esos gestos parecían estar clamando que el bien debe triunfar, la verdad debe prevalecer, el orden debe reinar» (Virginia Woolf).

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Físicamente –y de acuerdo con la única fotografía que conservamos– Dearborn es lampiño, de aspecto infantil, mentón retraído y orejas levemente de soplillo. No tenemos noticia del aspecto de Edward H. Gibson, salvo por un detalle marginal. Al presentar a su paciente, Dearborn comenta que «sus rasgos (menores) no son significativos para el propósito que nos concierne». Physically and neurologically his (minor) signs are not significant for our present purpose.

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De otros datos de la conferencia podemos deducir algunos de esos rasgos «menores»: diversas cicatrices en la cara y a lo largo del cuerpo, la nariz rota, la ausencia del dedo índice de la mano izquierda, en cuya palma se percibe también una gran cicatriz, la cojera en la pierna derecha.

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Sea como sea –parece decir Dearborn–, Edward H. Gibson es nadie y ese nadie es creíble. Sería imposible sospechar en él ningún engaño. Any kind of deceit or of conscious exaggeration.

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A continuación, Dearborn hace algo muy yanqui –o que a nosotros nos parece muy yanqui en 2025 y quién sabe si lo era en 1932–: da unos escuetos datos biográficos y enumera los oficios de su paciente como si contuvieran la clave del misterio: Nacido en Praga en 1878 y de origen bohemio, Edward H. Gibson emigra a los Estados Unidos a la edad de un año en compañía de sus padres y es escolarizado en una ciudad de Pensilvania. Trabaja como chófer, muchacho de los recados, vendedor de entradas en un teatro y hasta músico clarinetista en la United States Marine Band, toda una serie de ocupaciones que implican cierta confianza directa o indirecta.

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El relato. Nada está crudo en el relato de Dearborn, todo parece cocinado, organizado, dispuesto en trocitos, pero sobrevuela la tentación de una estructura demasiado coherente en una vida demasiado incoherente, su verosimilitud pasa por alto su fundación más básica: Edward H. Gibson, el nombre menos creíble para alguien nacido en Praga en 1878 y seguramente de ascendencia gitana o judía askenazi.

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