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Empieza a leer 'Pan' de Michael Clune

20/05/2026

1. Luz demasiado potente.
2. Pasa algo malo.
3. Hormigueo en dedos de manos y pies.
4. Ritmo cardiaco acelerado.
5. Respiración acelerada.
6. Mucho movimiento de los ojos.
7. Sensación de que todo es extraño.
8. Sensación de que los objetos materiales son extraños. Marcianos. Siempre han sido horriblemente extraños y marcianos, pero hasta ahora no lo veía claro. Ahora lo veo claro por primera vez, y no me parece que sean imaginaciones mías. No me parece una simple sensación, es más que una sensación. Esas... cosas.
9. Convencimiento de que mi cuerpo es una cosa. Mis manos. Mi nariz.
10. No puedo despegar la mirada de las cosas.
11. Los rebordes corpóreos que rodean mi mirada brillan mucho.
12. Muy marcianos.
13. Sensación de que podría salir de mi cuerpo. Y, en particular, de mi cabeza.
14. De que mi mirada/pensamientos podrían derramarse o escaparse de un salto.
15. No saber de dónde vienen los pensamientos.
16. No saber qué es mirar.
17. Miedo a lo que vendrá a continuación.
18. Carl.

 

PRIMERA PARTE
Primavera

1. FRENTE AL CASTILLO DE CHALUZ, CERCA DE LIMOGES

Mi madre me echó de casa. Mi conducta se estaba descontrolando. Además, me dijo, los adolescentes necesitan a su padre. Así que me fui a vivir con el mío. Mi padre tenía una casita adosada. Lo llamaban chalet adosado, que supongo que era una forma cortés de decir que era más pequeña que una casa normal. La típica casa que sería respetable en la ciudad, donde el suelo es caro, pero perdida en el remoto suburbio de Libertyville, donde el suelo era barato. Y la construcción, baratísima.
          Vivíamos en una pequeña urbanización de casitas adosadas rodeadas de descampados que esperaban a que alguien los urbanizara. No había aceras. Nadie conocía a nadie. Nadie esperaba seguir viendo las mismas caras en el futuro, de forma que ni te acordabas de qué aspecto tenían los vecinos de al lado. Siempre estabas rodeado de caras desconocidas. Igual que en la ciudad. Con la diferencia de que allí éramos unos veinte. En aquella urbanización. O menos. La urbanización se llamaba Chariot Courts. Nosotros vivíamos en el 12A.
​          En invierno, la urbanización estaba casi completamente indefensa ante esa muerte inclemente del futuro sin fin, que a veces en las noches del Medio Oeste acecha a un par de palmos por encima de los tejados. Las casas baratas siempre se encuentran más o menos indefensas. En Chicago había unos pisos de protección oficial donde habían encontrado a una niña de cuatro años muerta de vieja. Esa había sido la conclusión del forense tras examinar sus órganos. Había sucedido en los noventa. Se suponía que el informe del forense tenía que ser secreto, pero el padrastro de Larry era policía y lo había visto. También tenía fotos del apartamento de Dahmer, unas fotos que no habían llegado a la prensa. La solución fue clausurar aquellos pisos de protección oficial y llevarse a los residentes a casas adosadas.
​          Chariot Courts no era lo peor en términos de viviendas de mala calidad, ni mucho menos. Los constructores habían incorporado a las casas unos cuantos talismanes para protegerlas de la indefensión total ante el paso del tiempo. En primer lugar, el nombre. También había una cancela de hierro forjado. Si es que se la podía llamar así. Era una cancela extraña, que se levantaba en una isleta situada en el centro de la entrada de la urbanización. A la derecha estaba la calzada de entrada y a la izquierda la de salida. Entre ambas quedaba una isleta de hierba con la cancela en medio, sostenida por dos pilares de ladrillo. Los pilares no llegaban al metro y medio de alto. La cancela en sí debía de medir un metro de ancho. Era de hierro forjado auténtico. Los barrotes se doblaban para trazar arabescos y florituras de hierro, y en su centro aquellas cenefas se ensanchaban formando letras:

CHARIOT COURTS

La cancela tenía una manecilla, pero nunca se abría. O sea, la podías rodear caminando sin problema. Pero no la podías atravesar. Ty y yo la intentamos abrir un día que estábamos borrachos.
​          –Puta puerta, joder –masculló él, tirando de la manecilla.
​          –Está cerrada –dije como un tonto.
​          Dejó de tirar y dio un traspié hacia atrás. Se la quedó mirando.
​          –Ya debían de saber que no podían cerrar este sitio.
​          Yo le leía la mente a Ty. La mitad del tiempo sabíamos lo que estaba pensando el otro.
​          –Es imposible cerrar un sitio como este –le dije.
​          –Es tan barato que seguramente lo podrían pagar las ardillas –dijo Ty.
​          –Y el viento –dije yo–. Y la basura.
​          –¿Te acuerdas de aquel vaso de porexpan que encontramos en tu sala de estar? –dijo Ty–. ¿Y que nadie sabía cómo había llegado hasta allí?
​          –Aquí puede entrar cualquier cosa –dije.
​          –Solo con quererlo –dijo él.
​          –En cambio, se aseguraron de que la cancela no la pudiera atravesar nadie –dije.
​          –Cerraron lo que pudieron –concluyó Ty.
​          La cancela era el segundo talismán. El tercero eran los buzones. Estaban hechos de hierro forjado, como la cancela. No tenían sitio para poner el nombre del residente. O sea, a Chariot Courts nunca paraba de llegar gente nueva y de marcharse otra. Algunas de las caras desconocidas eran realmente nuevas, en el sentido de que no habían estado allí el día anterior. En la mayoría de las urbanizaciones parecidas, los buzones tenían una ventanita por donde podías meter un papel o una tarjeta o algo parecido con tu nombre. A nuestros buzones, sin embargo, aquello les parecía indigno. Venían del pasado eterno e inmóvil. Tenías que escribir tu efímero nombre en un papel y pegarlo con cinta adhesiva en el costado del buzón. Tu nombre escrito en el viento. Tu nombre de ardilla. El buzón en sí no admitía la posibilidad de que el nombre de un residente pudiera cambiar.
​          Tenía quince años cuando mi madre me echó y me mudé con mi padre a Chariot Courts. Aquellos tres talismanes significaban mucho para mí. Los asociaba con dinero. Cuando no hay nada sólido detrás del momento presente, cuando no hay un verdadero pasado ni tradición, cuando todo está básicamente indefenso ante el futuro, constantemente absorbido por ese agujero que es el futuro, el dinero es la mejor alternativa. La cancela, los buzones y el nombre eran como pedazos desprendidos de casas de verdad. En un sentido espiritual, eran los objetos con más peso de por allí. Ayudaban a afianzar la urbanización durante aquellas noches en las que el futuro suspendía su boca abierta sobre nosotros y los años ardían como el papel en nuestros sueños.

Sucedió a mediados de enero, mientras yo estaba en clase de Geometría. En invierno en Illinois se te desprende la carne de los huesos, ¿para qué necesitábamos la geometría? Ya podíamos observar los ángulos desnudos de los árboles, los círculos del cielo nocturno. A mediodía nos podíamos ver las caras. Todas las formas básicas estaban presentes en los huesos. El luminoso invierno les quita la piel a los niños. Los desuella. Pero allí estábamos, en clase de Geometría. El profesor era el mismo que daba Física. Era grotescamente alto. Flaco. Hacía demostraciones de ángulos con sus huesos.
​          Era una escuela católica. La pizarra era inútil. Una ciénaga gris abarrotada de números medio ahogados. El señor Streeling levantaba una pierna y la doblaba: noventa grados, más exactos que un transportador. Se erguía e inclinaba hacia delante el torso imposiblemente plano: cuarenta y cinco grados. Era capaz de subirse la pernera del pantalón y desplegar niveles óseos nuevos, como de araña: quince grados, cincuenta y cinco, cien...
​          –Esto, pues, es un ángulo agudo. –Y levantaba la pierna. Las chicas apartaban la vista. Los chavales miraban con fascinación muda. El señor Streeling puntuaba los exámenes de las chicas siguiendo una curva.
​          Yo estaba sentado en clase de Geometría bajo los fluorescentes cuando sucedió. Era la primera vez, técnicamente. Aunque solo me daría cuenta de que era la primera vez de forma retrospectiva, cuando la contemplara desde la tercera. Debió de ser a principios de enero. Tenía la mano derecha sobre el pupitre y con la izquierda me dedicaba a hacer juegos malabares con un lápiz.
​          La voz del señor Streeling retumbó:
​          –Abrid el libro de texto por la página noventa y seis.
​          El libro de texto estaba junto a mi mano, sobre la mesa. Al lado del libro de texto había una goma de borrar grande y azul. Mano, libro de texto, goma de borrar. Escritorio resplandeciente bajo la luz artificial.
​          Y me di cuenta lentamente de que mi mano era una... cosa.
​          Mi mano también era una cosa. Mano, libro de texto, goma. Tres cosas.
​          Ay.
​          Fue entonces cuando me olvidé de respirar. Ty lo vio desde la otra punta del aula. El profesor no nos dejaba sentarnos juntos, ningún profesor nos dejaba. Pero Ty me vio y me miró en plan «Pero ¿qué haces?». Miraba cómo intentaba acordarme de respirar. Y la cosa no iba bien. Me dedicaba a inhalar demasiado aire o bien a no exhalar el suficiente. El ritmo era pésimo.
​          Se me oscurecieron los márgenes del campo visual...
​          Una laguna de dos segundos... y, cuando recobré el conocimiento, mis pulmones ya habían cogido el ritmo. El viejo dentro-fuera, esa cadencia que oyes todo el tiempo. Si alguna vez se detiene, prueba a recordarlo. No podrás. Inspirar, espirar, inspirar, espirar. Nunca se detiene. Sin embargo, si se para, cuesta mucho recordar cómo se hacía. Preguntádselo a los muertos. Preguntádmelo a mí. Le dediqué a Ty una sonrisa temblorosa, como si todo hubiera sido una broma; debía de tener la cara roja, o quizás blanca, o incluso un poco azul. Ty devolvió la atención a su libro de texto despacio, negando con la cabeza como si yo estuviera loco. La idea de que yo estaba loco y él era malvado era el chiste recurrente de nuestra amistad. Así pues, no le preocupó verme de aquella manera. Ni siquiera lo mencionó.
​          La segunda vez me pasó en un cine. Mi padre me había llevado a ver El padrino III. Era un martes por la noche. Finales de enero. El cine estaba casi desierto. Resultaba un poco deprimente aquella actividad de padre e hijo en una noche de entre semana. Pero también molaba. Era como si nos la trajera floja que al día siguiente hubiera escuela.
​          Creo que la peli empezó sobre las diez. Todo iba bien. Era bastante buena. Y todo siguió yendo bien por lo menos hasta la mitad, cuando al personaje de Al Pacino le diagnostican diabetes. En cuanto dijeron esa palabra, diabetes, sentí que me subía el gas en la sangre. De hecho, empezó a subirme más o menos un minuto antes de que dijeran diabetes. Como si ya supiera que iban a decirlo. Como si lo hubiera profetizado.
​          Aquella vez me olvidé de cómo mover la sangre por el cuerpo. Se me detuvo la sangre. Y cuando se detiene la sangre, sube el gas. Por lo menos esa es mi experiencia. Que te sube el gas en la sangre. A mi lado, mi padre roncaba. Lo desperté y le dije que teníamos que irnos. Me miró. Vale.
​          En cuanto nos levantamos se me empezó a mover la sangre de nuevo. Yo seguía en shock o algo así. Caminaba como si me fuera a caer. Cuando llegamos al coche me recosté en el asiento del copiloto y apreté la frente contra el cristal frío. Mi padre me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí, cosa que él sabía que era mentira, pero no podía decir nada más.
​          No le podía decir que se me había detenido la sangre. No le podía hablar del gas en la sangre. Eran síntomas internos, no externos. Yo sabía, de un modo intuitivo, que el hecho de que se me hubiera detenido la sangre al oír la palabra diabetes no era un síntoma con el que mi padre pudiera lidiar. Me haría preguntas. Además, la sangre se me había detenido un minuto antes de que dijeran la palabra desencadenante. Era difícil de explicar.
​          Vamos, que no había nada que le pudiera contar a mi padre sobre lo que me había pasado en el cine. Así que fue como si no me hubiera pasado nada. Esa fue la segunda vez.
​          La tercera llegó dos semanas después. Un domingo de febrero por la noche. Me pasó en la cama. En el 12A de Chariot Courts. Entre semana, yo me solía acostar a las diez y media. Me levantaba todos los días a las seis y media para desayunar y ducharme. El autobús llegaba a las siete. Mi padre se acostaba a las nueve. Eso cuando estaba en casa, que no era todas las noches. Se levantaba a una hora absurda, legendaria: las cuatro de la mañana, una hora que ningún chaval de quince años había visto nunca. Hasta aquel día.
​          Aquel domingo por la noche me metí en la estrecha cama de mi estrecho cuarto en casa de mi padre. Si os queréis imaginar lo que tenía en las paredes de mi cuarto, visualizad la nada. Pintura blanca desnuda. En realidad, es probable que haya algo en las paredes, pero no lo puedo ver desde el ángulo desde el que lo estoy mirando, ya en el futuro.
​          Es posible que no hubiera nada en las paredes. Los divorciados disponen de una gama limitada de accesorios de pared cuando están decorando su casa adosada para el hijo que ha venido a vivir con ellos de improviso. Y una de sus opciones, quizás la única, es... nada.
​          A veces me pregunto si la tercera vez habría tenido lugar en caso de haber habido algo en la pared. De no haberse presentado una tercera vez, las dos primeras se habrían esfumado solas. ¿Y quién sería yo ahora?
​          Si la pared de mi cuarto hubiera tenido un cuadro de un velero, por ejemplo. O de un castillo. ¿Y si hubiera habido un pedazo de hierro forjado en la pared? Un llamador antiguo y recargado. Tal vez habría bastado con un cuarto talismán.

Estaba leyendo Ivanhoe. La antigua edición de bolsillo de Signet Classics. En la cubierta había una pintura de un torneo medieval. Era una pintura con mucho rojo, de eso me acuerdo. Pero no por la sangre de los caballeros, que habría sido lo normal. Los caballeros seguían de una pieza. El rojo estaba en la atmósfera. Me incorporé en la cama con la almohada apoyada en la pared, abrí el libro y me puse a leer. Serían sobre las diez y cuarto. Siempre leía un rato antes de quedarme dormido.
​          Llegado cierto punto del principio del primer capítulo, me di cuenta de que estaba teniendo o a punto de tener un ataque al corazón. Sin embargo, siempre y cuando continuara leyendo, no tendría que pensar demasiado en ello. Cuando lees, las palabras del libro cogen prestada la voz de tu cabeza. Es porque las palabras necesitan una voz. Y la voz que usan cuando lees es tu voz. La misma con la que hablan tus pensamientos. Así, si le estás dando tu voz al libro, tus pensamientos se quedan sin voz. Tienen que esperar a que acaben los párrafos. Están obligados a contener la respiración hasta el final del capítulo.
​          Así pues, los lores y las damas se iban al torneo, y el tipo sajón le tiraba carne a su perro en su salón, y el otro tipo sajón se escapaba, y el judío hablaba con su hija, y yo estaba teniendo un ataque al corazón, y el caballero templario me miraba desde lo alto de su caballo de batalla. Tenía un resplandor malicioso en los ojos.
​          Yo iba leyendo a velocidad media. Si lees demasiado deprisa, la voz de tu cabeza no puede seguirles el ritmo a las palabras. Y eso es justamente lo que están esperando tus pensamientos. Entonces se adueñan de la voz y te inundan la cabeza de noticias de la catástrofe que se está desplegando en tu cuerpo.
​          En cambio, si lees demasiado despacio, entonces no solo debes tener cuidado con los finales de capítulo. También aparecen agujeros y huecos entre las palabras. Quizás sea bueno en algunas situaciones. Te permite saborear las palabras. Las palabras vienen envueltas en silencio, igual que las trufas caras vienen envueltas individualmente, mientras que los bombones baratos vienen empaquetados todos juntos, con los lados tocándose.
​          En una situación de lectura como la mía, conviene que las palabras estén empaquetadas juntas, con los lados tocándose. Y es porque, en esa situación, los silencios no son delicados envoltorios de trufas. Son agujeros de ataques al corazón. Ni siquiera son silencios: cada segundo en que el libro no está hablando, los que hablan son tus pensamientos, con urgencia, avisándote de ese ataque al corazón que estás teniendo o a punto de tener.
​          De forma que yo leía a velocidad media. Una velocidad media y constante. Había desarrollado una técnica que me permitía saltarme los finales de capítulo y fusionar los párrafos entre sí. No hacía pausas. A veces sentía que me aceleraba; que la voz de mi cabeza empezaba a tropezarse con las palabras. Pero no me perdía. Aminoraba la velocidad. No demasiado. Mantenía una velocidad intermedia.
​          Al llegar al capítulo tres, ya lo tenía dominado. Era un genio de la lectura de Ivanhoe. Dudo que nadie lo haya leído nunca igual de bien. Le otorgué una voz propia, sin interrupciones y sin pausas, de principio a fin del libro. ¿Cuántas veces debe de haber ocurrido eso en la historia de Ivanhoe? Y durante todo el tiempo que pasé leyendo, ni siquiera llegué a averiguar si de verdad estaba teniendo el ataque al corazón o si estaba a punto de tenerlo. Así de bien llegué a leer Ivanhoe. Porque siempre era el pensamiento siguiente el que me lo habría notificado. Pero el pensamiento siguiente no llegaba nunca.
​          Suspendí el ataque al corazón en Ivanhoe. Fue como cuando agitas un frasco de aliño de ensaladas a base de aceite y vinagre: mientras agitas el frasco, el aceite quedará suspendido en el vinagre. Sin embargo, en cuanto dejas de agitarlo, el aceite sale. Mientras yo siguiera leyendo Ivanhoe, mi ataque al corazón quedaría suspendido en la historia del libro.
​          Así pues, no dejé de leer. No fui al baño. No cambié de postura. No miré el reloj. Y así pasamos las horas: yo, el lord sajón, el judío, el ataque al corazón y el caballero templario. Así atravesamos las once de la noche: en estado de suspensión. La medianoche. La una de la madrugada. Las dos. Las tres. Hasta llegar a aquella hora legendaria que nadie había visto. Las cuatro de la mañana.
​          Oí levantarse a mi padre. El final de la historia ya estaba muy cerca. Ricardo Corazón de León vuelve a casa. La noticia de su regreso se propaga. Mi padre se movía al otro lado de la fina pared que separaba mi habitación de la suya. Ivanhoe, Rowena. El ruido de la ducha. ¡Rebecca! Rebecca... Mi padre bajó las escaleras y oí tintineo de cubiertos. El ruido de la nevera al abrirse...
​          «Ivanhoe se distinguió al servicio de Ricardo, y fue honrado con nuevas muestras del favor real. Podría haber ascendido más de no haber sido por la muerte prematura del heroico Corazón de León frente al castillo de Chaluz, cerca de Limoges.»
​          A las 4:35 h terminé Ivanhoe. Dejé el libro. Me puse los pantalones y cogí un jersey. Luego bajé las escaleras y le dije a mi padre que estaba teniendo un ataque al corazón.

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Traducción de Javier Calvo

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