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Empieza a leer 'Pajaritos preñados' de Andrea Abreu

02/09/2026

PARTE I

¡Bueno, mi gente!, chilló el cantante parado arriba de la tarima con los huevos retratados en los pantalones de raso, por aquí nos están pidiendo un temita para Catrina de parte del novio. Había un niño chiquito como un arestín, en el viro del escenario, chillándole al cantante lo que tenía que comunicarle al micrófono, ¿sí?, ¿para Catalina?, que eso era el firringallo aquel diciendo que no que no con las manos y con la cabeza, y hasta con los pelos de la cabeza, atemorizado, chico, pues, como si le hubiesen puesto una escopeta en la frente para dar bien la orden del feliz cumpliaños, ¿no?, ¿para Cathaysa?, el niño saltando en una pata sola, ¡sí!, ¡sí!, ¡mi gente!, para Cathaysa con cariño del novio querido del alma, que hoy es el cumpleaños, que los cumplas muy feliz, mi niña, que Dios te bendiga. La plaza en peso posó la vista sobre de la chica. A El Presidente de la comisión de fiestas se le pusieron los ojos como los de un cernícalo acechando un lagarto saliendo de una penquera. ¡Qué diablos de novio, muchacha!, chilló La Macha amargada completa, apuñándose los pelos chicos de la frente y clavándose las uñas en el naciente del pelo, que llevaba apretado en una diadema de tela encarnada. Se fijó Cathaysa en el círculo de gente que se había formado alrededor de ella y se dio cuenta de que reconocía todas las caras, pero solo a algunas sabía ponerles nombre. Era mala para los nombres, Cathaysa; siempre se ocupaba La Macha de recordarle quién era la vieja que le acababa de preguntar y tú de quién sos, mi niña, y tú de quién sos, que yo no me recuerdo, mi niña, y que yo soy de mi padre y de mi madre, respondía Cathaysa, porque La Macha le había enseñado a responder que de mi padre y de mi madre, porque había mucha gente jurona y malpensada en el barrio, y en el mundo, pero sobre todo en el barrio, y, según La Macha, Cathaysa era demasiado bobancona y se pensaba que todo el mundo era trigo limpio, y no, comadre, la gente era el diablo. La gente es veneno, foferno, lo peorcito, mi niña. Se fijó Cathaysa en aquel gentuallo tembliquiando del frío, en toda aquella curia de gente que la estaba juroniando por andar vestida como las putas, un cuero completo, ¡mira parai!, le había chillado la madre antes de salir por la puerta, cruz, perro maldito, presinándose y escupiendo en el patio de cemento esmojecido, escupiendo arriba de las jelechas y la hortelana y los mimos que tanto cuidaba Engracia y que estaban todos tan bien sembrados en los poyos de la entrada y que crecían como matas salvajes de las selvas. Los mimos aquellos que tanto quería Engracia, pero que entonces le dio igual esgarrarles arriba, porque Cathaysa era un cuerillo malo y a las jediondas no se les daba ni un jarro de agua, comadre, y, fos, cuando una ve a una jedionda solo le queda a una escupir pa los lados, escupir fiscos de las ascuas tan grandes. En la plaza, al igual que a El Presidente, a los hombres, grandes y chicos, eso eran los ojos que se les botaban fuera como a auténticas ranas de ver las tetas requintadas de Cathaysa dentro de aquella blusa escotada y blanca, de verle las carnes y las gorduras sobresaliendo por encima de aquella falda negra y envasada, aquellos muslos parejos, aquellos brazos de mula, aquellas pieles tiznadas. Era, sí, mi niña, era Cathaysa un cochino colgando el día de la fiesta, recién matado, expuesto ante el barrio como una ofrenda a la Virgen, un cochino todavía con la sangre chorriando por el cuero, apestando a quemado y a chillidos de cochino perseguido y jallado con el filo de un machete y dispués sopletiado.

Pensó Cathaysa: ahora sí, pensó, ahora sí se formó buena, comadre, viendo a La Macha zapatiar de la calentura, muchacha, ahora sí se formó la de San Quintín, porque no le daba a ella el tino pa decir que no, que no tenía novio ninguno ni cosa que se le pareciera, pa decirle que no a La Macha, a la persona que decía la verdad y la mentira del mundo, del mundo de Cathaysa, y como no fue capaz de pernunciar, el tino solo le dio pa jalarse la blusa por arriba de las tetas, el tino solo le dio pa ajeitarse un fisquito la falda negra acabante de estrenar y que ya tenía un bujero de andar sentándose en los muros de piedra de la plaza. Solo le dio el tino pa jalar por la traba que tenía espichada en el pico de la cabeza y soltarse la pelambrera lacia hasta el culo y meniar aquella mata de pelo, babenta, que no aguantaba un moño, que solo les faltó a los machos de la plaza aplaudir y a las viejas sacar las podonas y sajarle la melena de la envidia, ras, ¡zarce!, al rente, de la envidia de ver aquellas crines de yegua pasiándose de un lado al otro de la plaza, pasiándose que parecía que llevaba Cathaysa hasta cascos y espuelas y alforjas, y eso encendió más a La Macha entodavía, eso la puso como un fosforito y pegó, bibibí ñiñiñí jojojó, a imitar ese gesto vanidoso de Cathaysa, de destrabarse la traba y ponerse de presumida, porque veía La Macha que Cathaysa era guapa y, sobre de que lo era, además se lo tenía creído. Cathaysa era guapa, lo sabía ella por las caras de los hombres, lo sabía aunque había días que quería jalarse el cuero de la cara y arrancarse las grasas de la barriga y hasta las pestañas y los dientes, hasta aquella ristra de dientes como una piña millo de colores, quería arrancarse las cosas que la hacían guapa pero que le pesaban como un saco de riscos: la cara corta y ancha, las narices chicas, la barbilla cuadrada, bembuda, los ojos regañados, chiquitos, rajados que no se sabía si eran abiertos o cerrados, los mofletes salidos y redondos como papas de casta, la piel oscura, renegriando, que salía a la raza, a la familia del padre, las cejas de mariposa. Una mariposa, era Cathaysa, una mariposa limonera aposándose a beber en una col de orilla enchumbada del sereno de la noche, ¿y a ti te parece medio normal, que tengas un novio y no me hayas dicho ni porai te pudras, machanga mierda?, seguía de majadera La Macha. Guapa, pero guapa guapa, era Cathaysa, y no quedaba nadie en el mundo o en el barrio que no lo supiera, pero no estaba tan contenta Cathaysa de ser guapa, tampoco, porque la guapura no era cosa buena, mi niña, la guapura no es cosa buena, le decía siempre Engracia cuando la veía ajeitándose los pelos alante del espejo con aquel gesto envenenado de ella cuando se miraba en un charco, en una cristalera, en cualquier cosa que la reflejara, y le daba por chuparse los cachetes padentro y levantar las cejas como una bruja. La guapura era una manzana envenenada con gaznate, un higo pico sin pelar, un pájaro capirote volando dentro del zarcerío cerrado. Estaba agarrada con trabas a una liña siempre a puntito de partirse, la guapura; aguantaba poco peso. Lo mínimo que una se descuidaba se zafaba de la liña y se volvía fea. Había que estar retesa, ajeitándose a cada rato, en una pura tensión. Vivía Cathaysa atemorizada de volverse más fea que un cuerno a cada momento, y a veces, para evitarlo, se quedaba quietita quietita con la boca cerrada.

¿Cuántos añitos cumples, Cathaysa?, preguntó el hombre de la orquesta jalándose los calzoncillos porque le hacían fondillo de tanta bailadera y empezaban a ocultarle la dimensión del asunto, ¿cuántos añitos? Y Cathaysa se quedó en silencio y le pareció sentir una gota de lluvia cayéndole arriba del hombro, una gota grelada que le atravesó el cuero ardiendo como si se le hubiese clavado un pico de penca en la carne de debajo de la uña. Se escuchó el silencio arrastrado de pinos que venía de atrás de la plaza, un sonido como de olas secas que hizo bailar los papelitos de colores arriba de las cabezas de los técnicos de sonido de Radio Suso, jartos ya de esperar a que se pusiera la cosa en marcha, y que obligó a las viejas a cerrarse los rebecos en cruz; ¡cruz, perro puto!, dijeron, ¡ya!, ya sí se metió el pelete malo. Cathaysa abrió las narices y aquel pelete malo le espichó también varajadas calientes de aire por los bujeros, varajadas suavitas de pan de hamburguesa y salchicha guisada, salsa universal, pepito especial, perrito completo, papas locas con tres salsas y, junto con lo salado, cositas dulcitas de fiesta y de verbena: piñas de manises, almendras garrapiñadas, pulseras de pastillas de azúcar.

Miró el cielo, Cathaysa: vio la luna llena atravesada ahora en la negrura, perforada por una brumacera gris de nubes en un cielo sin estrellas, y le dio miedo que se mandase a llover y suspendieran el baile. Hacía un pelete amargo que le trajo recuerdos de las mañanas de escuela, cuando salía de la casa con la mochila requintada, atrás los gritos de Engracia y la acidez caliente de la leche cabra con gofio revolviéndole las tripas. Siempre había odiado la escuela, Cathaysa, era una burrita completa, prefería las películas del Oeste, la novela, el café dulcito y las truchas de batata. Le pareció aquel un pelete demasiado duro, como de principios de febrero, aunque todavía estaban en septiembre. La humedad había llegado mucho antes de la cuenta, y ya estaban las casas todas revenidas del frío, y los patios verdiando, sorroballados, levantados por el empuje del mujo verde que atravesaba el cemento de canto a canto e iba dejando formas y dibujos en el suelo como mandados por Dios o por la Virgen, o por Dios y por la Virgen al mismo tiempo, para decirles algo a las vecinas del barrio. No sabía nadie qué clase de historias traían aquellos mensajes, pero debían de ser importantes, porque aquel olor a esmojecido cargaba malos pensamientos y enemistades, aquel jedor a cuarto cerrado cargaba podredumbre y arrepentimientos. Y en la fiesta, en la fiestita ese año, a pesar de los coloritos de las flores y de los papeles que tembliquiaban con sus sombras en las losetas del suelo de la plaza, a pesar de la orquesta La Sonora Hermigua traída directamente de La Gomera y los castillos inflables y el concurso de quesillos caseros y el manto de la Virgen con hilos dorados que parecían de oro, la alegría no se sentía alegría, sino más bien otra cosa.

Le metió mano a la mano de La Macha, Cathaysa, aun sabiendo que estaba cabriada como un diablo, aun sabiendo que todo el mundo las estaba mirando y que todo el mundo iba a pensar no solo que Cathaysa tenía un novio que no existía, sino que a lo mejor el novio no era en verdad un novio sino La Macha misma, y que también ella era macha perdida completa. Se fijó en el cantante, que abría y cerraba la boca en silencio como un pescadito alante del micrófono. Mi niña, ¿tú no piensas dicir nadita?, le dijo una vieja forretiada jalándola por el brazo, no seas malagradecida, ojalá yo tener los años tuyos y un novio aparente. La mano de La Macha le estaba escachando los dedos con aquella potencia que tenía, que cualquiera aguantaba un pescozón de una mano de esas. ¿Y pa qué diantres quiere un novio Cathaysa?, le dijo La Macha a la jocicuda de la vieja. ¿Pa lavale los calzoncillos cagaletiados? ¿Pa raspale los pantalones empegostados de cemento? Métase el novio pol culo, susurró La Macha, con los dientes apretados como los ventrílocuos que hacían hablar a los machangos en las fiestas de los barrios. Muchacha, ¿te volvistes boba?, le dijo Chaxiraxi por lo bajo, si no dices nada voy a responder yo misma. Eran dieciséis añitos, pero no se sentía capaz Cathaysa de pernunciar palabra alguna. Eran dieciséis añitos ese mismo día, y llevaba ya semanas atemorizada con ver llegar el momento del cumpleaños y, con él, el último día de la fiesta, porque también era el último año de escuela, aunque ya hacía mucho tiempo que no estaba yendo, y pensaba no ir ese año tampoco. Bastante antes de los dieciséis, todas las chicas y los chicos del barrio empezaban a abandonar la escuela para ir arregostándose a la falta de libro, y para que se fuesen arregostando los maestros también a que no pensaban volver, a cuenta de los trabajos en la obra o en la limpieza o simplemente por el penquerío y la malagana. Poco a poco caminaban los meses, y el espacio entre los días de escuela se iba haciendo más cumplido, hasta que las maletas y los creyones, la tarea y el cartapacio se convertían en recuerdos invisibles y ya no sabían más si burro se escribía con be grande o con be chica, y se levantaban a las tres de la mañana agoniados con unas pesadillas en las que tenían exámenes de tipos de be. Eran dieciséis años ese mismito día, y no sabía muy bien qué hacer Cathaysa con la vida de ella después de que la orquesta se apagase al final de la noche. Solo pensaba que le hubiese gustado poder pasar el resto de la existencia de baile en fiesta, de fiesta en baile, trulenquiando.

Cathaysa fue a abrir la boca para decir que no, que ella no tenía novio ninguno, que por favor no le cantaran ninguna canción, que si se la cantaban se iba a quedar allí mismito espichada del disgusto, y Chaxiraxi: pero dilo ya, muchacha, por Dios, ¿que no ves que si no contestas la orquesta no puede seguir?, y se subió Chaxiraxi arriba de un banco y chilló ¡diciséi!, ¡cumple diciséi!, como una loquinaria. Camarote, shhh pum, pa la Virgen. En medio del silencio encendido de la noche, El Presidente de la comisión de fiestas botó un camarote parriba desde el viro de la plaza. Pegó a aplaudir la gente, ¡viva la Virgen del Socorro, me cago hasta en diez! Aprepárense, chilló el cantante de lado, dirigiéndose a la orquesta en lo privado, compadres, nos vamos en cumbia, arrancamos, un..., dos..., un dos tres y... Se prendieron el cuero y la batería. El Presidente arrastró a Cathaysa y la sacó a bailar. No le dio tiempo a ella a decir esta boca es mía y aquel hombre ya la jaló por la cintura con la mano del camarote y con la otra le apretó los dedos fuerte y pegó a darle vueltas como un trompo. ¡Cállate, muchacha!, le dijo La Macha apretándole el cogote a Chaxiraxi, tú me parece que eres medio incompleta, y se echaron una agarrada a pocos metros de Cathaysa y El Presidente, que andaban siempre aquellas dos peleando a cuenta de la majadería que se gastaban, aunque luego se arreglaban sin pedirse perdón ninguno. La gentita se fue agarrando de las espaldas, engangándose como perros en celo, y se arrancaron a dar vueltas junto con Cathaysa y El Presidente. Ansina me gustan a mí las mujeres, le escupió El Presidente a la oreja. Se sumaron el bajo, las teclas y la guitarra. La guitarrita, que hacía los vientos completos, como buena orquestita gomera, emitiendo aquel sonido que solo tenían las orquestas de la isla colombina, que le decían punteo gomero y que tanto le gustaba a la gente del Norte de la isla de enfrente. Pegaron, así, también, con aquella musiquita a un tiempo los coristas y el cantante a hacer un paso de cadera que les hacía guindar el asunto colgandero. Más coordinaditos que el carajo, comadre, mira parai esos machos, muchacha de Dios; eso te dejan preñada con el olor de los calzoncillos.

Pues diciséis añitos, a gozaaar con las amigas y con el novio y a disfrutar, y para ti, Cathaysa, este temita de tu novio querido, que dice así, y El Presidente le dio una vuelta a Cathaysa con una sola mano y la apretó contra el pecho, meniándola como una muñeca trapo, con ese jeito arrebatado que tenían algunos hombres del barrio para la cumbia. Procura seducirme muy, cantó el cantante alzando la cabeza hacia la luna, despacio, y miró a Cathaysa, y no reparo de todo lo que en el acto te haré. La gente que faltaba de los viros de la plaza se paró automático de los muros en los que estaba sentada. Eso eran las vecinas privadas machuca que te machuca, machuca que te machuca el suelo con los bracitos en la centura como muñecas de Famosa. Ansina me gustan a mí las mujeres, repitió El Presidente, cachorronas, que haya donde agarrar. Se fijó Cathaysa en el filo de la tarima. El niño que le había dado el recado a la orquesta salió corriendo de repente, y tuvo ella la sensación de saber lo que estaba pasando. Lo buscó. Lo encontró al niño con los ojos: iba corriendo todo enfolinado hacia los ventorrillos. Prestó atención a la letra de la música que le habían dedicado: Quizás convenga que te alejes, quizás, me domina la tentación, de imaginar que estoy tan cerca de ti, tan cerca sin poder resistir. Siguió buscando al niño, que cruzó la plaza agachado entre las parejas de viejas que bailaban arrejuntadas, con los pies de puntillas; que decía Yaya, la madre de La Macha, que los niños de ahora tenían la moda de caminar así con los pies empinados. Cruzó el niño por entre un grupo de niñas de la Escala en hi-fi que estaban ensayando coreografías en una esquina. Toda la plaza girando sobre sí misma a la vez que Cathaysa giraba en la mano de El Presidente, como si fuera toda la fiesta y la plaza y la gente una sola cosa, un revoltillo, las sobras del almuerzo que Engracia les echaba a las gallinas al oscurecer y que, ahora, en los ojos de Cathaysa, estaban hechas de papeles y flores de papel que de pronto le lucían escoloridas, de palmas, de banderas de España y de Canarias a un mismo tiempo, sin ningún significado. El niño alcanzó la parte de atrás de la plaza, donde los hombres de la comisión estaban poni saca vino y ron Pampero, que eran las cosas que bebían las chicas a escondidas, y no tan a escondidas porque las invitaban los viejos del barrio. La gente, las risas. Las chiquitas de jartadas. El cantante mandándole a la cancionita: procura coquetiarme más, y los coristas, y no reparo de lo que te haré. Todos los hombres de la comisión y los chicos de los ventorrillos cargados, y Manolito El Sucio, el padre de Chaxiraxi, botado arriba de una silla plástica empenado empurrado arregostado a que no se le arrimara nadie. ¡Manolito!, ¿tas seco, bandido?, ¿te traigo una fría?, le gritaban los chicos de los ventorrillos, y las risas eran como bolsas de cemento, y Cathaysa girando sin ton ni son en los brazos de El Presidente cuando vio que el niño chiquito como un arestín llegó a la barra de un ventorrillo de chapa roja con la lengua botada afuera y pudo leerle en los labios lo que ya se estaba temiendo.

¡Es El Churrero!, chilló Cathaysa, y El Presidente saltó patrás del susto sin soltarle la mano, solo alejándose un poco de ella, que empezó a tambaliarse en una pata sola de tanta vuelta. Lo vio por encima del hombro de El Presidente: estaba El Churrero dentro del ventorrillo de chapa roja echándose un vaso vino como los viejos, pero El Churrero no era un viejo: solo tenía quince años. Iba todo requintado, con una camisa de botones negra que parecía que le iba a sacar un ojo a cualquiera, todo negro que era el uniforme de churrero, y un delantal blanco que ponía: CHURRERÍA LÓPEZ con letras escritas en rojo. El Churrero le dio un chopazo en el cogote al niño y alzó la cara, investigando. Sin querer, Cathaysa se tropezó con aquellos ojos marrones casi negros y se viró otra vuelta hacia el escenario, atemorizada. El cantante seguía que si procura no mirarme mááááás. Cruzar los ojos con El Churrero era igualito que declararle matrimonio, lo mismito que enseñarle las tetas. De toda la vida de Dios el amor había sido cosa de dos, o de tres, como pasó en la casa de Cathaysa, pero en el mundo de El Churrero no hacía más falta sino uno, y ese era él: El Churrero, que fue sentir apenitas el rajuñazo seco de la mirada de Cathaysa y botar el vaso contra el suelo de la cantina y espedazarlo en miles de fiscos. Salió El Churrero brincando por arriba de la barra con duro esfuerzo, y de la presión echó pafuera un botón que pegó a volar escopetiado desde la parte alta de la camisa hasta la cara del niño arestín. Se quedó El Churrero con el pecho pelado destapado, enrojecido como una gallina esplumada. Cayó, cayó El Churrero en el piso dando dos zapatazos y estampó al niño contra las chapas rojas del ventorrillo. Resonó el estampido en toda la plaza, y quedó el arestín tendido en el suelo como una sama con los pantalones bajados por las canillas. Por debajo de la música, sintió Cathaysa a los pibes de los ventorrillos las puras risas, las viejas chillando a socorrer al chiquillo menudo: ¡las partes!, por Dios y la Virgen santa, ¡tápenle las partes a ese niño! ¡Sus, muchacha, que eso es una afrenta pa la Virgen!

Se acercó uno de los hombres de la comisión al escenario y le pidió a El Presidente que viniera corriendo, que un niño chiquito se había quedado tendido en el suelo en la zona de los ventorrillos y que no había manera de taparle las partes. Se avispó rápido El Presidente, que quería hacerlo todo derechito como marca la ley porque le quedaban bastantes culpas de haber echado palante la fiesta a pesar de los inconvenientes. Paró La Macha en seco de bailar con Chaxiraxi y la dejó a un lado porque vio la oportunidad de acercarse a Cathaysa. Sabía ella llevar a las mujeres como una centella en la salsa, la cumbia, el merengue, lo que se pusiera por delante, y agarró a Cathaysa por la punta de los dedos con la delicadeza del capullo de una uchuva. Yo me lo imaginaba, respondió Chaxiraxi, que siguió baili que te baili con el pasito-pasito, meniándose sola alante de los hombres de la orquesta para que la vieran. Ella se lo imaginaba, que lo más seguro era El Churrero quien había mandado a pedir la canción dedicada por el cumpleaños. Pegó La Macha a sacudir a Chaxiraxi por el brazo, sin soltar los dedos de Cathaysa, y le dijo: si lo sabías, ¿pa qué le dices nada al cantante, machanga mierda?

El Churrero venía ahora palante como los burros, empitonado, que siempre pensaba que vivía en una película del Oeste, en una telenovela, en una carrera de caballos, colocándose el miembro bien puesto dentro del pantalón requintado porque de ver a Cathaysa se le quedaba la cosa medio cambada. Por Dios y la Virgen santa, hagan algo, miren a ese niño que tiene la cuca por fuera, lloraban las vecinas al ver al niño estampado en la parte de atrás mientras El Presidente hacía por abrucharle el cinto. Los pibes de las cantinas con el chillerío: ¡eso es lo tuyo, compadre!, ¡plabóyate a la piba!, Churro, mándale duro. Fingió Cathaysa que bailaba entonces más fuerte, y la acumulación de vueltas, o la amargura misma, la hicieron escucharlo todo como a través de un bucio, como debajo del agua. Le pareció que se le había metido la misma neblina de siempre alante de los ojos. Vio venir a El Churrero enfilado por en medio de la plaza. Allá a lo lejos, en los ventorrillos, risas apagadas. Alrededor, el barrio gris iluminado por la luna llena embrumada y los faroles. La Macha la viró contra el escenario al percibir a El Churrero. Le dio tiempo a Cathaysa de fijarse en lo que habían pintado ese año en el fondo: unos parrales de viña y gente tocando el timple y la bandurria. Mal pintado, que parecían los timples patas asadas, y las paredes chisquilladas completas, ya con la humedad comiéndoselas como cosita mala, mal pintado que todavía se veía escrito por debajo: FELICES FIESTAS DE NUESTRA SEÑORA DEL SOCORRO del año pasado, que eso parecía que no habían cambiado ni la pintura. Devolvió Cathaysa la mirada hacia La Macha, que la meniaba cada vez más fuerte con aquella diadema encarnada puesta y con aquel rosquete bajo que le dejaba los pelos de la frente por fuera, con aquella falda de tablas vaquera a la altura de las canillas que parecía que iba disfrazada de mujer en los carnavales. Fue Chaxiraxi la que se empeñó en ponerle aquella diadema apretuñada y en pintorriarla toda como una puerta, y pensó Cathaysa que le quedaba horrible todo lo que llevaba puesto y que prefería verla como se vestía siempre, como se vestían las machas, con moños bajos a la altura del cogote, con puros chándales y tenis blancos. Últimamente no la podía ver ni en pintura, no podía mirarle la cara de jocicuda que cargaba, porque La Macha desde menudita había sido lista como una tea, que a Cathaysa se la llevaban los diablos de la rabia que le daba que no estudiaba, la muy jedionda, y lo sacaba todo como un hacha. Ahora encima se las daba de importante, porque hacía poco que había empezado a ir al curso de administrativo tempranito por las mañanas, y si antes tenía razones para mangoniarla y decirle lo que tenía que hacer, ahora las tenía más entodavía. Hasta la Chaxi del carajo, que era más burrita que ella aún, que había dejado de ir a la escuela el año antes, hasta la cabrona de la Chaxi tenía la vida más o menos enmachetada, porque desde hacía unos mesitos había pegado a limpiar casas de fijo desde los claros del día, y por las tardes practicaba peinados con la cabeza de una muñeca encachazada que se encontró La Macha en la basura de por detrás de la venta.

Yaya, que tanto quería y adoraba a Cathaysa, tenía una peluquería ilegal escondida en el garaje de la casa. Pensaba Cathaysa que Yaya iba a contratar a Chaxiraxi y no a ella en la peluquería, y eso le daba rabia, pero tampoco le daban las fuerzas para ponerse a practicar peinados ningunos. Sentía que no sabía hacer nada, nada nadita, ni una pipa almendra, y estaba segura de que no era buena en nada tampoco. Se sentía con la sangre totalmente paralizada desde menuda, como le decía la madre, que siempre lo hacía todo como una chafalmejada, que dejaba los mangos de las cucharillas y las sartenes grasentos, y pensaba ella que tenía algún problema con la cuestión de los mangos de las cosas, pero no: había averiguado que en verdad tenía la sangre muerta. A veces rezaba por no tener que ir a trabajar nunca en la vida, nunca, por eso el tiempo de Cathaysa pasaba entre baile y baile con la promesa lejana de que algún día, alguna vez, capaz Ofelia, la vecina de por debajo, le iba a encontrar un trabajo de camarera de piso en Las Olas, un hotel del Sur. Cada poco, Engracia le decía: María Cathaysa, ¿ya le preguntastes a Ofe si salió lo del trabajo?, y Cathaysa bajaba hasta cas Ofelia con la misma y se quedaba esperando en la puerta, tocando muy bajito para que no la escuchara. Normalmente no la oía, y volvía a la casa y le decía: no, ma, dice que entodavía no. La cosa en la casa y en el barrio se mantenía pareja, sin cambeos ningunos, excepto para La Macha. No era solo la familia de Cathaysa. Todo el mundo en el barrio pensaba que las cosas iban a mejorar de un momento a otro, que iban a ganar más perritas con el turismo en los Sures, que iban a crecer más cumplidas las coles, más altas las matas de millo, más florida la rama de las papas; que iban a caer del cielo duros y pesetas y se les iban a meter por los canalillos directos a los bolsillos rotos y faltos de remiendo, pero nada de eso llegaba. Las mujeres seguían teniendo que levantarse a las cinco de la mañana para prepararles el termo a los maridos y para ponerles las ropas, porque cada día tenían aquellos hombres menos capacidad de doblarse para espicharse ellos solos los calcetines, de tantas horas que se pasaban de ajuste arrodillados, colocando piso y rejuntando, encalando y azulejiando en los metros y metros que tenían que hacer para ganar las perritas, las buenas perritas, sí, pero que como mismo entraban se iban marchando, y así el cuerpo se les iba asemejando cada día más al cemento cuartiado, y por eso lo único que cambeaba, lo único que aparentaba distinto por aquel entonces, era el esmojecimiento de las cosas. La humedad, la humedad que había llegado demasiado antes de la cuenta ese maldito año.

Míralo, por ai viene tu novio, le dijo Chaxiraxi a Cathaysa con la sonrisa de burlona. ¿Lo tengo atrás de mí?, preguntó La Macha apretando los dientes, sin virarse para no verlo. Porai anda, dijo Chaxiraxi, señalándolo con el dedo, y lo vieron llegar a la parte de alante de la plaza, arrastrado por el olor de Cathaysa, como un perro abandonado jociquiando bolsas de basura. Y sí, porai andaba, con las manos atrás de la espalda, con el delantal amarrado a la cintura, con los huecos de las narices abiertos, viendo, inspeccionando la plaza como un policía buscando multar un coche mal aparcado, asegurándose de si había algún enterado que se atrevía a mirar a la piba, a la piba o a la que él consideraba la piba. Se está acercando, Cathy, dijo Chaxiraxi nerviosa, ai viene, viene derechito a espetarte alguna burrada. Pos arranco pa mi casa ya mismo, te lo juro, mis, se besó Cathaysa los dedos en señal de juro, porque yo con el bobomierda ese no quiero tener más nada que ver, que ya me tiene cansada. La Macha, seria como una tusa en una esquina, ya no bailaba con Cathaysa del amulamiento; La Macha con la mano apretada, como preparando la trompada con cuidado, de la misma manera que preparaba Yaya el conejo en salmorejo, despacito, a lo largo de la mañana. Era una persona dada, La Macha, igualita que la madre, pero cuando le entraba la mulería, eso no había quien la aguantara, y le decía a Cathaysa: te vas a acordar, tú te vas a acordar del día de hoy, ¿me oístes? ¡Yo me mando a mudar pa casa el carajo!, chilló Cathaysa rabiando, me voy a mandar unas papas locas y que se joda el machango ese. ¡Apárate!, chilló El Churrero desde una distancia de más de diez metros cuando vio que Cathaysa se iba, alzando la mano para que se le entendiera con el ruido de la orquesta, alzando la mano y sacando el payo pafuera que se le reventó el segundo botón de la camisa y ya sí parecía él un auténtico malandro con el pecho al aire, igualito que iba el padre de Cathaysa, a todos lados mostrando las cadenas. Cathaysa, por lo que más quieras, dijo El Churrero acercándose con cuidado de La Macha y poniéndose de rodillas alante de la chica. Por Dios, dijo presinándose y sacándose del pecho abierto la cadena de oro de la Virgen de Candelaria que le habían regalado por la comunión y que le pesaba más de tres quintales. Se la besó, se la arrancó del cuello partiendo el broche, aaaaaah, con un grito, y se la posó en la mano a Cathaysa. Se le quedó el cuello todo colorado del esfuerzo. Feliz cumpliaños, Cathaysa de mi corazón y de mi vida, y eso eran los chicos de los ventorrillos partidos completos de la risa. ¡Vamos, Churro, ya la tienes en el bote!, decían. Cathaysa no reaccionaba. Solo le miró el jocico con fuerza y se vio reconocida en algunos rasgos: la piel tiznada, el pelo oscuro y babento, los ojos marrones, la boca charco, las chiquitas de bembas. Eran sangre, estaba claro. Cualquiera podía pensar que El Churrero era el hermano de Cathaysa, pero Cathaysa no tenía hermanos ningunos. Ella era sola y más nadie, y El Churrero namás que el primo, el primo segundo por parte del padre. Casi todas las personas casadas del barrio eran sangre, como el padre y la madre de Cathaysa; casi todas las personas casadas y también las que estaban por casarse. Muchas veces no lo sabían hasta ya después de casadas, y cuando se enteraban, les entraban unas revolveduras a la altura del mondongo, unas ganas de arrojar cuando se veían la cara por atrás de la humacera del fisco café endulzado de por las mañanas. Entonces pensaban: ya el conejo me arriscó la perra, porque casarse con la sangre era igualito que casarse con el Diablo, porque no hay más desconocido que uno mismo, y casarse con un primo era como casarse con la peor parte de uno y, comadre, ahora no hay vuelta di hoja, ¿ahora?, ahora me lo cargo al hombro, ¿ahora?, ahora dispués de casada, le mamas el mono a Carmitas. Dejó la palma abierta, Cathaysa, con la cadena de oro al centro. Toda la gente de la plaza y hasta la plaza y la ermita continuaban girando igualito que perros antes de echarse, al son de la orquesta. Dejó la palma abierta, Cathaysa, sin poder cerrar la mano, porque sabía que, aunque le gustase la cadena, no podía aceptar nunca jamás un regalo de El Churrero, y mira que todos los regalos que El Churrero había intentado hacerle eran más bonitos que el carajo.

Se acordó Cathaysa de aquel día en que el maestro empezó a explicar la tabla del ocho mientras ella y Chaxiraxi copiaban en la libreta: No debo golpear a mi compañera de la escuela, El Señor me castiga. Tuntún, alguien tocó en la puerta de chapa de la clase, la abrió y asomó la cabeza por el virito. ¿Quién vive?, dijo El Churrero, alongándose y poniéndose las manos atrás de la espalda como un caballero. Entró a la clase con una carretilla ferrusquenta que malamente se movía, con la goma completamente desinflada, y Cathaysa la reconoció al momento: era la carretilla que había por fuera de la casa de Tía Caya, la tía abuela de Cathaysa, la abuela de El Churrero. En la carretilla, el primo cargaba una tele gigantesca. Te traje la tele, Cathaysa, dijo El Churrero, ahora me tienes que dar el ligue, por la Virgen santísima y por lo que más quieras. La semana anterior se había ido ella llorando del colegio porque decía que le dolía la barriga de comer tantos higos picos, pero era mentira. Le pasaba mucho en esa época, que le dolía la barriga de tanta peliadera que se gastaban en la casa. Resulta que en los días esos, antes de lo de la carretilla, Cathaysa estuvo faltando a cuenta de que Engracia había zumbado la tele por la ventana por andar el padre llamando a las brujerías del Canal Atlántico, y otra vez en las máquinas y en la bebedera, que las tenía esperradas completas, sin un duro ni pa comprar gofio, y ahora no tenían un duro tampoco para comprarse otra tele. Cuando Cathaysa vio aquella tele en manos de El Churrero, en realidad se moría por volver a ver la novela y las películas del Oeste, pero desde muy chiquita sabía Cathaysa que aceptar un regalo del primo significaba tener que casarse con él ese mismito día. ¿Le robastes la tele a Tía Caya?, dijo Cathaysa, los chillidos. El maestro agarró a El Churrero por el pescuezo, lo apuñó por las muñecas como a un delincuente y lo paralizó mirando contra la pared. Quieto parado, bandido; no se resista, malandro. El maestro, arrebatado, mandó llamar a la casa de El Churrero a una niña de la primera fila. Al ratito, la madre de El Churrero vino toda descuadrilada, con las ojeras negras como cuervos de no descansar, llamada a capítulo por el maestro de la escuela, y trajo a la suegra, Tía Caya.

Al ver aparecer a la abuela por la puerta de la clase, no le quedó más remedio a El Churrero que pararse arriba de una mesa y cantar una polca que le salió sola, sin pensarla:

 

Abuela Caya le robé,

pero yo no lo hice adredes.

Si usté quiere le echo un cuento

y le devuelvo la tele.

 

Todo el alumnado respondió al mismo ritmo: ay ay ay ya yay, ay ay ay ya yay, y hasta el maestro: ay ay ay ya yay, ay yayayay yaya yay yay yay. Después de aquella primera polca, se mandó él a cantar como veinte minutos seguidos, contento de ver al público entusiasmado, y se convirtió en el niño famoso de las polcas. Desde ese entonces, había noches que Cathaysa no podía dormir pensando en todo lo que odiaba a El Churrero y aquellas malditas canciones. Había otros días, sin embargo, días como ese, el del baile, el día del cumpleaños, que, aunque no lo pareciera desde fuera, por dentro necesitaba que alguien la estuviese mirando como la miraba el primo. Siempre que Cathaysa necesitaba sentir que seguía existiendo, le bastaba con buscar al primo con los ojos.

¡Cathy!, ¿no está poco guapo tu regalo de cumpliaños?, dijo chillando El Churrero, y le dio rabia a Cathaysa que ese estropajo del carajo la felicitara y que en la casa se hubiesen olvidado el día completo. Desde por la mañana hasta por la tarde, cuando el padre ya le dio el regalo antes de salir por la puerta de la casa. La Macha se acercó con el puño en alto, pero Cathaysa la detuvo con la mirada. Le devolvió Cathaysa la cadena a El Churrero, dañada, con el aquello de quien agarra una rata muerta por el rabo. El Churrero meneó la cadena en el aire y dijo al grito limpio: ¿me das el ligue ya o qué? Por encima de mi cadáver, se interpuso La Macha, y fue derechita a escacharle la cabeza, pero Cathaysa se sacudió el pelo de delante de la cara y se puso en medio del primo y la amiga. Ni más le dieran, siguió La Macha, retenida por Cathaysa, ella no te va a dar el ligue ni aunque la maten, mis, ni muerta; no, mi niño. El Churrero aferró la cadena entre los dedos y se la guardó en el bolsillo del delantal apalpándose el pechito, el pechito destapado y entonces partido al centro, con la otra mano. El biruje asoplaba ahora en círculos, ahora que ya casi nadie sentía el pelete porque andaba la gente caliente de tanto baili-baili. Nadie excepto las viejas forretiadas vestidas de negro, que parecían cuervos alegantines arrimados en grupos en las esquinas de la plaza, comentando lo destapadas que iban algunas chicas, algunas mujeres; entre ellas, María Cathaysa.

Pos si no la quieres, por lo menos vienes y te mandas un pepito y unas papas locas en el autobar, porque me parece una falta respeto que te los mandes en el de alante la plaza, teniendo yo un autobar más importante. A Chaxiraxi se le iluminaron los ojos y arrastró a las chicas fuera de la plaza siguiendo a El Churrero. Bajaron las tres por la carretera, dejando a la derecha el autobar El Último Chance. Estaba todo brillante, con un cartel amarillo con por encima letras verdes fosforescentes y las minas de gente con los brazos alzados pidiendo comida como pescaditos tragando engodo de la superficie del agua. De verlo así, a todo dar, que parecía los cochitos chocones, a Cathaysa le pareció precioso, y El Churrero, de verla a ella así, toda privada, en el acto pegó a botar pestes por aquella boquita: que si mira parai, que si se piensan que por meterle más luces va a estar más aparente la comida, ¿por qué no les ponen música a los panes de perritos, también?

 

La Churrería López quedaba por debajo de la plaza, justo al lado del cuarto de la comisión de fiestas, delante de una huerta abandonada hasta los topes de hierba y ortigones y lavadoras y tablas de planchar, además de otras jarrapenterías. El autobar estaba recubierto de humacera del vapor de los perritos y olía a plancha requemada. Por debajo de aquella neblina de aceite de girasol y papas fritas, brotó de repente la cabeza de la madre de El Churrero, que andaba tas-tas-tas, como una moto, tas-tastas, picotiando cebolla, los lloros que le ardían los ojos. Muchacho el diablo, ¿pa dónde te fuistes y me dejastes a mí con toda esta gente? Se fijó Cathaysa en el autobar: no había gente ninguna. Viejita, tese tranquila, dijo El Churrero, entrando escopetiado a ayudar a la madre con el aquellamiento, tese tranquilita ai, que ya llegó el niño chiquito de los ojos de usté. Dale más que sea un fisco de algo a tu prima, Churro, se quejó la madre, y el hijo se arremangó el delantal por arriba del ombligo haciendo un meneíto de cintura, seisi seisi. ¡Un pepito especial pa las mujeres más guapas del barrio!, gritó alzando los panes en el aire, y pa la más guapa del mundo, bajó entonces la voz, unas papitas loquitas, que yo sé que le gusta bastante la mostacita dulce a la nené y la salsita tomate, mi cariñito, y pegó a mandarle una embostada de salsa tomate marca Diamante a una jartada de papas fritas. Cathaysa empurró la cabeza contra el piso. Se quedó callada y empezó chascar pensamientos como las cabras chascan tagasastes, despacito, bien molido, sin hablar. Sabía que las chicas la estaban mirando y que esperaban que les hiciera machanguerías, porque siempre era ella la de las machanguerías y las historias, pero no podía, y cuanto más pensaba que quería dejar de estar así, más mulería le entraba. Me voy a mear, dijo Cathaysa, horita vengo. La Macha, cabriada, dijo: ¿qué?, ¿cómo vas a trasponer tú sola? Y Cathaysa con el que no hace falta, que yo me cuido sola. ¿Cómo no va a hacer falta, muchacha?, la agarró La Macha por los dedos, déjate de historias que dispués te pasa cualquier cosa y te quedas espichada en una huerta y más nunca te encontramos. Sus, qué sagerada, la Chaxi, jijí jajá, comiéndose las papas que Cathaysa no quería, piqui-piqui con el tenedor plástico como una gallina picotiando millo.

Salió Cathaysa de la Churrería López con la mulería arriba, toda escarretada que no sabía ni caminar bien con los tacones sobre del piche roto. Caminó dirección a la huerta que había detrás del autobar de El Churrero. La Macha se montó sobre de una sorriba que delimitaba la huerta y cruzó los brazos afirmándose como un auténtico vigilante. Clavó los ojos sobre los bardos dentro los que se estaba metiendo la amiga. Sabía bien Cathaysa por qué La Macha tenía siempre tanto empeño en acompañarla a todo sitio. Pensaba que a ella siempre había que controlarla, porque le gustaba andar buscando macho, que la perdían los ojitos y después no había quien la encontrara, que se desaparecía y no le decía nada. Cathaysa no la podía ver ni en pinta en aquella postura de chérif. Se adentró todavía un fisquito más en los maturriales y al agacharse se clavó palos de viña secos, pero no hizo por desarrimarse. Era uno de esos días en que le hubiese gustado encerrarse en el baño a darse macanazos en la cabeza. Hacía bastantes años que no se los mandaba, pero no se lo había contado a nadie, ni siquiera a La Macha.

¡Mi gente!, se escuchó al cantante con un sentimiento que parecía que estaba a punto de decir una poesía, ¡el Golf GTI blanco con matrícula TF 8908 AX, que se quite que está molestandooo! Vio Cathaysa a El Presidente bajar por la carretera buscando el coche y se paró rápido del suelo por si lograba verle las verijas por dentro de los matos. La Macha siguió esperando con los brazos cruzados arriba del muro, pero Cathaysa se detuvo primero a mirarse en el espejo retrovisor del Golf GTI blanco, que estaba aparcado delante del cuarto de la comisión. ¡Déjate el jocico quieto!, chilló La Macha. Se observó ella la cara y pensó si se veía algo distinto ahora que tenía dieciséis años. Nada. Solo un espino naciéndole en la punta de la barbilla, y pegó a exprimírselo con un dedo. Cuando le brotó aquella sangraza de la cara, se dio cuenta de que sí sentía algo distinto, algo diferente que no se podía apreciar con los ojos. Se colocó los pelos atrás de las orejas. ¡Que dejes de esperruñarte la cara!, siguió La Macha acercándose a ella, y levantó la cabeza Cathaysa, diciéndole a la amiga: ¿sabes lo que me dio mi padre por mi cumpleaños antes de salir a pescar? La Macha, sin hablar, solo levantó la barbilla haciendo un jeito. Un libro de nombres guanches que se encontró en el Sur cuando yo nací. Sus, qué cosa más bonita, respondió La Macha, y quiso seguir averiguando, pero ¡biiiiibiiiibiiiii!, subieron aquellas motos por el barrio parriba. Motos de esas que hacían un ruido de mil demonios, que los pibes les rectificaban el motor para que corriesen más de la cuenta. La luna extendida iluminaba la carretera, y se metió aquella neblina mala que no dejaba llegar la vista demasiado lejos, ¡biiiibiiiiibiiii!, chiquita escandalera que se quedaron las dos chicas atemorizadas. Las guinadas, los caballitos, los trucos levantando la rueda de atrás y la de alante pa estrallarse como baifos por aquella enriscadera. La Macha era la afrenta que no sabía ni dónde meterse, retricándole el brazo a Cathaysa. Cinco, seis, diez, no sabían decir cuántos salían de aquella brumacera pesada como auténticos espíritus. Venían demasiado calentones para el grele que estaba haciendo allá arriba; venían, se notaba, desde bastante lejos, de un sitio donde no estaba tan metido aquel pelete malo. Se bajaron aquellos chicos de las motos y se sentaron poco a poco en los viros de la plaza, con las patas escarranchadas. Los estaban esperando Rayco y Toni, los hermanos mayores de Chaxiraxi, que ayudaron a sentarse a uno que tenía la pata enyesada de andar corriendo en los rallys.

El pulso de Cathaysa era al puro mandarriazo contra el pecho. No quedaba uno sano; eran guapos, sí, pero de una belleza avejentada. Eso eran las risas que se partían, y dentro de las bocas les guindaban cuatro dientes manchurriados, mal limados, todos rotos. Jartos como petos, iban jartos como petos desde temprano. Hasta el agua de las flores se espichaban por el gañote, que les apestaban las bocas a bichos carreteros de las jartadas de ron que se metían entre pecho y espalda, pero esprendían un olor penetrante a desodorante de flis que todo lo enchumbaba, que todo lo convertía en sajumerio. Empinaban las cejas rajadas y del jeito se les destapaban los sajazos del canto arriba de la frente. Arriba de aquel muro, parecían gatos en celo, con la piel desgastada pegada al espinazo. Eran flaquitos flaquitos pero fuertes. Brillaban, parecían a punto de morirse. Había uno, uno sentado en medio de toda aquella mafia, que tenía los ojos verdes chillones, verdes como las hojas, y la sonrisita de medio lado. El labio con una jeta en el mismo centro, partido como una escopeta, justo al centro de la boca, con una peca redonda igualita que un balón en el cachete; la piel cascada, morena, suavita como un durazno ramblero; la frente empedrada de espinos blancos, inflamados; las paletas separadas que daban ganas de que dijera gofio. Los ojos, aquellos ojos los sintió Cathaysa como una fuerza de ventolera. Eran ensartados en sangre y las pupilas grandes como burros, que soltaban chispitas de soldadura. Pensó que parecía un borrachito sucio, un desgraciadito, tremenda ficha. Era hermoso como un ángel. No la miró, pero Cathaysa sí se fijó en el chico. Le gustó aquel corte de herradura con pintitas rubias que llevaba en las puntas del pelo. Aquel cortito, así así, todo empinadito parriba que se le mantenía engrinchado como un erizo. El chico se levantó del muro para desarrimar la moto de la carretera. Se quedó ella asustada con la boca abierta hasta acá abajo, ah, hasta acá abajo, hasta la altura de la vida. Al ponerle la pata a la moto, alzó la vista como quien no quiere la cosa, el pibe. A Cathaysa le pareció que la estaba mirando. De tan lejos, pensó verse reflejada en aquellos ojos que chillaban como las aguilillas, en aquellas pupilas que daba hasta miedo de verlas porque espejiaban como espejos. Vámolos, apúrate, le dijo La Macha, que dispués se acaba el baile y no bailamos ni fisco, y la arrastró otra vuelta a la churrería. Pensó Cathaysa que nunca había tenido un novio como Dios manda, solo cuando era chiquita había estado de ligue con el niño aquel que iba con el padre a las chuletadas de los Alcohólicos Anónimos, ¿cómo diantres se llamaba? Quiso volver la vista, pero La Macha le mandaba unos jalazos cada vez más fuertes. Venga, venga, que te gusta más un cuento que comer, le decía disimulando que en realidad no quería dejarla ver a los chicos.

Cuando Cathaysa y La Macha regresaron a la Churrería López, estaba Chaxiraxi mirando a El Churrero como si fuera Jesucristo en calzones todo iluminado. El Churrero sajaba al centro los panes de perrito, y la madre tapaba y destapaba el vapor de panes y salchichas con un movimiento repetitivo sin ton ni son, porque seguía sin acercarse nadie a cuenta de El Último Chance del demonio. Chacha, ¿qué diablos fueron a hacer ustedes que tanto tardan?, dijo Chaxiraxi, que yo ya estoy más aburrida que el carajo. ¡Churro, cambia esa bombona, por Dios te lo pido!, chilló la madre de El Churrero arrastrándose el sudor de la frente con el brazo. Mi castigo..., pegó a cantar el cantante, todo dañado que parecía que lo estaban matando de tan sentido. ¡No me lo puedo de creer!, dijo Chaxiraxi atemorizada, yo arranco parriba a bailar ya mismito y no las espero. Salió corriendo enfolinada y, atrás de ella, La Macha y Cathaysa de la mano también corri-corri para llegar a bailar la «Marejada» a tiempo. El Churrero se quedó trincado cambiando la bombona, muerto por no poder ir atrás de la niña de los ojos de él. Cuando ya habían casi alcanzado la entrada de la plaza, se zafó Cathaysa de la mano de la amiga y se quedó mirando los papelitos de colores desde fuera. Pensó ella que sí, que ya tenía dieciséis años y los dieciséis años eran la edad buena pa tener un novio como Dios manda. Le subieron unos fuegos por las patas parriba, unas ganas de enamoriscarse, de reventarse como un conejo. Tenía una fuerza dentro, pero no sabía cómo usarla. Era una quemazón, una especie de desatino, ¿un amor?, sí, un amor desbandado, como una fila de caballos acabante de escuchar un tiro en el aire.

Allí, donde la plaza estaba brillando como un portal de belén y La Macha ya bailaba la «Marejada» con una vieja a la altura del poste de la luz, encontró Cathaysa a Chaxiraxi dando vueltas más privada que el carajo. La jaló por el vuelto del vestido hasta la parte de fuera de la plaza. La miró a los ojos que parecía que le quería clavar la pupila con un machete. Chacha, déjame bailar tranquila, le dijo la amiga zafándosele de la mano. María Chaxiraxi, escuche, ¿quién son los pibes esos? ¿Qué pibes? Los de las motos. ¿Esos?, ¿los de las amotos?, ¿esos?, unos chiquitos de malandros, antes se llevaban con mi hermano Toni, de una época que estuvo yendo con el Taison a peleas de perros y de gallos, ¿te recuerdas?, pobrecito, el Taison, padescanse, eso era un perrito más noble que el carajo; antiguamente uno de ellos tenía un presa bastante conocido, no me recuerdo yo ahora cómo le decían, pero a ellos les dicen Los Caleteros, vienen de la parte de la costa. ¿Los Caleteros? Sí, Los Caleteros. Alzó la mirada Cathaysa y se fijó en el cartel del número de lotería del barrio con la cara pintada de la Virgen del Socorro y le dieron ganas de presinarse, pero no lo hizo. Y son unos tremendos jarrapos, ten cuidado.

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