ARTÍCULOS

Empieza a leer 'Lo intolerable' de Enrique Díaz Álvarez

29/04/2026

Todos los lugares que entrañan una marginación forzada –los guetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentracióntienen algo en común con los zoos.

John Berger

 

PENSAR CON TODO EL CUERPO 

La cámara de un teléfono móvil apunta a un coche blanco que permanece detenido. Hay movimiento en el interior del vehículo. Todo es muy confuso. Se necesitan algunos segundos para reconocer que el hombre detrás del volante está abrazando a un bebé que llora desconsoladamente. Una mano cubierta por un guante negro entra por la ventanilla y lo sujeta del cuello. Sus ojos están en blanco. Su boca, semiabierta. Tiene espasmos rítmicos y violentos. Entendemos, entonces, que ese hombre de tez morena se está convulsionando. A pesar de ello, no suelta a su hijo.
          La madre, que ocupa el lugar del copiloto, trata de inclinarse hacia ellos. No lo consigue. Sus piernas se doblan extrañamente hasta que las rodillas tocan el volante. Alguien parece jalar su cuerpo hacia el exterior. Ella resiste con todas sus fuerzas para mantenerse junto a su familia. Al abrirse la toma, vemos que varios agentes encapuchados del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE) rodean el auto. Dos de ellos tratan de tirar de las correas del arnés que sujeta al bebé desde la puerta del conductor. Acercan al pequeño a la ventanilla mientras el cuerpo del padre no deja de sacudirse.
​          Se escuchan gritos. Son personas que protestan al percatarse de la situación. El testigo que graba la escena alza la voz para que sepamos que aquello que vemos acontece en Fitchburg, Massachusetts. Es noviembre de 2025. Se trata de uno de los tantos controles y redadas que ha implementado la segunda Administración de Trump para capturar a migrantes sin papeles. Los han cazado afuera de escuelas, supermercados, y también en cortes migratorias, convertidas en trampas para ratones. Sabemos que aquella mujer fue arrestada y trasladada a un centro de detención para migrantes. Uno imagina el momento en que ese hombre pudo recuperar la conciencia y marcharse de ahí con su niño, completamente aterrorizado.
​          No basta con llevarse las manos a la boca. Tampoco con apartar la mirada. Es preciso dejarse afectar. Sentirse atravesado por ese escalofrío que irrumpe de forma repentina e involuntaria hasta ponernos la piel de gallina. La política de la crueldad que está en marcha nos obliga a pensar con todo el cuerpo y a prestar atención al desconsuelo, la vergüenza, la indignación y otras emociones que nos vinculan con el dolor de los demás. A tomarnos en serio el estómago revuelto y las náuseas que experimentamos ante la imagen de lo atroz. Dentro del museo del horror contemporáneo, cada uno de nosotros tiene un rostro o un cuerpo maltratado que no deja de perseguirnos ni de herirnos sin remedio.
​          ¿Qué es lo que impide que ese malestar nos mueva a la acción desde una perspectiva crítica o emancipadora? ¿Es que solo la extrema derecha puede movilizar la repulsión? ¿Qué nos quiere decir el mal cuerpo? ¿Contra qué lucha? ¿Qué cosas nos advierten ese temblor, esas arcadas, esa intolerancia que brota de nuestras propias entrañas? ¿Cuánto tiempo nos lleva sacarnos de encima esa sensación insoportable y pasar a un video de capibaras? ¿A quién puede convenir que normalicemos el horror y la vileza de esta forma? ¿Por qué tanto reparo en reconocer lo que encierran el cuerpo y los afectos?
​          Pienso, cómo no, en Spinoza; no es solo que tendamos a movernos más por los afectos que por la razón, sino que, al obviarlo, se escriben éticas y teorías políticas que devienen sátiras. Totalmente inaplicables.1 Entre otras cosas, nos han capacitado para tolerar lo inaceptable. Así nos va. Este ensayo nace desde el azoro, la incomodidad y la vergüenza. Va en contra de esa ampliación del umbral de tolerancia que nos ha llevado a la indolencia.
​          El sentido de responsabilidad no se dicta, sino que se cultiva por medio de la reflexión crítica, la sensibilidad y la imaginación. Por eso mismo necesitamos testimonios, crónicas, novelas y prácticas artísticas que nos encaren con la violencia, la crueldad, la humillación y el abuso de poder hasta con-movernos y volvernos incapaces de tolerarlos un minuto más. Nadie como María Zambrano –esa filósofa que se vio obligada a refugiarse al otro lado del Atlántico tras la derrota republicana– para reconocer que «pensar propiamente es arrancar algo de las entrañas».2 En medio de la ola neofascista que nos cae encima, ¿por qué no recuperar su apuesta por entrelazar la razón, la poesía y la carne?

***

Descubre más sobre Lo intolerable de Enrique Díaz Álvarez aquí.

COMPARTE
COMENTARIOS