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Empieza a leer 'Las pruebas de mi inocencia' de Jonathan Coe

25/03/2026

La detective enseguida distinguió a su sospechoso en medio de la multitud de la estación de Paddington, a pesar de que era una ajetreada mañana de martes y el vestíbulo estaba abarrotado de pasajeros. Observó cómo aquella figura furtiva y escurridiza se abría camino hacia el andén número 5 y cogía un tren a Worcester.
          Subiéndose también al tren, buscó un asiento cerca del sospechoso, pero no demasiado. En el vagón siguiente. Allí tampoco la descubriría, aunque ella seguiría teniendo una buena visión de su presa si se inclinaba hacia delante y echaba un ojo a través de las puertas acristaladas que separaban los dos vagones.
​          El tren se puso suavemente en marcha justo a su hora. Mientras iba cogiendo velocidad y atravesando los barrios de las afueras del oeste de Londres, se oyó un anuncio por el sistema de megafonía:

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
​          Lo solucionaremos.
​          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Había algo definitivamente molesto en aquel anuncio, aunque la detective no podría haber dicho con exactitud de qué se trataba. Sabía que el sospechoso se bajaría en la estación de Moreton-in-Marsh (un trayecto de una hora y media, más o menos) y esperaba emplear aquel tiempo en organizar sus notas sobre el caso. Pero cada pocos minutos sus pensamientos se veían interrumpidos por aquel mensaje exasperante.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
​          Lo solucionaremos.
​          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Llegó a la conclusión de que era la expresión «y asunto solucionado» lo que la crispaba tanto. Su falso tono popular. ¿Había alguien que todavía usara aquella expresión en esos términos? En su intento por aportar un matiz que no fuera excluyente ni elitista, ¿la persona que había redactado aquel mensaje tenía que hacerlo sonar como algo sacado de una película donde se pretendiera imitar, sin conseguirlo, la jerga de los mafiosos?
​          Trató de olvidarse y centrarse por el contrario en el caso y apuntar al único elemento (fuera el que fuese) que todavía no encajaba en su sitio. Estaba convencida, en un noventa y nueve por ciento, de que la persona a la que seguía era culpable. Pero no se sentiría realmente a gusto hasta que no hubiera despejado el uno por ciento restante de duda.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
​          Lo solucionaremos.
​          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Las estaciones iban pasando a toda velocidad. Reading. Oxford. Hanborough. Charlbury. Kingham. Y fue en ese momento, cuando solo quedaban cinco minutos para que llegasen a su destino, en el que se le aclararon de golpe las ideas, y la detective se dio cuenta de que había encontrado por fin la cosa que andaba buscando. Cogió el móvil y, tras unos segundos de cliquear y desplazarse por la pantalla, accedió a una página que confirmó sus sospechas. Las confirmó con toda precisión. Había desaparecido el uno por ciento de duda, y llegado el momento de dejarse de miramientos y entrar decididamente en acción.
​          La detective de pelo blanco, vestida de negro de los pies a la cabeza, se levantó de su asiento y se pasó al otro vagón. Su cuerpo se balanceaba un poco con el movimiento del tren. Pronto se encontró de pie junto al sospechoso, que estaba encorvado sobre la pantalla de un teléfono móvil. En el móvil se veía una retransmisión en directo desde los escalones del número 10 de Downing Street. Cuando la sombra de la detective cayó sobre la pantalla, dos ojos recelosos e inquisitivos se alzaron despacio para toparse con los suyos, y vio que una lucecita de reconocimiento se encendía en ellos. Dijo el nombre completo del sospechoso y añadió «Queda usted detenido por el asesinato de...», antes de que una vez más la interrumpieran.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
​          Lo solucionaremos.
​          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

 

PRÓLOGO
Del 2 al 5 de septiembre de 2022

Phyl se inclinó hacia delante en el banco del jardín y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Eran las ocho menos veinte, ya se estaba poniendo el sol y empezaba a hacer más frío por la noche. El alto seto de aligustre, perfectamente podado, arrojaba su larga sombra sobre el césped que su padre había cortado en franjas muy pulcras unos días antes. Desde el fondo del estanque de nenúfares, Gregory, la vieja y dorada carpa dorada (valga la redundancia), salía de vez en cuando a la superficie y le lanzaba besos indiferentes con sus labios bulbosos. Pájaros que no habría podido identificar emitían sus cantos crepusculares desde las ramas de árboles que no sabía cómo se llamaban. Las nubes salpicaban el cielo cada vez más rojo, y entre ellas, a lo lejos, distinguió el destello plateado de un avión que descendía lentamente hacia Heathrow. Era una escena de encantadora tranquilidad, que la dejaba completamente fría. Había resuelto la Palabra Oculta de ese día en tres intentos y, al mirar sus estadísticas, descubierto que llevaba una racha de sesenta y ocho. Eso significaba que aquel viernes de septiembre hacía sesenta y ocho días que había vuelto de la universidad. Sesenta y ocho desde que su padre se había acercado a Newcastle en el nuevo Toyota del que tan orgulloso estaba, había metido como había podido todas sus pertenencias en la parte trasera y se la había llevado para siempre de la asquerosa casa infestada de ratas, que se iba desmoronando poco a poco, donde había pasado los años más felices de su vida. Y todo para devolverla a la comodidad, la quietud y la embrutecedora opulencia de la vida cotidiana de unos padres que ya se iban haciendo mayores. Se estremeció de nuevo.
​          Faltaban diecisiete minutos para las ocho. Parecía que el tiempo pasaba tan despacio cuando no estaba trabajando... Durante las últimas tres semanas, Phyl había trabajado en turnos de nueve horas en una filial de una cadena de mucho éxito, especializada en comida japonesa. La filial se encontraba en la terminal 5 de Heathrow, a veintitantos kilómetros de la casa de sus padres. El rasgo distintivo de la cadena era la novedad de tener bandejas en miniatura de rollitos de sushi serpenteando entre las mesas de los clientes, en pequeñas cintas transportadoras. La mayoría de los platos se elaboraban en el propio local, así que Phyl se pasaba el día cortando verduras y cubriendo diminutas briquetas de arroz con finas capas de salmón ahumado. Empezaba a aprender la diferencia entre los distintos cuchillos japoneses de cocina: el usuba de hoja ancha, que se usaba para las verduras; el yanagiba, el mejor para cortar pescado crudo en tiras de sashimi; el cuchillo deba, más pesado y más grueso, utilizado para partir las espinas. Era un trabajo bastante duro, y después de nueve horas (con un descanso de veinte minutos para comer) acababa con los ojos vidriosos y la espalda y las piernas doloridas, y un permanente olor a pescado en los dedos. De todas formas, el tedio sin preocupaciones de su trabajo la ayudaba a olvidarse un rato del otro tedio sin preocupaciones de su vida casera, y en el trayecto de regreso en autobús, largo y complicado, desde el aeropuerto a la ciudad donde vivían sus padres le daba tiempo a pensar en sus planes de futuro, o más bien en su carencia de ellos, porque no tenía ni idea de qué tipo de empleo buscar después, ni tampoco de lo que quería hacer con el resto de su vida. Aparte, eso sí, de una cosa que se le había ocurrido hacía poco, pero que era tan personal y tan audaz, que no se había atrevido a contársela a nadie, y menos a su madre o a su padre.
​          Estaba pensando en escribir un libro.
​          Pero ¿qué clase de libro? ¿Una novela? ¿Unas memorias? ¿Algo en la frontera de ambas cosas? No sabía. Phyl nunca había escrito nada, a pesar de que era una lectora insaciable. Lo único que sabía era que, desde que había vuelto de la universidad (no, desde antes: se había dado cuenta en aquellas pocas semanas indolentes tras los exámenes finales), tenía un impulso creciente, una necesidad (y no estaba exagerando nada) de crear, de escribir palabras en una pantalla, de intentar darle forma a algo lleno de sentido a partir del aburrido bloque de mármol que constituía su inane y amorfa experiencia.
​          No sabía lo que podría ser. Aunque ese día había decidido que había un episodio que, sin lugar a dudas, iba a formar parte de aquello. Era algo que le había sucedido unas horas antes. Un incidente sin importancia, pero del que sabía que se iba a acordar mucho.
​          Cuando había terminado su turno a las tres, Phyl se había acercado a los ascensores y esperado a que llegase alguno. La terminal 5 estaba tranquila. El ascensor tenía que subir desde cuatro pisos más abajo, y luego debías aguardar a que se abrieran las puertas. Había un botón para llamarlo y otro para abrirlas, pero a esas alturas Phyl se había percatado de que eran solo de adorno y que todo funcionaba de forma automática. Literalmente, no servía de nada apretarlos. Poco antes de que llegase el ascensor a su piso, un hombre de su misma edad, más o menos, se aproximó y se puso a su lado. Llevaba una bolsa de deporte y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas morenas, musculosas y velludas. (Desde que trabajaba en Heathrow, Phyl estaba sorprendida con la cantidad de hombres que se ponían pantalones cortos para viajar en avión.) Se quedó allí meneando una pierna, impaciente, mientras no aparecía el ascensor. Phyl se encontraba más cerca de los botones, pero no los apretó. Sabía que las puertas se abrirían automáticamente después de diez segundos. Lo había comprobado todos los días. Tras nueve segundos, sin embargo, la impaciencia del hombre pudo con él. No iba a retrasar su viaje por aquella mujer pasiva e inútil. Se inclinó por delante de ella y apretó el botón, y, por supuesto, en un segundo las puertas se abrieron y entraron los dos.
​          Cuando empezó el descenso hasta la planta baja, Phyl sabía exactamente lo que estaba pensando aquel hombre. Había salvado la situación. Sin su intervención rápida y decidida, aún estarían plantados en la cuarta planta esperando a que se abrieran las puertas. La sensación de satisfacción que emanaba era tan fuerte que casi parecía que quería que lo felicitaran. En cambio, cuando llegaron a la planta baja, ella estaba tan molesta que no pudo evitar decir:
​          –Por cierto, se iban a abrir de todas maneras.
​          Él levantó la vista de su móvil un momento.
​          –¿Qué?
​          –Las puertas. Se habrían abierto igual.
​          La miró sin comprender.
​          –No hacía falta apretar el botón.
​          –Pero lo he apretado –contestó.
​          –Pues no hacía falta.
​          –Lo he apretado –dijo– y se han abierto. Qué casualidad, ¿no?
​          –Se habrían abierto de todos modos.
​          –Ya, pero las puertas de los ascensores no se abren solas quedándote ahí parado.
​          –Pues es lo que estoy diciendo –insistió Phyl–. Con estas puertas, eso es exactamente lo que hay que hacer.
​          Él se encogió de hombros y volvió a mirar su teléfono.
​          –Uso estos ascensores todos los días –continuó ella.
​          –Me alegro por ti –respondió él, sin levantar la vista. Y tras una pausa–: Eso son muchos vuelos. Piensa en la huella de carbono.
​          –Qué gracioso –dijo Phyl–. Es que trabajo aquí.
​          –Mira –dijo el hombre, levantando de mala gana la vista de su teléfono e intentando claramente rematar la conversación con aquella mujer trastornada–. Si no fuera por mí, aún estaríamos los dos esperando ahí arriba. Reconócelo.
​          El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.
​          –¿Y ahora qué? –dijo Phyl–. Se han abierto sin que ninguno de los dos apretara ningún botón.
​          –Espabila y haz algo, tía –dijo él, saliendo furioso en dirección a la parada de taxis–. Puta fracasada...
​          Se quedó quieta, viendo cómo se alejaba de espaldas a ella. Estaba atónita (atónita y paralizada), y durante las horas siguientes no fue capaz de quitarse de la cabeza las dos últimas palabras de aquel hombre. Les había dado vueltas en el autobús de regreso a casa, y todavía seguía pensando en ellas en ese momento. De hecho, si no hacía algo importante, corría el peligro de continuar así toda la noche hasta que se acostara, a la hora que fuese. (El insomnio era uno de los muchos problemas que tenía esa temporada.) Así que hizo lo que solía hacer en situaciones de estrés. Rodeando el garaje donde su padre andaba buscando cajas de cartón, y el estudio en el que estaba trabajando su madre, subió rápidamente las escaleras hasta su dormitorio y se echó, completamente estirada, sobre la cama. Con los auriculares puestos y sosteniendo el móvil en alto, Phyl entró en Netflix y se desplazó con el dedo hacia abajo, buscando algún episodio de Friends. Era su forma habitual de consolarse con la televisión, una de las maneras más fiables de desconectar un rato del mundo. Ya había visto cada episodio más de diez veces, conque a esas alturas solo había que dejarse llevar por el azar. Ese día fue a parar al episodio 21 de la primera temporada: El de la Mónica falsa, en el que una ladrona de tarjetas de crédito usurpaba la identidad a uno de los personajes. Un buen episodio, en opinión de Phyl, entre otras cosas porque la timadora en cuestión resultaba muy interesante. Al final acababa en la cárcel, y a Phyl siempre le daba pena que nunca reapareciese en los siguientes. Le habría gustado saber más cosas sobre ella. ¿Tan mal le iba en la vida que quería usurparle la identidad a alguien y reinventarse a sí misma? Era una idea tan tentadora por tantas razones... Desaparecer, evaporarse en el aire, dejando atrás una vida llena de errores y humillaciones, y luego reaparecer con un aspecto totalmente distinto. Renacer...
​          Por supuesto, había más tramas con las que entretenerse: la búsqueda de Ross de una nueva casa para su mono, los intentos de Joey de encontrar un nuevo nombre artístico. Para Phyl, todo el atractivo del universo de Friends radicaba en lo encantadoramente predecible que era su línea argumental a lo largo de sus 236 episodios. Cuando aquel se terminó (como le pasaba siempre), estaba mucho más tranquila. El regusto amargo de su encuentro en los ascensores se iba desvaneciendo, dejando tan solo una estela de rabia ante la arrogancia del hombre en cuestión. Estaba más segura que nunca, eso sí, de que escribir sobre aquella experiencia le resultaría liberador y catártico. Pero no sabía por dónde empezar. A lo mejor solo tenía que zambullirse en ello y contar la historia, comenzar a ponerla en palabras y luego ver dónde la llevaba aquel proceso. ¿Era así como lo hacían los escritores?
​          Decidió echar un vistazo a la biblioteca de su padre, buscando inspiración.
​          La vicaría de Rookthorne era un edificio victoriano tardío, igual que la iglesia, y como ella, provocativamente fea, pero lo que le faltaba de encanto le sobraba de espacio. Ya solo la planta baja comprendía una cocina abovedada enorme, un comedor, dos salas de visitas, el estudio donde trabajaba la madre de Phyl en lo que su hija denominaba «cosas de la vicaría», y otra sala de estar que había sucumbido a la disparatada colección de libros de su padre. «La biblioteca», la llamaban sus padres, y constituía una prueba fehaciente de una bibliomanía que se había descontrolado hacía mucho tiempo, con sus cuatro paredes repletas de estantes y llena desde el suelo hasta el techo de miles de libros: la mayoría ejemplares de los siglos XVIII y XIX encuadernados en piel, y el resto, unos pocos miles más encajados entre ellos, relativamente nuevos: libros de historia, biografías y una pequeña muestra de primeras ediciones contemporáneas. También había tres sillones muy cómodos, con el respaldo vuelto hacia la luz que dejaban pasar las ventanas de guillotina, y en uno de esos sillones estaba sentado Andrew, el padre de Phyl, forzando la vista para leer la letra diminuta de alguna novela victoriana olvidada. Se encontraba rodeado de cajas de cartón, y también de pilas de libros, amontonados en una serie de torres precarias, que parecía escoger siguiendo algún criterio personal. Levantando la vista cuando entró su hija, dijo:
​          –¿Todo bien, cariño?
​          –Sí, estoy bien –respondió ella, y poco a poco tomó conciencia de aquel organizado desorden que reflejaba la situación de su padre–. ¿Qué estás haciendo?
​          –Limpieza. Ya no caben. –Miró a su alrededor y suspiró, aparentemente amedrentado por todo el trabajo que le quedaba–. Me es muy difícil, la verdad. Tengo que elegir como cuatro o cinco metros de libros y empaquetarlos.
​          Phyl cogió un libro de bolsillo de uno de los montones y le echó un vistazo mecánicamente, sin auténtico interés.
​          –¿Y luego qué vas a hacer con ellos? –preguntó.
​          –Llevárselos a Victor, supongo, y venderlos, muy a mi pesar.
​          Al principio no sabía a qué Victor se refería; después recordó que era uno de los amigos de Londres de su padre, el dueño de una librería de viejo con el que a veces hacía negocios.
​          Andrew torció la cabeza para ver la cubierta del libro que ella había cogido.
​          –¿Cuál es?
​          Phyl lo miró con atención por primera vez. Se trataba de un volumen pesado, de quinientas o seiscientas páginas. Se titulaba Lilliput Rising, y su autor era un tal Piers Capon. Tanto la cubierta como el diseño de la letra parecían de otra época. Consultó la página de créditos y vio que se había publicado en 1993.
​          –No se puede decir que me acuerde de haberlo comprado –dijo su padre.
​          Phyl estaba leyendo la nota publicitaria del editor.
​          –Jo, escucha esto. «Lilliput Rising es una sátira épica sobre la locura de la vida moderna, que abarca diferentes continentes y generaciones: la obra de uno de nuestros novelistas jóvenes más brillantes en plenitud de facultades, destinada sin duda a convertirse en un futuro clásico.»
​          Su padre soltó una carcajada.
​          –Pues no le funcionó muy bien, ¿no? Si ni siquiera alguien como yo se acuerda de quién era ese tipo... Piers Capon. Ponlo en el montón de la tienda benéfica, haz el favor.
​          Phyl puso el libro donde le señalaba, lo colocó sobre la pila, y luego se quedó mirándolo un momento, perdida en sus pensamientos. Le entró una tristeza extraña e inexplicable al darse cuenta de que una vez, hacía casi treinta años, a un autor su editor y sus críticos le habían asegurado que había escrito un clásico que admirarían las generaciones siguientes; y, sin embargo, ahora estaba totalmente olvidado y ya no lo leía nadie. Podría no haberse molestado en escribirlo perfectamente.
​          En lo alto del siguiente montón había un libro que reconoció, aunque nunca lo había leído: Dinero, de Martin Amis. A pesar de que su padre no paraba de decirle que se trataba de una obra maestra, nunca le había tentado demasiado la idea. Lo abrió por la portada interior y se fijó en que llevaba el subtítulo «Carta de un suicida». Eso era intrigante, en cierta forma. También le llamó la atención la sencilla cubierta azul celeste de aquel ejemplar de bolsillo, que no llevaba más ilustraciones que el nombre del autor y las palabras «Pruebas sin corregir. Prohibida su venta o reproducción».
​          –¿Qué quiere decir esto –preguntó– de «Pruebas sin corregir»?
​          –Es una cosa del mundo editorial –le contestó su padre–. Cuando llegan las primeras pruebas, el editor a veces las encuaderna y las manda a las revistas y a los críticos y ese tipo de gente. La idea es que es más probable que los redactores las lean si parecen un libro de verdad.
​          –¿Pero no tienen erratas?
​          –A veces sí –dijo Andrew–. Por eso a veces son muy valiosas para los coleccionistas. Se las llevaré a Victor la semana que viene. Ya me dirá si valen algo.
​          Phyl dejó el libro donde estaba y cogió en cambio una bonita primera edición en tapa dura de Titus Groan de Mervyn Peake. Ese le trajo bonitos recuerdos. Recordaba haberlo leído cuando tenía dieciséis o diecisiete años y haberse perdido alegremente en su laberinto de tramas góticas, además de identificarse tremendamente con el personaje de la terca y solitaria Fuchsia. Con la esperanza de sentir una agradable ráfaga de nostalgia al abrir la primera página, se sentó en uno de los sillones y empezó a leerlo, pero resultó que ni siquiera allí era capaz de concentrarse. No podía quitarse de encima aquella sensación de descontento y falta de objetivos. Dejó también aquel libro a un lado, y se quedó mirando, taciturna, al infinito.
​          Al poco rato, ya se estaba planteando la misma pregunta de antes de forma aún más insistente, pero parecía que la respuesta se le escapaba cada vez más. Suspiró profundamente.
​          ¿Qué iba a hacer con el resto de su vida?
​          –¿Te acuerdas de cómo te sentías cuando acabaste la universidad? –le preguntó a su padre.
​          –Sí que me acuerdo –respondió él, sin dejar de escoger libros y apilarlos–. Me sentía muy mal. Completamente decepcionado. Se me habían pasado los tres años pitando, y luego vuelta a vivir con mis padres... Me encontraba fatal, igual que tú ahora.
​          –No me encuentro fatal –le replicó Phyl–. Solo un poco... inquieta. No sé qué hacer.
​          –Bueno, tienes un montón de tiempo para pensarlo –dijo su padre–. Date un respiro. Solo tienes veintitrés años.
​          –Cierto –dijo Phyl–. Pero ¿qué pasa con...? Quiero decir, cuando tenías mi edad, ¿tenías planes? ¿Sabías que querías ser...? –Se le quedó la mente en blanco de golpe–. ¿En qué trabajaste en realidad?
​          –Fui perito colegiado –le contestó su padre–. Durante más de treinta años.
​          –Es verdad –dijo Phyl–. Perdona. No sé por qué siempre me olvido.
​          –Y no –siguió diciendo Andrew–, nunca fue mi plan. Y menos, mi sueño de niño. Más bien acabé ahí de casualidad. Tampoco pasa nada. Mucha gente acaba donde menos se imagina. –Le echó una mirada al ejemplar descartado de Titus Groan que Phyl tenía al lado–. Te encantaba –añadió–. ¿Qué pasa? ¿No estás de humor?
​          –Ahora mismo no. Me apetece algo más actual. Algo que me sirva para explicarme este mundo. No sé, algo político quizá.
​          –¿Desde cuándo te interesa la política?
​          –No tienes ni idea de las cosas que me interesan –dijo Phyl, cada vez más indignada–. Dentro de tres días vamos a tener un primer ministro nuevo. Es interesante, ¿no?
​          Andrew se encogió de hombros y se quedó mirando un rato la cubierta de Rasselas de Samuel Johnson. No parecía muy decidido sobre su destino, y al final lo único que dijo fue:
​          –Los primeros ministros vienen y van.
​          El fatalismo fácil de aquella afirmación enfureció a Phyl un momento.
​          –¿Cómo voy a tener una conversación contigo cuando dices cosas como esa? ¿Me quieres decir a qué viene?
​          –Si te apetece hablar de política –dijo Andrew–, Christopher, el amigo de tu madre, viene mañana a pasar unos días, y seguro que le encanta. Mientras, siempre puedes leer su blog. Me han dicho que es muy político.
​          Al percibir aquel tono cortante de su voz tan poco habitual (y no era fácil provocar a su padre), Phyl se batió en retirada de la biblioteca. Se había olvidado de que el amigo de Joanna vendría a hacerles una visita. Su padre no parecía muy contento con el tema, pensó.
​          Tras pasar por la cocina y ver que no había nadie, se preguntó si debería ofrecerse a hacer la cena, porque de momento no había muchas señales de que nadie fuera a encargarse de eso. Pero la inercia pudo con ella, y tras coger tres aceitunas negras de un cuenco que había en la nevera y metérselas en la boca, fue a ver si encontraba a alguien más con quien hablar.
​          Su madre, Joanna, estaba en el estudio, tecleando en el ordenador. Tenía sintonizada Radio 3 de fondo. Phyl miró por encima de su hombro para ver lo que escribía. Parecía una enmienda a una resolución del comité de la parroquia, donde se especificaba el tamaño exacto y el tipo de fuente que había que utilizar en un aviso sanitario que había que poner en la iglesia, para recordar las propiedades alérgenas de los arreglos florales. Phyl se sentó en el pequeño sofá que había tras el escritorio de su madre, deprimida al pensar lo forzada que se había visto a comprender el significado exacto de la palabra «parroquial» los dos últimos meses.
​          La música que sonaba en la radio era rara. Rara, pero bastante bonita. Una voz aguda de hombre (¿un contratenor?, ¿era así como se llamaba aquel tipo de voz?) cantaba una melodía melancólica, acompañada de una guitarra sobria, discreta, apenas audible. La grabación tenía un montón de eco.
​          –Es bonita –dijo Phyl–. ¿Qué es?
​          Su madre no levantó la vista de la pantalla.
​          –No estaba escuchando, la verdad.
​          –¿Y para qué la tienes puesta si ni siquiera la escuchas?
​          Los dedos de su madre siguieron tecleando. Dándose cuenta de que allí tampoco iba a entablar ninguna conversación, Phyl estaba a punto de levantarse y salir cuando la canción hizo que se detuviera. Tenía una melodía misteriosa: nostálgica y evocadora, pero con cierto tono ligeramente siniestro. En cuanto a la letra, al principio no estuvo muy segura de haberla oído bien.

Ay, te han envenenado, ay, Randall, hijo mío,
​          te han envenenado, mi apuesto muchachito.
​          La verdad habéis hablado, Madre,
​          la verdad habéis hablado.
​          Mas preparadme ya el lecho, porque hasta el alma traigo herida
​          y de buen grado me tendería.

–Es una canción sobre alguien a quien envenenan, ¿no?
​          –Espera un momento, cariño. Estoy terminando.
​          Phyl cerró los ojos y trató de concentrarse en las palabras. La distraía el cliqueo del teclado.

Ay, ¿y qué le dejarás en prenda a tu amada, hijo mío?
​          ¿Qué le dejarás en prenda, mi apuesto muchachito?
​          Una soga del infierno para colgarla,
​          una soga del infierno.
​          Ay, preparadme ya el lecho, porque hasta el alma traigo herida
​          y de buen grado me tendería.

–Y ahora va a colgar a su amada, ¿no? Después de haber muerto envenenado.
​          Joanna apretó la tecla de borrar muchas veces seguidas.
​          –¿Por qué sigue haciendo eso? –preguntó–. No para de intentar cambiar el documento entero.
​          La canción se terminó, desvaneciéndose con una triste cadencia final. Hubo una breve pausa antes de que una voz femenina anunciara que se trataba de una antigua canción folclórica inglesa (o quizás escocesa, o a lo mejor de la zona fronteriza entre los dos países) titulada «Lord Randall». Phyl tomó nota del título mentalmente.
​          Luego observó, con una frustración cada vez mayor, cómo su madre se liaba con las veleidades de Microsoft Word.
​          –¿Te puedo ayudar en algo? –le preguntó.
​          –No, me las apañaré –le soltó Joanna–. Tú déjame seguir con esto un rato, ¿vale?
​          Phyl se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero se volvió antes de salir.
​          –¿Cómo se llama tu amigo? –preguntó.
​          –¿Qué?
​          –Tu amigo, el que viene a pasar unos días mañana.
​          –Ah. Christopher.
​          –¿Christopher qué?
​          –Swann. Con dos enes.
​          –Vale, gracias. ¿Quieres que haga la cena?
​          –Ya la hará tu padre, supongo.
​          Así que Phyl subió de nuevo a su dormitorio, volvió a echarse en la cama completamente estirada (esta vez con los pies sobre la almohada) y levantó la tapa de su portátil. Escribió «Christopher Swann blog» en Google y lo encontró enseguida. La página estaba encabezada por una fotografía de juventud de una cara que le resultaba vagamente familiar de unos cuantos años atrás, cuando el amigo de su madre les había hecho una visita por última vez: pelo castaño oscuro entreverado de gris; una frente alta de intelectual; gafas con montura metálica muy fina; y un brillo inquisitivo y acerado en los ojos. Sí, ahora lo recordaba. Le había parecido un poco pedante. Bastante frío y displicente. Y propenso a la condescendencia machista.
​          La fotografía estaba torpemente colocada sobre un titular que decía EMPLEANDO EL PODER DE LA VERDAD PARA DECIRLE LA VERDAD AL PODER, sumamente pobre, pensó Phyl. Sin embargo, el contenido de la entrada (escrita tres años antes) resultaba bastante interesante.

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Traducción de Javier Lacruz

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