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Empieza a leer 'La vida al final' de Bernhard Schlink

08/04/2026

1

Esa tarde no bajó en ascensor; prefirió las escaleras. Bajó despacio, escalón a escalón, piso a piso, fijándose en el blanco de las paredes, en el verde de los números que al lado del ascensor indicaban la planta en que se encontraba, en el verde de las puertas. Luego, ya fuera del edificio, notó el aire fresco y se fijó en todo lo que iba viendo: los peatones en la acera, los coches en la calzada, los andamios del bloque de enfrente.
          Lo primero que pensó fue que, ahora que ya no le quedaba mucho tiempo, en lugar de escoger las escaleras debería haber bajado en ascensor. Pasó un taxi, lo paró y subió. El taxista lo saludó e hizo un comentario sobre la hermosa mañana que había amanecido después de la lluvia de los últimos días. El cielo estaba azul, el sol brillaba y, en el verde de la isleta, en medio de la calle, florecían unos crocos. Sí, pensó, una mañana realmente hermosa. ¡Cuánto me ha alegrado siempre ver llegar la primavera después de los largos meses con la ciudad cubierta por un cielo bajo y gris!
​          Durante el trayecto recordó la tormenta que una vez lo había obligado a refugiarse bajo el mismo alero que ahora veía desde el taxi, la conferencia que dio en la iglesia por la que estaba volviendo a pasar, la noche en ese restaurante en compañía de la joven que luego sería su esposa y la oficina de correos de la esquina, donde compraba sellos y entregaba y recogía paquetes hasta que la cerraron un par de años antes; recordó al profesor de yoga con el que tomaba clases dos veces por semana y que había vivido en ese edificio, al anciano que se había pasado todo un verano sentado en una silla delante de esa casa, saludando a los que pasaban; recordó la vez que se cayó de la bicicleta encima de la hojarasca húmeda, el otoño pasado. Eran solo fragmentos de recuerdos: de dónde venía y adónde iba cuando se desencadenó la tormenta, de qué había tratado la conferencia, lo enamorados que estaban él y la joven –pero ¿lo estaban ya aquel día?–... Sin embargo, no recordaba lo que había ocurrido antes y después de caer de la bicicleta.
​          En cambio, sí se le metió en la cabeza una pregunta: ¿tendría que darse prisa a partir de esa tarde? ¿Por qué se había decidido por las escaleras en lugar de bajar en ascensor? Aunque, en realidad, no había decidido nada: simplemente había echado a andar. Como tampoco se había decidido por el taxi, sino que simplemente se había subido. ¿Se había acabado lo de ponerse a andar sin más o simplemente subirse a un taxi? ¿Tendría que reflexionar, de ahora en adelante, sobre en qué cosas empleaba su tiempo? Pero ¿no llevaba su tiempo también pensar las cosas a fondo? No quería pensar en todo eso, porque no servía de mucho, pero tampoco podía quitárselo de la cabeza. Cuando por fin lo consiguió, le vinieron a la mente los colores, el blanco de las paredes y el verde de los números y de las puertas, cosas también bastante inútiles.
​          –Hemos llegado.
​          No había prestado atención como solía hacer: ni había mirado el taxímetro ni había sacado ya la cartera. No se dio cuenta hasta que el taxi se detuvo y el conductor le habló volviéndose hacia él. Pagó, se apeó y entró por la puerta del jardín, una verja baja que ya no se cerraba sola y que había que empujar con la mano, y se dirigió a la casa. Hacía tiempo que quería mandar reparar la verja. ¿Corría prisa ahora o ya no importaba? No había nadie en casa. Su mujer estaba ayudando en la galería de arte de una amiga, y su hijo, en la escuela infantil. No podía decidirse a quitarse el abrigo y colgarlo, ni a ir a la cocina y prepararse un café, ni a entrar en el estudio, donde lo esperaba el manuscrito de un ensayo en el que llevaba una semana trabajando, ni tampoco a sentarse en la sala, en su sillón de siempre. Se quedó de pie.

 

2

¡Si no hubiese ido al médico...! No habría ocurrido lo que ocurrió en esa consulta, no habría sabido lo que ahora sabía. Y si no lo sabía, era como si no hubiera ocurrido.
​          Negó con la cabeza. ¿Por qué no habría tenido que ir al médico? Llevaba semanas sintiéndose agotado, pensando que podía ser anemia o falta de vitaminas, y esperaba que le aconsejase sobre la manera de cuidarse más. Y que le extendiera alguna receta. Hacía muchos años que el médico y él se conocían, había confianza entre ellos aun cuando la relación se limitase a los encuentros en la consulta. Aunque tenía veinte años más que el médico, esa diferencia de edad le complacía, ya que esperaba que no se jubilase antes de que él muriese: así no tendría que sustituirlo por otro. El chequeo anual, algunos dolores de estómago, de vez en cuando pérdida de voz o un poco de lumbago, una vacuna ocasional..., nunca pasaba de ahí. Pero esta vez, después de una ecografía, análisis de orina y sangre y un TAC, el médico le hizo saber que tenía cáncer de páncreas. Que la perspectiva no era tan mala como antes, le dijo, que los avances de la quimioterapia eran enormes y, además, había tratamientos novedosos, algunos probados ya, algunos todavía en fase experimental. Sí, el cáncer estaba avanzado y no podía garantizarle ni prometerle nada, pero lo mejor era empezar el tratamiento cuanto antes.
​          Miró al médico mientras le hablaba, esos ojos que una y otra vez le evitaban la mirada y se posaban en el escritorio, las manos que revolvían papeles que acabaron hechos una bola arrugada.
​          –¿Cuánto tiempo?
​          –No podemos decirlo –respondió el médico dubitativo.
​          –Algo podrá decir. ¿Tres semanas o tres años?
​          –Es probable que no más de seis meses.
​          –¿Y cómo me sentiré en esos seis meses?
​          –Si tiene suerte, como ahora, pero cada vez más cansado, más débil.
​          –¿Y si no tengo suerte?
​          –Me preocupan las metástasis en los huesos. Los dolores pueden llegar a ser insoportables. En ese caso, tendremos que ver dónde le conviene quedarse, si en su casa o en una unidad de cuidados paliativos. O en una residencia.
​          –La verdad es que soporto bien el dolor –dijo encogiéndose de hombros.
​          El médico negó con la cabeza.
​          –Si el tumor afecta a la columna vertebral... –repuso, y alisó los papeles que había estrujado–. Señor Brehm, hace años hablamos una vez sobre la muerte, ¿se acuerda? Usted dijo que prefería quitarse la vida a una muerte dolorosa. Creo que ya había conseguido carbón vegetal para el peor de los escenarios. –Respiró hondo–. Hace tanto tiempo que nos conocemos que se lo diré sin rodeos. No lo haga. Mi mujer tenía doce años cuando su padre se suicidó, no lo ha superado y no lo superará nunca. Su hijo, señor Brehm, es más pequeño, pero no por eso lo pasará mejor. Dele la oportunidad de despedirse de usted. De sentarse junto a su cama con su mujer, e ir viendo, en las últimas semanas, cómo su padre se va marchando.
​          A decir verdad, esas palabras le sonaron inapropiadas, pero después vio en el rostro del médico la preocupación por haberse puesto demasiado personal, y también firmeza en la expresión: lo que había dicho le parecía correcto, importante. Vio que quería lo mejor para él y para su hijo.
​          –Le escucho, doctor.
​          Se levantó. El médico también se levantó y se le acercó... ¿Acaso quería darle un abrazo para consolarlo? Dio un paso atrás, se despidió y se marchó antes de que el facultativo pudiera decir nada.

 

3

Fuera, en el pasillo, le asombró ser incapaz de tomar decisión alguna aun cuando había salido de la consulta con tanta determinación. Faltaban pocas horas para volver a encontrarse con su mujer y su hijo. ¿Cómo lo haría? ¿Iría a buscar a David a la escuela infantil como si no pasara nada? ¿Se lo callaría todo al ver a Ulla y no hablaría con ella hasta después de cenar, cuando David ya se hubiese acostado? ¿Lo haría en el sofá, rodeándole los hombros con el brazo mientras se tomaban unas copas de vino junto a la chimenea encendida?
​          Al despedirse del médico se había armado del valor necesario, y volvería a hacerlo cuando tuviera que ver a su mujer y su hijo. Nada se interpondría en su camino, ni el no saber si aún seguía entre los vivos o si, como sospechaba, ya estaba entre los muertos. Se quitó el abrigo, preparó café y se sentó en la sala.
​          Sabía que todavía no había asimilado de verdad lo que le había dicho el médico. Siempre le pasaba lo mismo. Cuando lo dejó su primera novia, su primer amor, tuvieron que pasar días hasta que comprendió que ella ya no formaba parte de su vida, que ya no la vería, que nunca más volvería a hablar con ella, que no volvería a tocarla ni se volverían a acostar. El dolor y la tristeza solo llegaron después, cuando lo comprendió. Lo mismo le ocurrió con el examen que aprobó con la mejor nota de su promoción: no se alegró hasta pasados unos días, pues antes había dudado de la buena noticia y había pensado que en la secretaría encargada de los exámenes se habían equivocado y muy pronto corregirían el resultado. A veces esa lentitud lo ayudaba; no reaccionaba emocionalmente a las sorpresas, a las provocaciones, a las crisis. Lo tenían por un hombre insensible, aunque, en realidad, no controlaba sus sentimientos; de hecho, parecía no tenerlos porque sencillamente llegaban más tarde. A menudo esa lentitud ofendía a los demás, esa alegría postergada cuando le hacían un regalo, o por un acercamiento amoroso, un momento de intimidad. Él también sospechaba que algo en él fallaba, que no tenía sentimientos; solo sabía que en determinadas situaciones lo suyo era tener determinados sentimientos, y entonces, según la situación, él generaba el que correspondía: lo hacía tanto por sí mismo como por los demás. ¿Qué correspondía sentir ahora en su situación? ¿Había algún sentimiento obligatorio ante la muerte?
​          Tenía setenta y seis años y, naturalmente, en los últimos tiempos había pensado alguna vez en la muerte. Abogado de profesión, se interesaba sobre todo por la historia, por la historia del derecho y la historia en general. No le gustaba la muerte porque, si él moría, no sabría cómo serían después las cosas... ¿Estallaría la guerra entre Estados Unidos y China?, ¿quién la ganaría?, ¿qué sería de Europa y de Alemania, qué sería del mundo con el calentamiento global? No quería vivir eternamente, pero sí continuar existiendo de una manera que le permitiera seguir el curso de la historia y de los siglos venideros de la misma forma en que observaba los siglos pasados. Eso por un lado. Por el otro, la muerte le ahorraría ver cómo morían los bosques y subía el nivel de los mares, cómo volvía la guerra, cómo llegaba a su fin el tiempo de la democracia y la gente volvía a optar por Gobiernos autoritarios. A veces la muerte lo espantaba, le daban miedo la nada, el vacío, el frío. Después se avergonzaba. La nada es eso, nada... ¿Qué había en la nada que pudiera espantarnos?

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Traducción de Daniel Najmías

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