13/05/2024
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Para Jr.:
el futuro es tuyo

 

Creo que estamos perdidos aquí en América, pero creo que nos encontraremos. Y esta creencia, que ahora se convierte en catarsis de conocimiento y convicción, es para mí – y creo que para todos nosotros– no solo nuestra única esperanza, sino el sueño eterno y vivo de América.
THOMAS WOLFE,
No puedes volver a casa

Tal vez uno no desee tanto que lo quieran como que lo comprendan.
GEORGE ORWELL,
1984

 

Miércoles, 5 de noviembre de 2008
Hotel Biltmore, bar de la segunda planta
Phoenix, Arizona
1.00 h

 

Esto no puede pasar aquí.

Lleva noventa minutos en el bar; han entrado y salido una docena de hombres que, tras ahogar sus penas y cerrar algún negocio, se van directos a la cama.

Tiene cuatro vasos de whisky delante: todos diferentes, ninguno vacío.

En una esquina hay un televisor encendido, sin sonido, el busto parlante encargado de hacer el análisis a posteriori estará en pantalla toda la noche. En la otra esquina, junto a la ventana, una pareja se morrea como si no hubiera un mañana. Y en mitad de la barra hay un chiflado que no para de mover con el pulgar la ruedecita de un Zippo, provocando chispas con el pedernal. «A prueba de viento», dice cada vez que prende la gasolina. «A prueba de viento.»

–Soy tan responsable como el que más –le comenta el Pez Gordo al barman–. Aunque sea por humildad, un hombre tiene que asumir la responsabilidad de sus fracasos.

–Suena como un acusado declarándose culpable –le dice el barman.

–Soy culpable.

–Nadie es profeta en su tierra, ningún médico atiende a sus propios familiares.

–¿De verdad va a jugar esa carta?

–Los sábados por la noche trabajo en los casinos, el Desert Diamond, el Talking Stick. He visto a hombres palmándola delante de mis narices e, incluso en ese trance, se los ve extáticos. «Machácame. Machácame otra vez.»

El Pez Gordo menea la cabeza.

–Todo el mundo comete errores, pero cometer el mismo dos veces deja de ser un error para convertirse en una pauta. Esta noche es como si se hubieran unido las bombas Fat Man y Little Boy y las hubieran lanzado juntas en medio de Phoenix. Y, sin embargo, estamos rodeados de tíos que no tienen ni la más remota idea de la que les acaba de caer encima. Ni idea.

Un tipo toma asiento en el taburete vacío junto al Pez Gordo, mira los cuatro vasos de whisky y le hace un gesto al barman.

–Póngame uno de estos.

–¿Cuál de ellos?

–El del medio.

–Hay dos en medio –le apunta el barman.

–El Highland Park.

El Pez Gordo levanta la vista.

–¿Es usted capaz de distinguirlo a pelo?

–Salud –dice el tipo, bebiéndose de un trago el whisky.

–No será uno de ellos, ¿verdad?

–¿Uno de quiénes?

–Tiene el pelo mojado, lo cual me lleva a pensar que es uno de los gilipollas que hace un par de horas se han chorreado con champán y han bailado la danza de la victoria.

–Va a ser que no –responde el tipo–. Soy más bien un tío que ha bajado a la piscina un rato para despejarse.

–Eso explica el olor –dice el Pez Gordo–. Huele a cloro.

El tipo da unos golpecitos en el vaso para llamar la atención del barman.

–Otro.

–¿Estaba usted arriba, en su habitación?

–Sí.

–¿Y qué ha visto? –pregunta el Pez Gordo.

–Un terremoto generacional que ha abierto una grieta en tierra firme. –El Pez Gordo resopla–. Lo describiría como una canción heavy metal de Led Zeppelin, una adusta sacudida de la cabeza, una paralizante y previsible inmersión en la decepción, mujeres sagaces conscientes de que van a tener que desayunarse con egos masculinos pisoteados. El rostro apagado de la derrota. Han apostado por el caballo equivocado porque no disponían de otra opción mejor, sabiendo que, en realidad, no se trataba siquiera de una carrera de caballos, sino de una mera carrera de locos.

–Por favor, dígame que no es periodista.

–Historiador, a veces profesor, escritor ocasional, pero esta noche no ejerzo.

–Si no ejerce, ¿para qué ha venido?

–¿Para dar fe de lo sucedido? –sugiere el tipo–. ¿Como compañero de viaje?

El Pez Gordo le hace un gesto al barman.

–Póngame un Ardbeg. Es uno de mis favoritos. Lo llamo las Garras de Santa Claus, sabe como recién salido de la chimenea. Ahumado.

El tipo a su lado se ríe.

–Como el Lagavulin.

–Parecido. Le diré lo que no me gusta: el whisky de sabor afrutado. No quiero nada con pasas, cerezas o aroma a galletitas de higo. Eso es lo que llamo un ablandacacas. –El Pez Gordo eructa–. Perdón – se disculpa–. Estoy un poco más tocado de lo que pensaba.

–Deberían hacerlo arder –dice el chiflado del Zippo: colocando el encendedor en posición de disparo, deja que la llama suba bien alto y después lo cierra con un movimiento brusco.

El barman se le acerca y le pide al chiflado que abone la consumición.

–Ha sido una noche muy larga para todos –dice–. Ya es hora de marcharse a casa.

 

* * *

Traducción de Mauricio Bach

* * *

 

La revelación

 

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