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Empieza a leer 'La nación de los extraños' de Ece Temelkuran
A todos los efectos podemos sustituir la palabra exiliado por refugiado, inadaptado, incomprendido, forastero, expatriado, okupa, extranjero, clandestino, hereje, extraño, renegado, vagabundo, desplazado, el marginal, el nuevo pobre, el económicamente débil, el inconformista. La ironía reside en que, si tuviéramos que sumar a todas estas personas, probablemente estaríamos constituyendo una nueva mayoría silenciosa.
BREYTEN BREYTENBACH,
«The Long March from Hearth to Heart»
ANTES DE QUE VOLVAMOS A CASA
«Mamá, no voy a volver a casa.»
Echando la vista atrás, no fueron los acontecimientos políticos, en todo su dramatismo, lo que lo cambió todo, sino un susurro casi inaudible. Fue una llamada que duró solo un minuto. La mitad de ese tiempo estuvimos en silencio. Pero bastó esa llamada para que, en otoño de 2016, me convirtiera en una persona sin hogar.
Detesto contar esta historia. Hablar de cómo me convertí en una persona sin hogar, y especialmente de los motivos que lo explican, me da grima, tanto desde un punto de vista político como moral y emocional. Ya antes de empezar, el miedo a presentarme como una exiliada quejica como tantas otras que exige reconocimiento me quiebra la dignidad.
Tuve que abandonar mi país para escapar del fascismo y poder escribir, pensar y, sencillamente, existir. El encarcelamiento de personas como yo –es decir, de los críticos con el régimen– ya se había convertido en algo cotidiano en Turquía, y durante años me había cansado de leer las muy detalladas amenazas de violación y de muerte que me enviaban. Sin embargo, abandoné mi hogar porque, por encima de todo, el fascismo es algo muy curioso. Te hace pensar constantemente en el pijama. Los lacayos de esos regímenes siempre llaman a tu puerta en torno a las cuatro de la mañana. No solo te encarcelan, sino que además se burlan de ti por tus preferencias en materia de ropa de dormir. Así pues, la noche del 6 de noviembre de 2016, en Zagreb, la ciudad en la que tenía una amistad y en la que era dueña de un apartamento diminuto, cuando me acosté sin tener que preocuparme por primera vez en años por la opinión que le merecería a la policía la ropa con la que me había metido en la cama, decidí no volver. El plan inicial era quedarme ahí tan solo unos días, para recobrar el aliento, y por eso no me había llevado más que unos pantalones, dos blusas y ni una sola idea sobre lo que iba a hacer a continuación. Sin embargo, sobrevivir en la más absoluta incertidumbre, pasar de ser alguien a no ser nadie a los cuarenta y tres años, y partir de cero en todo y en una lengua distinta de la mía, me parecía un precio razonable si lo comparaba con vivir paralizada por el miedo o con la necesidad constante de ser valiente. De ahí la llamada a mi madre.
Ya teníamos cierta práctica con ese tipo de llamadas, mi madre y yo. La primera fue en 2011, cuando perdí mi trabajo como columnista. Había escrito algo contra el dictador, los suyos se pusieron furiosos, a mi periódico le entró el miedo y tuve que quedarme donde estaba esos días, en Túnez. Mi abogado me recomendó encarecidamente que me tomara unas largas vacaciones. A la postre duraron un año entero. Y todo ello se lo tuve que explicar a mi madre, que estaba aterrorizada. La segunda vez fue en 2013. Los voceros del régimen estaban convencidos de que yo movía los hilos de un complot de dimensiones gigantescas para derribar al Gobierno y de que había organizado un levantamiento popular. A raíz de tan grandilocuentes acusaciones tuve que quedarme en Londres y Grecia durante unos meses. Por aquel entonces mi madre todavía necesitaba que le explicara los motivos. En cambio, en 2016 fue la primera vez que no tuve que convencerla. Aquel día, mi madre se limitó a balbucear, en tono serio y bien medido: «De acuerdo. Es peligroso. ¿Sí? ¡Sí! Quédate ahí. No vuelvas». Luego, silencio por ambas partes.
Cuando esa voz que llevas impresa en la memoria llamándote siempre de vuelta a casa se queda en silencio, experimentas un dolor muy concreto: una sensación de orfandad, si se quiere. Vuelves a ser esa niña que de pronto encuentra cerrada la puerta de su casa y queda abandonada a la intemperie, a solas con las fieras. El corazón, con cada uno de sus latidos, expulsa una sustancia enlutada que inunda el cerebro. Sobrevivir se convierte en un imposible.
Y ese es precisamente el motivo por el que tomé una decisión en cuanto colgué el teléfono ese otoño de 2016: guardar mi corazón en el congelador. Me imaginé el órgano en la nevera. Ya habría tiempo más adelante para ocuparme de él. Me transformé en una criatura tenaz, sin sentimientos, en una autómata de la supervivencia, para seguir tirando. Mi lema era simple: «¡Nada de autocompasión! ¡Nada de vulnerabilidad!». No era momento para sentimentalismos. Empezó a repugnarme cualquier tipo de fragilidad y perseveré, dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Todo lo que había construido en casa lo había perdido y ahora, ya mayor, tendría que reconstruirlo, esta vez en una lengua extraña –el inglés– y en un país extranjero.
No se me permitiría ser humana hasta que mi vida pudiera considerarse un éxito. Pero en cuanto pierdes el hogar, el éxito –como la expresión «más adelante»– deviene ambiguo e infinito, siempre lejos de tu alcance. Al perder el hogar, pierdes también tu dominio sobre el tiempo y tu valía pasa a ser opinable y decidida por las gentes sedentarias en el país nuevo o por una imaginaria autoridad moral de carácter más elevado en el viejo. La vida se convierte en una cuenta atrás sin fin.
Para llenar el vacío que había dejado el corazón, producía ideas sin parar, escribiendo y hablando frenéticamente sobre política. Pasaron los años mientras iba de gira por el mundo, advirtiendo a la gente de que el fascismo llegaba y de que ellos también perderían sus hogares.
Tras seis años hablando sobre la lógica, los mecanismos y las razones de la política, dejé de ser ese nadie que había llegado a las costas de un país extranjero para convertirme en alguien: esa escritora turca que habla sobre el fascismo. Algunas personas escuchaban mis palabras en el sentido esperado, como un atisbo del futuro que les aguardaba. Otras, en cambio, preferían centrarse en mi exilio. Se recreaban en el discurso de «dama intelectual en apuros que huye de los bárbaros halla refugio en los brazos de la gente civilizada del mundo», o quizá se consolaban pensando que sus hogares eran puertos seguros, lo que les permitía sentirse a salvo.
Cuando por fin se suponía que tenía que estar satisfecha, tras haber publicado dos libros y recibido algunos premios, descubrí que no hacía más que repetirme una frase: «No estoy cansada, no demasiado. Solo estoy exhausta». Aceptar que había alcanzado finalmente ese más adelante era insoportable, de ahí que optara por lo que mejor se me daba. Seguí avanzando, aferrada a ese modo de supervivencia. Hasta que, finalmente, mi cuerpo dijo basta.
Una noche de verano de 2022, en Hamburgo, una mujer yace en la camilla de una consulta médica de las de antes. La experiencia del yo abandona el cuerpo, dejándome convertida en una ella que apenas conozco. Y esa ella observa las gotas que entran en su vena por una vía. El brazo es mío, supongo, y esa mujer debería ser yo. Sin embargo, gracias a la disociación por la que pasa todo superviviente, la observo como a un personaje secundario demasiado flojo como para identificarse con él en una película.
El doctor dice: «Tu cuerpo está diciendo basta. Lo que tienes es nostalgia, meine Liebe. Ha llegado el momento de hacer un alto en el camino y cuidar de tu corazón».
Asqueada por la vulnerabilidad del cuerpo, avergonzada de este pusilánime que se raja a las primeras de cambio, susurro: «¡Qué desastre! ¡Qué desastre!».
La vida retorna gota a gota a mis venas y voy entrando de nuevo en mi cuerpo, pero solo pienso con amargura: Así que habrá que descongelar ese órgano de las narices, ¿eh? Ese pedazo de carne que seguramente está podrido. A saber en qué estado despreciable se encuentra.
Esa era yo en el verano de 2022. Tras seis años lejos de mi hogar, me vi obligada a reconocer que mi yo estaba roto. Llegó por fin el momento de hacer un alto en el camino y pensar en el hogar y en todo lo que había perdido.
Vale. Ya está. Basta de hablar de mí.
¿Qué me dices de ti? ¿Estás en tu hogar? ¿Te sientes como en casa?
Espera. No contestes. Deja que lo adivine. A fin de cuentas, en el mundo de hoy, uno puede perder su hogar de múltiples maneras.
Algunos lo perdemos en una noche larga, oscura y mojada. Nos vemos vistiendo un chaleco salvavidas de color naranja, subiéndonos con otras personas a una barca. Empezamos a observarnos y nos damos cuenta de que hacemos cosas curiosas: recordamos plegarias largo tiempo olvidadas en el mismo instante en que empezamos a susurrarlas, llamamos a nuestras madres como soldados heridos, abrazamos al desconocido que tengamos más a mano cuando nos golpea una ola, contamos de pronto el chiste más macabro y, sin embargo, más divertido, y luego le damos las gracias a un rescatista voluntario en italiano, griego o turco, en lenguas que nunca aprenderemos bien del todo. Al llegar, preguntamos: «¿Estoy vivo ahora?». Nuestros rostros se parten en dos para siempre: una mitad llora, la otra se ríe.
Algunos, entre los que me cuento, compramos un billete de avión y nos convencemos de que somos fugitivos voluntarios, inmigrantes privilegiados o nómadas despreocupados, al tiempo que nos decimos que no tenemos derecho a sentir dolor. Repetimos estribillos orgullosos: «No, no me considero una exiliada. La vida es un largo viaje y esto es solo una parada más». Evitamos hablar de nuestros hogares siempre que sea posible. Y cuando no lo es, nos estampamos una sonrisa torcida en la cara, largamente ensayada, esperando ofrecer una imagen lo bastante atractiva para que nos acojan en países extranjeros. Esa sonrisa la usamos durante tanto tiempo que, finalmente, nuestros músculos faciales olvidan su forma natural.
A algunos nos expulsan, de pronto, de nuestros apartamentos, como si no hubiera para nosotros una sola habitación disponible en todo el planeta. En cuanto nos vemos arrojados a la calle, nuestros cuerpos empiezan a inspirar recelo, asco y miedo. Nadie se nos acerca nunca lo suficiente como para poder demostrarle lo equivocado que está. El día se hace más largo, porque cada una de nuestras necesidades corporales requiere una estrategia: tomar un café, encontrar un sitio donde mear, buscar un lugar seguro para dormir esa noche. La ciudad se convierte en una selva aterradora en la que hay muy poquitas personas a las que podamos confiarles nuestra supervivencia. Por ello, las esperamos, por la mañana y por la noche. Y, cuando aparecen, nos recordamos que debemos mostrarles suficiente gratitud. Mecánicamente, tratamos de imitar las sonrisas de quienes duermen en su casa.
Algunos nos sentamos a calcular en qué momento el mar o un nuevo incendio forestal se llevarán por delante nuestras tierras y nos dejarán sin hogar. Contemplamos el agua o las llamas pensando que cada año están más cerca, centímetro a centímetro. La bomba de relojería en que se ha convertido nuestro planeta es el chaleco explosivo que nos toca llevar. Sabemos que, para el resto del mundo, perder el planeta es una imagen incomprensible, de ahí que busquemos formas seductoras de trasladarles la verdad. Tenemos agujetas en las mejillas de tanto buscar la manera perfecta de sonreír mientras les decimos que se avecina el fin del mundo.
Algunos perdemos nuestros hogares tras un viaje invisible. Una noche cálida y agradable, en nuestros salones, un presentador de las noticias nos comunica las últimas novedades sobre el auge de la locura en nuestro país: ciertos fascistas, cada vez más numerosos, aseguran que nuestros hogares son solo suyos. O quizá cuando, de pronto, la inmoralidad radical de un líder es normalizada incluso por nuestras amistades. Se abre un desgarrón en lo más profundo de nuestro sentimiento de pertenencia. Ese desgarrón termina un día por expresarse en una frase llena de dolor: «No reconozco este sitio. Esto ya no es mi país». Echamos de menos nuestro país aunque sigamos viviendo en él. Cuando nos encontramos con esos conciudadanos nuestros que todavía creen que todo volverá pronto a la normalidad, ponemos esa sonrisa que no es más que una educada forma geométrica.
Todos leemos en nuestros dispositivos o seguimos en las noticias televisivas que un mundo nuevo está en vías de construcción, con unos niveles de barbarie renovados. Nos damos cuenta de que ni siquiera ese inmenso aturdimiento que, mal que nos pese, hemos desarrollado para soportar el avance sin tregua de la inhumanidad nos servirá ya. Nuestra insistencia en que «llegará el día» o «la historia juzgará a quienes...» queda ensombrecida por la duda. Tememos que no quede futuro suficiente en el mundo para que la justicia se materialice. Una frase se fragua en nuestras bocas: «Este mundo no lo conozco y he perdido cualquier deseo de conocerlo». A partir de entonces, nuestras sonrisas se convierten en algo cansado y a medias.
¿Reconoces tu sonrisa en las caras anteriores? ¿No? Quizá lo hagas el día de mañana. Pero, en todo caso, seguro que has sentido esa melancolía rabiosamente nueva.
Se respira el luto en el aire. Todavía es tenue, pero es real.
Es como si estuviéramos de luto, no por lo que ya hemos perdido, sino por lo que sabemos que acabaremos perdiendo. Por primera vez en la historia, la humanidad siente un luto conjugado en tiempo futuro.
No todo lo que es bello ha desaparecido. Todavía nos quedan algunas cosas: limoneros, el litoral del Mediterráneo en primavera, las tardes achispadas de domingo, un poco de imperio de la ley por aquí y un poco por allá, y muchas mujeres valientes que siguen gritando lo bastante fuerte como para convertirse en la pesadilla de los líderes fascistas. Lo alegre, lo maravilloso, lo mágico siguen aquí. Pero desde hace ya un buen tiempo es como si se hubiera depositado un velo sobre nuestras retinas, una pátina de melancolía. Nuestros ojos ya la perciben; en todo lo bello se ha impreso el sello de su futura pérdida.
Aun así, trabajamos, actuamos e incluso resistimos. Pero lo sabemos. Nuestra felicidad y fe básicas en la vida se han erosionado. Es como si todos imitáramos a las personas que fuimos en el pasado, cuando todavía nos sentíamos como en casa en el tiempo y el espacio.
Un dolor muy concreto ha invadido nuestros tiempos. Todos somos un poco como los niños: no nos llaman a casa, estamos a la intemperie, solos con las fieras. Cada latido congela el corazón. Por eso somos tantos, tantísimos, los que a diario decidimos convertirnos en criaturas insensibles, para así poder funcionar como autómatas de la supervivencia. Estos tiempos están sumiendo en la orfandad a todo lo que es humano. Está gestándose un mundo insolidario que privará de hogar a seres humanos como tú y como yo.
Esta novísima melancolía es el dolor por la pérdida del hogar. La pérdida se produce a múltiples niveles y de múltiples formas. Y por eso todos nosotros, de infinitas maneras distintas, estamos en busca de un nuevo hogar, a veces casi sin saberlo.
Cuando nuestros valores humanos más básicos no coinciden con la cruda crueldad de este nuevo orden mundial, nos convertimos en personas sin un hogar moral. Como hace la gente que duerme en la calle con sus pertenencias en carritos de supermercado, transportamos nuestros valores morales de un refugio a otro, tratando de encontrarles un nuevo hogar en esta larga noche de la inhumanidad. Construimos pequeñas comunidades que protejan nuestros corazones. Hilamos alambicados vínculos con ciertas personas para así disponer de un techo emocional que cubra nuestras cabezas.
Como nuestra indignación política resulta irrelevante para los hogares convencionales de la realpolitik, los viejos partidos, nos descubrimos privados también de un hogar político. Ya no sabemos a qué instrumento político recurrir para sumar nuestras voces y que lleguen a oídos de los gobernantes. A semejanza de los refugiados, nos alojamos en asentamientos provisionales: las acampadas de protesta, las carpas improvisadas del Movimiento Occupy o las tiendas de campaña de los huelguistas. En días de frío o bajo el sol, imaginamos o volvemos a imaginar un nuevo hogar político, como un exiliado que sabe que es imposible regresar al viejo hogar, pero aun así echa de menos tener un hogar.
Y luego, por supuesto, somos miles los que a diario perdemos nuestro hogar material. Las guerras, las desigualdades económicas, la catástrofe climática y el deseo de vivir en libertad o, sencillamente, de vivir, impulsan a miles de personas a empezar una nueva vida en tierras extranjeras. Algunos científicos informan de que, en 2050, mil quinientos millones de personas tendrán que abandonar sus hogares y que, para 2070, tres mil millones se habrán convertido en refugiados. Todos esos miles de millones de personas, de manera parecida a quienes hemos sido privados de un hogar moral o político, tendrán que buscar un nuevo hogar y aprenderán, día a día, nuevas maneras de plantar cara a las indignidades de nuestro tiempo.
¿Te molesta quizá que plantee esos paralelismos? Te lo pregunto porque, en fin, hoy día nunca está de más extremar la cautela cuando se cruzan las vallas electrificadas de las nuevas sensibilidades. Desde hace un tiempo, nuestra comprensión de nosotros mismos y de los demás seres humanos ha venido determinada no por nuestras semejanzas, sino por nuestras diferencias. La proliferación de la unicidad de cada individuo considera ofensivo establecer paralelismos. Sin embargo, en tiempos como los nuestros, cuando somos tantos los que nos hallamos a la intemperie rodeados de monstruos, es imperativo construir nuevas afinidades no celebrando nuestras diferencias, sino reconociendo nuestras semejanzas.
Por eso decido arriesgarme y decirlo.
Todos estamos perdiendo nuestro hogar de una forma u otra. Todos nos estamos convirtiendo en personas sin hogar. A todos nos están echando de casa. En inglés existe una palabra del siglo XIX, casi olvidada, para expresar ese destierro de hogar: unhomed.1 Habría que resucitarla hoy, cuando uno puede estar en su hogar y al mismo tiempo sentirse fuera de él, disociado, sin sentimiento de pertenencia, como un extraño.
Si aceptas mirar el mundo y ver ese nosotros, entonces la pregunta que se impone es: ¿Quiénes somos nosotros?
¿Cómo deberíamos hacernos llamar?
Me gusta la palabra extraño. Cuando eres un extraño, estás dentro y fuera al mismo tiempo. Estás ahí, pero no del todo. No eres nadie, pero tienes también infinitas posibilidades de ser alguien. Ser un extraño es un antídoto frente a los límites de ser alguien. No es una etiqueta reductora y permanente, como puedan serlo persona sin hogar, exiliado o refugiado. La palabra extraño reclama instantáneamente una curiosidad pura y, para aquellas personas que todavía no han sido envenenadas por el miedo al extranjero, la posibilidad de una bienvenida sin prejuicios. Así pues, ¿nos atreveremos a decir que todos somos extraños de una forma u otra? El extraño, como concepto, incluye a todo aquel al que nuestros tiempos le parezcan demasiado extraños como para convertirse en cómplice de sus monstruosidades, a cualquier persona que se sienta, en cierta medida, privada de hogar en este momento de la historia.
Hay dolor, pero también una cierta alegría, cuando miramos el mundo desde esta amplia perspectiva del extraño. Porque entonces vemos lo numerosos que somos. Tú y yo, junto con todos los demás, podríamos ser considerados un solo pueblo, una población creciente que no conoce las fronteras. Somos una nación en ciernes. Una nación itinerante de seres recortados, desperdigados, dolientes, que a diario se forjan una nueva vida desde cero. Somos tantos, tantísimos, que, si nos sumáramos todos, incluso podríamos ser mayoría. Pero si no lo decimos en voz alta, como hizo Breyten Breytenbach, nunca lo seremos. Nuestra existencia flotante, extraña y silenciosa nunca arraigará en el tiempo y el espacio a menos que nos hagamos llamar lo que somos: una Nación de Extraños.
Una extraña nación: eso es lo que somos, aún en vías de gestación, en un momento en que los Estados nación están tan hundidos que los gobernantes del mundo ven en ellos oportunidades para la inversión inmobiliaria. Y nuestra población se multiplica a medida que el nuevo orden mundial va tomando forma. Perdidos, rotos, melancólicos, es posible; pero, a pesar de todo, sobrevivimos mejor que los demás. Tal vez seamos la gente de la media sonrisa, pero nunca dejamos de mirar nuestras fotos viejas para recordar cómo nos reíamos en otro tiempo. Tal vez no tengamos riquezas, pero sí tenemos el poder único –aunque adquirido de mala gana– de creer en nosotros mismos cuando nadie más lo hace. Aunque tal vez no tengamos claro en quiénes nos hemos convertido después de perder nuestros hogares, todos los días nos inventamos la valentía necesaria para seguir viviendo como los nadies que somos. Sabemos bien qué puede romper a una persona, a cualquier persona. No es la pérdida del hogar, sino la pérdida de la fe en poder construir uno nuevo. Tal vez seamos una nación de corazones medio congelados, pero sabemos cómo sobrevivir cuando nada nos orienta. Y, como las personas privadas de hogar que somos, tras haber desarrollado la capacidad de detectar los cambios más insignificantes en el ambiente, sabemos que serán muchos más los que pronto aprenderán a vivir como nosotros.
Hoy día, en pleno desplazamiento de grandes poblaciones, nosotros, la Nación de los Extraños, podemos compartir lo que hemos aprendido después de perder nuestros hogares. Dado que el mundo entero no tardará en verse enfrentado a la dura prueba de la moralidad de la supervivencia, podemos transmitirle lo que mejor hemos aprendido: cómo seguir siendo humanos incluso cuando no se tiene nada y todo te va en contra. Si todos los extraños del mundo nos ponemos de acuerdo y hablamos en nuestra extraña lengua, podremos decirle al mundo que él mismo ya no tiene un hogar. Podremos contarles a los demás lo que hay que hacer para sobrevivir con dignidad y cómo seguir a partir de ahí.
Ahora que nos hemos presentado como extraños tú y yo, voy a escribirte una pequeña serie de cartas, una correspondencia que abarca tres años y en la que te relataré todo lo que aprendí después de haber perdido mi hogar, redefiniendo al mismo tiempo lo que significará el hogar en el siglo XXI. Encontrar un hogar para todos es una empresa que da vértigo, pero creo que una carta es un instrumento lo bastante breve para ser útil. Al fin y al cabo, cuando todo el mundo grita, solo los susurros consiguen hacerse oír. Al principio solo estaremos tú y yo. Luego tal vez se sumen otros a la correspondencia. Tejeremos juntos un nuevo hogar hecho de palabras, el único material indestructible que nos queda.
Las cartas que te remitiré estarán agrupadas según las cuatro preguntas que una y otra vez nos hacen a los extraños en las fronteras. Son cuatro preguntas básicas y, sin embargo, imposibles de contestar: ¿Quién eres tú? ¿Por qué te marchaste? ¿Cómo vas a sobrevivir? ¿Cuándo volverás a tu hogar? Tal vez haya llegado el momento de que los extraños respondamos a esas preguntas, no para rellenar cualquier formulario como nos toca hacer en ciertas oficinas de inmigración, sino para empezar a concebir un nuevo hogar para nuestros tiempos, un nuevo hogar para todos.
¿A quién pretendo engañar?
Creo que debería dejar ya de fingir que «esto no tiene nada que ver conmigo». Te escribo porque necesito un hogar. Sé que me pongo en una posición vulnerable, pero la única oportunidad que me queda de construir ese hogar es recurrir a las palabras y hacerlo contigo. Permíteme continuar. Tengo que decirte quién soy en estos momentos. Tengo que encontrar una manera de hablar del yo sin que me domine el miedo a parecer una orgullosa víctima o una gloriosa superviviente. Y luego la vergüenza de haberme marchado de mi hogar: tiene que haber un antídoto que la cure. Tengo que contarle a alguien lo que he hecho para sobrevivir. Necesito que alguien sepa lo que yo sé. Después de que la expulsen de su hogar, la extraña aprende que el hogar no consiste en lo que una recuerda, sino en quién la recuerda a ella. Necesito que tú te acuerdes de mí. Necesito que oigas mi voz para que yo pueda oírla también. No necesito saber necesariamente adónde iré ahora, sino con quién.
Por eso, mi querido extraño –sí, así te llamaré a partir de ahora–, te llevaré de la mano en un viaje que abarca tres años, un viaje en el que tú y yo quizá nos hagamos, por qué no, amigos. Mis cartas comienzan en el momento en el que salí de la consulta del médico, mientras presionaba un algodón sobre la zona más fina de mi piel. Me acompañarás durante el viaje –primero a Hamburgo, luego a Berlín, a veces a Londres, Zagreb y otras ciudadesmientras avanzamos y retrocedemos en el tiempo. Cuando te echan de casa, los lugares físicos se fusionan hasta volverse indistintos, y el tiempo se repliega en espiral sobre sí mismo hasta adoptar una postura fetal.
Las cartas que te envío nos acercarán a otras personas. Algunas muertas hace mucho tiempo, otras vivas. Todas ellas, por muchos motivos, son extraños como nosotros. Te llevaré a conocer a quienes están construyendo nuevos hogares desde cero y contra viento y marea, cuando el mundo entero parece desintegrarse. Sus historias serán testimonio del estado actual de la humanidad en esta encrucijada crítica. Pues debes saber también, mi querido extraño, que pronto llegará el día en que, en este planeta o en otro, tengamos que inventar un nuevo tipo de hogar. Y te escribo con la esperanza de inspirar ese nuevo hogar. Quizá incluso un mundo nuevo, en el que seguir siendo humano no te convierta en un extraño. Este viaje habla de ti y de mí, pero su destino es el corazón, privado de hogar, de la humanidad.
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Traducción de Albert Fuentes
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