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Empieza a leer 'La boca llena de trigo' de Mayte Gómez Molina
A Carlos, por definir la incondicionalidad
Imagino que esas gentes sin nombre, esas gentes inmaculadas, me vigilan ocultas detrás de arbustos. Doy grandes saltos para llamar su atención. Y por la noche, en cama, las dejo pasmadas, maravilladas. A menudo muero atravesada por flechas para ganarme su llanto.
Virginia Woolf, Las olas
I
En segundo de primaria ganó un concurso de dibujo. Recibió el premio en el patio del colegio, delante de todas las alumnas. Recuerda el sonido mecánico de la voz que la separó de las demás para siempre, idéntico al que pronunció su nombre cuando se perdió en el centro comercial. «La ganadora es Anna, de segundo B.» El dibujo ganador consistía en una piscina y una choza a la izquierda, construida con hojas de las palmeras repartidas alrededor. Utilizó rotuladores y dibujó, una por una, las frondas que cubrían la estructura de la casita, donde vivía una muchacha vestida con un pareo. Las gaviotas las había ejecutado en un solo trazo de rotulador negro, y volaban bajo los rayos de un sol que asomaba por la esquina superior izquierda del dibujo. A lo lejos se veía un enorme ferry. No había inventado el lugar, solo había plasmado en papel la nueva piscina de agua salada que habían abierto cerca del puerto, como un oasis para la gente que, cuando se bañaba en el mar que lamía la ciudad, salía del agua manchada de aceite de barco. Tras escuchar su nombre, subió a un mínimo escenario que se alzaba unos veinte centímetros del suelo: poco, lo suficiente para establecer una pequeña jerarquía entre ella y las otras niñas. El corazón le palpitaba como una herida. La directora enseñó el dibujo a todo el mundo. Lo cogió con ambas manos y giró despacio en semicírculo, sobre sí misma, para que todas pudieran verlo, de la misma forma que enseñaría algo que Anna hubiese hecho mal y por lo que fueran a castigarla. Después, tras darle un beso que la envejeció de golpe al contagiarle su denso perfume, la directora le entregó un diploma y una caja de rotuladores. Recuerda que las profesoras y las niñas más pequeñas aplaudían alegremente. Anna bajó del escenario de una zancada, con la caja de rotuladores agarrada por un asa que la convertía en un pequeño maletín y, a ella, en una precoz ejecutiva de la pintura. Caminó hacia sus compañeras y todas sonrieron, aturdidas. La felicitaron con vergüenza, y ella dio las gracias con vergüenza. Anna sintió de repente que los rotuladores de su maletín se volvían barras de plomo y, al mismo tiempo, una necesidad imparable de volver a escuchar su nombre a través de un altavoz.
Llevó el dibujo a casa y sus padres lo pegaron en la nevera, convertido por el premio en el más importante de todos. El resto terminaban en la basura a los pocos días o almacenados en una carpeta que debía de contener una selección de los mejores, los más curiosos o los primeros en los que hacía algo nuevo, para el recuerdo. Pero ese permaneció haciendo guardia en la nevera, y la observaba desayunar frente al listón que acababa de crear para sí misma. La existencia de ese dibujo la forzaba a superarse, convertía todo lo que había hecho antes en un ensayo, y todo lo que haría después, en la prueba de que el premio no había sido un error. Por eso el premio del concurso no era un peluche, ni unas entradas de cine, sino una caja de rotuladores: por dibujar bien se le dieron herramientas para dibujar mejor. Todas las mañanas comía cereales mientras miraba a la muchacha en la casita de palma y se arrepentía de haber dibujado tan solo una choza y no un pueblo entero. Podría haber pintado en perspectiva, a lo lejos, otras casitas a las que se pudiese llegar caminando, pero había perdido demasiado tiempo con el estampado del pareo, de cangrejos y caracolas. Quería vestirla bonita, que los demás quisieran ser sus amigos. Pero, en su afán por conseguir que la muchacha pareciese especial a sus ojos, se había olvidado de dibujarlos.
Los padres no estaban invitados a la entrega de premios, así que no tiene fotos de ese momento. Ha podido reconstruir el recuerdo a través de fotos de otras fiestas escolares rescatadas del álbum familiar. Gracias a esos retratos, Anna sabe que el uniforme del colegio era gris, con un polo blanco bajo una chaqueta de punto negro, y que el patio de la escuela estaba formado por variaciones del mismo color, que iban desde el hormigón hasta el cielo plomizo que se extendía sobre las niñas y las monjas. La ciudad de Anna tenía puerto; es decir, era un lugar de esos donde la gente está acostumbrada al salitre que carcome las fachadas de la costa, pero que carecen del encanto de las casas blancas, del pestañeo de los toldos, de la hibernación solitaria de las heladerías en temporada baja. Una ciudad asomada al mar, una ciudad siempre a la espera de que llegue algo en un barco, pero huérfana de las muchachas que a partir de junio, con sus pantalones cortos y sus bolsos de mimbre, abren claraboyas a otra forma de vivir, más ligera, luminosa. En ese patio de colegio, parecido al interior de una prisión de la RDA, las gaviotas habían aprendido a congregarse al escuchar el sonido del timbre que indicaba el fin del recreo. Si cierra los ojos las ve aún lanzándose en picado hacia los restos de bocadillo mientras las niñas gritan y las monjas las refugian en sus hábitos como inexpertas gallinas. Todas corren riendo, un poco divertidas y un poco asustadas. Del colegio conserva pocos recuerdos. Ese, el del dibujo premiado y el de la bofetada.
Había dejado la pierna derecha fuera del pupitre mientras completaba la ficha que tocaba aquel día. El aburrimiento que sentía en el colegio hacía que se derritiera sobre la silla en las posturas más extrañas, como esa, con la pierna desmayada por fuera de los barrotes verdes de la mesa. La profesora caminaba entre las hileras de pupitres para supervisar el trabajo de las niñas, que, obedientes, seguían una línea de puntos que les enseñaba a subir y bajar y subir y bajar las montañas de la letra m. Mamá, mono, mano, malo. Cuando llegó a la altura de su pupitre, la profesora tropezó con la pierna de Anna y dio un traspié. Nada más recuperar el equilibrio, tras mirar hacia atrás y descubrirla en su pupitre con la pierna fuera, le lanzó una mano abierta contra la cara. Anna no tuvo tiempo de reaccionar. Incapaz de imaginar que esa mano se acercaba para golpearla, no se apartó de su trayectoria. Las niñas enmudecieron como pájaros después de un tiro. Anna ni siquiera lloró. Se tocó la mejilla caliente, enrojecida por el golpe y la vergüenza. La profesora la acusó de haberle puesto la zancadilla. Ella se defendió como pudo, dijo que había sido un accidente. No lo había hecho a propósito. Pero la profesora se alejaba ya barriendo el aire con la misma mano que le acababa de pegar un bofetón, espantando las palabras de Anna, que ella repetía para no tener que enfrentarse al silencio y, entonces sí, hacerse cargo del corazón, que se le había desplazado a la mejilla y palpitaba.
Semanas más tarde, desde una esquina del patio, Anna miraba a la profesora durante el recreo. Era principios de junio, las clases acabarían pronto, pero ni la promesa de que el colegio terminaba en unas semanas ni su inminente partida la consolaban de la injusticia. A su padre lo habían mandado a otra ciudad a trabajar y se volvían a mudar, lo que le daba la oportunidad no de olvidar, sino de empezar de nuevo en un sitio donde los ojos de los demás no eran pantallas de cine que proyectaban la misma película, esa en la que se veía a Anna en primer plano, abofeteada una y otra vez. En el centro del patio, las niñas saltaban a la comba. No le prohibían saltar, tampoco la invitaban. La bofetada la había convertido en el animal débil de la manada, al que ni se le incluye ni se le expulsa. Se le deja caminar con los demás, pero nadie se parará a ayudarlo si se le doblan las rodillas: lo había visto en los documentales del Serengueti. También había visto, en los mismos documentales, a las leonas bajo el sol, sobre las rocas, con la tranquilidad de las que pueden defenderse. Le recordaban a la profesora, ahí, en lo alto de las escaleras que subían a las aulas, apuntada como un rifle, vigilando el juego de las niñas. A su lado, pequeña como un vial de cianuro, la monja que daba clase a los niños de tres años, a los que no dejaba ir al baño cuando lo pedían: si alguno se meaba encima, le hacía limpiar la orina con la bata de cuadros vichy, bordada amorosamente por su madre con su nombre en el lado izquierdo del pecho. Antes de salir al patio, los niños de tres años iban a rezar con todos los demás, formando un pequeño rebaño con olor a pipí en las primeras filas de la capilla. Durante la oración, la monja miraba la figura de Cristo y juntaba las manos con afectación, rezando para que los demás la viesen rezar. Teóloga prematura, Anna esperaba que Dios no estuviese en esa capilla, respondiendo a los rezos de alguien así, y se lo imaginaba lejos, de rodillas frente a un río, frotando en una tabla, con agua y jabón, la ropita meada de los niños.
Un sol abrasador caía vertical sobre el patio interior del colegio. Las sombras se alargaban en el hormigón como lenguas oscuras: uno de los laterales del colegio proyectaba en el suelo una perfecta división de luz y tinieblas. Años después, Anna reconocería las mismas sombras en los cuadros del pintor Giorgio de Chirico y en las películas del Oeste, a la hora exacta del duelo. Desde una esquina en sombra, a sus ocho años, Anna miró a la profesora que le había pegado y le deseó la muerte. Apenas unos minutos después, el obelisco impune que era esa mujer empezó a perder consistencia. Anna dejó de respirar. La monja intentó sostener su cuerpo, pero no tenía la fuerza suficiente, aunque sus esfuerzos amortiguaron la caída. La profesora se desplomó sobre el hombro, y el lado derecho de su cabeza golpeó contra un escalón saliente. Su pelo rubio teñido se manchó de rojo, como la paja bajo el cuerpo de un animal al que rematan. La comba dejó de latigar el suelo y un enjambre de niñas comenzó a zumbar hacia ella. Se fue formando un charquito encarnado en el escalón, bajo su cabeza; floreció en el gris del cemento una amapola. Anna no se movió de su esquina, paralizada ante la idea de que la pudiesen culpar de aquello, paralizada ante la idea de que su deseo se hubiese cumplido, también. Pero nadie reparó en ella: solo había ojos para el cuerpo pálido de la profesora, a la que la monja le levantaba las piernas con un brazo por debajo de las rodillas, como si fuera el Cristo del Santo Entierro de Caravaggio. La profesora no tardó en recuperar la conciencia. Se incorporó y apoyó el codo en un escalón para erguirse. Le trajeron agua y un zumo. Las niñas se arremolinaban en lo alto de la escalera, donde la monja las había confinado para que dejaran respirar a la profesora. Anna miraba todo aquello como si sus ojos no fueran suyos, como si ella no fuese una persona, sino los prismáticos a través de los que alguien miraba la escena. El miedo, poco a poco, fue reemplazado por un sentimiento nuevo. Los grises, el rojo, el amarillo, la colocación de los cuerpos, la textura del pelo de las niñas que cuchicheaban cabeza con cabeza, el azul del cielo, ahí arriba. Los ojos se le llenaron de lágrimas y, en ese momento, el alma de Anna fabricó las dos únicas certezas que aún conserva intactas. La primera, que la maldad existe y que ella es tan capaz de ejercerla como cualquier otro. La segunda, que la belleza aparece en cualquier sitio. Y que ella iba a aprender a pintarla.
Veintitrés años después del bofetón, se había inspirado en ese recuerdo para pintar su tercer cuadro, que le proporcionó una repentina y rotunda fama. La profesora tirada en las escaleras, rodeada de personas que hablaban, cerca de ella pero retiradas de su cuerpo, formando una composición parecida a la de La escuela de Atenas pintada por Rafael. Anna versionó la composición y la llenó de seres miserables que miraban, atentos, la caída del más miserable de todos. En honor a Rafael tituló la pintura Una lección de violencia. Los críticos la aclamaron por «condensar pictóricamente la imposición de los ideales de Occidente mediante la violencia colonial, geográfica y emocional hacia los cuerpos del Sur Global». Pero, a pesar del exceso de adjetivos y ramilletes de palabras de moda como aceleracionismo, reparación colonial y fin de Occidente, los críticos llevaban algo de razón. Anna solo quiso pintar aquel recuerdo para sacar de su cuerpo, de una vez por todas, el veneno, pero tuvo el acierto involuntario de encontrar dentro de sí la unidad mínima de un fenómeno mucho más grande: lo injusto. Quiso utilizar esa imagen para hablar de la impunidad, de cómo la violencia ejercida contra el débil queda opacada cuando el débil se rebela y usa la misma violencia contra el fuerte. Eso es algo que Anna no consigue entender de su vida ni de la vida de los demás. Por eso lo pinta. La historia de la humanidad siempre encuentra alguna correspondencia en nuestro cuerpo; las personas son el mínimo común denominador de todos los hechos. A través de ellas se multiplica o se divide, exponencialmente, todo lo bueno y lo malo del mundo.
Anna se había incluido en la pintura, en una esquina en sombra. Se había retratado de niña, con el pelo corto y su felpa azul marino. Estaba especialmente orgullosa del uniforme, para el que había utilizado gris oscuro y, después, con un pincel de un solo pelo, con el mismo color de la felpa, había rayado una cuadrícula sobre la falda. Para la cara había empleado pintura rosada y, después, había cambiado a un bermellón verdadero para pintarse un punto rojo vibrante tan solo en la mejilla izquierda. Los críticos no habían dicho nada de eso. Tampoco Manzoni preguntó al respecto, ni ella se lo iba a explicar a su asistente, que llegaría a la cafetería de diseño donde la había citado, si era puntual, dentro de exactamente treinta minutos.
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