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Empieza a leer 'La bailarina' de Patrick Modiano

13/05/2026

¿Pelo negro? No. Más bien castaño oscuro con ojos negros. Es la única de la que sería posible encontrar fotos. De los otros, salvo del niño, de Pierre, las caras se han difuminado con el tiempo. Por lo demás, era un tiempo en el que se sacaban muchas menos fotos que ahora.
          Y sin embargo algunos detalles siguen bastante presentes. Habría que hacer una lista. Pero sería muy difícil seguir el orden cronológico. El tiempo que ha enturbiado las caras ha borrado también los puntos de referencia. Quedan algunas piezas de un puzle, separadas unas de otras para siempre.
​          A última hora de una tarde de noviembre o de diciembre había ido a buscar a un niño llamado Pierre a un edificio del noroeste de París para llevarlo a su casa. Se me ha olvidado el nombre de la calle. Una puerta cochera imponente y uno de esos ascensores con puertas de cristal, tan lento y silencioso que uno se pregunta si no va a detenerse entre dos pisos. En una espaciosa estancia que debía de ser el salón estaban reunidos unos niños. En una mesa baja, los restos de una merienda de cumpleaños. La mujer elegante que me había abierto me condujo hasta el fondo de la habitación donde Pierre estaba jugando a las cartas con un rubito a quien la mujer llamaba «Ronnie».
​          –Tu amigo tiene que irse, Ronnie... Tienes que despedirte de él, Ronnie...
​          Y nos encontramos los dos en el descansillo.
​          Fuera estaba oscuro. Lo había cogido de la mano. Sí, todos los niños presentes en el piso eran compañeros de clase del centro Dieterlen, una escuela de ese mismo barrio donde iba a veces a recogerlo a media tarde. Ronnie, el rubito que jugaba a las cartas con él y cuyo cumpleaños habían celebrado, era su mejor amigo. Faltaba poco para las vacaciones de Navidad y tenía la esperanza de que con tal motivo lo llevasen al cine con Ronnie.
​          Hete aquí que un instante del pasado se incrusta en la memoria como un destello de luz que nos llega de una estrella que creemos muerta desde hace mucho tiempo. Pierre. Merienda de cumpleaños. Ronnie. Por supuesto que iría al cine durante las vacaciones de Navidad. Incluso me proponía llevarlo yo si su madre no tenía tiempo. Andando juntos a última hora de aquel día nos quedábamos callados a menudo, pero el trayecto era mucho más corto que el que hacíamos a veces a media tarde desde el centro Dieterlen.
​          Habíamos cruzado la verja de los grandes bloques de edificios de ladrillo de la Puerta de Champerret. Subíamos la escalera de cemento hasta el segundo piso. Hovine nos abrió la puerta, como si nos estuviera esperando. El piso era muy diferente de aquel del que veníamos. Cuatro habitaciones a lo largo de un pasillo. A la izquierda de la entrada, la cocina con una ducha. Las ventanas daban al patio.
​          –La bailarina no volverá esta noche –me dijo Hovine–. Está ensayando El tren de las rosas...
​          La bailarina era la madre de Pierre. La llamábamos por ese apodo. Y El tren de las rosas, un ballet que había interpretado a menudo.
​          Pierre estaba sentado en el sillón de cuero y leía una revista ilustrada.
​          –Voy a comprar unas cosas para la cena –dijo Hovine.
​          Si me enseñasen hoy dos fotos antropométricas de su rostro –de cara y de perfil–, ¿tendría alguna posibilidad de reconocerlo?
​          Era de estatura media. Pelo negro rizado. Ojos claros. Por lo que había entendido, la bailarina y él se conocían desde que eran pequeños.
​          Estábamos en la primera habitación pasada la cocina, la que hacía las veces de salón y donde se reunían de tarde en tarde los amigos de la bailarina, en el diván grande y en el sillón de cuero donde estaba Pierre esa noche. La habitación siguiente, que daba al pasillo, era el cuarto de la bailarina, y su hijo ocupaba el cuarto del fondo.
​          Pero no tengo un recuerdo preciso del color de las paredes. Creo que eran de un tono bastante oscuro y me parece ahora que ese piso nunca lo vi de día. Una luz velada, como si las bombillas de las lámparas y de la araña del salón no fueran de suficiente voltaje.
​          Hovine se puso su acostumbrado abrigo de espiguilla. La puerta se cerró de golpe. Las paredes debían de ser bastante delgadas porque siempre se oían pasos y voces en las escaleras.
​          Pierre seguía leyendo la revista, abierta encima de las rodillas. Continué pasillo adelante y entré en el cuarto de la bailarina. ¿A qué hora volvería? Bien entrada la noche, seguramente. Si Hovine tenía que irse después de cenar, sería yo quien se ocupase de Pierre y lo llevase quizá al día siguiente por la mañana al centro Dieterlen. No merecía la pena encender la lámpara de esta habitación. La iluminaban de sobra las luces de las ventanas del edificio de enfrente. Yo miraba a menudo esas ventanas y acababa por reconocer las siluetas que pasaban tras los cristales.
​          Al volver al salón vi que la revista de Pierre se había caído al suelo. Se había quedado dormido con la frente apoyada en el brazo del sillón.

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Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

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