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Empieza a leer 'JOMO' de Juan Evaristo Valls Boix
It’s giving until the giving feels like receiving.
Mary Oliver
EL GUSTO DE PERDER
Colin Smith pertenece a una familia que desde siempre ha resuelto sus problemas corriendo. Corriendo a todas partes, a máxima velocidad, para evitar detenerse. Correr hasta perder el aliento, correr sin mirar atrás, sin pensar ni padecer. Ante la duda o los nervios, correr, mejor correr, competir para llegar antes que nadie a la meta, correr tan rápido que uno sea siempre el primero, siempre ganarlo todo, ir tan rápido que tu forma se vuelva borrosa, hasta no ser más que un espejismo confuso, apenas una mancha que gira y jadea, un avance fugaz hacia la nada. Correr para no perder la carrera, para no perderse en el bosque, para llegar a todo. Ese remolino furioso que gana todas las carreras para evitar el dolor y la culpa es el protagonista de La soledad del corredor de fondo, que Tony Richardson estrenó en 1962. ¡Ay, Colin Smith, runner de la existencia, jinete de la tormenta cósmica! ¡Ay, Colin Smith, tan parecido a nuestra estirpe que se diría que eres nuestro abuelo! El llameante rostro del fracaso te ha perseguido. No sabías que era para salvarte.
Hoy en día solemos llamar FOMO (fear of missing out) a aquella disposición afectiva que mantuvo a Colin encadenado a sí mismo a pesar de lo lejos que llegara con sus zancadas. El FOMO es el miedo a perderse algo o a no alcanzar algún lugar, ese temor nervioso a quedarnos sin disfrutar que nos lleva a correr alocadamente y nos impide pensar con juicio crítico. Según observan Patrycja Uram y Sebastian Skalski en un estudio para Psychological Reports (2020), el FOMO es un concepto que describe la aparición de estados de ansiedad en situaciones en que resulta imposible participar en la esfera social, en especial a través de la comunicación electrónica. El término designa esa necesidad constante de estar conectado en las redes sociales, de no dejar de compartir información sobre nuestras actividades y disponer siempre de un conocimiento actualizado de lo que hacen los demás.
La ansiedad o el «miedo» que nos bloquea proviene de la posibilidad imaginaria de que otros estén disfrutando de experiencias más gratificantes que las nuestras, o de que no estemos aprovechando plenamente las oportunidades. «Podría habérmelo pasado mejor», «no me lo quiero perder», «me da palo no ir»: siempre hay alguien allí donde no estamos. Me pongo en su lugar, comparo su disfrute con el mío y me lamento. Una perversa dinámica de miedo e ilusión desliza al individuo hacia un estado de disponibilidad total para el goce y acaba bloqueando por completo su agencia. La capacidad para decidir se reduce a la capacidad para acumular. El FOMO es un término popular que expresa nuestro afán de plenitud: una omnipotencia del goce, una omnigocencia. La necesidad de ganar o el horror de perder.
El término FOMO apareció por primera vez a principios de los años 2000, en el número del 12 de agosto de 2004 del North Coast Journal Weekly, un semanario del condado de Humboldt, al norte de California. Aunque se atribuye su creación al capitalista de riesgo Patrick J. McGinnis, quien lo introdujo en un artículo publicado en 2004 en la revista The Harbus, el periódico de la escuela de negocios de Harvard, y años más tarde escribió varios libros sobre el asunto. El término se popularizó a partir de la década de 2010 gracias al auge de Facebook, Instagram y Twitter, y fue objeto de diversos artículos y reportajes periodísticos que terminaron de difundirlo (p. ej., Morford, 2010; Wortham, 2011 o Fake, 2011). El Oxford English Dictionary lo incluyó en su vocabulario por primera vez en 2013. En 2020, un usuario del Reddit r/Stoicism abría un hilo sobre FOMO con este mensaje: «So how do you deal with not being comfortable with the life you have. I sometimes have this thought of anxiety that I am getting older and I am just 21». El FOMO es la incapacidad de hacer cualquier cosa que no reporte una ganancia directa, la dosis mínima de satisfacción social. Designa también una carencia más profunda: la incapacidad de lidiar con aquello que se resiste a ser consumido, de tener una experiencia que no esté calculada.
Mark Fisher empleó un nombre sofisticado en su Realismo capitalista (2016) para este malestar novísimo: hedonia depresiva. Con ello, Fisher señalaba dos cosas: la primera, que la depresión es el principal padecimiento de nuestros días. La segunda, que esta forma de depresión es particularmente contradictoria, porque se caracteriza por la adicción al placer y no por su adversión: cuando estamos deprimidos, pasamos el día entero haciendo scrolling, nos tragamos una serie detrás de otra, buscamos matches y pedimos comida a domicilio, todo a la vez y con otras veinte pestañas abiertas. No podemos dejar de consumir ni desconectarnos, de ahí nuestro hastío. Deprimidos somos el consumidor perfecto, el zombi hedónico que todas las plataformas quieren. El FOMO, como versión última de la depresión social, es síntoma y condición de nuestra productividad consumista en la era del capitalismo afectivo. Revela al mismo tiempo una alarmante fragilidad.
Durante los últimos años, los indicadores de malestar psicosocial en la población española muestran un aumento sostenido. Según el Instituto Nacional de Estadística (2023), un 14,6 % de la población mayor de quince años presenta cuadros depresivos, y un 8 % sufre depresión severa. En cuanto a los trastornos de ansiedad, los informes del Sistema Nacional de Salud (2023) señalan una prevalencia cercana al 41 % entre los menores de veinticinco años, lo que muestra un incremento significativo respecto a años anteriores. El estrés percibido alcanza al 62 % de los españoles, según el Estudio Internacional AXA (2023), y un 34 % declara haber experimentado problemas de salud mental en el último año. En el ámbito laboral, el síndrome de burnout afecta al 24 % de los médicos y hasta al 41 % de los trabajadores en general (Agencia SINC, 2024; De Lucas, 2025). Estos datos confirman una tendencia de creciente vulnerabilidad emocional y desgaste psicológico, una especie de tedio hedónico o hartazgo generalizado. ¿Qué le pasa a nuestro deseo?
Siempre hemos sido conscientes de que nuestra fuerza de trabajo es limitada, pues nuestra capacidad física, nuestros bíceps y gemelos solo funcionan hasta cierto punto y, ante el peligro de romperse, han de reposar. Pero resulta más difícil conocer el límite de nuestro deseo, de la fuerza libidinal con que nos excitamos, nos entusiasmamos y nos animamos para mantenernos activos. Tenemos la rara creencia de que nuestro capital hedónico es interminable, de que podemos seguir deseando, excitándonos y motivándonos indefinidamente, como si en el opíparo banquete de la existencia tuviéramos entrañas suficientes para acabarnos todos los platos. Y, sin embargo, la depresión generalizada que sufrimos es una prueba de lo contrario: no hay cuerpo que aguante tanto estímulo. Nuestro cansancio es hoy un cansancio hedónico, y esa es nuestra miseria afectiva: la precariedad de un deseo exhausto, agotado de tanto correr para ganarlo todo.
Autores como Ann Cvetkovich (2012) han señalado que la depresión no es tan solo un trastorno mental, un cuadro clínico que pueda atenderse con fármacos y terapia. Antes bien, hemos de comprender la depresión como un fenómeno cultural transversal, el resultado de estar expuestos a esa demanda de goce infinito del sistema, que nos insta a ganar y crecer sin límites, que entiende que siempre podemos estar en la cima de nuestro monte hedónico, excitados y eufóricos. En el fondo, el FOMO es, como dice Cvetkovich, un modo de describir el neoliberalismo en términos afectivos: durante tanto tiempo produjo empresarios de sí mismos inspirados y visionarios que su demanda ahora solo puede satisfacerse por una horda de depresivos, bruxistas, insomnes, doomers, incels, gooners y hombres tristes. Igual de agitados y nerviosas, cafeínicas y arrebatados en redes, pero con un deseo abatido, atiborrado, sin capacidad para otra cosa más que para seguir corriendo, para defender nuestro derecho a seguir corriendo.
La depresión es una forma de impotencia. Paolo Virno (2022) ha observado que la impotencia contemporánea consiste, curiosamente, en la posesión de una potencia abundante que, no obstante, se resiste a pasar al acto cuando este pasaje es oportuno. Y, efectivamente, disponemos de más formación, de más información, de más recursos y oportunidades que nunca: nos ahogamos en teorías, en cursos, en libros, en remedios, en estrategias, hábitos y rutinas deportivas de todas las suertes. Y, pese a haber adquirido tanto, las promesas de realizar todas aquellas capacidades y facultades no se han cumplido: algo en el sistema, su burocratización, su digitalización, su globalización, su precarización, impide realizar todo lo que podríamos ser. Ese impasse es el FOMO, el modo en que nuestro deseo es gobernado a través de su excitación. Una vez agotado, es dócil y casi inerte.
Laura Quintana (2021) sostiene que podemos explorar dos vías para elaborar afectivamente ese frustrante estado de impotencia que llamamos depresión: privatizar o politizar. Si privatizamos la depresión, como antes privatizábamos el estrés, y entendemos que es un asunto individual que requiere respuesta médica, hay poco que hacer. El resentimiento es el modo en que la impotencia se reelabora como lógica inmunitaria que, siguiendo a Quintana, endurece una identidad y sus valores conservadores ante la injerencia de una supuesta amenaza exterior que desestabilizará nuestra ya depauperada situación: de ahí que el malestar social, tornado en resentimiento, reafirme un pasado mítico supuestamente mejor frente a cualquier posible cambio, alimentando así el auge de la ultraderecha y las formas de hipermasculinidad que campan a ambos lados del Atlántico. De este modo, el FOMO designa también el temor ultraconservador de haber perdido para siempre la oportunidad de ser omnipotentes y perfectos, aquel pasado en que se vivía mejor y no faltaba de nada.
Por eso, Mark Fisher defendía que «la tarea de repolitizar el ámbito de la salud mental es urgente si es que la izquierda quiere ser capaz de desafiar al realismo capitalista» (2016: 69). La lectura crítica del malestar nos presenta una sociedad a la que se le pide lo máximo (darlo todo, ser feliz, ser único) mientras se le priva de lo mínimo (vivienda digna, sanidad pública, descanso holgado, condiciones estables de empleo). El malestar no es accidental, es consustancial a esta divergencia sistemática entre las condiciones materiales y las exigencias sociales. No es cuestión de que las generaciones jóvenes ya no conozcan el valor del esfuerzo o tengan alergia al trabajo, sino de que el cuerpo social entero habita la contradicción de tener que ofrecer cada vez más rendimiento con menos recursos.
Ciertamente, si el capitalismo se ha trasladado desde hace ya décadas al terreno movedizo de los afectos, allí se desplazan sus violencias y allí han de plantearse sus resistencias. Entonces, ¿cómo podríamos politizar la depresión, sacarla del resentimiento y su lógica inmunitaria para redirigirla hacia un horizonte de alternativas? ¿Cómo podríamos liberarla de su privatización y convertirla en conciencia crítica de las injusticias estructurales? ¿Cómo podríamos pasar de la impotencia a la potenciade-no, a una forma renovada de resistencia? Tendríamos que de extraer de ese deseo agotado y deprimido una fuerza nueva e improductiva, una fuerza capaz de resistirse a la seducción indefinida, una fuerza que nos permitiera parar y decir no. Tendríamos que armar una rebeldía afectiva que señale lo específico de la explotación libidinal de nuestros días y se oponga al flujo hiperestimulado que atrapa nuestro deseo. ¿Cómo transformar todo este dolor en un gran clamor que lo cambie todo?
En El tercer inconsciente (2022), Franco Berardi trata de ofrecer una historia reciente de nuestra psicoesfera, la dimensión social de la mente o los modos en que se ha venido configurando, algo así como un inconsciente colectivo. En la primera mitad del siglo pasado, la neurosis era el modo en que el capitalismo se articulaba afectivamente: el individuo reprimido de Freud, obsesionado con la norma y la normalidad, austero y disciplinado, constituía el modelo de sujeto que, como trabajador anónimo y condenado a la repetición, requería la sociedad industrial. Pero a este inconsciente le sucede otro, toda vez que, tras la Segunda Guerra Mundial, se opera un desplazamiento hacia una economía de servicios y se instaura una sociedad basada en el consumo: se aceleran los flujos de información, nos instalamos en una condición de sobreestimulación nerviosa donde el capitalismo se nutre de la movilización de la energía del deseo cuando antes aspiraba a guardarla y contenerla. Al operario fabril, mero apéndice de la máquina, le sucede el empresario de sí mismo, genuina marca personal. Y, después, ¿cómo hemos pasado de la euforia a la depresión, del estrés al hundimiento? ¿De dónde viene el FOMO, que muestra con amargura y ansiedad que lo quiero todo, aunque ya no puedo con casi nada?
«La depresión», observa Berardi, «aparece como síntoma final del régimen semiocapitalista: la intensidad del ritmo social y emocional se vuelve insoportable, y la única manera de escapar al sufrimiento es cercenar el vínculo con el deseo.» La pandemia del COVID y sus consiguientes confinamientos constituyeron el acontecimiento que marcó los últimos compases del segundo inconsciente, que ha generalizado la depresión y el sentimiento cínico de que no hay alternativa a lo ancho y largo del globo. Este impasse señala nuestra crisis afectiva, pero también permite imaginar un tercer inconsciente, otra forma de desear. ¿Cómo sacar fuerzas del cansancio? Si despatologizamos la depresión y el malestar, quizá podamos encontrar en ellos ya no las cadenas del inmovilismo cinético y el identitarismo más rancio, sino el acicate para la agencia y la imaginación política. Una agencia que consiste en parar, en parar y en perder. Una imaginación que es potencia-de-no, que se compone de las exquisitas artes de la renuncia.
Colin Smith servía a todos los destinos, porque siempre acudía. Colin obedecía a todas las carreras, porque las ganaba todas. Colin estaba, ay, condenado a la victoria, hasta la victoria siempre. Y su historia es triste, pero tiene un final alentador: el chico robó un pan y fue enviado a un reformatorio. En el correccional mostró ser buen atleta, pues ganaba todas las carreras en las competiciones regionales, y por ello se le fue premiando y agasajando. Y así sucedió hasta la carrera final: a pocos metros de la línea de meta, a punto de vencer, Colin comprende que ganar implica mostrar aquiescencia con el sistema que lo somete, colaborar con las fuerzas que lo explotan y maltratan. Con esta convicción íntima, Colin se para justo antes de la línea de meta y dirige una mirada sonriente al director de su correccional mientras pierde deliberadamente. Colin ha tornado su impotencia en potencia-de-no, escuchar su malestar le ha permitido convertir su resentimiento en rabia. Allí donde lo gobernaban corriendo, Colin ha conseguido detenerse. Allí donde lo dominaban ganando, Colin se ha deleitado en el gusto de perder.
¿Cuál es el registro afectivo de la rebeldía contemporánea? ¿Cómo politizar nuestra miseria afectiva para librarnos del FOMO? ¿Cómo conseguir que la depresión, lejos de ser la constatación de un impasse político y existencial, nos lleve a imaginar otra forma de vínculo, una forma distinta de habitar este planeta? En las profundas mareas de la memética, hace años que navega un nombre popular que designa la fuerza para rendirnos que tanto anhelamos: el JOMO (joy of missing out), la alegría o el gustazo de perder, de perdérselo todo para estar tranquilas. Una rana flotando en un estanque ilustra un meme del JOMO. Una señora bien tapada en su cama, con la soberbia testa de su gato al lado, encarna las siglas del JOMO. Una nutria jubilosa, un perro tumbado, dos conejas en el prado, la ternura de las camas, tanta gente en pijama, horizontales y sonrientes celebran la gloria de dejarlo todo pasar, de no ganar en nada, de dejar de correr, de comprar, de consumir. El JOMO designa un deseo nuevo, pequeño y valiente, poderoso y tranquilo: no consumir, no estar, no aparecer. Antes bien, quedarse, divagar, holgazanear, improvisar: vivir es decir no. El JOMO es el índice afectivo de la renuncia, señala la retirada del deseo de la economía neoliberal de la excitación. Cuando nos obligan a ganar, le cogemos el gusto a eso de perder.
Parece que fue el emprendedor Anil Dash quien acuñó el término JOMO por primera vez en una entrada en su blog de 2012 que respondía a un post de Caterina Fake sobre FOMO del año anterior. Dash contaba que, en una ciudad como Nueva York, tenemos que asumir que no se puede estar en todos los saraos que nos describen como eventos canónicos, y que es mejor disfrutar de las acogedoras delicias que nos confortan en casa: «When you get old and wonderfully, contentedly boring like me, you stay home because you’d rather be there for bathtime and bedtime with the baby than, well, anywhere else in the world», sentencia. El término tuvo cierta circulación en la década de 2010, Natalia Martín Cantero le dedicó un artículo en el blog SModa de El País en 2014, Christina Crook consagró al tema un libro entero en 2015 y Svend Brinkmann otro en 2019. Pero ha sido después de la pandemia COVID cuando más se ha popularizado y tematizado el término (véase Serrano León, 2024; Leray, 2024; Heras, 2023): Richard Sima escribió un divertido artículo en The Washington Post en 2024 que no tardó en traducirse a otras lenguas.
Según el estudio científico de Barry et al. publicado en Telematics and Informatics Reports: «en contraste con el malestar que provoca perderse actividades con otras personas, algunos pueden, de hecho, preferir no participar en interacciones sociales» (2023: 1-2). Un aspecto importante en la conceptualización del JOMO reside en la libertad de elegir períodos de desconexión: en lugar de sentirnos aislados, encontramos alegría en la decisión de no implicarnos. La desconexión no es aquí expresión de autocontrol o moderación, como leemos en el sermón moralizante de Brinkmann, ni una situación de aislamiento contra la propia voluntad, sino que muestra un mayor sentido de bienestar. La preferencia por no estar solicitada nos lleva a una forma muy nueva, o muy antigua, de estar juntas, donde reina la escucha y lo no planificado. Pese a que Anil Dash entendía el JOMO como una emoción propia de quien se hace mayor y aburrido, Agnès Riba reconoce que donde más se detecta el anhelo por desconectar es en las generaciones más jóvenes (2014: 15), como una resistencia a la presión por estar al día de todo y llegar mágicamente a todas partes. ¡Ya querría yo, para mí y para nosotras, bedtime y bathtime a todas horas, with my babies and my homies! El tránsito del FOMO al JOMO designa un cambio radical de sensibilidad, comporta una resignificación de la pérdida en las sociedades contemporáneas, así como la íntima conciencia de los vínculos secretos entre placer de consumo, validación social y ansiedad.
Cuando no hay fuerzas para nada, permanece todavía el deseo de parar y rendirse, dejarlo caer todo, dejar de buscar el valor propio en conquistas y consumos sociales y encontrarlo en la quietud de la placidez. Perder, perderse, ha sido siempre una amenaza inasumible para el sistema capitalista, que enseña que solo somos en cuanto que ganamos y crecemos: lacra económica, lastre moral, perder es intolerable en esta carrera infinita a la que estamos condenados. Perder, en sus diversas formas (derrota, renuncia, decrecimiento, desaparición), interrumpe el circuito económico, desgarra el orden simbólico capitalista. Por eso mismo, a pesar del vértigo y la amenaza que suponen, perder y parar son la única forma de experiencia sin cálculo, el único don o la única vida que valen la pena. No hacer nada, no ser nadie, no ir a ninguna parte: es entonces en la quietud y el hábito donde se distinguen obsesión y amor, ansiedad y deseo. Me parece que hoy es el JOMO, forma intempestiva de la pereza, alquimia de placidez y de rabia, el afecto que requerimos para salir de esta carrera tan cansada y tan absurda.
Hay una revolución en curso, pero es una revolución micropolítica: el modo en que deseamos se está transformando, renunciamos a las ataduras excitadas del FOMO para abrazar la ternura y la placidez del JOMO. No entusiasmo, sino pereza; no superación, sino calma; no crecimiento, sino cuidado; no la verticalidad del éxito, sino la horizontalidad de lo compartido. En tantos activismos, debates sociales y filosóficos se va tejiendo una nueva estructura afectiva que, hundiendo sus raíces en la psicodeflación, convierte la desafección política en rabia y placidez, en pereza politizada: salir de la carrera, cuidarse de las victorias, redirigir la pasión y el deseo hacia el cuidado y el cuerpo, cultivar nuestra atención cotidiana, tan acribillada y descompuesta. El JOMO no es una apología del fracaso, sino una crítica radical a la ontología de la ganancia. Pero en el fondo sí es una apología del fracaso, porque quien dice fracaso dice alternativa y se libera de la carga aplastante de ser uno mismo.
Tenemos que hablar de Colin, el niño díscolo de la familia, aquel solitario corredor de fondo que estaba obligado a ganar y prefirió perder. Perder carreras, perder ascensos, perder méritos y privilegios, perderse planes y quedadas y cursos y series. Perderse todo, perderlo todo, para habitar ligero y con más gusto por lo que somos, deliciosamente vivos e inacabados, y no por la fantasía alucinada de lo que seremos. El JOMO señala ese movimiento colectivo que transforma la depresión generalizada en el coraje de soltar, es la fuerza indómita de los perdedores. Y con el gusto de perder ganamos la oportunidad de dar, de poder darnos a fondo perdido.
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Descubre más sobre JOMO. El gusto de perder, de Juan Evaristo Valls Boix, aquí.