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Empieza a leer 'Indignidad' de Lea Ypi

04/03/2026

En memoria de mi padre, Xhafer Ypi, «Zafo»
(1943-2005)

 

En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad.
Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Así pues, es muy exacto, tanto metafórica como filosóficamente, decir que la belleza es nuestra segunda creadora.
Friedrich Schiller, Cartas sobre la educación estética de la humanidad

 

PRÓLOGO: LA FOTO

–Estoy buscando el archivo del servicio secreto –digo mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación. Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la pregunta «Tú no eres de por aquí, ¿no?» ya surgía con irritante regularidad cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.
         La mayoría de la gente que vuelve a Tirana comenta lo mucho que ha cambiado la ciudad: ahora hay más rascacielos, calles pavimentadas, cafés, bares y carriles para bicicletas. Sin embargo, para mí es un lugar de pena, culpa y un sinfín de posibilidades truncadas. No guardo buenos recuerdos de él; a lo sumo lo que conservo son vínculos más bien fríos con algunas noticias de la tele, las películas de los años comunistas y, en tiempos más recientes, los atascos de tráfico. La estancia más larga que he podido soportar en la ciudad fue cuando mi abuela murió y volví de Italia, donde estaba estudiando, para ocuparme de su funeral. Sola en nuestra cocina durante los cuarenta días de luto obligado, me costaba aceptar que, tras décadas enseñándome la importancia de cumplir las normas, mi abuela hubiera desaparecido de mi vida sin dignarse a avisarme antes. Una vez le había dicho que volvería para cuidar de ella, igual que ella me había cuidado a mí durante toda mi infancia. Ahora era demasiado tarde; ya no podía cumplir con mi palabra. Tirana se convirtió para mí en la capital del remordimiento y, quizá para aliviar la culpa, se lo achaqué a la ciudad. Pesaba sobre ella una maldición, un maleficio capitalista después del mal de ojo comunista. Mi abuela no debería haber regresado a Tirana, cincuenta años después de que la desterrasen al campo por enemiga del Estado comunista...
         –Estoy buscando la Autoridad para la Información Relativa a la Documentación de la Antigua Dirección de Seguridad del Estado –digo, esta vez precisando el nombre del organismo en los mismos términos formales con los que se me presentó en el e-mail que me envió para darme cita.
         El taxista parece no oírme. Hombre de pelo canoso, de unos setenta años, con un rostro desmejorado que oculta detrás de unas gafas de sol, lleva una camisa de cuadros de manga corta y una gorra roja con el lema «Make America Great Again». En la radio del coche suenan a todo volumen las canciones que dan en Top Gold, una emisora de clásicos. Mientras espero su respuesta frente al Mercedes-Benz amarillo, reconozco las notas de «Only You», intentando imponerse a «Just Dance» de Lady Gaga, que suena en el taxi aparcado justo detrás. El taxista no escucha la música, que evidentemente ha elegido para atraer a cierto tipo de clientela. Fuma y está absorto en la lectura de un periódico que cubre todo el volante.
         –Señor, estoy buscando la Autoridad para la Información Relativa a la Documentación de la Antigua Dirección de Seguridad del Estado –repito.
         Debo de parecer preocupada, o por lo menos inquieta, porque mi tono de voz finalmente anima al taxista a levantar la cabeza, apagar la radio, tirar el cigarrillo sin terminar por la ventanilla y volverse hacia mí con un gesto de leve inquietud.
          –Avash avash. Con calma. Siéntese. ¿A quién dice que está buscando?
          –Oh –murmuro, sorprendida de que no haya reconocido mi destino–. Estoy buscando el archivo donde guardan todos los expedientes. Ya sabe, el archivo de la antigua Sigurimi.
          –Usted no es de por aquí, ¿no? – me pregunta cuando el motor del coche vuelve a la vida con un bramido. Empezamos a abrirnos paso entre el ajetreado tráfico matinal.
          Sonrío tratando de disimular el fastidio. Ojalá no tuviera que ir en taxi. Ojalá supiera ir en bici al archivo sin perderme en el dédalo de callejuelas que surcan esta ciudad como venas que se bifurcan sin fin. De hecho, ni siquiera sé orientarme en Comuna de París, que supuestamente es mi barrio. Quizá haya algo en mí que inconscientemente desea perderse a cada instante para recordarme a mí misma que este nunca fue mi hogar y que ya es demasiado tarde para ponerle remedio.
          –Me sorprende que lo haya adivinado...
          –Ha dicho que va a los archivos de la «antigua» Sigurimi. Así es como hablan los extranjeros. Aquí nada es «antiguo». Todo sigue igual que siempre, con la misma gente. Mi hija, que vive en Florida, viene todos los años. También me dice que todo parece distinto.
          Quiero explicarle que no lo decía en ese sentido, pero no encuentro un resquicio natural en su torrente de palabras.
          –Soy viejo, antes era camionero, importación y exportación, vi mundo antes que nadie. Estuve en Polonia, en Cracovia..., ¿sabe cuántas veces...?
          Se interrumpe para soltar un largo silbido, como si quisiera que el sonido recorriera toda la distancia entre Tirana y Cracovia, ida y vuelta.
          –Las gafas de sol son de esa época. Me gustan, hacen que todo se vea oscuro, con un ligero resplandor rojizo. Créame, nada ha cambiado. Es lo mismo de siempre.
          –Pero esto sí que ha cambiado, ¿no? –digo, señalando la cola interminable de coches parados en un semáforo en rojo antes de doblar hacia la calle Cuatro Héroes.
          –Esos no saben conducir –replica con la evidente satisfacción de alguien acostumbrado a aplastar una objeción tan superficial–. Todos los días pienso que me voy a matar. ¿No nos iría mejor a todos si se conformaran con caminar? Como hacíamos todos en los viejos tiempos. Ahora inhalan este veneno todas las mañanas y luego, por la tarde, pagan por unas clases de yoga o por ir al gimnasio.
          –También han cambiado otras cosas –digo, solo para ver cómo responderá–. Mire todos estos árboles nuevos que ha plantado el alcalde.
          –¡Bah, es usted igual que mi hija! –exclama–. Solo viene a pasar la Nochevieja. Creo que la compañía aérea tiene alguna oferta para esas fechas. Y se queda embobada con las luces que ponen en los árboles. ¿Ha visto usted lo que pasa aquí en invierno? Hay tantas luces que parece que haya una guerra. Todo por los adornos navideños. Venga en cualquier otra época del año y usted misma podrá comprobarlo: nada ha cambiado, es lo mismo de siempre. Hasta los árboles lo saben.
          Sigo dándole vueltas al pasatiempo favorito de esta ciudad –«¿Es lo mismo? ¿Es distinto?»– cuando de pronto el taxista pega un frenazo y, con la ventanilla bajada, empieza a increpar a los demás conductores mientras trata de cambiar de sentido. Acabamos de pasar por la mezquita de Et’hem Bey, hemos doblado a la izquierda por la calle George W. Bush y estamos llegando al bulevar Juana de Arco cuando decide cambiar de ruta.
–Acabo de acordarme de algo – dice cuando termina la maniobra–. Quiere ir a las oficinas nuevas, ¿no? ¿Al edificio al que acaban de mudarse?
Me encojo de hombros.
–No estoy segura – respondo, sacando el móvil para comprobar la dirección que venía en el e-mail:

Estimada doctora Ypi:
          Le escribo en relación con su solicitud, n.º 736, remitida el 10-5-2022, en su calidad de investigadora, para acceder a la documentación de la antigua Seguridad del Estado relativa a los ciudadanos Leman Ypi (Leskoviku), Asllan Ypi y Xhafer Ypi.
          De conformidad con el artículo 36 de la Ley n.º 45/2015 «Sobre el derecho a la información relativa a la Documentación de la Antigua Seguridad del Estado de la República Socialista Popular de Albania» (con enmiendas), la Ley n.º 9887/2008 «Sobre la protección de datos personales» (con enmiendas), y las directrices «Para Investigadores/Medios» aprobadas por la Decisión n.º 24-9-2020, la autoridad ha decidido concederle acceso a la siguiente documentación:
          a) Documentación del Archivo 531 relativa a la ciudadana Leman Ypi, 34 páginas.
          b) Documentación del Fondo 1, Expediente de Investigación Judicial 1355, relativo al ciudadano Asllan Ypi, 666 páginas.
          c) Documentación del Fondo 1, Expediente de Investigación Judicial 1384, relativo al ciudadano Xhafer Ypi, 138 páginas.
          Tenga la bondad de acreditarse con un documento de identidad, ya que así lo exige el protocolo de seguridad para acceder a las dependencias de la Guarnición Militar de Skanderbeg, donde se ha instalado recientemente la Autoridad.
          Firmado: EVA D.
          Empleada especialista de la Autoridad para la Información Relativa a la Documentación de la Antigua Dirección de Seguridad del Estado, Departamento de Investigación, Medios, etcétera.

Aparto los ojos de la pantalla. Cuando llegó el e-mail y lo leí tuve escalofríos. Ahora, su formalidad me tranquiliza, el hecho de que, cada vez que lo miro, el contenido permanezca inalterado: acuda a la cita el martes, traiga un documento de identidad, observe el protocolo de seguridad. Agradezco especialmente poder releer el nombre de mis familiares –mi abuela Leman, mi abuelo Asllan y mi padre, Xhafer (o Zafo, que es como lo llamaba todo el mundo)–, la manera en que esta lista de personas se me ofrece como el menú de un restaurante, con una sensación de desapego comercial, que es justo lo que necesito en este momento. Nada por lo que ponerse emotiva, solo unos detalles sobre un grupo aleatorio de personas a las que fui asignada al nacer, como la comida de oferta en el supermercado después de las fiestas de fin de año.

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Traducción de Albert Fuentes

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