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Empieza a leer 'Hombres enamorados' de Irvine Welsh
EL MENTOR 1
El físico de Edward Allister Reece era muy parecido al del escritor Samuel Beckett. Delgado como un palillo, de rasgos afilados y con una mata de pelo gris recortada por los lados y la parte de atrás, tenía tantos surcos en la cara como la pista de patinaje de Murrayfield. Nacido y crecido en el puerto de Leith, Reece había obtenido su diploma de marino mercante en la escuela náutica de la zona. Tras la demolición del bloque de Burlington Street donde alquilaba su vivienda, optó por no quedarse en los alrededores y mudarse a Granton con su mujer, Jessie, y sus dos hijos, Alan y Karen. Por lo general, mientras esperaba que algún barco atracara, Eddie frecuentaba varios bebederos de Leith, particularmente el Marksman Bar de Duke Street, aunque en ocasiones también se lo veía en los pubs de su barrio, como el Tap o el Anchor, y reservaba el Wardie Hotel para los domingos.
Al igual que Beckett, Eddie Reece era un alma literaria, aunque de ese modo secreto frecuente entre hombres de clase trabajadora. Por miedo a exponer su mente inquisitiva y su amplitud de miras tanto a los miembros de su clase como a la reprobación de la burguesía, la mayoría de sus lecturas las hacía en el mar, en los confines de un camarote estrecho. Siempre tenía un libro delgado junto a la cama y lo leía igual que otros leen la Biblia o el Corán, adentrándose en secciones al azar. No era nada especial, una edición de bolsillo con las esquinas dobladas, escrito en una lengua vernácula antigua que resultaba indescifrable incluso para sus compañeros de barco más curiosos.
El Marksman Bar era el lugar favorito de la santísima trinidad de los borrachos de Leith: los trabajadores del astillero Robb Caledon, los estibadores y los marineros mercantes. Era un lugar de reunión pequeño y feo, un poco como una oficina del paro, con unas luces de techo rigurosas y desafiantes diseñadas, al parecer, para exhibir la decadencia de la mortalidad. Solo los hombres que allí bebían –y es que casi todos los clientes eran hombres– le conferían personalidad.
A principios de la década de 1980, cuando el Leith industrial ya era un mundo en vías de desaparición, se puso de moda entre algunos grupos de jóvenes frecuentar el local. Acudían a disfrutar de una ronda rápida con sus padres, tíos o vecinos. A escuchar sus historias. A atesorar sabiduría o sandeces antes de irse a locales más de su gusto.
Mark Renton, Simon Williamson, Francis Begbie, Daniel Murphy y Robert McLaughlin eran parte de un grupo ruidoso y pendenciero compuesto por unos amigos de la adolescencia y sus eventuales compañeros que aparecían por el Marksman al poco rato de haber abierto. Los estibadores más avezados daban consejos a los jóvenes sobre cómo mangar: todo giraba en torno a mercancías robadas y de imitación. Para los operarios manuales de los astilleros, más irascibles, el tema de conversación recurrente eran las agresiones con arma blanca, a pesar de estar en declive tras su edad de oro durante los sesenta y setenta.
A Spud Murphy lo fascinaban los estibadores y el robo. «Franco» Begbie y «Segundo Premio» McLaughlin escuchaban con atención a soldadores, torneros y montadores. Pero a Mark Renton, «Rent Boy», y a Simon Williamson, «Sick Boy», les fascinaban los marinos mercantes, y en concreto uno de ellos. El silencioso Eddie Reece encarnaba el estilo de vida viajero y promiscuo al que aspiraban aquellos dos jóvenes.
Hablar de sexo con sus propios padres habría sido de mal gusto. La humillante timidez que dicho tema suscitaba en David Renton, soldador del astillero, y la jactancia despreciativa de Davy Williamson, parado, disuadían a sus hijos de sacar a colación tales temas. El mentor tenía que ser una figura similar a un tío.
Por tanto, buscaron el consejo de Eddie Reece, libertino reservado que se dejaba rellenar el vaso de whisky a cambio de sus serenas lecciones de mujeriego. En pocas palabras, su consejo se resumiría en: piensa global, no local.
Reece escudriñaba el bar y observaba de modo flemático a los jóvenes descarados que acompañaban a sus colegas. No había tardado en fijarse en Renton y en Williamson. «Vosotros sois chicos curiosos. Este sitio se os queda pequeño.» Los miró con la sonrisa de otro hombre, una que había aprendido a imitar con precisión en alta mar, metido en su camarote, al darse cuenta de su eficacia. «Seréis unos infelices si os quedáis aquí. Vosotros sois trotamundos. Auténticos chicos de puerto, qué bendición. Veréis, un puerto nunca es un hogar, solo es la puerta de entrada al hogar. Vuestro hogar es el mundo entero.» Sus ojos se dirigieron al grupo de jóvenes que acompañaban a Renton y a Williamson. «Mirad a esos chicos. Se pasarán por The Spiral, verán un felpudo, le harán un bombo y se quedarán atados aquí para siempre. Se acabó lo que se daba. Y tan contentos», añadió Reece, mientras las arrugas de su cara se volvían más profundas, «al menos durante un tiempo. Hasta que la vida...», prosiguió mirando a su alrededor, a los hombres más viejos y resecos del bar, «les eche más y más mierda encima. Tendrán como máximo diez años buenos, luego la falta de aventura, la falta de cambio, los aplastará lentamente. Eso nunca será bastante para vosotros dos.»
«Pues en The Spiral hay un montón de coños bien dispuestos», había proclamado desafiante el joven Renton. Estaba pensando en Kelly y Nicky, pues le gustaban las dos, y hasta en Alison, a pesar de que ella estaba pillada por Sick Boy. Aunque creía que las chicas del barrio valían más de lo que Eddie dejaba entrever, su respuesta malhumorada se debía a que las palabras de Reece habían tocado la fibra. El hermano mayor de Renton, Billy, estaba destinado a casarse con su novia de la escuela. Los únicos viajes que tenía por delante eran a campamentos en Belfast y Alemania con el ejército.
Reece reconoció esta fuerza insatisfecha en Renton y se negó a que se fuera de rositas. «Venga, chaval, que sabes de lo que estoy hablando. No hace falta ni que seas un viejo lobo de mar como yo. A medio kilómetro cuesta arriba tienes durante un mes el Festival de Edimburgo», dijo señalando hacia fuera. «Coños pijos. Tías de todas las nacionalidades y de todos los colores.» Se pasó la mano por el abundante tupé.
Sick Boy estaba cautivado. «Tías pijas... Suena bien.»
Reece cogió la copa. Le dio un sorbo al whisky de garrafón. «A las chavalas pijas hay que hacerles el amor como se lo harías a un grumete...»
Renton y Sick Boy se miraron con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Varios compañeros de Eddie que habían oído aquello intervinieron: «¡No le hagáis ni caso!».
«Es un hombre horrible.»
Pero los dos jóvenes sabían instintivamente que Reece hablaba muy en serio. Eran todo oídos.
«Los grumetes portugueses son los mejores», caviló Eddie, llevándose la copa a los labios.
Y, para disgusto de sus colegas, sobre todo de Frank Begbie, que cuestionaba la necesidad de gastarse un dineral en el centro cuando aquí abajo había tías a espuertas, Sick Boy y Renton se convirtieron en ratones de ciudad y se apartaron de los encantos del viejo puerto. Sobre todo en la época del Festival.
Pero siguieron asomando la cabeza por el Marksman, aunque no solían quedarse, y hasta sentían cierto desamparo si no veían el característico peinado gris rapado en los lados y la nuca y la tenue silueta apoyada en la barra.
En una visita fructífera, Reece los obsequió con una de sus salidas memorables: «Tenéis que decidir si sois folladores o amantes».
«Amante», contestó de inmediato Mark Renton. Sick Boy dudó.
Reece volvió al ataque. «Porque un follador tendrá más mujeres...»
La cara de Renton se descompuso un poco al tiempo que Sick Boy soltaba: «¡Follador!».
«... pero cuando un follador se enamora, se acabó lo que se daba. Eso siempre trae problemas.»
«¿Y tú qué eres, Eddie?», preguntó Renton.
Reece miró a los dos jóvenes y luego dijo con seriedad, casi con remordimiento: «Un follador, chaval».
«Pero tu mujer y tus hijos...», protestó Renton.
«Follador», insistió Reece, con un brillo casi amenazador en los ojos mientras agitaba el vaso vacío en la barra.
Renton y Sick Boy correspondieron a la tutela del lobo de mar, le rellenaron el vaso y se fueron al centro.
Los dos jóvenes eran hermanos de armas que se alentaban entre sí en distintos proyectos al ritmo de Iggy Pop y Lou Reed. En nuevas transgresiones.
No dejaban disco sin comprar ni droga sin probar.
Luego la cosa se desmadró y la amistad se agrió. Renton huyó con el dinero de una venta de droga. Los cuatro desplumados –Sick Boy, Franco Begbie, Spud Murphy y Segundo Premio– juraron venganza. Se habían quedado sin nada.
Nada aparte de la búsqueda eterna de todo hombre: la búsqueda de amor.
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Traducción de Arturo Peral y Laura Salas
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