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Empieza a leer 'El volumen del tiempo III' de Solvej Balle
# 1144
He conocido a alguien que recuerda. Ayer. Quiero decir que lo conocí ayer. Pero también recuerda ayer. Recuerda que nos conocimos ayer. En realidad, nos conocimos anteayer, pero fue ayer cuando hablamos por primera vez. Ayer cuando supe su nombre. Se llama Henry Dale y no tengo que contarle que el tiempo se ha parado. Él eso ya lo sabe.
Y sabe muchas otras cosas. Sabe que estamos en otoño, aunque no por ello avancemos hacia el invierno. Que no habrá primavera ni verano. Que los tonos dorados de los árboles han llegado para quedarse. Conoce el significado de las palabras: que ayer quiere decir diecisiete de noviembre, que mañana se refiere al dieciocho otra vez, y que el diecinueve es un día que quizá nunca lleguemos a ver. Lo sabe al despertar por la mañana y por la noche al acostarse.
Y ahora, tras nuestra cita de esta mañana en el Café Möller, sabe también que no está solo. Nos hemos encontrado allí porque habíamos quedado en vernos, y porque ambos recordábamos haber quedado así. Dos personas que recordaban. No solo una que recuerda y otra que olvida. Me resulta casi impensable: que entrara por la puerta alguien con la memoria intacta.
Porque eso fue exactamente lo que hizo: entrar por la puerta de la cafetería. Apareció poco antes de las nueve, pero yo ya estaba sentada a la mesa. Había llegado en torno a las ocho y media, y, después de pedir café en el mostrador, esperé a que quedara libre la mesa situada junto a la ventana. Cosa que sucedió a las 8.39, por lo que no llevaba mucho tiempo instalada cuando Henry D. subió las escaleras. Abrió la puerta, me vio sentada a la mesa y, con una expresión que mostraba a las claras que me había reconocido, vino hacia mí dudando apenas el instante que tardé yo en levantarme de la silla, así que nos quedamos los dos de pie, el uno frente al otro, incapaces de encontrar un saludo apropiado.
Henry D. dio un paso hacia mí y me tendió la mano, pero, como yo avancé también un paso justo a la vez, la retiró ligeramente. Entonces giré un poco el cuerpo y terminamos en un abrazo algo torcido, conmigo lanzando un beso al aire por un lado y él dándome unas palmaditas en el hombro; una rara mezcla de fórmulas de saludo, restos de viejas costumbres que arrastramos del pasado, que acabó convertida en un baile peculiar, desmañado y algo vacilante.
Nos reímos los dos, seguramente de nuestro titubeo y de la extrañeza de nuestros gestos, pero también por la falta de costumbre. Era evidente que habíamos perdido la habilidad de saludar a alguien, o, mejor dicho, de saludar a alguien a quien reconocíamos y que nos reconocía también.
No es que la situación tuviera nada de particular. Éramos sencillamente dos personas que se habían conocido el día anterior; que habían pasado con ello, la una para la otra, de la categoría de persona cualquiera a la categoría de persona determinada, y que ahora volvían a encontrarse. No debería haber supuesto ninguna complicación, pero, por lo visto, estábamos ya tan acostumbrados a tratar con gente que parecía no habernos visto en la vida que habíamos olvidado cómo saludar al reconocernos.
Porque eso fue lo que hicimos: reconocernos. Nos conocimos ayer y hoy nos acordábamos; en cambio, pese a que he visto a la clientela y al personal y a los transeúntes que pasan frente a la ventana de la cafetería muchísimas más veces de las que he visto a Henry D., ninguna de esas personas diría que nos conocemos. De hecho, cualquiera de ellas diría que es la primera vez que me ve. El reconocimiento, lógicamente, se da solo por mi parte. Pero, de pronto, ahí estábamos Henry D. y yo, y si alguien nos hubiese preguntado si nos conocíamos, ambos habríamos podido responder que sí, que, a decir verdad, sí. Habíamos hablado, sabíamos el nombre del otro, recordábamos habernos conocido y, en ese momento, estábamos reanudando la conversación que habíamos empezado el día anterior en la universidad, que ahora podíamos retomar, sentados junto a la ventana del Café Möller, lugar al que habíamos acudido ambos y donde nos habíamos saludado mediante un torpe baile que nos había hecho reír.
Supongo que él estaba tan sorprendido como yo, porque, justo después, el ambiente se ha distendido y se ha llenado de una euforia que no podía deberse únicamente a que ninguno de los dos consiguiera pegar ojo anoche. Después de soltar nuestra breve y liberadora risa, la situación ha perdido de inmediato todo carácter excepcional. Solo teníamos que seguir con esa conversación ya comenzada.
Pensar ahora en nuestro encuentro me hace sonreír de nuevo, y caigo en la cuenta del tiempo que llevaba sin sentir esa identificación mutua, ese pequeño sobresalto en la conciencia, ese ligero cosquilleo en el cerebro al reconocer a alguien que también te reconoce a ti. Una sensación que hacía tanto que no experimentaba que me ha tomado por sorpresa, como un sentimiento nuevo y extraño que nos ha llevado a ese peculiar baile.
Ahora ya estoy otra vez en el piso de Wiesenweg, sola, pues nos hemos ido cada cual por su lado, pero todavía asombrada de que dos personas puedan compartir una historia en pleno dieciocho de noviembre; una historia muy breve, pero historia al fin y al cabo, con encuentros, despedidas y promesas de volver a vernos.
Una vez calmadas nuestras risas nerviosas, Henry D. me ha contado que había pasado horas inquieto. Temía que durante la noche se borrara de mi mente el recuerdo de nuestro encuentro. Yo le he contado que, ya de madrugada, tras pasar la noche en vela, casi me había convencido de que todo aquello no era sino producto de mi imaginación, que nuestro encuentro de ayer no había tenido lugar, que no se había producido. Pero resulta que sí, que había sucedido. Entonces él ha pedido una taza de café, hemos desayunado, y, aunque aún no logro entender del todo cómo ha podido ocurrir, el caso es que de repente estábamos allí, hablando del momento en el que nos conocimos, ayer, en la universidad, él con su versión de los hechos y yo con la mía: él bajando las escaleras del auditorio, yo saliendo de una fila de asientos, él mirando de manera curiosa a aquella mujer que se le acercaba, yo haciendo ademán de querer preguntarle algo. Y así nos quedamos, cada uno con su mirada, dos ángulos diferentes aunque con los mismos elementos: la sala, las filas de asientos y las escaleras que conducían a la salida. Nos acordábamos de todo, y podíamos compartir nuestros recuerdos, porque ambos habíamos almacenado nuestro encuentro en la memoria.
Después de desayunar, hemos ido a mi apartamento y se lo he enseñado, aunque no mi caos romano, las bolsas de basura junto a la puerta, las tazas con posos de líquido, los envases de ensalada, los suelos plagados de libros y hojas sueltas, sino una cocina recogida, un salón con estanterías, carpetas y folios en montones ordenados. Todo el material de mis investigaciones estaba ahí. Libros sobre los griegos y los macedonios, los micénicos y los persas, algunas hojas con anotaciones sobre los hititas y los sumerios y una pila en relación con los egipcios. Y también los romanos, por supuesto. Había libros sobre los francos y carpetas con información sobre espartanos y etruscos. Había apuntes acerca de los pueblos del norte, listas de nombres de distintas tribus germánicas y, encima de la mesa, junto al ordenador, dos libros de Janita Weng: Roma y el centeno y el último que había publicado, Una pústula nociva: contra la Claviceps purpurea, además de una obra de consulta sobre hallazgos arqueológicos en naufragios. Todo ello organizado, aunque no de modo cronológico ni alfabético ni geográfico, ni tampoco según ninguno de los demás sistemas establecidos, pero obedeciendo, aun así, a un cierto orden. Se podía andar por la casa sin tropezar con los montones de papeles y libros, no eran restos dispersos después de días y noches tras la pista de romanos muertos y culturas desaparecidas. Resultaba fácil moverse por las habitaciones, no había que excavar, despejar un bosque o abrirse camino con un machete. Era un piso normal, la vivienda relativamente ordenada de una persona curiosa, que hemos abandonado después de hacer una visita rápida, de echar un vistazo al níspero del patio y de tomar un vaso de agua en el fregadero de la cocina. Al salir hemos dejado las bolsas en el suelo de la cocina. No es que hayamos acordado hacerlo así. Se han quedado allí sin más cuando hemos salido del apartamento para dar un largo paseo por la orilla del río.
En ese momento hacía ya un rato que habíamos empezado a desenmarañar la historia, la secuencia de dieciochos de noviembre que recordábamos, remontándonos al primer día e incluso más atrás, a nuestra vida anterior al dieciocho, para volver después a muchos otros días de noviembre. Nos hemos sentado en el murete de piedra que bordea el río y, mientras los barcos desfilaban ante nosotros, hemos ido saltando de aquí allá en nuestra secuencia de días hasta que, en algún momento –más de una vez, de hecho–, hemos llegado a los pormenores de nuestro inesperado encuentro, a la inquietud, la sorpresa, esa inexplicable coincidencia que nos ha reunido, y, tras permanecer largo rato sentados junto al río, hemos seguido nuestro paseo hacia el centro de la ciudad, antes de volver al apartamento para que Henry recogiese su bolsa y cada uno se fuera por su lado, él a su hotel y yo a mi cama, donde habría dormido, de ser posible, pero ya no estaba cansada, sino casi despabilada y llena de asombro, pues aunque algunas veces me había preguntado si sería posible arrastrar a otra persona conmigo al dieciocho de noviembre, jamás se me había pasado por la cabeza que pudiera toparme con alguien rondando por mi bucle.
Fueron los romanos los que me pusieron sobre la pista de Henry D. Bueno, en realidad no hubo nada que me condujese hasta Henry D. Apareció sin más. A lo mejor podría habérmelo encontrado antes, pues ahora estoy prácticamente segura de que lo vi en la cafetería en una de mis primeras visitas a la Heinrich Heine Universität. Quizá si hubiera ido más atenta, buscando anomalías, nos habríamos encontrado antes. Pero yo no iba buscando anomalías, sino romanos. Y cuando no iba tras los romanos, eran los griegos y los etruscos, los sumerios y los micénicos, los germanos y los francos. O algo por el estilo. No buscaba a ningún hombre con una bolsa.
Henry D. tampoco buscaba a nadie. Entró en un auditorio y se sentó. Anteayer. Bueno, uno siempre anda buscando algo en cierto modo, ha dicho. Estaba en la universidad y vio junto a la entrada del auditorio un cartel que anunciaba una conferencia. Entró y se sentó en una de las últimas filas.
Cuando subí las escaleras del auditorio y me senté en la misma fila que Henry D., yo ya había asistido a la charla en otra ocasión. La vez anterior fue durante otra de mis primeras visitas a la universidad. Después de deambular por los pasillos encontré el camino a la cafetería. Allí me fijé en un cartel, un aviso de una conferencia el dieciocho de noviembre: HEUTE, hoy, ponía en grandes letras rojas sobre el cartel, donde se leía también algo acerca del comercio y la estabilidad del abastecimiento en el Imperio romano. Por lo visto, la ponencia formaba parte de un extenso ciclo de charlas que se celebrarían a lo largo del otoño, una especie de colaboración interdisciplinaria sobre sociedades complejas, desde la Antigüedad hasta hoy.
No faltaba mucho para que comenzase la conferencia, de modo que, tras matar el tiempo en la cafetería, me dirigí algo indecisa al auditorio, que encontré sin demasiado problema. Recuerdo que no me sentía nada preparada y que estuve a punto de darme media vuelta, pero saludé con un asentimiento de cabeza a los escasos oyentes que ya estaban allí y me deslicé hasta la tercera fila. Poco antes de que comenzase la charla, llegó un numeroso grupo de alumnos. Las primeras filas se vieron ocupadas de repente por personas que se conocían entre sí, que hablaban las unas con las otras en todas direcciones mientras yo me sentía un estorbo, como una intrusa.
La conferencia trataba principalmente de todo el dispositivo logístico necesario para garantizar el flujo constante de mercancías y recursos con los que mantener en funcionamiento la sociedad romana. Y se centraba en los problemas relacionados con la importación, el transporte y el almacenamiento de la ingente cantidad de grano necesario. Durante la charla, impartida en alemán, me quedó claro que no dominaba el idioma tanto como creía, pues, aunque estaba acostumbrada a manejarme a diario con bastante soltura, se me escapaban muchos matices y términos técnicos. Pero el tema había despertado mi interés, así que abandoné el auditorio con la certeza de que volvería en otra ocasión.
Y, de hecho, volví, anteayer, justo cuando la conferencia estaba a punto de comenzar. Esta vez me sentía más segura. No solo porque, durante el tiempo transcurrido desde la primera, había aprendido más acerca de los romanos, sino también porque empezaba a moverme con mayor soltura entre los estudiantes y alguna que otra vez me había colado en clases de distintas carreras. Tanto mi alemán como mi mundo se habían ampliado, y ahora me guiaba un entusiasmo mesurado que me abría una puerta tras otra, puertas de aulas y auditorios donde solía sentarme en la última fila para asistir a clases que por un motivo u otro me llamaban la atención, y, por supuesto, también puertas al mundo de los romanos, puertas que permitían entrar o salir.
Me sentía preparada. Había encontrado vídeos de las primeras conferencias del ciclo y con ellos había ido empapándome de algunos de los términos técnicos que se empleaban. Había sacado de la biblioteca obras acerca de los recursos del Imperio romano, así como de los bienes de los que carecía: obras sobre el consumo del agua, la explotación minera y la importación de alimentos. Había leído artículos sobre el comercio de los cereales y el funcionamiento de los gigantescos almacenes de grano. Y por fin había terminado Roma y el centeno, de Janita Weng, obra en la que la autora defendía que la falta de trigo en el norte era lo que había detenido la expansión romana. Sentada en mi butaca, noche tras noche, había seguido sus extensas y minuciosas explicaciones sobre las raciones de cereal y la importancia decisiva del abastecimiento, sobre el malestar que se generaba cuando los suministros no llegaban o sobre el pan de trigo como seña de identidad, por usar la expresión de Weng. A su parecer, la idea que los romanos tenían de sí mismos iba muy ligada al avituallamiento de este cereal, porque ya desde tiempos inmemoriales consideraron el trigo aquello que diferenciaba al ser humano de las bestias, a los romanos de los bárbaros. El relato acerca del trigo se convirtió en el relato de la supremacía de su pueblo. Plauto ridiculizaba a las tribus primitivas que ofrecían hierbajos a sus invitados como si fueran bueyes. Weng citaba a Plinio y a Galeno. Describía la aversión de los romanos al pan negro que se comía en las regiones frías de Tracia y Macedonia, pues no podía contarse entre los alimentos aptos para el consumo humano. Exponía los males que causaba el centeno, porque si en algo parecían estar de acuerdo todos los romanos, quinientos años de consenso, era en la idea de que sin trigo volverían a hundirse en estadios primitivos, reducidos al nivel de los bárbaros. Únicamente quienes consumían trigo eran personas civilizadas. El emperador o el praefectus annonae que no conseguía proveer de trigo a su pueblo apenas merecía llamarse romano y, por supuesto, los cereales como el centeno solo resultaban apropiados para los bárbaros y los animales.
En realidad, con el tiempo me habían ido interesando más los bárbaros que los romanos. Todos aquellos que contribuyeron a sentar las bases del mundo romano, pueblos desaparecidos que los romanos apenas conocían, y también los que vinieron después, los que ocuparon enseguida los territorios romanos, un sinnúmero de tribus, grupos y pueblos con nombres que yo no había oído en la vida. Mis excursiones al mundo de los romanos me habían llevado en diversas direcciones al mismo tiempo, a todo un entramado de países, reinos y culturas. Ya no me preocupaba quedarme estancada, ni tampoco las fronteras del Imperio romano, o al menos no tanto como antes; lo que me llamaba la atención eran todos aquellos reinos que habían existido, en constante interacción unos con otros, a veces en guerra y conflicto, y otras inmersos en un lento proceso de cambio.
Quizá por eso anteayer volví a la universidad: porque quería saber más. Quería saber más acerca de esa tupida red que se extendía en todas direcciones. Puede que sobre el contraste entre la diversidad de recipientes romanos y esa constante interacción con el entorno. El caso es que, una vez más, tomé el tranvía que iba a la universidad, un poco tarde, crucé corriendo la plaza, con gente sentada aquí y allá en los muretes, seguí por un atajo a lo largo de uno de los edificios y entré por una puerta lateral cercana al auditorio en el que tendría lugar la conferencia. Los alumnos más jóvenes ya se habían acomodado, inquietos y habladores, en las primeras filas, y yo me apresuré a subir las escaleras para instalarme en la parte superior del auditorio, donde había más sitio. Más allá, en la misma fila, había otros tres o cuatro oyentes. Henry Dale (es decir, la persona que luego resultaría ser Henry Dale) era uno de ellos.
Al principio no me llamó la atención. Elegí el segundo o tercer asiento desde el pasillo, y no me fijé en él hasta que lo vi salir del auditorio durante el descanso, justo antes de que comenzase el turno de preguntas. Debía de estar sentado más o menos en el centro de la fila, y en ese momento se levantó, se colgó la bolsa al hombro y se dispuso a abandonar su asiento. Me di cuenta de que otro oyente, sentado a un par de asientos del mío, se ponía de pie para dejarle pasar, así que me levanté yo también del asiento, que se plegó a mis espaldas, y me aparté hacia atrás para que él pudiera continuar.
Parecía impaciente, pero al mismo tiempo hacía ademán de disculpa, y en ese momento, al verlo bajar las escaleras, me fijé en él, con el pelo recogido en una coleta, una bolsa enorme, la chaqueta colgada del brazo y sus maneras algo rígidas. Era un poco mayor que los estudiantes entre los que me había sentado la vez anterior, más al frente, y se me ocurrió que tal vez fuera un profesor o un alumno de más edad. Había algo en él que me hizo pensar que desentonaba con el resto de la sala, no demasiado, pero lo bastante como para llamarme la atención mientras bajaba deprisa las escaleras en dirección a la salida.
Tenía la sensación de que ya lo había visto antes, pero eso tampoco es nada raro. Me encuentro con la misma gente una y otra vez, y a menudo me sorprendo a mí misma saludando a personas como si nos conociéramos, aunque sé de sobra que solo yo las conozco. Por lo general las veo siempre en el mismo sitio o momento, claro está, pero a veces ocurre que alguien aparece en un contexto completamente distinto: una cajera que por la mañana atiende en el supermercado aparece caminando por la calle a las tres, o me encuentro de improviso en una tienda a alguien que he visto comiendo en un restaurante, o tengo la sensación de haberlo visto antes, como ahora a ese hombre que pasaba por delante. Me parecía recordar su bolsa y pensé que quizá me lo había encontrado en la cafetería, pero había en él algo distinto. Puede que fuese su ropa o tal vez su pelo, no estaba segura. Me fijé en el color de su camisa, verde grisáceo. Me gustaba ese tono, no era muy común. En cualquier caso, me llamó la atención.
Al principio no le di importancia. Solo era un hombre con camisa verde y una bolsa al hombro. Puede que lo hubiera visto antes, pero tampoco me fijo demasiado en los hombres que se cruzan en mi camino ni en su ropa; ya no, y mucho menos en estos días de otoño, a no ser que sean hinchas de fútbol o ladrones en bicicleta, claro está.
Cuando el hombre de la camisa verde pasó junto a mí y bajó las escaleras para marcharse, ya estaban respondiendo a la primera pregunta. Yo misma llevaba una preparada, algo relacionado con las tesis de Janita Weng y otros tipos de cereales, como el centeno, y la importancia que podrían haber tenido en el abastecimiento de víveres; pero ahora me había despistado y no pregunté nada.
No sé si fue por eso o porque había intuido que algo no marchaba como debía, pero el caso es que ayer tomé una vez más el tranvía a la universidad, entré a escuchar la misma conferencia y ocupé el mismo asiento en el auditorio. Al llegar me di cuenta de que faltaba un oyente en mi fila, y tampoco conseguí localizar al hombre de la camisa verde, pese a que me giré discretamente en un par de ocasiones mirando en torno a mí para buscarlo, todo ello mientras intentaba concentrarme en el comercio romano de grano: sus técnicas de carga y descarga, consideraciones acerca de su conservación, los problemas de almacenaje, la medición de las cantidades, la gestión de los medios de pago y el propio transporte de cereal por tierra o por agua en comparación con el transporte de otros productos, materias primas y materiales, sal y estaño, cemento, aceite y salsas de pescado, todo lo que necesitaba el Imperio romano.
Pero el oyente que faltaba no aparecía. O, mejor dicho, llegó durante la pausa, después de que la conferencia en sí hubiese terminado, y se sentó dos filas más arriba, al fondo del auditorio. Lo vi subir las escaleras hasta las filas superiores poco antes de que anunciaran el turno de preguntas. En esta ocasión, el oyente recién llegado vestía una camisa azul, pero no me cupo ninguna duda de que era él. Seguía llevando la chaqueta colgada del brazo y la bolsa al hombro, y se sentó antes de que se formulara la primera cuestión.
De nuevo, yo había llevado una pregunta preparada. Esta vez la llevaba escrita. Quería saber si era cierto que los romanos, pese a las dificultades a la hora de conseguir grano tanto para los habitantes de Roma como para las legiones repartidas por las provincias del Imperio, en ningún momento habían comido o importado centeno, y si el hecho de que el cultivo de trigo tuviera escaso rendimiento más allá de las fronteras germánicas pudo ser un factor coadyuvante, o quizá incluso una razón decisiva, para que se detuviera la expansión romana hacia el norte.
A esas alturas ya me había percatado de que algo no encajaba. Y no me refiero solo a que probablemente fuera la única en la sala a la que le interesaba la relación de los romanos con el centeno, sino también, y ante todo, a que el hombre que acababa de subir por las escaleras llevaba una camisa del color equivocado. Porque el dieciocho de noviembre no cambia de camisa. El dieciocho de noviembre se repite, y los pasajeros del dieciocho de noviembre no llevan dos camisas distintas en el mismo momento del día. En el dieciocho de noviembre, las personas siguen patrones y, a no ser que se las aparte de sus itinerarios establecidos, no se mueven del lugar que les corresponde. No pasan escaleras abajo un día y escaleras arriba el siguiente.
Mientras el hombre de la camisa verde, ahora vestido de azul, subía las escaleras, empecé a pensar que a lo mejor yo no era la única que había tropezado en aquel dieciocho de noviembre. Por supuesto que podía haber otras explicaciones, y se me ocurrieron un par de ellas; pero, en el fondo, lo sabía de sobra: aquello era una ruptura del patrón, y la única manera de justificarla que tenía sentido era que el hombre, que en ese momento acababa de sentarse un poco más arriba, estaba atrapado en el tiempo.
Naturalmente, no llegué a formular la pregunta que tenía prevista, pues en esos momentos solo podía pensar en el oyente sentado dos filas detrás de mí. Notaba que me miraba de vez en cuando. Yo llevaba la misma ropa que el día anterior y estaba segura de ocupar el mismo asiento, así que no lograba imaginar qué podía haber hecho para llamar su atención. A lo mejor me había quedado mirándolo demasiado rato mientras él subía, puede que hubiera notado el excesivo interés que yo de repente mostraba por él.
Pero también pensé que él ya sabía que me encontraba en otro tiempo. En cualquier caso, ahora que comprendía lo que me había llamado la atención de ese hombre, me asusté. Era como ir desnuda por una calle desierta en plena noche y encontrarme inesperadamente con otra persona que también iba desnuda por una calle desierta en plena noche. Esa era la sensación. De desnudez. Como si me hubieran pillado.
Mientras formulaban la última pregunta en la sala, comencé a recoger mis apuntes y cerré el bolso, preparada para salir de inmediato. Durante el turno de preguntas, el hombre de la camisa azul había permanecido reclinado hacia atrás con su chaqueta todavía en el brazo, y ahora se levantó de su sitio. Yo hice lo mismo, y llegué a las escaleras justo cuando él pasaba por mi fila, carraspeé ligeramente y le dije que quería preguntarle algo.
Él asintió. Me giré de lado para poder salir con el bolso de la fila de asientos y bajamos las escaleras juntos. De camino le pregunté con voz algo insegura (no sé si estaba nerviosa porque no dominaba del todo el alemán o por aquella situación inusual: probablemente ambas cosas) si él también era una repetición. «Ein Wiederholung», dije, y al instante pensé que debía de ser «Eine Wiederholung». La combinación de mi acento con los errores gramaticales y la extrañeza de la frase hizo que la pregunta sonara muy torpe. Él se limitó a asentir, pero entonces cambió de opinión y señaló el auditorio. En realidad, afirmó, la repetición era todo aquello. Yo asentí y añadí que eso era más preciso; ahora estaba segura de que él también estaba encallado en el dieciocho de noviembre.
Sugirió que tomáramos un café. Acepté y fuimos a la cafetería, que estaba llena de gente. No iba a resultar fácil encontrar una mesa vacía donde hablar tranquilos, así que propuso que sacáramos unos cafés de la máquina que había un poco más adelante en el pasillo. Por el camino, abrió su bolsa para sacar la cartera, y antes de que la cerrara y me preguntase qué tipo de café quería, atisbé algo verde en el interior, seguramente la camisa.
Mientras él iba a por los cafés, me acerqué a un grupo de mesas colocadas en una esquina. No había demasiada gente, así que dejé mi bolso y volví para ayudarle con los cafés que, en ese instante, él traía haciendo malabarismos imposibles. Su bolsa enorme amenazaba con hacerle perder el equilibrio, así que me apresuré a cogerle uno de los vasos de cartón para que recuperase la estabilidad. Al sentarnos, me di cuenta de que aún no nos habíamos presentado. Le dije que me llamaba Tara Selter. Él se llamaba Henry Dale.
Me contó que antes de que se rompiera el tiempo, más concretamente el dieciséis de noviembre, había venido a Düsseldorf para participar en un congreso que se iba a celebrar en la universidad. En realidad, él era noruego, pero había estudiado en Friburgo y Düsseldorf. Hacía mucho, añadió. Era sociólogo. Normalmente vivía en Oslo, pero ahora pasaba la mayor parte del tiempo en Alemania. O en Estados Unidos, pero esa era una larga historia, dijo.
Yo le conté que, aunque había estudiado Antropología, ahora era librera. Mejor dicho, ahora ya no. Actualmente no era nada. Solo me interesaba el Imperio romano. Las fronteras del Imperio. Por lo menos, a eso me había dedicado últimamente; ahora era como si las fronteras hubieran empezado a desintegrarse. Mi horizonte se estaba ensanchando.
Pero, aparte de eso, no me dedicaba a nada. Vivía en un día de noviembre. Era una repetición. Había intentado que el tiempo echase a andar, pero seguía parado. El dieciocho de noviembre era un recipiente, o así lo veía yo. Había intentado entender por qué me encontraba ahí. Y causar el menor perjuicio posible. Prisionera en una jaula de oro, dije, y le expliqué a qué me refería. O puede que yo fuese un monstruo y estuviera devorando mi mundo. Un monstruo en el dieciocho de noviembre. Me di cuenta de que había lagunas en mi explicación. Lo miré. No dijo nada. Pero él también lo es, pensé entonces: ahora somos dos.
Quise saber en qué momento se había dado cuenta de que él no era el único que estaba atrapado en el dieciocho de noviembre. Dijo que no se había percatado hasta que me dirigí a él. Aunque sí había tenido la impresión de que algo no cuadraba. Por eso había vuelto a la conferencia. Porque había percibido algo raro en mí al pasar por mi lado en el auditorio.
Después de tomarnos el café, estuvimos todavía un rato frente a nuestros vasos vacíos en aquella situación inusual. Por un instante pensé que lo había asustado con mis comentarios extraños, pero cuando le propuse, no sin titubear, ir al centro y quizá buscar un sitio para comer, asintió y se puso de pie.
Se colgó la bolsa del hombro, apiló los vasos y los tiró a un cubo de basura mientras yo recogía mi bolso del suelo. Luego salimos de la universidad. Dos viajeros con bolsas demasiado grandes para la ocasión.
Volví a casa un par de horas después, aturdida y con una sensación de irrealidad. Porque era imposible que dos personas sin ninguna conexión entre sí pudieran estar atrapadas en el mismo dieciocho de noviembre. Y, en el caso de que no fuera imposible, debía de ser altamente improbable que justo esas dos personas coincidieran.
Y esta mañana hemos quedado en el Café Möller. Los dos preocupados por si el recuerdo de nuestro encuentro había desaparecido de la conciencia del otro durante la noche. Pero había quedado grabado. En dos conciencias, no solo en una.
Yo apenas había pegado ojo. Henry había dormido un par de horas, pero nada más despertarse recordó todo. Recordaba que nos habíamos conocido, que habíamos tomado un café. Recordaba que habíamos ido al centro, un paseo en medio de frases cortas y, sobre todo, un silencio entre nosotros que revelaba que ambos necesitábamos tiempo para asimilar lo sucedido. Henry recordaba que habíamos comido en un restaurante japonés. Recordaba lo que habíamos hablado.
Vuelvo a escribirlo una vez más: he conocido a alguien que recuerda. Es la frase que lleva sonando en mi cabeza desde esta mañana y que ahora tecleo en el ordenador, en un documento que imprimiré dentro de un instante. En papel, el material que recuerda, hasta ayer el único lugar del que podía esperar cierta memoria, mi único testigo, mi confidente.
Pero ahora somos dos. Dos de una misma especie: personas que recuerdan, atrapadas en el dieciocho de noviembre, y que ya no están solas.
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Traducción de Victoria Alonso
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