15/10/2020
Empieza a leer 'El selfie del mundo' de Marco d'Eramo


1. EL TURISMO EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

Abril de 2020, elijamos una metrópoli: París, Nueva York, Londres, Barcelona, Berlín, San Francisco, Roma, Moscú. Nuestra ciudad es un cuadro metafísico de De Chirico. Está desierta, las calles vacías, los monumentos y los rascacielos petrificados, desnudos por la ausencia de autobuses y de tráfico. Nosotros, sus habitantes, la visitamos encerrados en nuestros hogares, la saboreamos golosos en las pantallas de televisión, en monitores de PC, en teléfonos móviles: ¡cuánto daríamos por vivirla en persona! Para pasear ahora en soledad, para palparla y olerla ahora en el silencio.

Pero no podemos: estamos confinados entre las paredes de nuestras casas por la epidemia de coronavirus. Todos babeando por la ciudad finalmente «intacta», «como no la habíamos visto nunca»: la experiencia ha sido común a los residentes de casi todas las ciudades del planeta.

Una experiencia fugaz, que pronto será olvidada. Pero en esos meses a los ciudadanos de todo el mundo nos parecía irreversible.

Una experiencia doble, triplemente turística. Porque la ciudad que hemos entrevisto durante el confinamiento hace realidad el sueño de todo turista: el de visitar un lugar por fin sin turistas, es decir, en definitiva, sin ellos mismos. La ciudad que el virus ha vaciado se asemeja a la incontaminada playa caribeña de los folletos. Igualmente inalcanzable, porque, cuando los confinados podamos nuevamente sumergirnos en nuestra ciudad, se verá inmediatamente degradada por los atascos, por la multitud, por nuestra propia presencia. Incluso encerrados en casa, nuestra mirada sobre nuestra propia ciudad es turística.

No solo eso: la aglomeración vaciada por el virus es una ciudad muerta, es una no-ciudad: las persianas están bajadas, las reuniones prohibidas, las interacciones borradas. Solo los sintecho ocupan las aceras; también duermen de día. Flota una sensación de abandono, como si un flautista de Hamelín se hubiera llevado tras de sí a todos los habitantes.

Pero lo extraordinario es que el virus ha desocupado la ciudad de la misma manera en que lo hace habitualmente el turismo, cuando la ciudad es abandonada en verano por sus residentes autóctonos, que huyen para visitar otras costas. El vacío nos revela una similitud simétrica y opuesta entre la ciudad turística y la ciudad que el virus ha vaciado de turistas. Muestra cuán profundamente turística es nuestra propia idea de ciudad, incluso cuando los turistas son expulsados de sus plazas. Hasta qué punto está profundamente arraigada y es inseparable de nuestra forma de vivir la urbanidad.


«Ciudad turística», un concepto que se da tan por descontado que en la actualidad parece plano. Y, sin embargo, ninguna civilización, en ninguna era y en ninguna parte, ha conocido nada que pudiera definirse como una «ciudad turística», que –en cuanto tal– es una novedad inédita, propia de la modernidad. El turismo pertenece a esa categoría de fenómenos sociales, como el deporte o la publicidad, que se manifiestan omnipresentes, familiares, pero siempre, y en todos los casos, sin digerir, sin elaborar: eluden las preguntas, neutralizan la reflexión. Al igual que para el deporte y para la publicidad, también para el turismo la bibliografía es ya ilimitada, si bien la elaboración conceptual resulta fragmentaria: abundan los textos, pero las nuevas ideas son pequeñas pepitas en una inmensa masa de tierra. Las contribuciones realmente originales se cuentan con los dedos de las manos.

El turismo es incluso más importante que el deporte y que la publicidad, hasta el punto de que nuestra época puede definirse con toda propiedad como «la edad del turismo», al igual que se habló de la edad del acero o de la edad del imperialismo.

Hablar de «edad del turismo» no es solo una forma de expresarse. Una primera razón es que el turismo es en la actualidad la industria más importante de este nuevo siglo.


Cuando enuncié esta tesis hace tres años, en la primera edición italiana del libro que tienes en tus manos, me miraron con indulgencia, como alguien a quien le gusta exagerar, que tiene la mala costumbre de las frases efectistas. Resulta penoso que la demostración más aplastante de esta tesis haya tenido que proporcionarla un minúsculo virus, mientras que ya teníamos la prueba delante de los ojos de todo el mundo.

Pero ¿por qué se había subestimado tanto la importancia del turismo antes de la epidemia de coronavirus y las cuarentenas posteriores? Porque se confunde entre turismo y turistas, y es muy difícil tomarse en serio a estos últimos: son tan divertidos, tan cómicos, tan literalmente fuera de lugar, con botas de montaña en los centros de las ciudades, con bastones de trekking  entre las chaquetas y las corbatas de los autóctonos. Pocos logran tomarse en serio a los turistas. Y, sin embargo, la industria del turismo suponía 8.800 millardos de dólares en 2018 (el 10,4 % del producto interior bruto (PIB) del mundo, es decir, una vez y media el PIB de Japón, la tercera economía más grande del planeta) y generaba 319 millones de puestos de trabajo.

Y el turismo internacional en todas partes resulta minoritario, si se compara con el local: en 2016, llegaron a Nueva York 12,7 millones de visitantes extranjeros y nada menos que 48,1 millones de estadounidenses. Francia ingresa por el turismo interno más del doble (108.100 millones de euros) en comparación con el turismo extranjero (50.800 millones de euros, según datos de 2016), y eso que se trata del país más visitado en el mundo por los extranjeros: en 2016 los visitantes foráneos fueron 82,9 millones, frente a los 75,6 millones en Estados Unidos, los 75,3 en España, los 59,3 en China y los 52,4 en Italia.

Sería difícil sobrevalorar el impacto del turismo en las economías nacionales. En Europa, en 2018 el turismo contribuyó con el 10,1 % del PIB total y generó el 11,6 % de los puestos de trabajo. En España, el turismo supone hasta el 14,6 % del PIB y el 16,1 % de la ocupación total, mientras que en Italia proporciona el 13,2 % del PIB y el 14,9 % de la ocupación. Por otra parte, si durante la gran crisis financiera de 2008-2009 la capital mundial de las finanzas, es decir, Londres, no sufrió mucho la recesión, fue debido a que la depreciación de la libra esterlina favoreció un aumento del turismo exterior que compensó en términos de ocupación y de ingresos las pérdidas registradas por la City en el sector financiero.

Tampoco se deben subestimar los anexos y las conexiones, los «adminículos» del turismo, la industria de los recuerdos, de las postales, de las guías turísticas y mapas geográficos... Sin contar otras industrias menos respetables que viven solo gracias a este sector de la economía mundial. A estas alturas existe una galaxia de instituciones y de compañías (agencias de viajes, cadenas hoteleras, editores de guías turísticas, agencias de promoción y de publicidad, departamentos completos estatales y de los entes locales, servicios bancarios especiales encargados de ofrecer y vender hipotecas para financiar las vacaciones, empresas inmobiliarias... y la lista no terminaría nunca), lo que Stephen Britton llamó el «tourism production system», el sistema de producción turística.

Pero en realidad, a la facturación directa debería añadirse todo aquello que precede y sigue al turismo. Además de la industria hotelera y casi la totalidad de la restauración, es necesario contar la facturación de los transportes turísticos. Por ejemplo, los ingresos del transporte aéreo de pasajeros internacionales ascendían en 2015 a 718.000 millones de dólares. A estos conceptos, que forman parte plenamente del capítulo «turismo», es preciso añadir otras industrias: de entrada, la aeronáutica (y aeroportuaria), que trabaja en gran parte para el turismo, como también la industria de la construcción naval crucerista y de recreo. La epidemia nos lo ha demostrado a base de quiebras. Al paralizarse el turismo, no solo las líneas aéreas y las compañías de navegación, sino también los constructores de aeronaves y los astilleros se han encontrado al borde de la bancarrota.

El turismo alimenta además una buena porción de la industria del automóvil, de la construcción (segundas residencias, hoteles, centros de vacaciones) y de construcciones de carreteras y autopistas (por tanto, siguiendo por este camino, de cementeras, industrias siderúrgicas y metalúrgicas).


Está claro que la construcción no nació como una industria funcional para el turismo (es anterior en algunos miles de años), pero cabría cuantificar cuántos edificios menos se construirían sin el turismo: para constatar la colosal dimensión de la especulación inmobiliaria, basta con recorrer en España el litoral de Andalucía, con sus horribles edificios en serie, o la costa del Egeo, en Turquía, donde se suceden interminables, tristes y, a menudo, vacías Site a la espera de compradores, generalmente emigrantes turcos de Alemania. Del mismo modo, si bien la industria aeronáutica resulta conceptualmente independiente del turismo, cabría cuantificar cuántos aviones menos volarían si no existiera este. Sería interesante trazar la matriz de Leontief para el turismo.

Una vez más, la demostración del hecho de que el turismo es el sector que activa el resto de los sectores se ha hecho evidente cuando hemos tenido que cerrar el turismo, paralizar y cerrar puertos, aeropuertos, hoteles, restaurantes: entonces toda la economía mundial se ha detenido. Y cuando los gobiernos han querido reactivarla, la primera medida que han tomado ha sido reabrir el turismo, incluso a costa de reactivar la epidemia, incluso a costa de «intercambiar vidas por el índice bursátil» (The Guardian), tan grande era lo que estaba en juego (del turismo vemos aquí de tapadillo una vertiente política, gubernativa, casi siempre pasada por alto, y sobre la que tendremos que ocuparnos en breve).

Pero precisamente porque implica una infraestructura (y una «superestructura») tan pesada, el turismo es también la industria más contaminante: según la Organización Mundial del Turismo de Naciones Unidas, el transporte aéreo turístico puro y duro produce el 8 % del anhídrido carbónico global emitido por la humanidad y, si todo continúa como en la actualidad, en 2035 las emisiones de anhídrido carbónico turístico habrán aumentado un 130 %: tanto es así que cada vez se invoca más un «turismo sostenible», un oxímoron idéntico al de «desarrollo sostenible».

Pero el CO2 es solo un pequeño aspecto de la contaminación total producida por el turismo. Basta con pensar en el turismo de invierno: descender esquiando por una pista nevada es una de las acciones más gráciles imaginadas por el ser humano, entregada a la pura fuerza de la gravedad y la explotación de las rugosidades de nuestro planeta. Pero para que esta elegancia casi inmaterial se lleve a cabo, es necesario construir imponentes instalaciones de remonte, o disparar los cañones de nieve (ya que al esquiar todo esquiador hace bajar nieve: aunque no existiera el calentamiento global y cayeran metros de nieve, jamás bastaría con la nieve «natural»). Y están las carreteras que destrozan los valles para llegar a las estaciones de esquí, y están las construcciones en cadena para permitir que tierras antaño desiertas y tranquilas en invierno sean hoy pequeñas y ruidosas metrópolis habitadas por decenas de miles de personas cuyas necesidades de electricidad, servicios, agua o suministros modifican el clima y el paisaje. Basta con caminar por la montaña en verano para ver la devastación dejada por las pistas invernales. El hecho es que nuestra idea de la industria clásica, basada en la minería, la siderurgia, el carbón y el acero, está obsoleta.

En realidad, la industria más pesada, más importante, que genera más cash flow del siglo XXI, es precisamente el turismo, lo que nos muestra hasta qué punto es absurda la contraposición entre lo moderno y lo posmoderno, porque, en cuanto «superfluo», el turismo pertenece por derecho propio a lo posmoderno, pero su materialidad de acero, coches, aviones, barcos, cementeras, lo sitúa de lleno en la pesadez industrial de lo moderno.


Edad del turismo, he dicho, porque es la industria más relevante del siglo. Pero también por sus implicaciones inmediatamente políticas. En nuestro tiempo, por primera vez en la historia humana, la causa desencadenante del colapso de un gran imperio (el equivalente a lo que fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo con el estallido de la primera guerra mundial) ha sido una reivindicación de turismo. Solo han pasado treinta y un años, pero pocos recuerdan que la cadena de acontecimientos que llevaría a la caída del muro de Berlín se inició en agosto de 1989 con la decisión de las autoridades húngaras de eliminar las barreras en su frontera con Austria: en ese momento, trece mil turistas de la Alemania del Este (RDA) pasaron las aduanas. El gobierno de la RDA reaccionó cerrando la frontera con Hungría, pero inmediatamente se presentaron decenas de miles de solicitudes de visados turísticos en las embajadas de Polonia y de Checoslovaquia para eludir la prohibición y llegar a Budapest a través de Praga y Varsovia. Y así fue hasta que el 9 de noviembre el gobierno se vio obligado a otorgar a cientos de miles de ciudadanos que esperaban frente al Muro permiso para pasar a Occidente, lo que hizo que fuera irreversible el proceso que menos de dos años más tarde conduciría a la caída de la Unión Soviética. Solo cincuenta años antes habría sido impensable que un imperio dotado de armas atómicas y un enorme aparato militar se viera obligado a una rendición humillante ¡por una solicitud de visados!

La importancia política que ha adquirido el turismo en nuestras sociedades se evidencia también en el nacimiento de un «terrorismo turístico», que se manifiesta en dos sentidos. Por una parte, cuando mata a los turistas, como sucedió en Luxor, Egipto, el 17 de noviembre de 1997, cuando sesenta y dos personas, entre ellas cincuenta y ocho turistas, fueron asesinadas en el templo funerario de la reina Hatshepsut; o en Bali, Indonesia, cuando el 12 de octubre de 2002, doscientas dos personas (de las cuales ciento sesenta y cuatro eran turistas) fueron masacradas por bombas en el Paddy’s Bar; en el atentado contra el Museo Nacional del Bardo, en Túnez, el 18 de marzo de 2015, en el que murieron veinticuatro personas, veintiuna de ellas turistas; o en la explosión en pleno vuelo, el 31 de octubre de 2015, de un avión ruso que llevaba de regreso a doscientos veinticuatro turistas desde el centro de vacaciones de Sharm el Sheij; o en el ataque suicida en el corazón de la Estambul turística en Sultanahmet, cerca de la Mezquita Azul, el 12 de enero de 2016, en el que fallecieron diez personas, todas ellas turistas; o los dieciséis muertos y ciento treinta heridos del atentado de Barcelona el 17 de agosto de 2017. En un segundo sentido se manifiesta cuando destruye atracciones turísticas como monumentos, templos, ruinas, ciudadelas... La lista de estas devastaciones es inacabable y se hace más larga cada día: baste con recordar, en Afganistán, los dos budas de Bamiyán, destruidos en 2001 por los talibanes; en Irak, el minarete de la Gran Mezquita de Samarra, derribado en 2005; en Libia, la necrópolis de Cirene, arrasada en 2011; en Mali, el santuario y las casas históricas de Tombuctú, demolidos en 2012; con una clara aceleración en 2015, cuando resultaron dañados el anfiteatro romano de Bosra y la antigua ciudad de Palmira en Siria, así como la ciudadela de Baraqish en Yemen, o derruidas las maravillosas ruinas asirias de Nimrud y Hatra en Irak. Y en enero de 2017 fue demolido un anfiteatro de Palmira… Las atracciones turísticas son un objetivo porque tienen un valor simbólico, son emblemas de los valores contra los cuales se lucha, pero también se destruyen para privar al adversario de recursos económicos en cuanto resultan una fuente de ingresos cada vez más notables.

Es una creencia común que no hay nada más antipolítico, ni más apolítico que el turismo, quizá porque confundimos el turismo con los turistas. Y, en cambio, nos damos cuenta no solo de que, al igual que cualquier industria está determinada por una política industrial, el turismo está condicionado también por la política turística de su país. No solo eso, sino que la supervivencia de un régimen político puede depender del turismo o de su ausencia; que el turismo es la forma (aparentemente apolítica) que puede asumir la protesta contra un régimen hasta hacer que colapse; que el turismo se convierte al mismo tiempo en el objeto, la apuesta y el blanco de la lucha política, incluida la lucha armada. En resumen, una actividad política astuta, oculta, pero persistente y, en última instancia, engorrosa.


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Traducción de Xavier González Rovira.

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El selfie del mundo

 

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